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Historia 27195 — capítulo 15
-Espera -gritó Ginny.
Harry se detuvo con la puerta entreabierta. Cerró los ojos y respiró profundo, tomando fuerzas. Si Ginny lloraba o algo parecido él no podría soportarlo.
Ginny se precipitó hacia él y lo abrazó por detrás. Enterró la cara en su espalda y él notó cómo se le humedecía la camisa con las lágrimas de la chica.
-No me dejes, Harry. Eso es lo único que no podría soportar.
-Yo no quiero hacerlo, Ginny. Te quiero. Pero tú te mereces a alguien mejor. Alguien que te trate como la maravillosa bruja que eres y no como a una princesa de cuento que siempre necesita ser rescatada.
-Me da igual lo que merezca o lo que deje de merecer, Harry. Yo no quiero estar con nadie que no seas tú.
-Pero, Ginny. Tú misma lo has dicho. Necesitas a alguien que no te trate como a una niña.
-No, Harry -interrumpió -. Eso no es lo que yo he dicho. He dicho que lo que yo necesito es que tú no me trates como a una niña. El resto del mundo me importa bien poco.
-Ginny, mi amor. Yo no estoy seguro de poder hacer eso.
-Harry, por favor...
-No, Ginny. Escúchame -instó con severidad -. Tú eres mi más preciado tesoro. No podría soportar que te pasara nada, no podría soportar perderte a ti también. No puedo evitar protegerte a toda costa. No puedo, cariño.
-¡Por los pantalones de Merlín, Harry! -exclamó ella soltando al joven -. Déjame crecer de una vez. Mi propia madre ya ha asumido que soy una bruja adulta, aunque aún no haya cumplido los diecisiete. Tienes que asumir que ya no soy la cría boba que te manda poesias espantosas, que confía en un diario maldito y a la que tienes que rescatar de la muerte. Maldita sea. Luché contigo en el Ministerio, Harry. Luché en la Batalla de Hogwarts, en las dos. ¿Por qué te cuesta tanto dejar de verme como a una niña?
Harry tenía los ojos llenos de lágrimas. Seguía dándole la espalda a Ginny porque sabía que si la miraba no podría dejarla.
-Porque todavía hoy puedo verte tirada en el frío suelo de la Camara de los Secretos. Porque todavía recuerdo el tacto gélido de tu piel pálida como la cera. Porque todavía me tortura el recuerdo de haber creído verte muerta.
Ginny sintió el dolor de Harry, la tortura que suponían para él esos dolorosos recuerdos. Fue hacia él y lo abrazó con fuerza.
-Lo siento, Harry -dijo entre sollozos -. Yo no pretendía...
-No te disculpes, mi amor -la interrumpió. Fue la innecesaria disculpa de Ginny, más que cualquier otra cosa, lo que le hizo darse cuenta de lo equivocado de su actitud. Por fin se dio la vuelta y la abrazó él también -. Eres tú la que deberías perdonarme a mí por comportarme como lo hice. Tienes razón, siempre tienes razón. No eres una niña, no eres la niña a la que rescaté de la Cámara de los Secretos. No tengo ningún motivo para seguir tratándote como si lo fueras.
-No me dejes, Harry.
-No te dejaré, tesoro. No te dejaré.
Ginny, bien por las hirientes palabras de tío Vernon, bien por la ardiente discusión y lo cercana que había visto la ruptura, no podía dejar de llorar. Harry creyó saber por qué. Desde el funeral de Fred, se había obligado a ser fuerte, a no llorar delante de nadie. Harry sospechaba, además, que ni siquiera había llorado en privado. Sabía que ella se sentía responsable de consolar a su madre, y a cualquiera que lo necesitara. Pero también sabía que no podría mantener esa pantalla eternamente. Era cuestión de tiempo que se derrumbara y se desahogara llorando a mares. Y al parecer, el momento había llegado.
La acompañó a la cama y ella siguió llorando con la cara enterrada en su regazo. Él sólo le acariciaba el pelo, sabía que nada de lo que le dijera la consolaría. Y no quería que parara de llorar, ella lo necesitaba.
Casi media hora después, se quedó profundamente dormida. Harry no quiso despertarla, la hizo levitar con su varita, destapó su cama y la depositó allí con suavidad. La tapó, la besó en la frente y salió de la habitación. Se le había pasado el hambre, pero le iría de perlas un té bien fuerte.
En el salón de dibujo estaban Ron y Hermione, al parecer esperando el resultado de la conversación.
-¿Y bien? -preguntó Hermione antes de que pudiera sentarse en el sillón.
-Estaba muy enfadada -contestó a regañadientes, no le apetecía airear los detalles de esa discusión tan desagradable -. Hemos tenido una discusión muy fea.
-Ya lo hemos oído -repuso Ron con hostilidad, Harry sospechaba que esa conversación iba a ser casi tan dura como la que acababa de mantener con Ginny.
-Ron, por favor -regañó Hermione.
-Déjalo, Hermione -dijo Harry -. Si fuera mi hermana yo tampoco sería amable -les contó todo lo ocurrido esa tarde, sin entrar en muchos detalles, y Ron pareció comprenderlo -. Lo siento, Ron -se disculpó Harry -. No debí comportarme así.
-No tiene importancia, colega -respondió Ron -. Todas las parejas discuten, supongo -y dirigió una elocuente mirada a Hermione que sonrió con complicidad -. ¿Y dónde está mi hermana?
-Se ha quedado dormida, no he querido despertarla. Si no tienes inconveniente, he pensado que lo mejor sería que se quedara aquí esta noche -el rostro de Ron volvió a endurecerse -. Yo dormiré en el sofá, o en otra habitación. Esta casa es muy grande, Ron. No tengo intención de compartir cama con ella, no esta noche. Lo único que quiero es que duerma de un tirón, ha sido un día muy duro.
-Está bien, Harry -concedió su amigo -. Avisaré en mi casa de que Ginny no volverá a dormir. Si está contigo, mis padres no pondrán ningún inconveniente.
-Gracias, amigo.
Ron y Hermione tampoco habían cenado, así que llamó a Kreacher y le pidió que sirviera la cena en el comedor. El elfo obedeció al punto y los tres amigos disfrutaron de una cena deliciosa, tras la cual Harry y Hermione se acomodaron en el salón a tomar un té y Ron regresó a La Madriguera, ya que al día siguiente madrugaba.
Tras un momento de duda, Harry decidió, finalmente, no cumplir del todo la promesa que le había hecho a Ron. No se le había pasado por la cabeza compartir cama con Ginny, no esa noche, no en esas circunstancias, pero no quería dejarla sola en la habitación. Tenía miedo de que se despertara por la noche y necesitara hablar, llorar o cualquier otra cosa. Así que colocó uno de los sillones de su dormitorio cerca de la cabecera de la cama y se sentó a velar el sueño de Ginny. Pasó la noche leyendo uno de los libros que le había legado Dora a la tenue luz de su varita.
Muy temprano por la mañana, notó que Ginny empezaba a revolverse en las sábanas y supuso que no tardaría mucho en despertarse.
-Buenos días, princesa -la saludó cuando abrió los ojos.
-Buenos días -Ginny estaba aun adormilada y pareció no darse cuenta de dónde estaba, cuando por fin lo hizo, miró a Harry con gesto aterrado -. ¿Qué hora es?
-Temprano. Puedes dormir un poco más, si quieres.
-No, no puedo dormir más, Harry -dijo mientras intentaba salir de la cama de manera acelerada -. Mi madre no sabe que estoy aquí, Harry. Debe estar preocupada porque no he vuelto a dormir. ¿Por qué no me despertaste antes, Harry?
Harry, sin perder la calma, la obligó suavemente a permancer acostada.
-Tranquila, cariño -susurró -. Tu madre sabe que estás aquí. Ron la avisó anoche. ¿Creías que iba darle un disgusto semejante?
Ginny suspiró aliviada.
-Menos mal. Muchas gracias, amor.
-De nada, tesoro. Y ahora sigue durmiendo.
Ella negó con la cabeza.
-He dormido mucho y no tengo nada de sueño. Lo que tengo es un hambre atroz. Ahora que lo pienso, anoche me salté la cena.
-Quédate en la cama, princesa. Enseguida te subo el desayuno.
Ginny hizo el intento de resistirse pero desistió al ver la cara de fingida severidad de Harry. Volvió a la cama y se dejó mimar por su chico.
Unos minutos después, llegó Harry con un delicioso desayuno para los dos.
-¿De qué te ries? -le preguntó Ginny cuando lo vio entrar con una extraña sonrisa en los labios.
-De que casi me he tenido que traer el desayuno a escondidas. Si Kreacher se hubiera enterado de que queríamos desayunar aquí se habría empeñado en traerlo él mismo.
Ginny rió de la ocurrencia de Harry. Definitivamente, la conversación de la noche pasada parecía no haber tenido lugar.
Las cosas entre Harry y Ginny volvieron a su cauce enseguida. Los dos decidieron borrar de su memoria esa discusión.
Los días pasaron y la vida de Harry se vio envuelta en una agradable monotonía que le recordaba a los felices años en Hogwarts, con sus clases, sus horarios y sus entrenamientos de Quidditch. Almorzaba los sábados con Andrómeda y los domingos en La Madriguera con los Weasley, los Granger y con su ahijado y su abuela. Molly había decidido incluirla a ella también en la familia y Harry estaba feliz de que así fuera. Llamaba a su tía una vez por semana, pero no quiso aceptar sus numerosas invitaciones para volver a tomar el té. No quería volver a exponer a Ginny a los comentarios insidiosos de su tío. Se alegró, no obstante, de saber que su pequeña amenaza surtió efecto y que el mismo fin de semana de su accidentada visita lo pasaron en el Valle de Godric.
A mediados del mes de Junio, Harry llegó una noche a casa después del trabajo y se encontró en el vestíbulo a Kreacher tendiéndole un sobre de pergamino.
-Ha llegado esto para usted, amo Harry.
-Gracias, Kreacher -contestó Harry mientras que aceptaba el sobre. Reconoció la caligrafía de la profesora McGonagall y le extrañó muchísimo.
Impaciente por saber qué querría su antigua profesora de Transformaciones, subió al salón y abrió la carta sentado en su butaca favorita. En ella, McGonagall le pedía reunirse con él el sábado de esa semana aprovechando que ella tenía que ir a Londres a arreglar ciertos asuntos del colegio. Se acomodó en el escritorio y le escribió una respuesta que mandó con su nueva lechuza.
El sábado por la mañana, a primera hora, sonó la puerta y Kreacher fue diligente a abrir. Harry esperaba a la profesora en el salón de dibujo.
-Buenos días, Harry.
-Buenos días, profesora McGonagall -saludó tendiéndole la mano.
-Déjame pedirte un favor, Harry -dijo al punto que le estrechaba la mano que el muchacho le tendía -. Superemos esa fase. Yo ya no soy tu profesora y me gusta que mis ex alumnos me llamen por mi nombre de pila.
-Como quieras, Minerva -Harry empezaba a entender que pertenecer por completo al mundo adulto implicaba dejar de tratar a los otros adultos como si él siguiera siendo un niño -. Siéntate -invitó señalando una de las butacas ocupando él otra.
La profesora se sentó y tomó la taza de té que le ofrecía Harry.
-¿Qué te trae por Londres, Minerva? -se le hacía raro tratar a la profesora con tanta familiaridad, pero supuso que era cuestión de acostumbrarse.
-Aparte de hablar contigo, tengo bajas en el profesorado de Hogwarts que debo cubrir. Necesito nuevos profesores de Estudios Muggles, Defensa Contra las Artes Oscuras y Transformaciones. Así como alguien que me sustituya como jefa de la Casa Gryffindor
-¿Así que ya es oficial? -preguntó interesado -. ¿Vas a ser la nueva directora?
-Al menos durante este curso. Yo ya me habría jubilado, pero Kingsley insistió y no quería dejarle en la estacada. Hace falta sanear el colegio, y el Minsitro sólo quería confiar en mí -pareció abrumada por la responsabilidad -. Filius me ha sustituído en la subdirección y el castillo ya está totalmente reconstruído.
Harry sonrió sinceramente.
-Fantástico -dijo -. ¿Y quiénes son los nuevos profesores?
-La nueva profesora de Estudios Muggles será Anna Anderson, una excelente alumna que se graduó un par de años antes que tus padres. Al nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras creo que ya lo conoces. Es un estupendo auror que está a punto de jubilarse, y he logrado convencerlo para que invierta su retiro en dar clases en Hogwarts. Es tu compañero Eric Molton.
Harry enarcó las cejas visiblemente sorprendido.
-Ha sido mi supervisor estos días. Sabía que quería retirarse pero no sabía que quisiera dedicarse a la enseñanza. Es un auror excelente. Seguro que será un buen profesor.
-Yo también lo creo. Y la plaza de Transformaciones la ocupará Emma Aberdeen, la que probablemente haya sido mi mejor alumna después de la señorita Granger. Ella será también la nueva jefa de la Casa Gryffindor. Es un poco joven para ser jefa de casa, pero, por desgracia, el profesor Dumbledore y yo éramos los únicos miembros del profesorado que pertenecíamos a Gryffindor.
-Me alegro de que todo en Hogwarts esté volviendo a la normalidad. Y dime, Minerva, que me tienes en ascuas. ¿Para qué querías hablar conmigo?
La profesora esbozó una sonrisa.
-Me gustaría conocer tu opinión sobre un pequeño asunto que aún me queda por solucionar. Desde que acabó la batalla, el profesor Dumbledore, bueno, su retrato, ha estado muy insistente con este tema. Tú fuiste testigo de que el profesor Snape abandonó su cargo de forma aparetemente desleal, y por eso el colegio no lo reconoce como ex director y no ha colgado su retrato en mi despacho. El profesor Dumbledore ha insistido muchísimo en que haga las gestiones necesarias para que a él también se le conceda ese honor. Y quisiera que me contaras qué opinas al respecto.
-Creo que durante la batalla dejé clara cuál era mi opinión. Tú sabes, Minerva, que yo odié al profesor Snape desde el primer día de clase. Aún hoy le guardo un cierto rencor por cómo me trataba a mí y a mis amigos y por muchas cosas horribles que dijo de mi padre. Pero lo justo, justo es. Puede que, en apariencia, no fuera un buen director, pero hizo lo que tenía que hacer. Protegió a los alumnos e impidió que los Carrows tomaran el control del colegio. De no ser por él, ahora mismo no estaríamos aquí hablando. Estoy de acuerdo con el profesor Dumbledore, Minerva. Él también se merece un retrato en tu despacho.
Decidió guardarse para él las razones más personales que tenía para tomar esa decisión. El amor de Snape hacia su madre y el agradecimiento que sentía por haber intentado protegerla a ella y, aunque a regañadientes, también a él.
Minerva no pareció nada sorprendida con las palabras de Harry.
-Me esperaba algo así. No podías decidir otra cosa después de lo que le dijiste a Voldemort durante la batalla, o de lo que dijiste de Severus en el funeral. Y sabiendo lo que sé, voy a hacerle caso al profesor Dumbledore. En una semana, más o menos, estará listo el nuevo retrato. Muchas gracias, Harry.
Se levantó de su butaca y le tendió la mano.
-De nada, Minerva. ¿Ya te vas?
-Sí, aún tengo algunas cosas que hacer. Espero no tardar mucho en verte, Harry.
-¿Puedo pedirte un favor, Minerva?
-Claro.
-Cuando el retrato esté listo, ¿querrás avisarme? Me gustaría hablar con él.
La profesora sonrió complaciente.
-Por supuesto, Harry. Te escribiré apenas esté colgado. Gracias de nuevo.
Se despidieron cordialmente y Minerva se fue, dejando a Harry sumido en sus propios pensamientos. Sabía que quería hablar con el retrato de Snape, pero no sabía muy bien qué es lo que quería decirle. Nunca en su vida se había imaginado estar en esa situación, planteándose cómo darle las gracias a su odiado profesor de Pociones.
Harry pasó los siguientes siete días meditando sobre todo lo que quería decirle a Snape. Cuatro días después de la visita de Minerva, ya había confeccionado una lista mental. Los otros tres los empleó en decidir cómo abordar la conversación. Conocía a Severus lo suficiente como para sospechar que, aun después de muerto, adoptaría una actitud desdeñosa con él. Además, antes de morir le confió sus pensamientos más íntimos, y suponía que podría llegar a sentirse avergonzado por ello, lo que lo pondría mucho más irritable que de costumbre. Afortunadamente, Harry no era el muchacho irascible que daba clases de Oclumancia. Había madurado mucho en los últimos meses y soportaría las burlas de Snape sin perder los nervios.
Transcurridos esos siete días, Harry recibió otra carta de Minerva cuando estaba cenando con Ginny. Le decía que el retrato ya estaba colgado y que podía ir cuando quisiera.
-¿Puedo ir contigo? -preguntó Ginny cuando ella también leyó la carta -. Quiero ir a ver a Fred. Y a llevarle flores. No he estado allí desde el funeral.
-Claro que sí, tesoro -admitió condescendiente -. Será maravilloso volver juntos a Hogwarts. ¿Te parece que vayamos mañana antes de ir a comer a casa de Andrómeda?
-Me parece genial. ¿Paso por aquí mañana temprano?
-Puedo ir a recogerte a tu casa si lo prefieres.
-Como quieras -miró su reloj y añadió -: Creo que tendría que irme, amor. Se ha hecho un poco tarde. Te veo mañana.
Lo besó con pasión y se marchó usando la Red Flú. Harry se tomó un té y se acostó temprano.
Madrugó mucho a la mañana siguiente. Dio un breve paseo y volvió pronto a casa. Se cambió de ropa y fue a recoger a Ginny a La Madriguera. Se desaparecieron juntos en el jardín y se aparecieron en la calle principal de Hogsmeade. Caminaron cogidos de la mano hasta las puertas flanqueadas por cerdos alados, que se abrieron mágicamente cuando estuvieron cerca.
Harry decidió avisar a la profesora de que habían llegado y le mandó un mensaje con un Patronus, tal y como Hermione le había enseñado. Mientras esperaban a Minerva, fueron paseando despacio hasta el cementerio. Antes de que Harry pudiera reaccionar, Ginny tiró suavemente de él y lo llevó a las tumbas de Dora y Remus. Le extrañó mucho esa decisión, ya que pensaba que ella querría ir primero a ver a su hermano.
Una vez en las tumbas de sus amigos, Harry sacó su varita e hizo aparecer un gran ramo de flores que depositó sobre la blanca lápida de mármol. Se agachó a quitar las malas hierbas que habían crecido alrededor y tiró las flores secas que llevaban allí desde el funeral.
Repitieron el proceso en la tumba del Colin Creevey, en la de Dumbledore e incluso en la de Severus. Ginny había decidido dejar la de Fred para el final.
Imaginando que lo había hecho porque querría estar sola, Harry decidió que sólo la acompañaría un momento y subiría enseguida a hablar con Snape. Al llegar a la tumba de Fred, él se sorprendió al encontrar flores frescas cuidadosamente colocadas en un jarrón.
-¿Por qué hay flores frescas, cariño? -preguntó -. Pensaba que ninguno habiáis estado aquí desde el entierro.
Ella esbozó un intento de sonrisa.
-Mi madre se escabulle aquí cada vez que cree que no la vemos. Viene casi todos los días.
-¿Y la dejáis que venga sola? -se extrañó.
-Mi padre dice que, si viene a escondidas, es porque no quiere que la veamos llorando. Que lo mejor es que nos hagamos los ignorantes, al menos por el momento. Además, Harry. Ella ha recuperado la sonrisa muy rápido. Está alegre de la mañana a la noche. Y sabemos que no es así en realidad. Sabemos que lo hace por nosotros. Todos estamos de acuerdo en que necesita desahogarse sola de vez en cuando.
-Creo que tienes razón, tesoro. De todas formas, no creo que sea buena idea dejar que se ancle al pasado y que llore la muerte de Fred demasiado a menudo. Eso no va a hacer que lo supere.
-Lo sabemos. Pero nos parece justo dejarla que guarde luto, al menos, dos o tres meses. Nos parece lo mínimo por la muerte de un hijo. Y el funeral apenas fue hace mes y medio.
De repente, Harry pareció muy divertido.
-¿Y puedo saber cómo habéis conseguido decidir todas esas cosas sin que se entere tu madre? No es nada propio de ella no estar al tanto de todo lo que se habla en tu casa.
Ginny soltó una sincera carcajada.
-Un domingo -contestó sonriendo -. Nosotros hablamos en el jardín mientras Fleur la entretenía en la cocina. Tú llegaste diez minutos después.
Harry sonrió y la besó en la frente.
-Cariño -dijo -. Creo que voy a subir ya. ¿Quieres venir conmigo?
Ginny lo miró a los ojos y supo que la pregunta era sincera, pero ella sabía que eso era algo que tenía que hacer solo.
-No, amor. Voy a quedarme aquí un rato más y luego iré a ver a Hagrid. Hace meses que no le veo. ¿Te parece que te espere allí?
-Genial. Yo también echo de menos a Hagrid. Será estupendo verlo de nuevo. Pero una cosa, cariño. Intenta convencerlo de que no haga nada de comer.
Ginny sonrió y se despidió de Harry con un rápido beso en los labios. Él se dio la vuelta y se alejó del cementerio a regañadientes. En realidad no quería que ella lo acompañara a hablar con Snape, habría sido muy incómodo para ella y para el profesor, pero tampoco le gustaba la idea de dejarla sola junto a la tumba de su hermano.
Subió las escaleras que daban paso a la entrada principal del castillo y notó que, efectivamente, el edificio había recuperado la normalidad. Todas las armaduras estaban en su sitio, las paredes reconstruídas, los relojes de arena resturados y las escaleras reparadas. Tal y como estaba antes de la batalla. Exactamente igual a como Harry lo recordaba.
Por el camino hacia el despacho del director, se encontró a la profesora McGonagall que lo saludó cordialmente y le dijo la contraseña de para abrir la puerta.
Llegó a la gárgola que custodiaba la entrada y se disponía a dar la contraseña cuando escuchó que alguien lo llamaba por su nombre. Miró a izquierda y derecha pero no vio a nadie.
-¿Ya no reconoces la voz de tu viejo director, Harry? -el muchacho se dio la vuelta y vio quien le estaba hablando. Era Dumbledore que se había metido en un cuadro con un bucólico paisaje y unas hadas revoloteando.
-Profesor Dumbledore -exclamó Harry -. Lo siento, no esperaba encontrarlo aquí. Pensaba que estaría arriba, en su propio retrato.
-Sabíamos que venías, Harry. Decidimos dejar a Severus solo para que pudieráis hablar tranquilos. Vine aquí a esperarte. Yo también quería hablar contigo. Lo que has hecho es muy noble, Harry. Has dejado de lado tus prejuicios contra el profesor Snape y has luchado para que se reconozca su labor de director. No sé cómo darte las gracias.
-No me las dé, profesor. Hice lo que tenía que hacer. Era lo más justo. Hice lo que usted me enseñó, dar siempre una segunda oportunidad.
-Estoy muy orgulloso de ti, Harry. Eres una gran persona -Harry se sonrojó ligeramente pero Dumbledore pareció no notarlo -. Minerva me ha contado cómo ha cambiado tu vida desde que acabó la guerra. Sé que tienes trabajo y casa propia, y que volviste con la señorita Weasley. En mi opinión, Harry, no debiste dejarla nunca, por muy nobles que fueran tus razones. Y también sé que te reconciliaste con tu tía. Tu madre estaría orgullosa de ti.
-Gracias, profesor. Muchas gracias.
-De nada, muchacho. Y ahora sube a hablar con Severus. No le hagas esperar más. Ya sabes que no tiene demasiado buen carácter -añadió con una sonrisa.
Harry sonrió y se despidió de Dumbledore. Subió las escaleras que se escondían tras la gárgola y abrió la puerta del despacho. La profesora McGonagall le había dado su toque personal. El bote de galletas de cuadros escoceses estaba sobre la mesa, y había tapetes de la misma tela dispersos por su habitación.
Aparte de eso, la otra novedad estaba en la pared de detrás del sillón. Junto al marco vacío donde normalmente está Dumbledore, había un nuevo cuadro. A Snape lo habían pintado con su característica túnica negra y la amplia capa que siempre lucía en vida. El fondo eran grandes cortinas verde y plata, los colores de Slytherin, y un hermoso y cómodo sillón. Severus Snape lo esperaba, como Harry se había imaginado, con actitud desdeñosa.
-¿Así que el gran Harry Potter ha venido a visitarme? -dijo a modo de saludo -. Supongo que Su Señoría querrá que le dé las gracias por haber hecho que cuelguen mi retrato.
-Puede darme las gracias si quiere, profesor, pero no he venido a eso -Harry, que ya estaba preparado para esta eventualidad, no perdió los nervios -. En realidad a lo que he venido es a darle yo las gracias.
Snape no pareció estar preparado para esa respuesta. Antes de que pudiera decir nada, Harry continuó.
-Sé que usted piensa que heredé la arrongancia de mi padre, y puede que sea así. Pero no es algo de lo que me enorgullezca y hago lo posible para eliminarla. Y por eso he venido. Usted me dio lo que estuve buscando meses, tal vez años. Respuestas. Respuestas a todas mis preguntas, algunas de las cuales pensé que jamás obtendría. Usted me odiaba, tanto o más que a mi padre, pero a pesar de eso me dio lo mejor que tenía: los recuerdos de mi madre.
En el rostro de Snape estaba visible la turbación que le habían producido las palabras de Harry.
-Yo amaba a tu madre, Potter. La amaba más que a mi propia vida. Habría hecho cualquier cosa por ella pero, por desgracia, me di cuenta de eso demasiado tarde. Elegí un camino que me alejaba de ella inevitablemente, y ya no había marcha atrás. Me arrenpentí de eso todos los días de mi vida. Por eso también te di ese recuerdo a pesar de que tú ya lo conocías. Era mi forma de decir que lo siento.
Harry notó lo mucho que le costó a Snape pronunciar esas palabras, así que no insistió en ello.
-Lo sé. Sé que usted la amaba. Y ahora sé todo lo que usted hizo por ella y por mí. Es por eso por lo que quiero darle las gracias. Además, gracias a sus recuerdos me he reconciliado con mi tía. Creo que eso es lo mi madre hubiera querido.
-Tu tía era una mala bruja, Potter. En el sentido más negativo y menos literal de la palabra. Nunca la soporté. Odiaba ver cómo trataba a tu madre y cómo pretendía que no usara su magia. Ignoro cómo será ahora, y no tengo ningún interés en averiguarlo, pero tu madre la quería mucho, a pesar de todo. A ella le dolía que su hermana la insultara y la considerera un monstruo. Con el tiempo logró fingir que no le importaba, pero eso nunca fue cierto. Yo también creo que ella lo habría querido así.
A Harry ya no le quedaba nada más que decirle a Snape, así que volvió a darle las gracias y se giró para marcharse. Aún no había salido del despacho cuando el profesor habló de nuevo.
-Lo hiciste bien, Potter. Lo hiciste muy bien. Tu madre estaría orgullosa de ti.
-¿Me está felicitando, señor? -preguntó intentando bromear.
Snape esbozó lo más parecido a una sonrisa sincera que le había visto nunca.
-Por primera vez, Potter. Y sin que sirva de precedente.