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Historia 27195 — capítulo 16

Harry salió del despacho y cerró la puerta. Mientras bajaba las escaleras no podía evitar esbozar una sonrisa. Estaba muy satisfecho con el resultado de la entrevista con Snape. Era maravilloso cerrar viejas rencillas y empezar una vida nueva sin rencores hacia nadie.

En el pasillo, volvió a encontrarse con el retrato de Dumbledore que le sonreía desde el paisaje rodeado de hadas.

-¿Y bien? -preguntó cuando Harry se paró delante de él.

-Todo ha ido muy bien, profesor. Mejor de lo que esperaba.

-Me alegro, muchacho. Y dime, Harry, ¿cómo están todos?

-Pensé que la profesora McGonagall le tenía bien informado.

-Y así es. Pero tú los ves a todos más a menudo y tienes más trato con ellos. Tú estás mejor informado, muchacho -añadió guiñándole un ojo.

Harry le hizo un breve resumen del estado de todas aquellas personas con las que tenía contacto. Los Weasley, Andrómeda, Luna y Neville, Ron y Hermione. Se alegró de escuchar que todos estaban mucho mejor, a pesar de que aún era pronto para haberlo superado del todo.

Siguieron charlando un par de minutos más hasta que Dumbledore quedó satisfecho con la información que Harry le había dado. Entonces lo despidió y le pidió que volviera a Hogwarts de vez en cuando. Harry se fue dejándole esa promesa.

Antes de ir a la cabaña de Hagrid, Harry decidió pasar por el cementerio. La conversación con Snape había durado menos de lo que él esperaba y quizás Ginny seguía allí. No había nadie frente a la tumba de Fred, pero le causó una gran sorpresa encontrar una figura arrodillada frente a la de Dora y Remus. Una figura que reconoció enseguida.

-Andrómeda -llamó mientras se acercaba -. ¿Qué haces aquí?

Ella se sobresaltó por la brusca rotura del silencio.

-Hola, Harry -contestó mirándole, era evidente que había llorado -. Decidí que ya era hora de volver aquí.

Harry comprendió que no estaba bien pero que ese no era el momento para hablarlo. Decidió llevarla a la cabaña de Hagrid y confiar en quedarse a solas con ella en algún momento. Ella se dejó guiar dócilmente.

Llegaron a la cabaña y llamaron a la puerta. El semigigante abrió exhultante de alegría.

-Harry. Querido Harry -exclamaba mientras le daba un abrazo tan fuerte que casi le rompe las costillas -. Por fin vienes a visitarme. Te echaba de menos.

-Yo también, Hagrid. Siento no haber venido antes, pero tuve muchas cosas que hacer.

El guardabosques no parecía en absoluto enfadado con Harry, y él lo agradeció de veras. Hagrid era la última persona en el mundo a la que querría disgustar.

Andrómeda y él pasaron a la cabaña y se acomodaron en los sillones. Ginny ya estaba allí tomando té en una taza tan grande como un cubo. Saludó sorprendida a Andrómeda y cogió en brazos al pequeño Teddy.

Hagrid les sirvió el té en las grandes tazas y se sentó él también acariciando a Fang. Comenzaron a charlar y la conversación derivó a temas agradables, como las nuevas crías de unicornios que habían nacido en el bosque, o lo sano y feliz que parecía Buckbeack.

Pero Harry notó pronto que Andrómeda participaba poco y estaba como ausente. Le habría gustado hablar con ella, pero sabía que era inútil preguntarle delante de Hagrid e, incluso, de Ginny. Se estrujaba la cabeza buscando un modo de quedarse a solas con ella, pero no encontró ninguna solución válida.

Ginny supo enseguida que Harry necesitaba algo. Miraba a Andrómeda muy serio, y en un segundo supuso lo que querría.

-Hagrid -dijo levantándose del sillón -. ¿Por qué no me enseñas las crías de unicornio? Y luego podemos ir a ver a Buckbeack. Hace mucho que no lo veo.

-Claro que sí, querida -contestó el guardabosques poniéndose de pie -. ¿Vienes Harry?

Harry y Ginny se miraron a los ojos un segundo, y fue suficiente para comprender lo que pasaba. Ella le hizo ver lo que pretendía y él no supo cómo agradecérselo.

-No, gracias Hagrid. En otra ocasión. Id vosotros, os esperamos aquí.

-Como quieras. ¿Tú tampoco vienes, Andrómeda?

Ella negó con la cabeza y Hagrid, encogiéndose de hombros, salió de la cabaña siguiendo a Ginny que lo esperaba fuera.

Cuando se quedaron solos, Andrómeda empezó a sollozar y Harry se apresuró a acudir a consolarla. Se arrodilló frente a ella y dejó que lo abrazara.

-¿Por qué has venido aquí sola, Andrómeda? -preguntó mientras le daba palmaditas en la espalda -. Si querías venir sólo tenías que decirlo. Yo habría venido contigo cuando tú quisieras.

-Lo sé, Harry, lo sé -contestó entre sollozos -. Pero pensé que ya estaba lista. Hace ya más de un mes que enterré a mi hija, y creía haberlo superado, al menos todo que se puede superar una cosa así.

-Aún es pronto, Andrómeda. Deberías haberme avisado.

-Sé que aún es pronto. Por eso vine justamente hoy. Porque sabía que tú estabas aquí.

Harry esbozó una sonrisa. Comprendió enseguida lo que ella quiso decir.

-Sabes que yo habría venido contigo en cualquier otro momento, Andrómeda. No hacía falta que esperaras a que pasara por aquí y aprovechar esa eventualidad. ¿Y si yo no hubiera venido en meses? ¿O no volviera nunca?

Andrómeda soltó una tímida carcajada y se separó de él secándose las lágrimas.

-Supongo que, en ese caso, no me habría quedado más remedio que pedirte que me acompañaras. Pero no lo hice sólo por eso. Quería probarme, comprobar hasta qué punto lo he superado. Y para eso tenía que venir sola. Pero, como no estaba segura de mí misma, pensé que el que estuvieras aquí por otras cuestiones era una garantía. Sabía que podía acudir a ti si pasaba lo que ha pasado. Era como hacer equilibrismo con red.

Andrómeda sonrió tímidamente y apretó las manos de Harry.

-¿Cómo estás? -le preguntó el muchacho.

-Bien, supongo. Pero me ha resultado muy duro volver a ver la tumba de Dora. Más de lo que pensaba. Estaré bien. Gracias, Harry.

-No me las des.

La besó en la mejilla y la abrazó. Permanecieron así un par de minutos hasta que escucharon la puerta. Hagrid y Ginny volvieron muy contentos de ver los unicornios.

En vez de volver a casa de Andrómeda, pensaron que seria divertido comer en el pueblo. Invitaron a Hagrid y a la profesora McGonagall. Fue un almuerzo muy agradable para los cinco. Comieron, bebieron y charlaron alegremente.

Después de comer, Hagrid y Minerva volvieron al colegio y Andrómeda invitó a Harry y Ginny a tomar el té a su casa. Los jóvenes aceptaron y se desaparecieron juntos. Mientras ambas mujeres hablaban animadamente, Harry pasó toda la tarde jugando con su ahijado. Era un padrino orgulloso, le encantaba pasar el tiempo con Teddy, y al bebé también parecía gustarle. No paraba de reír mientras que su padrino hacía salir pompas de jabón o luces de colores de su varita.

Cuando empezó a anochecer, Ginny dijo que tenía que volver casa ya que llevaba fuera todo el día, pero antes quiso ir al baño. Harry aprovechó que su chica lo habia vuelto a dejar solo en el momento adecuado para hacer lo que quería hacer.

-¿Quieres que me quede, Andrómeda? -preguntó cuando Ginny hubo salido del salón -. ¿O quieres venir a dormir a casa?

Ella negó con la cabeza.

-Te lo agradezco mucho, Harry, pero prefiero quedarme. No es mi mejor día, desde luego, pero no puedo depender siempre de ti. Tengo que empezar a superarlo sola.

-Sabes que no me importa.

-Lo sé, querido. Y no sé cómo agradecértelo, pero de verdad que voy a estar bien. Además no estoy sola, tengo a mi nieto. Vuelve a tu casa, Harry. Nos veremos por la mañana.

Harry comprendió que sería inútil discutir y decidió no insistir más. Sólo esperaba que si necesitaba algo lo llamara. Ginny regresó del baño y volvieron a La Madiguera usando la Red Flú.

La señora Weasley insistió tanto para que se quedara a cenar que no tuvo más remedio que aceptar. Disfrutó una vez más de los exquisitos guisos de su suegra y de los maternales cuidados que siempre le ofrecía.

Acabada la cena, anunció que volvía a casa. En Grimmauld Place lo esperaba un Kreacher muy solícito que se ofreció pronto a servirle el té en el salón, como cada noche, y una Hermione algo somnolienta que intentaba no dormirse encima de un pesado informe que estaba leyendo en el sofá.

La saludó con un beso en la mejilla y le dijo que se fuera a la cama. Ella no se lo pensó dos veces y obedeció sin chistar. Él, también muy cansado, se tomó el té y la imitó enseguida.

Por la mañana, como cada domingo, desayunó poco y dio un breve paseo por Londres. Aún temprano se apareció en La Madriguera y se ofreció a ayudar en algo. No se equivocó al adivinar que Ginny le pediría que lo ayudara a hacer algo en el jardín, y ese era el motivo por el que quería hablar con ella.

-Tesoro -empezó cuando comprobó que estaban solos -. ¿Puedo hacerte una pregunta?

-Por supuesto -contestó ella con una sonrisa mientras ponía unos manteles sobre las mesas -. Aunque imagino lo que me vas a preguntar.

Se miraron a los ojos unos segundos y Harry supo que ella tenía razón.

-¿Por qué sabes lo que siento en cada momento? ¿Por qué te adelantas a mis propios pensamientos? Es cierto que yo a veces también adivino lo que piensas, pero lo tuyo es demasiado exacto. Como aquella noche cuando leí las cartas de Dora y Remus, o ayer con Andrómeda en casa de Hagrid. Casi me das miedo.

-Justo lo que pensaba -respondió traviesa -. Lo cierto es que yo también me lo he planteado un par de veces.

-¿Y has llegado a alguna conclusión?

-Para ser sincera, sí. Pero no sé hasta qué punto es exacta.

-Prueba a ver -dijo guiñándole un ojo.

-Bueno, se basa en algo que te dijo Dumbledore hace algunos años. Tú me lo contaste, cuando evitaste que Sirius y Remus mataran a Colagusano él te dijo que cuando un mago le salva la vida a otro se crea un vínculo entre ellos. Creo que eso fue lo que pasó entre nosotros cuando me salvaste la vida en la Cámara de los Secretos, y me parece que no es arriesgado aventurar que ese vínculo se ha visto reforzado por nuestra relación. ¿Qué opinas?

Harry meditó unos segundos.

-Me parece que tienes bastante razón.

-Además -continuó Ginny -. Siempre he sido muy intuitiva, lo cual ayuda bastante. Por eso, durante todos estos meses, siempre he sabido que estabas bien, que seguías vivo. Y eso me aliviaba mucho porque sabía que, si tú estabas bien, Ron y Hermione también lo estarian. Sabía que tú los protegerías.

Ginny no pudo ocultar un rastro de orgullo y gratitud en su voz. Los ojos de Harry se llenaron de traviesas y rebeldes lágrimas pero las contuvo. Sin poderlo evitar, se lanzó a los brazos de Ginny y la besó con pasión. Pero la soltó como si quemara cuando la señora Weasley apareció por la puerta. Ella hizo como si no hubiera visto nada y tan solo esbozó una tímida sonrisa.

Después de ese día, el tiempo transcurrió deprisa. Tanto, que Harry no se dio cuenta de que se acercaba su cumpleaños hasta que faltaba menos de una semana.

No sabía cómo, pero Kreacher se había enterado y se empeñó en preparar una fiesta. Intentó negarse, pero el elfo podía ser muy insistente y acabó por ceder.

Harry no tuvo más remedio que limitarse a hacer la lista de invitados y mandar las invitaciones. Kreacher llegaba a ponerse hasta un poco violento cada vez que intentaba a ayudarle en algo.

-Por favor, amo Harry -decía -. Deje a Kreacher encargarse de la fiesta del amo. Kreacher sabe lo que al amo le gusta.

En esas circunstancias, Harry se encogía de hombros y salía de la cocina.

Ya que iba a dar una fiesta, Harry quiso invitar a todos sus amigos. Su casa era lo bastante grande como para que pudieran estar todas aquellas personas con las que quería compartir ese día.

Invitó a Neville y a su abuela, a Luna y a su padre, a Dean, a Seamus, a Hagrid, a Minerva, a Kingsley, a Hermione y sus padres y, por supuesto, a todos los Weasley y a Andrómeda. En total serían veinticuatro personas. Aún así, Kreacher no aceptó ayuda de nadie para preparar toda la comida.

También le mandó una invitación a su familia, claro está, por correo normal, pero su tía decidió declinarla. "No creo que Vernon esté a gusto entre tantos magos, -decía en su carta -, y la verdad, a mí aún me da un poco de reparo". Envió, no obstante, un regalo de cumpleaños. Y esta vez no fueron unos calcetines usados o una moneda de cinco peniques. Cuidadosamente envuelto en un bonito papel de colores, estaba un marco dorado con una foto muggle de Lily y Petunia cuando eran pequeñas. Ambas iban vestidas igual, con unos bonitos vestidos de gasa blanca y lazos de satén azul bajo el pecho. Se abrazaban con cariño y sonreían con complicidad a la cámara que, seguramente, sostenía su padre.

Ya sé que esta no se mueve como las tuyas, pero pensé que te gustaría tenerla. La encontré hace unos días haciendo limpieza y me pareció un buen regalo de cumpleaños. Espero que te guste, querido.

Con cariño,

Tía Petunia.

Con los ojos llenos de lágrimas, Harry colgó la foto en el salón de Grimmauld Place, junto a la de la boda de sus padres.

Tras unos días un poco ajetreados, llegó por fin el momento de la fiesta. Hermione y Ginny lograron convencer a Kreacher de que las dejara a ellas decorar el salón. Colgaron banderolas con los colores de Gryffindor, farolillos y una gran pancarta donde podía leerse "Feliz Cumpleaños, Harry"

Aún no había anochecido cuando empezaron a llegar los invitados. Harry los recibió a todos en el vestíbulo y les recogió las capas de viaje. En el decorado salón les esperaba una deliciosa cena servida en grandes bandejas que se dispersaban por toda la habitación. Kreacher había preparado los platos favoritos de Harry y los había cortado en pequeños trozos para que se pudieran comer con las manos.

Cuando comieron todo lo que Kreacher había preparado, decidieron darle sus regalos a Harry. Percy, siguiendo su estilo pomposo y pedante, le regaló algunos de los libros más insufribles del mundo mágico, como "Prefectos que consiguieron el poder" o "Un estudio de los prefectos de Hogwarts y sus trayectorias profesionales"; George, un surtido de los nuevos productos de Sortilegios Weasley; Hagrid lo sorprendió regalándole la moto voladora que había pertenecido a Sirius.

-Arthur ha vuelto a arreglarla -le dijo.

-Así es -añadió el señor Weasley -. Pero ahora es menos peligrosa. Le he quitado todos los juguetitos que añadí para sacarte de casa de tus tíos.

Harry no sabía cómo dar las gracias, pero no tuvo tiempo de reaccionar porque enseguida siguieron dándole más regalos, que incluían varias entradas para un partido de los Chudley Cannons, su equipo de quidditch favorito, y una escoba nueva, ya que la anterior la perdió cuando Voldemort los perseguía por el cielo. El regalo de los Weasley fue uno de los que más le gustaron. Era un reloj donde, en lugar de las horas, había frases del tipo "En el trabajo" o "De viaje", y, en vez de dos manecillas, solamente tenía una con una foto suya.

-Ahora mismo sólo estás tú -explicó la señora Weasley -. Pero el reloj sabrá cuando hay un nuevo miembro en tu familia y añadirá una manecilla.

-Cuando te cases y tengas hijos -concluyó el señor Weasley guiñándole un ojo. Harry comprendió a lo que se refería y enrojeció ligeramente.

Por último, sólo quedaba el regalo de Ginny. Harry no pudo evitar sonreírse al recordar lo que le regaló en su último cumpleaños. Supuso que, esta vez, el regalo sería algo diferente. Con una sonrisa de oreja a oreja, ella le ofreció un paquete cuadrado envuelto en papel de colores. Harry se sorprendió mucho al comprobar que era un libro.

-Lo encontré de casualidad en Flourish y Blotts -explicó ella, Harry reparó por fin en el título, "El Valle de Godric. Hogar de grandes magos" -. Hay todo un capítulo dedicado a ti y a tus padres. Supuse que querrías leerlo.

-Es un regalo perfecto, amor -balbuceó él, apenas acertando a elegir las palabras -. Muchas gracias.

No podía besarla como le apetecía, así que la abrazó con fuerza sin importarle mucho que todos los estuvieran mirando.

Tras los regalos vino la tarta. Hecha por Kreacher y tan grande como el sillón en el que Harry se sentaba cada noche. Sopló las velas y escuchó cómo su familia y amigos le cantaban el cumpleaños feliz. Todos juntos comieron la tarta, que estaba deliciosa, y decidieron acabar la fiesta.

Se despidieron de Harry de uno en uno y abandonaron la casa. Poco antes de la medianoche, Hermione y él se quedaron solos en el salón. Ella estaba tan cansada que ni siquiera se tomó el té y se fue directa a la cama. Harry, en cambio, se sentó en su sillón y empezó a leer el libro que le había regalado Ginny.

Algo más de media hora después, se sobresaltó cuando un resplandor verde llenó la habitación y Ginny salió de entre las llamas de la chimenea.

-¿Qué haces aquí, tesoro? -preguntó tremedamente extrañado.

-Vine a darte tu otro regalo -contestó ella arrodillándose en el suelo a los pies del sillón -. Toma -le ofreció un nuevo paquete, esta vez más pequeño.

Harry lo cogió pero estaba demasiado intrigado como para abrirlo.

-Pero si ya me has dado tu regalo antes -señaló mientras daba vueltas al paquete entre las manos.

-Lo sé -respondió ella paciente -. Es sólo que no quería darte esto delante de todos. Ya no le des más vueltas y ábrelo, Potter -añadió irritada al ver que Harry seguía jugando con el pequeño paquete.

El chico obedeció dócil y rasgó el papel de regalo, descubriendo una cajita forrada de terciopelo negro. La abrió con manos temblorosas pero no estaba preparado para lo que encontró dentro. Reposando sobre el fondo almohadillado, había un reloj de cadena, bañado en oro y con estrellas en lugar de manecillas. Aunque lo peor vino cuando le dio la vuelta. En el reverso del reloj estaban grabadas las palabras "James Potter. 27 de Marzo de 1960" en letra cursiva.

Harry empezó a balbucear, incapaz de componer una sola palabra. Ginny lo notó y tomó la palabra.

-Hace una semana salí de paseo con Luna y Hermione. Pasamos por delante de una tienda de cosas usadas, una de esas que los muggles llaman "casas de empeños" y Luna se empeñó en entrar. Al parecer, el señor Lovegood piensa que fue en uno de esos establecimientos donde Newt Scamander vendió el cuerno de Snorcack que encontró en su último viaje a Europa -Harry no pudo evitar sonreírse.

»Estaba mirando en los estantes cuando vi este reloj. Me llamó la atención porque los relojes muggles suelen tener manecillas normales, lo de las estrellas sólo lo he visto en relojes de magos, así que pedí que me lo enseñara. Cuando lo cogí y le di la vuelta me quedé sin aliento.

»Me apresuré a preguntar cómo lo había conseguido, de dónde lo había sacado. Me contó que hace diecisiete años apareció un hombre bajito, de ojos llorosos y con un dedo menos en la mano derecha que lo quería vender a toda costa. Pregunté si había vendido algo más y me contestó que no. Aquel hombre sólo trajo este reloj. Ni siquiera me molesté en preguntar el precio, lo pagué y pedí que me lo envolvieran para regalo. Estoy convencida de que ese es el reloj que tus abuelos regalaron a tu padre cuando cumplió la mayoría de edad.

A Harry se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no hizo nada por contenerlas y dejó que corrieran libres por sus mejillas.

-Ignoro por qué ese desagraciado cogió el reloj de tu padre -continuó Ginny mientras le secaba las lágrimas -. Pero no me cabe ninguna duda de que necesitaba dinero y no tuvo más remedio que venderlo en una tienda muggle. De haberse acercado siquiera al Callejón Diagon, cualquier mago lo habría reconocido.

-Gin... Ginny, yo... -balbuceó -, yo no sé qué decir.

-No digas nada, mi amor. No hace falta.

Sin previo aviso, Harry cogió a Ginny de la cintura, la levantó del suelo y la sentó en sus rodillas.

-Te adoro -dijo enterrando la cara en su pecho y deshaciéndose en llanto.

Sorprendida por lo abrupto del movimiento, Ginny abrazó a su novio y le acarició con dulzura el pelo.

-Yo también te adoro.

Ambos jóvenes permanecieron largo rato abrazados sobre el sofá, ignorando que existía el mundo más allá de ese salón.