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Historia 27195 — capítulo 17
Harry tardó apenas dos días en leerse el libro que le regaló Ginny, pero tardó mucho menos en guardar el reloj de su padre en el bolsillo de su túnica. Ahora llevaba siempre dos relojes, el de pulsera que le regalaron los Weasley por su cumpleaños y el de cadena de su padre que Ginny había rescatado de la casa de empeños. No era muy ortodoxo, pero eso era algo que le importaba bien poco.
El día después de su cumpleaños lo pasó colocando sus nuevas posesiones en su casa. Hizo un hueco en su biblioteca para sus nuevos libros, colgó el reloj de los Weasley en el salón y, ayudado por Hermione, construyó un garaje en el que guardar la moto de Sirius.
Cuando por la noche se sentaron en el salón a tomar el té, Hermione, muy fiel a su estilo, volvió a ejercer de su conciencia.
-En dos semanas es el cumpleaños de Ginny -dijo -. ¿Sabes ya lo que le vas a regalar?
Harry esbozó una sonrisa al adivinar enseguida las intenciones de su amiga. Sabiendo que él, a veces, adolecía de mala memoria, quería asegurarse de que su mejor amiga y cuñada no se quedara sin regalo.
-Aún no -contestó él -. Pero no te preocupes, Hermione. Le habré comprado algo antes del día diecisiete. Es cierto que a menudo me falla la memoria, pero no voy a olvidar el cumpleaños de mi novia.
Las mejillas de Hermione se sonrojaron ligeramente.
-Lo siento -balbuceó -. Yo sólo pretendía...
-No te disculpes -interrumpió Harry -. Sé lo que pretendías y te lo agradezco. No intentaba regañarte, sino tranquilizarte. Quería asegurarte que no iba a olvidar el cumpleaños de Ginny. Sólo eso.
La chica sonrió.
-¿Y tú? -preguntó Harry -. ¿Ya sabes qué le vas a comprar?
-Ron y yo tenemos varias ideas, pero aún no hemos decidido nada.
-Seguro que cualquier cosa que le compréis le gusta -alentó él.
Ella le agradeció el ánimo con un pequeño guiño y se despidió para irse a la cama poco después. Harry aún permaneció un rato más en el salón. Intentaba decidir qué le regalaría a Ginny, pero desechaba una idea tras otra por considerarlas vulgares, excesivas o, simplemente, inadecuadas para ella.
Decidió que no encontraría el regalo apropiado sentado en su sillón y que lo mejor sería darse una vuelta por el Callejón Diagon por la mañana. Animado por esa idea, se marchó a dormir.
Aún no había sido vencido por el sueño, cuando se le ocurrió un regalo excelente. Era algo perfecto, ella lo disfrutaría y a él le hacía muchísima ilusión. La pega es que tendría que contar con la opinión de los Weasley antes de ofrecérselo a Ginny.
Por la mañana desayunó con Hermione y estrenó las reparaciones de la moto de Sirius para ir al Caldero Chorreante. Al principio se sintió muy inseguro sobre ella, le costó acostumbrarse a las dos ruedas, pero pronto reparó en que las sensaciones vividas sobre una moto son parecidas a las vividas sobre una escoba y, cuando llegó a Charing Cross Road, ya parecía un motorista experto.
Se detuvo sólo un segundo en la puerta de la taberna preparándose para lo que le esperaba dentro. Aún era temprano y lo más seguro es que apenas hubiera gente dentro, pero tenía muy claro que todo aquel que estuviera en el bar querría abrazarle y felicitarle. No importaba que hubieran pasado casi tres meses desde la última batalla, para todos los magos que se encontraba él seguía siendo El Niño Que Vivió. Ya había asumido que tendría que soportar todo eso hasta que no hubiera saludado al menos una vez a todos los magos de Gran Bretaña.
En el bar del Caldero Chorreante sólo había dos magos y una bruja aparte de Tom el tabernero que se levantaron enseguida y se apresuraron a saludarlo en cuanto distinguieron quién era. Apretó las manos a todos, aceptó las felicitaciones con una sonrisa y salió al patio trasero aún escuchando las voces emocionadas de los que había dejado atrás. Tocó los ladrillos adecuados con la punta de su varita y observó cómo se abría la puerta hacia la mágica calle comercial.
El Callejón Diagon ya bullía de actividad a esa hora de la mañana. Como era de esperar, su tranquilo paseo se vio interrumpido a menudo por gente que lo saludaba y le agradecía el haber acabado con Voldemort. Saludaba y sonreía pacientemente a todos los magos que se encontraba mientras buscaba con ansia una tienda donde comprarle un regalo adecuado a Ginny.
Desechó la tienda de Madame Malkin, El Emporio de la Lechuza y hasta Artículos de Calidad para Quidditch. A lo mejor, una túnica de gala, una lechuza para ella sola o una escoba nueva era algo que agradecería y le haría ilusión, pero a Harry le parecían poco para ella.
Estaba a punto de rendirse y de volver a casa cuando descubrió una pequeña tienda casi oculta entre Ollivanders y la tienda de ropa de segunda mano. Nunca había reparado en ella, claro que nunca había necesitado una joyería. Se asomó al escaparate donde había expuestos bonitos pendientes, elegantes collares y maravillosas diademas y decidió que era allí donde compraría el regalo de su novia.
El dependiente lo reconoció enseguida. Le ofreció todo tipo de joyas: pendientes, gargantillas, diademas, pulseras... Pero a Harry todas le parecían demasiado ostentosas. Conocía bien a Ginny y sabía que ella preferiría algo sencillo y elegante. Se lo hizo saber al joyero que lo miró de forma ligeramente maliciosa.
-Creo que ya sé qué es lo usted necesita, señor Potter -dijo mientras entraba en la trastienda y rebuscaba en las estanterías.
Salió al cabo de dos minutos portando una pequeña caja de madera tallada. La abrió mostrandole su contenido y Harry no pudo evitar sonreírse. Había encontrado el regalo perfecto. Lo pagó casi sin preguntar el precio y salió de la tienda complacido y feliz.
Justo al salir se tropezó con alguien con quien no esperaba encontrarse. Por pura costumbre, Harry y Malfoy se miraron desafiantes unos segundos, pero entonces parecieron recordar que habían hecho las paces y suavizaron el rostro. Harry le tendió la mano y Draco la estrechó con cordialidad.
-¿De compras, Malfoy? -preguntó Harry.
-No exactamente -contestó -. Vine a deshacerme de ciertos objetos que aún quedaban en mi casa -señaló mostrando un gran saco de tela que hizo un ruido como de cristales rotos cuando lo agitó.
Harry esbozó una sonrisa de comprensión.
-Ya entiendo -dijo -. ¿Demasiadas artes oscuras?
Malfoy correspondió a la sonrisa.
-Digamos que la suficiente para una larga temporada.
-¿Y qué opina tu padre al respecto?
-Me temo que, por el momento, mi padre ha perdido el derecho a tomar decisiones. Hasta la fecha no han hecho más que traernos problemas. Ahora decidimos mi madre y yo.
-Me alegra oírlo. Sin ánimo de ofender, tu madre siempre me pareció más sensata que tu padre.
-No sé si será más sensata, pero lo que sí sé es que ella no ha estado a punto de mandarnos a Azkaban a los tres.
Harry comprendió a lo que se refería Malfoy pero prefirió no insistir en ello. Se despidieron cordialmente con un apretón de manos y se separaron. Cuando llegó a Grimmauld Place, Harry guardó el regalo de Ginny bajo llave en la caja fuerte que había en su despacho.
Bajó a recoger a Hermione y fueron juntos a La Madriguera. A su amiga pareció gustarle tan poco la moto como la escoba y se agarró tan fuerte a Harry que casi le hizo daño. Al llegar a casa de los Weasley, se bajó del vehículo un poco pálida, muy despeinada y con piernas temblorosas.
-¿Por qué no habéis venido por la Red Flú? -preguntó Ron mientras abrazaba a su novia.
-No le regañes, Ron -dijo Hermione -. Yo insistí en venir en moto. Tenía ganas de probarla, pero creo que luego Harry tendrá que volver solo.
Harry sonrió y entró en la casa dejando solos a sus amigos. Se encontró con Ginny bajando las escaleras con el pelo húmedo, al parecer acababa de salir de la ducha. Lo besó en los labios y salió a saludar a Hermione. Él aprovechó para entrar a la cocina y hablar con los Weasley. Por suerte, estaban los dos allí.
-Señores Weasley -empezó mientras se sentaba en una de las sillas -. ¿Puedo hablar con ustedes?
Molly lo miró un poco preocupada y Arthur con mucha curiosidad.
-Claro que sí querido -contestó la señora Weasley sentándose ella también -. ¿Ocurre algo malo?
-No, en absoluto, señora Weasley. Sólo quería consultarles acerca del regalo que tengo pensado hacerle a Ginny por su cumpleaños.
-¿Buscas consejos sobre los gustos de Ginny? -preguntó el señor Weasley.
-En realidad no. Ya he decidido lo que le voy a regalar, pero no me atrevo a proponérselo sin consultarlo con ustedes -los rostros de los Weasley se transformaron al instante, Harry comprendió por qué y se apresuró a añadir -: Me gustaría llevar a Ginny de viaje al Valle de Godric después de su cumpleaños. Quiero visitar con ella las tumbas de mis padres y enseñarle mi casa, pero quería pedirles permiso antes.
Molly y Arthur intercambiaron miradas paternales. Les produjo una gran ternura que Harry les pidiera permiso antes de llevar a Ginny de viaje.
-No es necesario que hagas eso, querido -dijo la señora Weasley -. Mientras Ginny esté contigo nosotros estaremos tranquilos. Contigo está a salvo.
Harry esbozó una sonrisa.
-No era por eso por lo que necesitaba pedir su opinión, señora Weasley.
-Ya suponemos por qué es, muchacho -atajó Arthur -. Pero el caso es que no nos importa. Ginny ya va a cumplir diecisiete años y va a ser mayor de edad. Los dos sois adultos y responsables, y confiamos en vosotros.
El muchacho se vio inundado por una ola de agradecimiento.
-Muchas gracias, señores Weasley. Gracias de verdad.
Acompañó las palabras de abrazos y apretones de manos y salió al jardín para ayudar a poner la mesa.
El resto del día transcurrió tranquilo entre risas y cotilleos. Harry contó su encuentro con Malfoy y Percy comentó que había una chica nueva trabajando en la Oficina del Ministro, una tal Audrey, que sustituía a Penélope. El embarazo de Fleur iba viento en popa, pero seguía teniendo que guardar reposo, lo que le impedía volver a trabajar. Al parecer, el haber luchado embarazada en la última batalla había perjudicado ligeramente al bebé. Los sanadores decían que no era grave, pero que preferían curarse en salud.
Al atardecer, Harry y Hermione volvieron a Grimmauld Place, aunque esta vez por separado. La chica no parecía dispuesta a subirse a la moto de nuevo. Se encontraron en casa y tomaron el té juntos en el salón. Harry aprovechó para enseñarle lo que le había comprado a Ginny por la mañana y para contarle cuál era el otro regalo que tenía pensado. Hermione pareció encantada con la elección de Harry.
-Estoy segura de que le va a encantar, Harry -sentenció con convencimiento.
Con la opinión de su amiga, Harry se quedó mucho más tranquilo. Ella conocía mejor los gustos de Ginny y confiaba en su buen criterio.
Durante los días siguientes, Harry no tuvo mucho tiempo para pensar en el cumpleaños de su novia. Kingsley lo estaba cargando de trabajo. El Ministro no parecía querer confiar en nadie más que en él para acompañarlo de viaje por todo el país. Estaba recorriendo Gran Bretaña comprobando el avance de los trabajos de reconstrucción tras la Guerra y el estado de todas las personas afectadas, y era obligatorio que el Ministro viajara con escolta. Lo bueno de eso es que le permitió conocer mejor a Percy, ya que él también viajaba con Kingsley.
Había estado tan ocupado que no tuvo tiempo de preparar el viaje al Valle de Godric, aunque, mirándolo por el lado bueno, así podría tomar las decisiones con Ginny. Cómo llegar, dónde dormir, cuántos días estarían...
El cumpleaños de Ginny cayó en Viernes, y toda su familia pidió la tarde libre para celebrarlo con ella.
La señora Weasley, ayudada por Andrómeda, Fleur y Hermione, había decorado el jardín de la Madriguera con lazos dorados, guirnaldas de colores y una gran pancarta con un enorme número diecisiete en color escarlata. El jardín recordaba mucho al decimoséptimo cumpleaños de Harry del año anterior.
Sobre una mesa alargada se amontonaban platos rebosantes de exquisitos guisos y de las mejores especialidades de la señora Weasley. Kreacher quiso cocinar algo especial para el cumpleaños de la "pequeña ama", como él la llamaba, y preparó algunos de los platos preferidos de Ginny y un pastel rebosante de nata, como a ella le gustaba.
A Ginny le encantaron la decoración y la comida. Estaba encantada con el trabajo hecho por su familia y por el elfo doméstico. Cerca de la mesa principal, habían colocado otra más pequeña donde numerosos paquetes de regalos esperaban para ser abiertos.
Todos disfrutaron enormemente de la comida. Molly seguía sorprendiéndolos con nuevas especialidades, a las que se unían las cocinadas por Kreacher, quien mejoraba por días en su forma de cocinar.
Mucho antes de acabar con todo lo que había en la mesa, nadie pudo comer un solo bocado más. La primera en rendirse fue Hermione, seguida de cerca por Fleur y Andrómeda. Como era de esperar, Ron aún siguió comiendo varios minutos después de que Harry, el penúltimo en sucumbir, hubiera tirado la toalla.
Cuando fue oficial que la cena había terminado, la señora Weasley se precipitó emocionada hacia los regalos con la intención de que fuera el suyo y de su marido el primero que Ginny abriera. Nadie se sorprendió lo más mínimo cuando se descubrió que era el tradicional reloj que se regala cuando se cumple la mayoría de edad. Era más pequeño que el de Harry y Ron, más femenino, también con estrellas en lugar de manecillas y tenía su nombre y su fecha de nacimiento grabadas en el reverso. Ginny abrazó agradecida a su padre y besó a su madre en la mejilla.
Ron y Hermione le regalaron una escoba nueva, una Saeta de Fuego como la de Harry; Bill y Fleur una hermosa túnica de gala de color verde que contrastaba con su pelo rojizo; Charlie una lechuza para ella sola; Percy sorprendió a todos regalándole una bonita pulsera de plata en vez de libros cargantes e insufribles. Ginny adivinó la mano de alguna chica bajo aquel regalo, pero prefirió no decir nada por el momento. George completó la escoba con su compañero perfecto: el mismo kit de mantenimiento que Hermione regaló a Harry por su decimotercer cumpleaños. Alegando que le parecía poco para su hermana favorita, le regaló también varias entradas para un concierto de Las Brujas de Macbeth, para que pudiera ir con quien quisiera. Hagrid le regaló una cría de escarbato, ya que la pareja que tenía en Hogwarts acababa de tener una enorme camada. Y Andrómeda le regaló un frasco del perfume de gardenias que ella solía usar y que volvía loco a Harry.
Por último sólo quedaron los regalos de Neville, Luna y Harry. Neville, como no podía ser de otra manera, le regaló una extraña, pero interesante planta a la que llamó Cardamine Lyrata. Le explicó que sólo necesitaba un vaso de agua al mes y que con las hojas podría preparar una poción muy eficaz contra el dolor de cabeza y de estómago. Por suerte, pensó Ginny, la planta era lo bastante bonita como para poder ponerla en su dormitorio.
Luna le ofreció un pequeño paquete envuelto en un papel que sólo podría haber elegido ella. Sobre un fondo amarillo limón, cabalgaban una especie de unicornios de color azul eléctrico y con el cuerno en espiral. Ginny supuso que serían los Snorkacks de cuernos arrugados. Rezó para que no fuera otro cuerno de Erumpent.
-Ya sabes que estuve buscando el cuerno de Snorkack -le dijo mientras ella rompía el papel embargada por la curiosidad -. Me habría gustado regalártelo, pero no pude encontrarlo -hablaba con su habitual tono soñador, como si estuviera diciendo las cosas más sensatas del mundo -. Así que me decidí por eso. Espero que te guste.
Ginny por fin pudo desenvolver el paquete, su amiga había usado más de cuatro capas de papel, y abrió impaciente la caja. Contra todo pronóstico, dentro no había un ejemplar de gurdiraíz, ni plimpies de agua dulce, ni siquiera ciruelas dirigibles; sino un elegante juego de escritorio formado por un sólido tintero de metal dorado y una hermosa pluma de águila. Ese fue el regalo que más ilusión le hizo, más por ser poco propio de su amiga Luna que por el valor que pudiera tener. Viniendo de ella, se esperaba cualquier cosa menos un regalo normal.
Después de eso únicamente le quedaba por abrir el paquete de Harry. Su chico había elegido una papel mucho más discreto que su amiga, de color celeste con pequeñas snitch doradas. Lo abrió sin nada de cuidado. Ese era el primer regalo que le hacía Harry, sin contar aquel lote de libros de Lockhart que descargó en su caldero poco antes del segundo curso, y sentía una gran curiosidad. Cuando se deshizo del papel descubrió una bellísima caja de madera tallada con motivos florales.
-Muchas gracias, Harry -dijo creyendo que el regalo acababa ahí -. Es preciosa, cariño.
-Ábrela, tesoro -contestó él -. El regalo está dentro, eso sólo es el estuche.
Totalmente extrañada, abrió con mucho cuidado la pequeña cajita y observó con interés el interior. Se quedó sin palabras al ver un hermoso medallón de oro blanco, que colgaba de una cadena del mismo metal y con una flor de lis hecha a base de pequeños brillantes incrustados en el anverso. Lo sacó del estuche, le dio la vuelta y se encontró las palabras "Te Amaré Siempre. H. P." grabadas en el reverso. Harry lo cogió y se lo puso en el cuello. El brillo del oro y los brillantes le iluminaba el rostro y la favorecía mucho.
-¿Te gusta? -preguntó cuando hubo cerrado el broche de la cadena.
-Me encanta, amor. Es una maravilla.
Se volvió y lo abrazó apasionadamente. Él le dio un breve beso en el lóbulo de la oreja y la apretó fuerte contra su pecho.
Permanecieron así unos segundos hasta que cayeron en la cuenta de que no estaban solos.
Ya se había hecho tarde, así que Ginny agradeció a todos su presencia y sus regalos y se despidieron. Todos menos Harry, que se hizo el remolón para quedarse a solas con ella en el jardín. Como tenía la complicidad de los Weasley, no tardó en conseguir lo que quería.
-¿No te vas a casa, cariño? -preguntó Ginny cuando vio que Harry no se iba.
-Ahora -contestó él -. Antes tengo otra cosa para ti.
-¿Para mí? -interrogó extrañada -. Pero si ya me has hecho un regalo magnífico, Harry. No hacía falta que me compraras nada más, amor.
-Para ser exactos -empezó Harry con malicia -, no he comprado nada aún. Ven, tesoro -añadió mientras la invitaba a sentarse bajo uno de los árboles del jardín -. Quiero contarte cuál es mi otro regalo.
Ginny obedeció dócilmente y se sentó sobre la hierba apoyada en el pecho de Harry.
-Verás, cariño. He pensado que podríamos irnos unos días de viaje al Valle de Godric. Quiero visitar contigo las tumbas de mis padres y me gustaría que vieras mi casa. Me hace ilusión ir allí contigo. Ya he hablado con tus padres y les parece bien. Si tú quieres podemos salir mañana mismo.
Ginny lo miró casi sin palabras.
-¿Me estás hablando en serio? ¿Nos vamos de viaje?
-Si tú quieres sí.
Sin mediar palabra, le echó los brazos al cuello y lo besó con tanto ímpetu que cayó de espaldas sobre la hierba.
-Por supuesto que quiero, amor. Yo también quiero ir al Valle de Godric contigo. Ese sitio es importante para ti y será maravilloso estar allí juntos.
Harry sonrió.
-Y bien -preguntó -. ¿Cuándo salimos?
-¿Decido yo? -inquirió con curiosidad. Él asintió con la cabeza -. ¿Mañana por la mañana?
-Tú mandas, pequeña. Vete a la cama y haz la maleta. Vendré a recogerte a las ocho. Iremos en moto. ¿Te parece bien?
-Me parece genial. Buenas noches, amor -se despidió besándole con pasión en los labios.
-Buenas noches, princesa -contestó él -. Que descanses.
Ginny entró en la casa y Harry cogió la moto para volver a Grimmauld Place. Preparó su maleta y se acostó. No pudo contener una lágrima traviesa al pensar que al día siguiente volvería a ver a sus padres.