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Historia 27195 — capítulo 18
Harry despertó muy temprano a la mañana siguiente. Por la noche estaba cansado, no había terminado de preparar la maleta y tendría que acabarla antes de ir a recoger a Ginny. Pero, como tantas otras veces, se le adelantó Kreacher. Cuando salió de la ducha se encontró toda su ropa limpia, planchada y perfectamente doblada ya guardada en su maleta.
-No hacía falta que me hicieras la maleta, Kreacher -dijo Harry -. Yo no habría tardado nada.
-Pero el amo Harry se estaba duchando, y es la obligación de Kreacher atender las necesidades del amo Harry.
-Voy a tener que pedirle a Hermione que hable muy seriamente contigo -murmuró más para sí mismo que para el elfo.
-¿Perdón, amo Harry? No le he entendido.
-Nada, Kreacher -contestó en voz más alta -. He dicho que muchas gracias.
Kreacher realizó una reverencia tan profunda que tocó el suelo con la frente.
-De nada, amo Harry. El desayuno ya está servido. La señorita Granger le espera.
Desapareció con un fuerte crack y Harry empezó a vestirse. Salió de su habitación unos minutos después y bajó al comedor a encontrarse con Hermione, que ya estaba desayunando.
-Buenos días, Harry -saludó jovial.
-Buenos días, Hermione.
-Harry -empezó ella con tono de duda -. Hay algo que quiero preguntarte.
-Dime -contestó distraídamente mientras se servía café y se apartaba unos bollos.
-Verás, aprovechando que tú no vas a estar el fin de semana, me gustaría que viniera Ron a pasar unos días conmigo. ¿Te importa?
Harry dejó lo que estaba haciendo y la miró con fingida severidad.
-Por todos los dragones, Hermione. ¿De verdad necesitas preguntar eso? Esta también es tu casa, mientras no destroces los muebles ni le prendas fuego puedes hacer aquí lo que quieras. Además, ¿desde cuándo necesita Ron permiso para venir?
Hermione esbozó una tímida sonrisa.
-Ya, pero es que nunca se había quedado a dormir.
-¿Y qué? No soy tu madre, Hermione. A mí no tienes que darme explicaciones. Me parece genial que vayáis a pasar unos días juntos. Disfrutad de la casa -concluyó guiñándole un ojo. Ella sonrió complacida y siguieron desayunando.
Varios minutos después, Harry se levantó dispuesto a marcharse, pero antes de que saliera de la habitación, Hermione lo detuvo y le dió una bolsa de plástico llena de papeles.
-Toma -le dijo -. Fui a la biblioteca y saqué todo lo que encontré sobre El Valle de Godric. Mapas de carreteras, planos del pueblo, restaurantes, hoteles... Estuve echándole un ojo y te señalé los que me parecieron más atractivos. Tú puedes hacer lo que quieras, claro, pero pensé que podía serte útil.
A Harry lo embargó una sensación de agradecimiento que no conocía límites. Abrazó con fuerza a su amiga y la besó con ahínco en la mejilla mientras le decía:
-No sé que haría sin ti, Hermione.
-Perderte por el pueblo, seguro -bromeó ella. Miró su reloj y añadió -: Anda, vete. Ya casi es la hora a la que has quedado con Ginny.
Harry miró su propio reloj y comprobó que su amiga estaba en lo cierto. Le dio otro fugaz beso en la mejilla al tiempo que mascullaba algo parecido a "cuídate" y bajó al garaje hecho una exhalación, seguido de cerca por Kreacher que quería que se llevara algo de comida para el camino.
-No tengo tiempo, Kreacher -gritó por encima del ruído de la moto mientras aseguraba la maleta en el portaequipajes -. Muchas gracias.
Arrancó la moto y salió de la casa. Comprobó que no hubiera nadie en los alrededores y se elevó por encima de Grimmauld Place. Sobrevoló pueblos y ciudades durante casi media hora, hasta que divisó a lo lejos el pueblo de Ottery St. Catchpole. Aprovechó el escondite que le proporcionaba el bosquecillo cercano a la Madriguera y descendió sin ser visto. Aparcó la moto en el camino de entrada y atravesó el jardín en dirección a la casa. Ginny lo esperaba en el salón vestida para viajar y con la maleta preparada.
-Buenos días, amor -saludó cuando él entró a la estancia.
-Buenos días, princesa -contestó él dándole un pequeño beso en los labios -. ¿Estás lista? -ella asintió con la cabeza -. Pues vamos. El pueblo está lejos, cuanto antes salgamos, antes llegaremos.
Harry, galante, cogió su maleta y la tomó de la mano. Salieron juntos del salón y se encontraron con los Weasley en el pasillo. Les desearon bien viaje y Molly, siguiendo el ejemplo de Kreacher, quiso darles algo de comida para el camino.
-Mamá, por favor -protestó Ginny -. No somos unos críos. Si nos entra hambre pararemos a comer.
-Muchas gracias, señora Weasley -terció Harry -. Pero llegaremos al pueblo antes del almuerzo. No será necesario llevarnos comida.
-Como queráis -dijo ella -. Pasadlo bien.
-No te preocupes por eso, mamá. Seguro que lo pasamos genial.
Ginny besó a sus padres y se despidió de ellos agitando la mano. Harry aseguró al portaequipajes también la maleta de Ginny y se subió a la moto. Ginny montó detrás y se agarró con fuerza a la cintura de su chico. Esa era la primera vez que se montaría en la moto de Sirius y no estaba segura de si la experiencia le gustaría.
Harry volvió a elevar la moto y sobrevolaron el pueblo cercano a la Madriguera.
-¿Quieres que vayamos volando o prefieres ir por carretera? -preguntó.
-Siempre es mucho mejor volar -respondió ella emocionada. La moto era casi tan genial como la escoba. De seguro repetiría la experiencia.
Gracias a los mapas de carreteras que le había dado Hermione, Harry no tardó en encontrar el camino al Valle de Godric. Volando, la moto era mucho más rápida que cualquier vehículo por carretera, así que, menos de dos horas después, Harry divisó la espadaña de la iglesia y la reconoció al instante. Se le encogió el corazón al recordar la última vez que la había visto, lo cerca que había estado de no poder contarlo.
-Ya hemos llegado, tesoro -le dijo a Ginny -. Ese es el pueblo.
Ella tan solo asíntió con la cabeza. También estaba nerviosa. Sabía lo que ese sitio significaba para Harry, lo importante que era volver allí y lo mucho que quería ir con ella. Había pasado todo el viaje pensando qué le diría a Harry si se entristecía demasiado o si lloraba ante la tumba de sus padres. Pasó mucho rato eligiendo las palabras correctas.
Harry lanzó un hechizo desilusionador sobre ellos y la moto para poder aterrizar sin ser vistos. Cuando estuvo seguro de que nadie los observaba, retiró el encantamiento y entraron en el pueblo como una pareja muggle normal que montaba una gran moto.
De nuevo dió gracias por tener en su vida a una amiga tan maravillosa como Hermione y consultó los planos que ella le había dado para llegar hasta la plaza del pueblo. Allí estaba la posada donde pasarían la noche, a menos que Ginny tuviera otros planes.
-Esta es la posada -dijo una vez llegaron a la plaza y se bajó de la moto -. Según Hermione está muy bien, pero podemos buscar otro sitio si quieres.
Ginny evaluó el establecimiento durante unos instantes.
-No hace falta, amor -contestó -. Aquí estará bien.
Él la ayudó a bajar y desató las maletas de ambos. Cada uno cogió la suya y entraron al hostal cogidos de la mano. En el mostrador de recepción se encontraba un muggle bastante mayor, bajito y con poco pelo que le reclamaba a gritos a la recepcionista que las sábanas de su dormitorio no eran de color blanco sino de un horroroso estampado floral. Mientras esperaban su turno, Harry decidió abordar el delicado tema que le quitaba el sueño.
-¿Pedimos una habitación o dos?
Los ojos de Ginny se encontraron con los de Harry fijos en ellos. En ese breve instante que sus miradas se cruzaron, ella adivinó lo que de verdad quería saber con esa pregunta.
-Una -respondió sin una pizca de vacilación.
-¿Estás segura?
-Totalmente.
-De acuerdo -admitó él -. Como quieras.
La besó en la frente y la dejó sola un segundo mientras se acercaba al mostrador aprovechando que el señor de las sábanas de flores ya se había ido. Pidió una habitación doble para pasar un par de noches y la amable recepcionista, después de tomarle los datos, le dió un enorme llavero de madera que tenía grabado un número y el nombre de la posada.
-Habitación doscientosiete, señor Potter -le dijo -. Por esas escaleras, segundo piso a mano derecha -indicó mientras señala hacia un lugar al fondo de la estancia.
-Muchas gracias -contestó volviendo con Ginny y cogiendo las maletas.
Subieron hasta el segundo piso y buscaron su habitación. Abrieron la puerta y se encontraron con una estancia muy acogedora. No demasiado grande pero muy cálida gracias al suelo de moqueta y a las paredes forradas en madera. Justo en frente de la puerta había una gran ventanal con vistas a la plaza y a la iglesia, y en el centro de la pared de la derecha se encontraba una robusta cama de matrimonio vestida con un bonito edredón de color salmón, a juego con las cortinas. A la izquierda se abría la puerta del baño.
-Parece ser que nosotros sí que tenemos sábanas blancas -bromeó Ginny levantando unos centímetros la ropa de cama.
Harry rió la broma distraídamente, estaba concentrado en otra cosa. Su chica, no sabía si por casualidad o por malicia, se había puesto su camiseta favorita, la que según él mejor le quedaba. Y se esforzaba por reprimir sus instintos, al menos hasta la noche.
-Estoy hambriento. ¿Bajamos a comer?
Ginny sonrió con picardía. Harry era tan transparente que podía leer en él como en un libro abierto. Sin duda él había adivinado sus intenciones al ponerse esa camiseta, y no se había equivocado lo más mínimo al aventurar que Sir Harry Potter, caballero andante, la respetaría hasta el último momento.
-Sí, por favor -contestó -. Me muero de hambre. Pero déjame cambiarme de ropa. Esto no me parece adecuado.
-Está bien. Te esperaré abajo.
Ginny hizo un gesto de resignación mientras Harry se acercaba a la puerta.
-Harry -lo llamó antes de que saliera -. Tú también deberías cambiarte, en la moto hemos debido de coger mucho polvo.
-Sí, creo que tienes razón -respuso un poco azorado.
-Además -añadió Ginny -. Tenemos que sacar la ropa de la maleta o se arrugará demasiado.
Harry, dócilmente, se dió la vuelta e hizo lo que le pidió Ginny. Mientras colocaba la ropa en el armario, intentaba no mirar a su chica, que se había quitado la camiseta y buscaba alguna prenda concreta dentro de su maleta. Unos segundos después pareció encontrar lo que buscaba y se cambió de ropa. Para bajar a almorzar, eligió unos vaqueros oscuros y una camisa transparente de color verde agua sobre un top del mismo color. Él también se puso ropa limpia y bajaron juntos a comer.
Fueron a almorzar a uno de los restaurantes que les había recomendado Hermione. Ciertamente la comida estaba deliciosa y disfrutaron mucho del almuerzo.
Cuando tomaron los postres y una taza de té, Harry sugirió dar un paseo por el pueblo e ir después al cementerio y Ginny accedió. Él pagó la cuenta y salieron del restaurante.
Lo primero que Ginny quiso ver del pueblo fue la estatua de Harry y sus padres. Al llegar por la mañana ya había visto el monumento tal y como lo ven los muggles, pero no se habían acercado lo suficiente como para que se transformara ante sus ojos.
Regresaron a la plaza del pueblo y se acercaron al monumento a los caídos. Aún estaban a un par de metros cuando la estatua cambió. Donde hace un momento se encontraba un obelisco cubierto de nombres, ahora había una familia, el padre, la madre y un bebé de menos de un año. James y Lily Potter eran iguales a como Ginny los conocía por las fotos que Harry tenía en su casa y que conservaba como un tesoro. Y Harry, a pesar de ser sólo un bebé, ya era idéntico a su padre.
Ginny recordó con una sonrisa la foto de Harry en su primer cumpleaños montando en la escoba de juguete que le regaló Sirius que él mismo encontró el verano pasado en Grimmauld Place. Era un bebé adorable, con una cálida sonrisa y unos grandes y hermosos ojos verdes.
Al ver una representación tan viva de cómo era la vida de Harry antes de derrotar a Voldemort, Ginny sintió un peso enorme en el estómago. Para bien o para mal, ella no sabía lo que era crecer sin el amor de sus padres, totalmente ajeno al mundo al que de verdad perteneces. Y nunca había sido tan consciente de lo duro que había podido ser eso para Harry como en ese momento.
Afectada por esos sentimientos, apenas pudo contener las lágrimas. Pero en el momento en que la primera bajó correteando por sus mejillas, se maldijo internamente por su debilidad. Se suponia que era ella la que debía consolar a Harry y no al revés.
-¿Por qué lloras, princesa? -preguntó mientras le secaba los ojos con el pulgar.
-No es nada -intentó quitarle importancia -. Es sólo que estás tan mono. Eras un bebé muy rico.
Harry sonrió. El intento era bueno, pero no había logrado engañarlo.
-Sí que lo era. Aunque supongo que como todos los bebés, ¿no?
Ginny soltó una pequeña carcajada. Ambos eran conscientes de que no habían podido engañarse mutuamente, pero ese no era el lugar adecuado para tener una conversación transcedental.
Se sentaron en uno de los bancos que rodeaban la plaza y permanecieron varios minutos más contemplando la estatua de los Potter. Harry ya le había contado a Ginny su aventura completa de la primera vez que había estado en el pueblo, y ella ya sabía casi lo mismo que él sobre sus padres, así que no sabía muy bien qué decir y prefirió quedarse callado. Ella quiso respetar su silencio y se limitó a corresponder a su abrazo.
Al cabo de unos minutos, Harry se levantó y le tendió la mano a Ginny.
-¿Seguimos paseando, tesoro? -preguntó.
-Claro -contestó ella tomando la mano que Harry le ofrecía.
A pesar de que tenían la iglesia justo a la espalda, prefirieron dar una vuelta más amplia por el pueblo antes de entrar en el cementerio. Encontraron una floristería y Harry aprovechó para comprar dos ramos de flores.
-¿Por qué no las has hecho aparecer con tu varita? -inquirió Ginny cuando salieron de la tienda.
-No sé -respondió Harry encogiéndose de hombros -. Me apetecía llevarles algo que hubiera comprado yo. La última vez ni siquiera fui capaz de crearlas yo mismo.
Ella decidió no insistir más en ese punto y siguieron caminando en silencio. Llegaron de nuevo a la plaza y pasaron junto al monumento a los caídos que volvió a transformarse cuando se acercaron. Rodearon la iglesia y penetraron en el cementerio.
Estaba tan y como Harry lo recordaba. Divisó la tumba del Abbot que Hermione creía que era pariente de Hannah, pasaron junto a la tumba de Ignotus Peverell y junto a la de los Dumbledore. Harry guiaba a Ginny como si de una visita a un museo se tratara. Por fin llegaron frente a la tumba de los Potter. Sobre la blanca lápida de mármol aún reposaba la corona de flores que Harry dejó allí en Navidad. La cogió y la apartó con la intención de tirarla en cuanto saliera de allí y depositó con cuidado los ramos frescos que acababa de comprar.
Pasaron mucho rato frente a la tumba de los Potter, tanto que cuando salieron del cementerio empezaba a anochecer. Decidieron dejar la visita a la casa para el día siguiente y regresaron a la posada para cenar en el restaurante que había en la planta baja del edificio.
La cena que les sirvieron fue exquisita, compuesta por todas las especialidades de la cocina inglesa. Sopa de rabo de buey, rosbif acompañado de pudin de Yorkshire y patatas asadas y brownie de postre. Todo estaba delicioso.
Acabada la cena, subieron a la habitación cogidos de la mano. Ginny miraba atentamente a Harry y sonreía. Se le notaba nervioso, inquieto, y ella sabía por qué. Él, por su parte, ni siquiera se atrevía a mirarla. Durante todo el día se había concentrado en el pueblo, en la estatua, en sus padres, y había logrado olvidar lo increíblemente bella que estaba con esa camisa. Pero ya se le habían acabado las excusas, y ahora sólo podía pensar en ella, en que no encontraría en el mundo una mujer más hermosa.
Harry abrió la puerta y dejó pasar primero a Ginny, haciendo uso de sus mejores modales de caballero. Una vez dentro, Ginny, sin ningún pudor, se quitó la rebeca con la que se había protegido del frío durante el paseo y comenzó a desarocharse la camisa. Él permaneció junto a la puerta, mirándola fijamente con cara de bobo.
-¿Ocurre algo, cariño? -preguntó ella al percatarse de que Harry ni siquiera se había movido desde que habían entrado.
De repente y sin mediar palabra, Harry corrió hacia ella y la besó largamente. Puso sus manos alrededor de sus mejillas y profundizó el beso. Ella, sorprendida en grado sumo, tardó unos segundos en reaccionar, pero pronto puso sus manos sobre su pecho y lo besó también.
-Te quiero -le susurró Harry al oído.
-Yo también te quiero -contestó ella con la voz entrecortada.
Los dos sabían lo que iba a pasar. Lo sabían y lo deseaban, pero a Harry todavía lo asaltaban las dudas. Tiró al suelo la camisa que acababa de quitarle a Ginny e intentó detenerla mientras ella hacía lo propio con la suya.
-Cariño -dijo retirándose de ella y mirándola a los ojos -. No tenemos por qué hacer esto si tú no quieres.
Por toda respuesta, ella se acercó de nuevo a él y lo besó con dulzura.
-Es que yo sí quiero hacerlo, Harry -respondió -. Hace mucho tiempo que quiero que tú seas el primero.
Las palabras de Ginny lo dejaron muy sorprendido. Ella había salido con varios chicos antes que con él, y le extrañaba que no hubiera llegado a intimar con ellos.
-No, Harry -terció ella adivinando lo que pensaba -. Nunca hice nada con Michael ni con Dean, y no porque ellos no quisieran, tendría que añadir. Pero estoy totalmente segura de que quiero hacer esto contigo. Así que quítate ya el disfraz de caballero andante y bésame. Sé que deseas esto tanto como yo, Harry. No te resistas y déjate llevar.
Harry sonrió tremendamente divertido. La decisión y la determinación siempre fueron uno de los rasgos de Ginny que más le gustaron. La abrazó de nuevo y volvió a besarla con fuerzas renovadas.
Las prendas de ambos volaron por doquier mientras caminaban hacia la cama. Harry retiró el cobertor y depositó a su chica con suavidad sobre las sábanas. No sabía muy bien qué hacer, pero decidió hacerle caso a Ginny y dejarse llevar.
Aunque lo cierto es que no le hizo falta tomar ninguna decisión. Su instinto y Ginny llevaban la voz cantante. Primero que todo, acabó de desnudarla dejando que ella hiciera lo propio con él. Cuando no les quedaban prendas de ropas, obligó a Ginny suavemente a permanecer tumbada boca arriba y acarició cada rincón de su cuerpo con la punta de sus dedos. La besó en el cuello y le lamió la oreja. Ella soltaba pequeños gemidos que lo animaban a seguir explorando su anatomía.
Pero ella también quería jugar con él, así que, después de mucho rato de besos y caricias, se revolvió en la cama hasta dejar a Harry en la misma posición en la que había estado ella segundos antes y le pagó con la misma moneda.
No fueron conscientes de cuánto rato pasaron prodigándose mutuamente infinitas caricias, pero sí sabían que estaban preparados para dar el siguiente paso. Más por instinto que por otra cosa, Harry volvio a acostar a Ginny boca arriba y se tumbó sobre ella. Ginny cerró con fuerza los ojos y se mordió el labio inferior, temerosa de lo que estaba punto de pasar.
Pero no tardó en darse cuenta de que sus temores eran infundados. Harry se comportaba como un amante experto y le hizo el amor con ternura, procurando hacerle el menor daño posible. Ella no tardó en experimentar tanto placer que creyó que no lo soportaría. Él sentía algo parecido.
Tras unos minutos de intensa actividad, cayeron en la cama cansados y exhaustos, pero complacidos. Harry se tumbó boca arriba y Ginny se acomodó entre sus brazos. Él la abrazó y la besó en el pelo.
-Te amo -susurró.
-Y yo a ti -respondió ella.
Demasiado cansados como para hablar, Harry le acariciaba a Ginny el pelo, y ella hacía dibujos invisibles con su dedo sobre el pecho de él. Sin darse cuenta, pasó por encima de la cicatriz ovalada que le dejó el guardapelo, y Harry se vio atacado por una ola de pudor repentino. Apartó un poco a Ginny y se tapó con las sábanas.
-Creo que es un poco tarde para eso, amor -dijo Ginny con picardía -. Ya no tienes secretos para mí.
-No es por eso, cariño. Es... -se sonrojó hasta las orejas -. Es que no quiero que me veas las cicatrices. Son horribles y...
No pudo continuar porque Ginny lo silenció con un dulce beso.
-No digas eso. A mí me gustan tus cicatrices. ¿Y sabes por qué? -el negó con la cabeza -. Porque cada una cuenta una historia. Esta -acarició suavemente la cicatriz de la frente -, cuenta cómo perdiste a tu familia cuando sólo eras un bebé y cómo derrotaste por primera vez al mago tenebroso más terrible de todos los tiempos. Esta -bajó despacio hasta la del antebrazo, la que le dejó el mordisco de Nagini -, cuenta que te enfrestaste a una criatura temible y despiada y sobreviviste. Esta -volvió a acariciar la del pecho -, cuenta lo valiente que fuiste al enfrentarte a Voldemort de nuevo, y tu lucha con un pedazo de su alma que quería volver con su dueño. Y esta es mi favorita -concluyó acariciando las cicatrices de la mano derecha -. Cuenta lo íntegro que es tu carácter, que defendiste tu verdad, la verdad, contra viento y marea. Que tu voluntad no flaqueó lo más mínimo a pesar de los castigos y de los dolores. No vuelvas a decir que tus cicatrices son horribles, Harry, porque todas ellas dicen a gritos que eres, probablemente, el mago más valiente de toda Gran Bretaña.
Ginny había logrado emocionar a Harry hasta las lágrimas. La besó en los labios y la apretó contra su pecho. Se durmió poco después oliendo su maravilloso aroma a gardenias. Ella tampoco tardó en dormirse.
Aún era temprano cuando un rayo de Sol se escapó por entre las cortinas y cayó impunemente sobre los ojos de Harry, despertándole al instante. No pudo evitar sonreírse cuando se encontró la melena rojiza de Ginny diseminada sobre su pecho, su chica había pasado la noche abrazada a él. Se zafó con suavidad de su abrazo intentando no despertarla y entró al baño sin hacer ruído. Se dio una larguísima ducha que acabó de espabilarle.
Cuando salió del baño, se encontró a Ginny ya despierta, vestida con la parte de arriba de su pijama y recogiendo la ropa que habían esparcido por el suelo la noche anterior.
-Tesoro -empezó Harry con picardía -. Creo que ese pijama es mío.
Ginny sonrío con malicia y se acercó a él para besarle en los labios.
-Lo sé -contestó -. Pero es que no encontraba mi camisón. Espero que no te importe.
-Pequeña tramposa descarada -exclamó él mientras se abalanzaba sobre ella y le hacía cosquillas, cayendo los dos irremediablemente sobre la cama, con Ginny intentando defenderse de los ataques de Harry, con escaso éxito.
Después de varios minutos de tortura, Harry decidió parar y abrazó a Ginny desde atrás, besándola en el cuello.
-¿Ahora me vienes con esas? -pregunta ella fingiéndose indignada -. Después de que casi me matas de risa.
-Puedo volver a hacerlo si quieres -dijo él llevando de nuevo las manos al costado de su novia.
-De eso nada -terció ella esquivando a su chico y alejándose de la cama -. Me voy a la ducha -le guiñó un ojo y se metió en el baño.
Mientras Ginny se duchaba, Harry continuó con la labor de recoger la ropa que ella había dejado inconclusa. Cuando hubo terminado, se vistió con sus vaqueros favoritos, una camisa azul y su americana negra. Ginny salió del baño vestida también con vaqueros y con un bonito top morado sin mangas.
-¿Bajamos a desayunar? -preguntó guardando el pijama de Harry bajo la almohada -. Me muero de hambre.
Harry asintió con la cabeza y salieron de la habitación cogidos de la mano. Ocuparon una mesa en el resturante de la posada, donde le sirvieron un exquisito desayuno inglés con huevos revueltos, gachas de avena, tostadas, café y zumo de naranja.
Ya con el estómago lleno, salieron del hostal y se dirigieron caminando despacio hacia las afueras del pueblo, donde se encontraba la casa de los Potter. El corazón de Ginny latía con fuerza contra sus costillas. La casa donde Harry derrotó a Voldemort la primera vez siempre había sido un lugar mítico para ella. Había crecido escuchando con admiración la historia del Niño que Sobrevivió, sin poder imaginarse que acabaría siendo el hombre de su vida. Hacía muchos años que deseaba visitar esa casa, pero su madre nunca había querido llevarlos allí alegando que no era un lugar adecuado para unos críos. Pero ahora estaba a punto de cumplir uno de sus sueños.
El pueblo era muy pequeño, apenas tenía unas docenas de casas, y no muy lejos de la plaza de la Iglesia empezaba el campo abierto. Harry dirigió a Ginny por el camino que se dirigía a las afueras.
-Esa es la casa de Bathilda Bagshot -dijo señalando a una de las pequeñas casas de dos pisos que bordeaban el sendero -. La de mis padres está un poco más hacia alla.
Ginny notó como Harry se llevaba la mano a la cicatriz del pecho de manera inconsciente, recordando, estaba segura, cómo se la hizo. Siguieron caminando hasta que, pocos metros más allá, la divisó. Supo que era esa gracias a las descripciones de Harry. Era una casa como todas las demás de la zona, con dos plantas y un pequeño jardín delantero. Sólo que en esta las malas hierbas habían tomado posesión del jardín y tenía el piso superior totalmente destrozado.
Se acercaron a la casa en completo silencio. Para Ginny, estar allí debía ser muy parecido a lo que experimentan los muggles cuando ven a alguien famoso. Se pegó más a la verja y la cogió con ambas manos. En ese momento, apareció de entre los hierbajos del jardín el cartel que explica por qué la casa se quedó sin reconstruir y en el que magos y brujas habían dejado sus mensajes de apoyo a lo largo de los años. Harry distinguió algunos nuevos, esta vez de agradecimiento, que habían aparecido desde que estuvo allí la última vez.
-¿Quieres entrar? -preguntó de repente Harry sobresaltando a Ginny que estaba sumida en sus propios pensamientos.
-¿Qué? -ella pensó que había estado distraída y que no lo había entendido bien.
-Que si quieres entrar. Nadie nos va a ver, la casa está oculta a los muggles.
-Ya, Harry. Pero en este pueblo también viven magos, y ellos sí pueden vernos.
-Venga, cariño. ¿Me estás diciendo que no quieres entrar? ¿Que no quieres ver cómo es la casa por dentro?
Las mejillas de Ginny tomaron un ligero color rosado.
-Claro que quiero, Harry. Pero...
-Entonces vamos -interumpió él -. Por favor, Ginny -suplicó -. Necesito entrar.
-Está bien -admitio -. Entraremos.
Harry sonrió y la besó en la mejilla. Acto seguido, puso un pie sobre la verja y la cruzó de un salto.
-¿Te ayudo? -preguntó galante.
-Gracias, pero creo que puedo sola -Ginny imitó a Harry y también cruzó.
Cruzaron despacio el descuidado jardín, apartando matojos y esquivando ortigas. Llegaron a la puerta de la casa y se sorprendieron al encontrarla abierta.
-Qué raro -murmuró Harry penetrando en el oscuro pasillo.
La planta de abajo estaba tal y como sus padres la dejaron cuando fueron atacados, nadie había tocado nada en diecisiete años. Una gruesa capa de polvo lo cubría todo. En el salón había varios juguetes de bebé diseminados por el suelo. Recordó la visión que tuvo después de escapar de Voldemort en Navidad. Recordó que su padre jugaba con él en ese mismo salón, seguramente con esos mismos juguetes. Recordó cómo, aún sin varita, había intentado protegerlos a su madre y a él, y cómo Voldemort lo había matado sin siquiera pestañear.
Entró al salón y recorrió emocionado todos los retratos que llenaban las estanterías. Bajo la capa de polvo distinguió una de su padre con el uniforme de quidditch, otra de Sirius y Remus con sus túnicas de gala y una foto que él no tenía de la boda de sus padres. Se disponía a coger esta última para verla mejor cuando su fino oído y su instinto entrenado distinguieron ruídos fuera, en el jardín. De un rápido vistazo buscó a Ginny y se precipitó hacia ella desenvainando su varita.
-¿Qué sucede, Harry? -preguntó extrañada.
Harry le pidió que se callara con un dedo sobre los labios.
-Hay alguien fuera -dijo en un susurro -. Ponte detrás de mí.
-¿Para que me protejas con tu cuerpo de un posible ataque? ¿Otra vez me tratas como a una niña?
-Tienes razón, lo siento. Entonces saca tu varita y da un paso atrás. No tiene sentido que nos ataquen a los dos a la vez.
Ginny asintió con la cabeza y obedeció dócilmente. En esos momentos de extrema tensión el corazón les latía tan fuerte que parecía querer salir del pecho. Esperaron impacientes el ataque con los cinco sentidos puestos en la puerta del salón.
Tras unos segundos de silencio sepulcral, escucharon unos pasos amortiguados por el polvo que se dirigían a la estancia. El ruído cesó un instante y la puerta del salón comenzó a abrirse despacio.