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Historia 27195 — capítulo 19
Harry se maldijo a sí mismo por haber sido tan idiota. En el Ministerio sabían que aún quedaban mortífagos sueltos que no habían podido atrapar. Seguramente sabrían que querría volver a la casa de sus padres ¿Cómo había podido volver a caer dos veces en la misma trampa? Y lo peor es que había arrastrado a Ginny con él. Si a ella le pasaba algo él no se lo perdonaría nunca.
Sintió de nuevo la excitación previa a la batalla, el corazón golpeándole contra las costillas, la sangre agolpándose en la sién. Agarró bien su varita y apuntó a la puerta que comenzaba a abrirse lentamente.
La luz entraba en la estancia debilitada por la gruesa capa de polvo que cubría los cristales, pero, aún en esa penumbra, reconoció la varita que asomó por la puerta sin ningún tipo de duda. Tenía que actuar deprisa.
-No disparéis -gritó levantando la varita -. Soy Harry Potter.
-¿Qué pasa, Harry? -interrogó Ginny aterrada por la actitud del chico.
-¿Harry? -preguntó una voz que ambos conocían bien -. ¿Eres tú?
-Sí, Kingsley -contestó Harry -. Soy yo, y estoy con Ginny.
-Vaya -dijo el Ministro penetrando, por fin, en la estancia -. Hemos montado una redada pensando en encontrarnos con algunos mortífagos y a quien estamos a punto de atrapar es a Harry Potter y a Ginny Weasley -concluyó con una carcajada.
Harry y Ginny rieron la gracia por puro compromiso. Aún estaba demasiado sorprendidos por la presencia de Kingsley en la casa.
-¿Qué hacéis aquí, Kingsley? -inquirió Harry -. No me dirás que habéis montado una redada en la casa de mis padres por casualidad, ¿no?
-En absoluto, Harry -contestó él mientras el salón se iba llenando de aurores del Ministerio que envainaban sus varitas al comprobar que no había peligro -. Esta casa es un símbolo de la lucha contra Voldemort. En el Ministerio siempre se ha tenido el temor de que fuera atacada por mortífagos en un intento de debilitar la fe en ti, en que tú podrías derrotarlo. Por eso la casa está protegida. Si alguien cruza la verja suena una alarma en el Ministerio. La escuchamos hace un par de minutos y montamos una redada de urgencia pensando en que estaría siendo atacada por mortífagos. Gracias a Merlín, nos equivocamos. ¿Y qué hacéis vosotros aquí? -Kingsley notó cómo un ligero rubor subía a las mejillas de Harry y se apresuró a añadir -. Bueno eso no tiene imortancia -se volvió a los aurores y continuó -. Chicos, ya no tiene sentido que estemos todos aquí. Podéis volver al trabajo.
Uno por uno, los aurores, compañeros de Harry, se despidieron de ellos y se marcharon de la casa. En un par de minutos, sólo quedaron allí Harry, Ginny y el Ministro.
-Y ahora que estamos a solas -Kingsley siguió como si no se hubiera interrumpido -. ¿Qué hacéis aquí?
Estando en la intimidad con su novia y un amigo, Harry no tuvo inconveniente en hablar con Kingsley de ello.
-Ginny y yo estamos pasando unos días en el pueblo y esta mañana hemos venido a ver la casa. Estábamos fuera, en la verja, y he sentido la necesidad de entrar. No sabía que hubiera una alarma, de haberlo sabido nunca se me habría ocurrido. O, al menos, habría avisado antes. Siento haberos asustado, señor Ministro.
-No es culpa tuya, Harry -tranquilizó Kingsley -. En realidad yo tendría que haber previsto esto. Esta mañana Arthur me comentó que estabas en el pueblo y debería haber supuesto que querrías entrar aquí. Tendría que haberte avisado, pero he de confesar que no he caído en ello. En cualquier caso, no tienes que disculparte. Al fin y al cabo, esta es tu casa y es normal que quieras entrar.
-Gracias, Kings -sólo se permitía esa confianza cuando estaban a solas.
-Y ya que estás aquí -continuó el Ministro -, supongo que querrás ver el resto de la casa, ¿me equivoco? -negó con la cabeza -. En ese caso, volveré al Ministerio y ordenaré que corten la alarma que debe seguir sonando. Mira cuanto quieras, Harry, puedes pasarte el día aquí si quieres. Sólo te pido una cosa, cuando os vayáis, mándame un patronus al Ministerio para que vuelva a conectar la alarma.
-Lo haré, señor Ministro -contestó Harry mientras Kingsley se daba la vuelta dispuesto a marcharse.
-Otra cosa, Harry -añadió antes de salir de la estancia -. Esta sigue siendo tu casa. Nada se ha tocado, nada se ha movido desde la noche del ataque. Aquí están todos los recuerdos de tus padres, todas sus fotos, sus posesiones. Puedes coger lo que quieras, Harry. Todo lo que hay aquí es tuyo
-Gracias, Kings -dijo emocionado -. Muchas gracias -Kingsley sonrió y salió de la casa dejando solos a Harry y a Ginny.
Lo primero que hizo Harry en cuanto se quedaron solos fue limpiar el polvo de la foto de la boda de sus padres que iba a coger cuando llegaron los aurores. Esa era diferente a todas las que había conseguido reunir al cabo de los años. Para empezar, era una foto muggle, seguramente hecha por su abuelo o por alguna amiga de la infancia de su madre. En la foto, ella y su padre no posaban, sino que el desconocido fotógrafo pareció haberlos sorprendido mientras se daban un fugaz abrazo y él le hacía una caricia cariñosa en la punta de la nariz. Con una sonrisa cómplice se la pasó a Ginny que tampoco pudo evitar sonreírse.
-¿Te la vas a llevar? -preguntó.
Harry asintió con la cabeza y siguió paseando por el salón. Recogió alguno de los juguetes que había por el suelo y los guardó también. A tal efecto, Ginny había hecho aparecer con su varita una gran bolsa de tela. Harry recogió, limpió y guardó unas cuantas fotos más que se encontró en el salón, que incluía la que parecía ser su primera foto de bebé en la que salía en brazos de sus padres, una de Lily, James, Sirius y Remus elegantemente vestidos con túnicas de gala y otra de su bautizo en la que su padrino lo cogía en brazos y lo miraba orgulloso.
Ginny lo observaba atentamente. Harry apenas había dicho una palabra desde que se fue Kingsley y ella sospechaba que se esforzaba por contener las lágrimas. En un intento por consolarlo, se acercó a él y lo abrazó por detrás.
-¿Quieres hablar?
-Estoy bien, amor -contestó él besándole las manos -. Ven, vayamos arriba.
La tomó con suavidad de la mano y la condujo fuera de la habitación. En el piso de arriba todo estaba destrozado. Era evidente que se había llevado la peor parte de la explosión.
Aún cogidos de la mano se dirigieron a la antigua habitación de Harry. Él sabía que era allí donde Voldemort había matado a su madre y donde intentó matarlo a él. Por eso era la habitación más maltrecha de la casa. Harry y Ginny la recorrieron entera, pero no encontraron nada que pudieran salvar.
Harry entró a una habitación que parecía ser un despacho, abrió varios cajones de un escritorio y encontró una pequeña caja de madera que no pudo evitar abrir.
La tercera mañana después del incidente, cuando llegó el correo, Robin se posó delante de la taza de café de Lily con un paquete y una carta de su padre.
Querida Lily
Tu hermana y yo hemos estado estos días recogiendo las cosas de mamá. Hemos encontrado algo que quizás quieras conservar.
Esperamos que estés bien. Nosotros estamos mejor, aunque seguimos algo tristes.
Te echamos de menos.
Con amor
Papá
Intrigada, Lily abrió el paquete. Dentro encontró las joyas que su madre quiso que ella tuviera, la toquilla de punto que tejió para ella, varias fotos y recortes y las cartas que ambas habían intercambiado durante los años en Hogwarts, entre otras cosas.
Ginny y él leyeron, con lágrimas en los ojos, cuál fue el primer regalo que James le hizo a Lily o la sorpresa que él le preparó para su primer cumpleaños juntos.
Del despacho, Harry rescató varias fotos más, varios libros y algunos papeles que revisaría más tarde. Salió de la estancia siguiendo a Ginny y se paró un instante con la mano en el picaporte de la puerta. Sólo le quedaba por visitar el dormitorio de sus padres y no estaba seguro de querer entrar. Ginny volvió a salir al rescate de su chico.
-¿No es un poco tarde, Harry? -preguntó inocentemente -. ¿Por qué no vamos a comer?
Harry sonrió al adivinar las intenciones de Ginny.
-No, tesoro. Quiero entrar allí. Nos iremos enseguida.
Ginny se acercó a él y le dio un breve beso en los labios.
-Está bien, cariño. Como tú quieras.
Casi sin darse cuenta la cogió de la mano y abrió la puerta del dormitorio. Esa era, sin duda, la habitación que había sufrido menos daño, apenas había rotos unos cristales y un par de libros dispersos por el suelo.
Justo frente a la puerta había una gran cama de matrimonio cubierta por un edredón de color escarlata con ribetes dorados con un dosel del que colgaban cortinas en los mismos colores. Harry sonrió ante la clara referencia a la casa a la que ambos pertenecieron en el colegio y siguió examinando la habitación. A la derecha se abría un enorme ventanal que daba al jardín delantero. Junto a él había un pequeño tocador con un espejo y una banqueta. A la izquierda de la puerta se alzaba un gran armario de numerosas puertas.
Se acercó al tocador y se le hizo un nudo en la garganta al imaginar a su madre sentada en esa misma banqueta cepillándose el pelo o maquillándose. Abrió un pequeño joyero que encontró frente al espejo y sacó varias cajitas de diferentes tamaños que fue abriendo una a una.
-Mi amor -empezó James pasados unos minutos -. Tengo algo para ti.
Metió la mano en el bolsillo de su túnica y sacó un pequeño paquete envuelto en papel de regalo.
-Tu regalo de Navidad -dijo sonriente -. Aunque un poco atrasado.
-Pero James -Lily no sabía qué decir -. No tenías que comprarme nada, mi amor. Yo no te he hecho ningún regalo.
-Sí que lo has hecho -corrigió James -. Tú eres el mejor regalo que podía desear. Ábrelo.
Lily desenvolvió el regalo con manos temblorosas. Era una cajita de terciopelo negro. La abrió, pero lo que vio dentro la dejó sin respiración.
-James -dijo con un hilo de voz -. Es precioso, mi amor.
- ¿De verdad te gusta? -preguntó mientras sacaba la cadena de plata de su envoltorio y se la ceñía al cuello -. La compré esta mañana. La vi en el escaparate y pensé en ti. Sé que los lirios son tu flor favorita.
James cerró la cadena y dejó caer el colgante. La flor de lis en oro blanco y brillantes reposó a la altura perfecta en el cuello de Lily.
En la primera encontró el colgante que su padre le regaló a su madre la primera Navidad que pasaron juntos, y que fue también su primer regalo de novios. Abrió la siguiente caja no sin antes guardar la cadena en su bolsillo sin que lo viera Ginny. Quería regalárselo y darle una sorpresa.
-Aún tengo otro regalo para ti, princesa -dijo James unos minutos después.
-Pero James, mi amor -protestó Lily -. Todo esto ya es más que suficiente.
-Es posible. Pero aún así tengo otro regalo. Toma.
Del bolsillo interior de su túnica sacó una cajita pequeña forrada de terciopelo y se la dio. Ella volvió a quedarse sin palabras cuando vio la preciosa pulsera de plata que había dentro.
-Era de mi madre -añadió James -. Fue el primer regalo que mi padre le hizo. Ella habría querido que la tuvieras tú.
-James -balbuceó Lily -. Es preciosa, mi amor. Muchísimas gracias.
James sacó la pulsera de la caja y se la ciñó a la muñeca.
-Te queda muy bien -dijo -. Es casi tan bonita como tú.
En esta ocasión, fue la pulsera que James le regaló a Lily por su decimoctavo cumpleaños lo que halló dentro. También la guardó en su bolsillo, pero esta vez con la esperanza de que estuviera allí menos tiempo.
Del pequeño joyero sacó numerosas joyas, que incluían pendientes, collares y anillos. Pero aparte de lo que ya había cogido, decidió guardarse sólo un sello con lo que parecía un escudo heráldico. Ignoraba si el apellido Potter era lo bastante importante como para tener uno, pero pretendía averiguarlo, y, si era así, querría tener ese sello.
Harry se habría llevado todo lo que había en el dormitorio, pero ya tenía la sensación de estar saqueando la casa, de estar profanando algo sagrado, y prefirió dejarlo como estaba. Guardó, no obstante, la única foto que encontró de él mismo con sus padres, Sirius y Remus, que su padre tenía colocada sobre su mesilla de noche.
-¿No has pensado en reconstruírla? -preguntó de repente Ginny, adivinando, una vez más, lo que pensaba.
Harry negó con la cabeza.
-No -respondió -. Se dejó así por una razón, y a mí sigue pareciéndome igual de válida a pesar de que han pasado muchos años. Además -continuó con un deje de tristeza en la voz -, no podría vivir aquí. Hay demasiados recuerdos. Cada vez que entrara por la puerta recordaría la visión que tuve de Voldemort matando a mi padre. Y lo mismo siempre que entrara a mi antigua habitación. Sería muy doloroso.
Ginny comprendió al instante las razones de Harry. Por un segundo se puso en su lugar y supo que ella tampoco podría vivir allí. Le cogió la mano con cariño y la besó.
-¿Quieres recoger algo más? -preguntó sin alzar la voz.
-No, creo que no -contestó -. Creo que deberíamos irnos ya.
-Como quieras, cariño.
Harry echó una última mirada al dormitorio de sus padres y salió de la habitación cogido de la mano de Ginny. Antes de abandonar la casa, dieron otro paseo comprobando que no hubiera nada más que quisieran llevarse y, ya en el jardín, Harry mandó a Kingsley el prometido patronus y regresaron al mundo muggle, fuera del encantamiento que protegía la casa.
Regresaron a la posada en completo silencio. Ginny quería decir algo, hacer que Harry hablara, que se desahogara, pero las palabras se negaban a salir de sus labios. Llegaron a la habitción del hostal sin haber cruzado una sola palabra en todo el camino. Una vez allí, Harry se sentó en el sillón que había junto a la ventana e invitó a Ginny a sentarse con él con un gesto de la mano. Ella se acercó y se sentó en el suelo a los pies del sillón, como era habitual en ella. Apoyó la cabeza en las rodillas de Harry y se dejó acariciar el pelo.
-Tengo algo para ti, pequeña -dijo harry pocos minutos después.
Ella lo miró interrogante. No habían salido de la casa en toda la mañana, así que Harry no había podido comprarle nada. Lo que significaba que, fuera lo que fuese, lo había cogido de allí.
-Toma -continuó Harry antes de que ella pudiese reaccionar y sacó algo del bolsillo de su chaqueta. Ginny reconoció la pulsera que James regaló a Lily por su cumpleaños.
-Pero, Harry... -balbuceó sin acertar a encontrar las palabras adecuadas -. Yo... yo no... yo no puedo...
-Claro que puedes -interrumpió él -. ¿Por qué no ibas a poder?
-Porque era de tu madre, y antes fue de tu abuela y...
-Antes de que sigas con mi genealogía y te remontes a Ignotus Peverell -terció Harry con una sonrisa -, ¿por qué eso impide que la puedas tener tú? Mi padre se la regaló a mi madre porque pensó que era lo que habría querido mi abuela, ¿no? -Ginny asintió con la cabeza -. Pues yo creo que mi madre querría que la tuvieras tú.
-Pero...
-Sin peros, tesoro -la silenció con un dedo sobre sus labios y le puso la pulsera.
Ginny se sentó sobre sus rodillas y lo besó con lágrimas en los ojos.
-Muchas gracias, amor.
-No seas tonta, pequeña. No hace falta que me agradezcas nada -la abrazó con fuerza y añadió -: Te quiero.
-Yo también te quiero.
Permanecieron así unos minutos hasta que repararon en que estaban hambrientos y bajaron a comer. Ya no les quedaba nada que hacer en el pueblo, así que decidieron dar un último paseo y poner flores frescas sobre la tumba de los Potter y regresar a casa antes de que anocheciera. Abandonaron el pueblo con la esperanza de volver a menudo.