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Historia 27195 — capítulo 14

La noticia del encarcelamiento de Umbridge corrió como la pólvora. Fue portada en El Profeta del lunes y lo comentaron durante días en la radio mágica. Rita Skeeter quiso entrevistar a Harry sobre ello, pero, como era natural, él se negó en rotundo.

Una semana después de la noticia, las aguas volvieron a su cauce. Pasado el impacto inicial, el acontecimiento quedó relegado a comentarios aislados en corrillos de amigos. Nadie quería darle más importancia de la merecida.

Como Harry había tenido que trabajar el sábado, Kingsley decidió darle el viernes libre. A pesar de eso, se levantó temprano, desayunó con Hermione y la acompañó al Ministerio dando un agradable paseo.

Se desapareció en el callejón donde estaba la entrada principal y se apareció en La Madriguera. Quería darle una sorpresa a Ginny. Cruzó la vaya, atravesó el jardín y tocó a la puerta. La señora Weasley abrió sorprendida, no esperaba a nadie tan temprano.

–Harry, querido –saludó jovial –. ¿Qué haces aquí? ¿No trabajas?

–Kingsley me dio el día libre. Espero no haber despertado a nadie.

–Por supuesto que no, querido –contestó mientras lo acompañaba a la cocina –. Arthur y Ron ya están trabajando, y Ginny se está dando una ducha. Yo estoy esperando a Andrómeda, vamos al Callejón Diagon a hacer unas compras.

–Estupendo. No he podido ir a verlos en toda la semana.

–Ella también tiene muchas ganas de verte. Y nosotras te echábamos de menos.

–Siento haber estado tan perdido toda la semana. Pero tuve mucho trabajo.

Ella le quitó importancia con una gesto de la mano y le sirvió una taza de té. A pesar de que Harry le repitió a su suegra que ya había desayunado, ella se empeñó en servirle tortitas y huevos revueltos. Él comió obediente hasta que, si probaba un solo bocado más, le reventaría el estómago.

No mucho después, apareció Ginny en la cocina, vestida con unos vaqueros gastados y una camiseta gris con un llamativo estampado. Llevaba el pelo mojado recogido en una coleta. Se sorprendió de ver a Harry allí y lo saludó con un breve beso en los labios que él correspondió ligeramente cohibido.

–No esperaba verte esta mañana –le dijo.

–Por eso es una sorpresa, amor. He pensado que podríamos aprovechar mi día libre para dar un paseo. ¿Te apetece?

–Mucho. Hace días que no salgo de casa. ¿Te importa, mamá?

–Claro que no, pequeña –contestó su madre sirviéndole el desayuno –. Yo también voy a salir.

Poco antes de que Ginny acabara de desayunar, llegó Andrómeda con el pequeño Teddy. El bebé, muy despierto, le sonrió a Harry y le lanzó los bracitos. Su padrino lo cogió y le hizo cosquillas en la tripa. Él y Ginny siguieron jugando con Teddy unos minutos hasta que Molly estuvo lista y viajaron juntos por la Red Flú hasta el Caldero Chorreante.

Andrómeda y la señora Weasley fueron hacia la parte de atrás, por donde se salía al Callejón Diagon, y Harry y Ginny salieron al Londres muggle.

Hacía un excelente día estival, soleado y cálido. Ginny quería hacer una ruta turística. Fueron al palacio de Buckinham, a la Abadía de Westminster y al Museo Británico. Pasaron toda la mañana visitando los monumentos muggles más notables. A la hora de comer, Harry propuso comprar unos bocadillos y comérselos en Hyde Park, tumbados en la hierba a la sombra de algún árbol. A Ginny le encantó la idea.

Compraron unos bocadillos excelentes y tomaron asiento bajo un hermoso sauce. Cuando acabaron de comer, Harry apoyó la espalda en el árbol y ella se acurrucó sobre su pecho. Un rato depués, Ginny dijo:

– ¿Qué hacemos esta tarde, amor?

–Bueno –empezó Harry un poco dudoso –. Hace más de un mes que le prometí a mi tía que iríamos a tomar el té. No sé nada de ella desde que fui a recogerlos. ¿Te parece que vayamos esta tarde?

Ginny arrugó la nariz.

– ¿Es necesario?

–En realidad no. Pero me gustaría que mi tía te conociera. Además, ya te he dicho que fue una promesa.

–Me resulta extraño verte insistir para ver a tus tíos después de siete años despotricando de ellos. Pero si eso es lo que quieres, de acuerdo. Sólo veo un pequeño problema. No creo ir vestida para la ocasión.

–Lo cierto es que yo tampoco –dijo señalando su atuendo compuesto por unos vaqueros viejos y una camiseta –. Pero eso tiene fácil arreglo. Vamos de compras.

Se levantó de un salto y le tendió la mano a Ginny. La ayudó a levantarse y se dirigieron a unos grandes almacenes. Antes de entrar, Harry llamó a tía Petunia desde una cabina y le anunció que llegarían en una hora. Ella pareció encantada con la idea.

Ginny recorrió emocionada los pasillos de la tienda. Era la primera vez que iba de compras a unos grandes almacenes muggles, y la experiencia pareció gustarle. Media hora después, Ginny se había comprado una falda plisada de color gris y un bonito jersey azul oscuro, y Harry unos vaqueros oscuros, una camisa y una elegante americana negra. Completaron ambos conjuntos con zapatos nuevos y complementos a juego.

Como aún disponían de tiempo, dieron un breve paseo hasta un lugar apartado y se desaparecieron juntos ocultos de miradas indiscretas. Aparecieron en un sombrío callejón que desembocaba en una calle más amplia.

–Aquí es donde los dementores nos atacaron a mi primo y a mí –explicó Harry. Siguieron caminando y pasaron por un pequeño parquecillo –. Y allí es donde vi a Sirius por primera vez. Y creo que fue allí donde lograron rescatar a mi tía Marge aquella vez que la hinché como a un globo.

Siguió enseñándole todos esos lugares de su infancia hasta que llegaron a Privet Drive. Cruzaron el camino terrizo que llegaba al número cuatro y tocaron a la puerta. Abrió un Dudley anormalmente contento que los saludó jovialmente.

–Harry –exclamó –. Buenas tardes. Pasad.

–Buenas tardes, Gran D –saludó –. Esta es mi novia, Ginny. Ginny, este es mi primo Dudley.

–Encantada –dijo ella tendiéndole la mano.

–Es todo un placer –contestó Dudley estrechándosela. Harry no daba crédito a sus ojos –. Pasad al salón. Mamá os espera.

– ¿No está tío Vernon?

–Está trabajando. Debe estar a punto de llegar.

Pasaron al salón donde, efectivamente, los esperaba tía Petunia sentada en el sofá y con un delicioso té servido sobre la mesita. Cuando entraron los dos jóvenes, se levantó y fue a abrazar a Harry. Él se empezó a preguntar si no serían mortífagos que hubieran tomado Poción Multijugos o si se habría equivocado de casa.

–Tía Petunia, te presento a mi novia, Ginny. Cariño, mi tía Petunia.

La presentación de ambas mujeres fue igual de cordial que la de Dudley. Ginny parecía tan desconcertada como Harry. Lo miraba con expresión incrédula.

Hechas las presentaciones, tomaron asiento y tía Petunia empezó a servir el té. Ella y Dudley se mostraron muy interesados por lo que había estado haciendo Harry desde la última vez que se vieron. Él les hizo un breve resumen de su viaje a Australia, la limpieza de su nueva casa y su nuevo trabajo.

–Tía Petunia –empezó Harry cuando hubo acabado su relato, aprovechando que se había quedado a solas con ella, ya que Ginny había ido al baño y Dudley a por más sándwiches –. ¿Has ido a visitar la tumba de mamá?

El rostro de su tía se ensombreció de repente.

–Me habría encantado, Harry. Pero Vernon ha tenido mucho trabajo y no nos ha podido llevar. Tendremos que esperar a las vacaciones.

–Ya, entiendo –Harry supuso que tío Vernon podría haber hecho un hueco si hubiera querido, pero se apostaba la cabeza a que no tenía ningún interés en llevar a tía Petunia al Valle de Godric. Pero él se encargaría de que cambiara de opinión.

Cuando tío Vernon llegó y vio en su salón a Harry y a Ginny, torció el gesto e hizo el intento de decir algo, pero se contuvo. Harry supuso que fue al notar la mirada amenazante de su tía, esa que durante años había reservado sólo para él.

Esta vez, las presentaciones fueron más frías. La opinión de su tío sobre el mundo mágico no habían variado un ápice. Se sentó enfurruñado en un sillón y se negó a decir una palabra más de las necesarias.

Tía Petunia quiso derivar la conversación a Ginny. Quería conocerla, saber cómo se habían conocido, cómo era su familia.

–Bueno –empezó Ginny un poco confusa –. Nos conocimos hace siete años en Kings Cross. Harry es el mejor amigo de mi hermano Ron. Y muy buen amigo de mis otros hermanos. Mis padres lo quieren como a otro hijo.

–Ahora caigo –bramó de pronto tío Vernon –. Ya sé de qué conozco a esta cría, Petunia. Es la hija de esa bruja gorda y ese mago loco que nos destrozó el salón.

–Vernon, por favor –intentó advertir tía Petunia, pero su marido fingió no oirla.

–Su madre es esa que mandó aquella carta llena de sellos y su hermano el que casi me deja sordo cuando llamó por teléfono.

–Tío Vernon, basta –pero a Harry tampoco le hizo caso.

–Y sus otros hermanos son esos gemelos del demonio que hicieron que a Dudders le creciera la lengua más de un metro.

–¡YA BASTA! –a la vez que Ginny se levantó de la silla y gritó, se rompieron todos los cristales de la habitación –. No le consiento que hable así de mi familia, y mucho menos de mi hermano.

Harry también se levantó y la abrazó. Tío Vernon la miraba aterrorizado, Dudley se había quedado con la boca abierta y tía Petunia estaba consternada por la falta de tacto de su marido.

–Vernon –regañó –. Compórtate bien con esta chica, por todo lo sagrado –por toda respuesta, tío Vernon soltó un gruñido –. Harry, querido, tal vez tu novia quiera echarse un poco de agua en la cara.

–Sí –contestó Harry –, creo que será lo mejor. Vamos, cariño.

Harry, todavía abrazando a Ginny, la arrastró con cariño fuera del salón y la acompañó al baño. Dejó que se tomara su tiempo para recuperarse y volvió con su familia. Encontró a su tía barriendo los cristales que llenaban el suelo.

–Deja eso, tía Petunia –dijo –. Yo lo arreglo.

Sacó su varita y arregló el estropicio con un simple movimiento.

–Listo –anunció guardando la varita –. Debes perdonar a Ginny, tía Petunia. Normalmente ella no es así. Lo que ocurre es que su hermano murió durante la batalla. Uno de los gemelos.

Tía Petunia, horrorizada, se tapó la boca con las manos.

–Oh, Señor. Pobre chica.

En ese preciso instante, Ginny entró de nuevo al salón. Al verla entrar, tía Petunia se levantó y la miró con gesto maternal.

– ¿Estás mejor, querida?

–Mucho mejor, gracias –contestó con una frialdad nada propia de ella. Harry intentó cogerla de la mano pero ella lo esquivó discretamente. Él prefirió no mencionar nada delante de sus tíos, más tarde hablaría con ella.

Volvió a sentarse en su butaca casi tan enfurruñada como tío Vernon. Cruzó fuertemente los brazos y se negó a pronunciar palabra si no era para responder si se le preguntaba; y aún así, sólo contestaba unos pocos monosílabos.

Cuando, una media hora después, Harry consideró que el silencio de Ginny rozaba la descortesía, decidió que lo mejor sería marcharse.

–Tía Petunia –dijo –. Es muy tarde. Creo que deberíamos irnos.

–Como quieras, querido. ¿Volveréis otro día?

Harry miró a Ginny pero ésta esquivó su mirada.

–Bueno –empezó dudoso –. Sí, supongo que sí –fue lo único que se atrevió a responder.

–Maravilloso –celebró su tía –. Espero que sea pronto. Cuídate, Harry. Y tú también, querida.

–Gracias, tía Petunia. Intentaré llamaros de vez en cuando –siguió a Ginny, quien hacía rato que estaba en la puerta del salón, pero antes de salir, se dio la vuelta y dijo –: Ah, por cierto, tío Vernon –su tío saltó en su asiento al oir que lo llamaba –. Tía Petunia tiene muchas ganas de ir al Valle de Godric a visitar la tumba de mi madre. Y he pensado que sería estupendo que pasaráis este fin de semana allí, ¿no crees?

Tío Vernon entendió la amenaza velada y palideció hasta el nacimiento del pelo. Harry supo que su estrategia había surtido efecto y salió satisfecho de la casa.

Ginny parecía seguir enfadada, aunque Harry desconocía por qué lo pagaba con él. Intentando buscar una excusa para hablar con ella, dijo:

– ¿Por qué no vienes conmigo a Grimmauld Place? Los viernes Ron cena con nosotros. Podremos cenar los cuatro. ¿Te apetece?

Ella, por toda respuesta, se encongió de hombros. Harry la cogió de la mano y se desapareció con ella. Aparecieron en el vestíbulo de Grimmauld Place, donde Kreacher acudió raudo a cogerles las capas de viaje. Pero Ginny se soltó en seguida de la mano de Harry y subió airada las escaleras. Por el camino se cruzó con su hermano y su amiga, que contemplaron extrañados cómo la pelirroja pasaba delante de ellos como una exhalación.

Harry, muy sorprendido por la actitud de su novia, la siguió escaleras arriba. Ron y Hermione lo detuvieron y le preguntaron qué pasaba.

–No tengo ni idea –contestó empezando a enfadarse –. Hemos estado tomando el té en casa de mis tíos. Mi tío... –vaciló – ha sido muy descortés y ha ofendido a Ginny. Está muy enfada, pero no sé por qué huye de mí.

–Ve a hablar con ella, Harry –aconsejó Hermione, compresiva –. Creo que ha entrado en tu habitación.

Él dirigió una rápida mirada a su amigo, que no parecía muy complacido con aquella situación. En atención a sus prioridades, decidió arreglar primero las cosas con Ginny.

Entró a su propia habitación y, casi sin tiempo a reaccionar, tuvo que esquivar un objeto que pasó zumbando rozándole la oreja y que se estrelló en la puerta, a su espalda. Ginny le había tirado uno de los zapatos nuevos.

– ¡Toma tu maldita ropa nueva, Potter! –chilló fuera de sí–. ¿Para eso la querías, verdad? Para impresionar a tu “querida tía Petunia”, ¿no?

Extrañado y dolido por las palabras de la chica, Harry reparó en que Ginny se había quitado los pendientes y el colgante a juego que también habían comprado esa mañana y los había dejado sobre la cómoda. Al parecer, la intención de Ginny era quitarse todo lo que Harry le había regalado.

–Ginny, cariño –dijo apenado –. No entiendo lo que quieres decir.

–¿Que no entiendes? –respondió furiosa –. Claro, tú nunca entiendes nada. Pues te lo voy a explicar muy clarito, Potter. Yo ya no soy una cría, Harry. Te lo he dicho muchas veces pero tú sigues sin entenderlo. No necesito que te disculpes por mí, ni que me justifiques.

Harry seguía sin entender el motivo de su enfado.

–Yo te oí, Harry –continuó igual de furiosa –. Antes de entrar en el salón oí cómo me disculpabas delante de tu tía, cómo justificabas mi actitud.

–Ginny, yo...

–Tú, ¿qué, Harry? ¿Tú creías que yo necesitaba justificarme? No tengo diez años, Harry. Si hubiera sentido la necesidad de disculparme lo habría hecho yo misma. Pero las amables palabras de tu tío no eran una invitación a ello, precisamente.

–Cariño...

–¡No me llames así! –gritó.

–Está bien –concedió Harry –. Ginny, yo sólo quería protegerte.

–Sigues sin entenderlo, Harry –exclamó exasperada, al borde de las lágrimas –. Yo no necesito que me defiendas ni que me protejas. Tengo seis –compuso una mueca de dolor y rectificó –, bueno, cinco hermanos mayores que se encargan de ello. Lo que necesito de ti es que me entiendas, que me comprendas. Sólo necesito que no me trates como a una niña, Harry. No creo estar pidiéndote algo tan difícil.

Después de esa confesión, Harry no se sentía capaz de mirarla a la cara. Ella tenía razón, no la había tratado de igual a igual, y no era la primera vez que cometía ese error. Ya lo hizo cuando la dejó en el funeral de Dumbledore, cuando no le permitió luchar en la batalla, cuando pensó que se enojaría al no dejarla acompañarlo a recoger a sus tíos. Ella no necesitaba a alguien como él, alguien que la tratara como si ella no pudiera defenderse sola.

–Tienes razón –admitió derrotado –. Tú no mereces que te trate así. Eres fuerte. Mucho más fuerte que muchos magos adultos. Me he comportado como un idiota, como un cavernícola. No te he tratado con el respeto que te mereces –se giró y se dirigió a la puerta, se detuvo con la mano en el picaporte y añadió –: Te dejaré para que puedas cambiarte. Entenderé que no quieras volver a verme.