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Historia 27195 — capítulo 20

El viaje de vuelta en moto fue igual de divertido que el de ida. Ginny decidió que, siempre que fuera posible, usarían ese medio de transporte en lugar de cualquier otro. En la Madriguera, la señora Weasley los saludó con entusiasmo y se interesó por cómo se había desarrollado el viaje. Harry y Ginny contaron su historia sin entrar en demasiados detalles.

Llevaba unos minutos en la casa cuando Harry reparó en la ausencia de alguien.

-¿Dónde está Ron, señora Weasley? -preguntó.

-Creo que pasa la noche en tu casa. Volverá mañana, después de trabajar.

Él asintió con la cabeza y su suegra le insistió para que se quedara a cenar.

-Gracias, señora Weasley -dijo -. Me encantaría, pero no puedo. Le dije a Kreacher que volvería a la hora de la cena, y, no sé por qué, tiene la mala costumbre de no dejar que nadie cene hasta que llegue yo -ahogó una carcajada y añadió -: Ron debe estar hambriento -ella aceptó no demasiado conforme y se despidieron en el jardín.

Harry volvió a Grimmauld Place deseando contarles a Ron y Hermione todo lo vivido en el Valle de Godric. Todo, o casi todo. Estaba convencido de que Ron preferiría que prescindiera de narrar lo que hicieron por la noche. Supuso, sin embargo, que Hermione tardaría en enterarse lo que tardara en ver a Ginny.

En su casa, sus amigos lo esperaban ansiosos. Sobre todo Ron quien, como él se había supuesto, se moría de hambre. Hermione, en cambio, esperaba su llegada por otros motivos menos prosaicos.

Durante la cena, Ron y Hermione se interesaron por el desarrollo del viaje. Harry les contó el paseo por el pueblo, la visita a la estatua y a las tumbas de sus padres y el incidente en su antigua casa. No pudieron evitar soltar una sonora carcajada al imaginar lo ridículo de la situación, con Harry y Ginny a un lado de la puerta, y Kingsley y los aurores al otro, preparándose para enfrentarse entre ellos.

También les enseñó lo que había cogido de allí, y Hermione apenas pudo contener algunas lágrimas al ver las fotos de Sirius y Remus cuando jóvenes.

Harry colocó las fotos en distintas habitaciones de la casa, guardó los libros en la biblioteca y las joyas y los papeles en la caja fuerte. Cuando estaban tomando el té en el salón de dibujo, Harry sacó el anillo con el escudo y se lo enseñó a Hermione.

-¿Sabes si esto puede ser algún tipo de escudo heráldico del apellido Potter? -preguntó mientras su amiga examinaba con atención el sello -. Como el que había en el tapiz del árbol genealógico de los Black.

-No estoy segura -contestó ella -. Según tengo entendido, la familia de tu padre era bastante importante en el mundo mágico. De hecho, tú desciendes de Ignotus Peverell. Así que es muy posible. No obstante, repasaré algunos libros de la biblioteca y haré algunas averiguaciones. Sabrás algo en cuanto lo sepa yo.

-Muchas gracias, Hermione.

Siguieron charlando unos minutos más hasta que les entró sueño y se retiraron a sus dormitorios. Se despidieron en el rellano del segundo piso y se fueron a la cama.

Por la mañana, Harry se despertó a la hora de costumbre. Entró al baño y al salir se encontró la cama hecha y su ropa preparada. Miró al cielo en un claro gesto de resignación y comenzó a vestirse. Decidió no intentar que Kreacher dejara de hacer esas cosas por la mañana, era una batalla perdida de antemano.

Sintiéndose un poco hambriento, bajó a desayunar. En el comedor le esperaba Ron, que estaba como ausente mirando su plato de huevos revueltos.

-Buenos días, Ron -saludó Harry.

Ron levantó la cabeza y dio la sensación de que no había reparado en la presencia de Harry hasta que éste no lo saludó.

-Ah -contestó con voz de ultratumba -. Buenos días, Harry.

Harry le miró entrecerrando los ojos, intentando averiguar qué demonios le pasaría. Porque era obvio que su amigo no estaba bien. Estaba pálido como la cera pero tenía las orejas coloradas

-¿Se puede saber qué te pasa?

-La he cagado, tío -dijo con apenas un hilo de voz -. Lo he estropeado todo.

-¿A qué te refieres? -Harry no entendía lo más mínimo.

-A Hermione -Ron pareció estallar de repente, escupía las palabras casi con rabia -. Creo que la he perdido para siempre.

Harry sintió como si le cayera un jarro de fría. Si Ron y Hermione rompían, significaba que nunca podrían volver a estar los tres juntos.

-¿Has roto con ella?

-Aún no -respondió negando con la cabeza -. Pero si te digo la verdad, no creo que tarde mucho en dejarme.

-Por todos los dragones, Ron -exclamó Harry exasperado -. ¿Qué hiciste anoche?

Ron evitó su mirada y volvió a concentrarse en su propio plato.

-Anochelepedímatrimonio -dijo sin respirar, consiguiendo que Harry no entendiera una palabra.

-¿Que hiciste qué?

-Que le pedí matrimonio -respondió más calmado.

-Pero Ron, amigo mío -terció Harry dándole una palmada en la espalda -. Esa es una excelente noticia. ¿Por qué iba ella a dejarte?

-Porque me dijo que no -chilló Ron dejando a Harry de nuevo estupefacto -. Me dijo que no, Harry. Yo... -se llevó las manos a la cara y empezó sollozar - yo fui un idiota, un completo imbécil.

-Ron, por favor -tranquilizó Harry -. Relájate. No puede ser tan horrible como piensas. Cuéntame con calma qué fue lo que ocurrió.

El chico inspiró hondo por la nariz y comenzó a hablar algo más calmado.

-Anoche, después de despedirnos en el rellano y entrar a nuestro dormitorio, yo me fui directo a la cama pero Hermione se sentó en su tocador y empezó a cepillarse el pelo. Dice que si no lo hace, a la mañana siguiente lo tiene lleno de nudos.

»Yo la estaba mirando desde la cama pero ella no reparó en ello y siguió cepillándose. Estaba tan hermosa sentada en su tocador que le dije:

»-Cásate conmigo -no pude remediarlo, lo dije sin pensar.

»Entonces soltó el cepillo y me miró incrédula. Me pidió que repitiera lo que acababa de decir, no se creía que le hubiera pedido matrimonio. Cuando me di cuenta de la estupidez que había hecho, intenté arreglarlo, le dije que no me hiciera caso, que olvidara esa conversación. Pero ella se levantó, se acercó a la cama y me besó.

»-No quiero olvidar lo que me has dicho, Ron -me dijo -. No lo quiero olvidar porque quiero decirte que sí. Pero no puedo hacerlo ahora, y tú lo sabes. Es pronto, mi amor. Aún es muy pronto y tenemos mucho tiempo. Pídemelo dentro de un tiempo, cuando estemos preparados, y te prometo que te diré que sí.

Harry miró a Ron sin entender su derrotismo. No le parecía que la conversación hubiera sido tan espantosa como quería pintarla su amigo

-Para serte sincero, Ron -le dijo -. Dudo muchísimo que Hermione quiera dejarte. No me parece que tengas motivos para preocuparte tanto, pero lo mejor que podrías hacer, si quieres quedarte tranquilo, es hablar con ella. Aclara las cosas.

-Sí -contestó Ron un poco más animado -, supongo que tienes razón.

Justo en ese momento, entró Hermione en el comedor. Saludó a Harry, le dio un beso en la mejilla y se dirigió casi sin mediar palabra hacia Ron. Antes de que el chico pudiera reaccionar y decir siquiera "buenos días", ella se abalanzó sobre él y le dio un apasionado beso en los labios. Harry no tuvo ninguna duda de que su amiga, que rara vez era tan impulsiva, quería dejar claro que la conversación de la noche no había modificado un ápice la relación de ambos.

Harry suspiró aliviado y se concentró en su propio desayuno.

Sabía que debía ser temprano porque ya escuchaba el bullicio normal del Callejón Diagon a primera hora de la mañana, pero no quería salir de allí hasta haber terminado lo que llevaba intentando toda la noche.

Desde la muerte de su hermano, George sólo encontraba consuelo en la compañía de su familia y en las horas que pasaba en el sótano de Sortilegios Weasley realizando experimentos para conseguir nuevos productos.

Esa noche en concreto, la había pasado en vela trabajando en su último invento: un surtido de pociones con efectos diversos, que variaban desde cosas inofensivas, como cambiar el color del pelo, hasta algunas un poco más arriesgadas.

Había empleado las últimas dos horas en mezclar cientos de ingredientes con el único afán de conseguir una poción que XXXXXX, y estaba seguro de que le faltaba poco para conseguirlo. Se apostaba su oreja sana a que no le restarían por mezclar más de dos o tres elementos.

Tomó con sumo cuidado un poco de polvo de ópalo, muy inestable si no se maneja de forma adecuada. Lo añadió a la poción y esperó a que hiciera algún efecto.

Pero lo que ocurrió justo después no entraba en sus planes. El polvo de ópalo hizo reacción con los ingredientes que ya había mezclado y empezó a burbujear, como si estuviera a punto de hervir. Del fondo del caldero comenzó a salir una espuma de un desagradable color verdoso y un silbido que no presagiaba nada bueno.

Con la agilidad que aún conservaba de sus tiempos de golpeador, echó a correr en dirección a la escalera justo a tiempo de evitar que el caldero le estallara en la cara. Pero reaccionó demasiado tarde y la explosión le alcanzó antes de que pudiera ponerse a cubierto.

Sintió cómo una estantería le caía encima y cómo rompía un frasco de vidrio con la cabeza. No perdió la consciencia pero el golpe le dejó muy aturdido. Se movió un poco para alcanzar la varita que tenía en sus pantalones e hizo levitar la estantería que le impedía moverse.

Antes de subir a la tienda, echó un vistazo al sótano. La explosión había sido bastante fuerte y había destrozado la habitación. Apenas había quedado un sólo frasco vivo. Por suerte, pensó, guardaban copia de todo en el almacén.

Subió las escaleras intentando no caerse. Aún se sentía mareado y no quería rodar de nuevo hacia el sótano. En la trastienda se encontró con Ron, que ese día había llegado más temprano de lo habitual.

-Por los pantalones de Merlín, George -exclamó al contemplar el aspecto tan lamentable de su hermano mayor -. ¿Qué ha pasado? ¿Qué te has hecho?

George esbozó una sonrisa y contestó con voz despreocupada.

-No pasa nada, hermanito. Un pequeño percance con el polvo de ópalo. Yo estoy bien.

-Eso díselo a tu ceja partida y a ese corte tan feo que tienes en el brazo. Hay que llevarte a San Mungo. Siéntate en esa silla que avisaré a Ginny para que vaya contigo. Yo me quedaré hoy en la tienda.

-No es necesario, Ron. Yo... -pero no llegó a terminar la frase porque sintió cómo toda la habitación le daba vueltas y tuvo que agarrarse a la pared para no caerse.

-Te he dicho que te sientes -exclamó Ron una autoridad nada propia en él -. Vas a ir a San Mungo quieras o no. Así que te sugiero que colabores.

Sintiéndose incapaz de discutir con su hermano, George obedeció al punto la orden recibida y se sentó a esperar a que Ron llamara a Ginny usando la chimenea y a que ésta viniera a buscarle.

Después de hablar con Ginny, Ron regresó junto a su hermano y le ofreció un vaso de agua y un trapo húmedo para que parara la hemorragia del corte de la ceja. George no quería alarmar a nadie pero empezaba a sentirse mal. A la conmoción por el golpe se le unía la pérdida de sangre y la falta de sueño y alimento de las últimas horas. Estaba a punto de perder la consciencia cuando llegó su hermana, acompañada de Harry.

-Alabado sea el poder de Merlín, George -dijo acercándose a él y observando sus heridas -. ¿Se puede saber qué has hecho?

George intentó contestar a la pregunta, pero sólo logró mover los labios sin emitir ningún sonido.

-Merlín bendito. Harry, hay que llevarlo a San Mungo ahora mismo -suplicó mirando a su chico con los ojos aguados.

-Claro que sí, cariño -dijo él -. Cógelo por ese lado -añadió mientras pasaba su brazo bajo el hombro de su cuñado -. Venga, George. Vamos al hospital.

Harry y Ginny agarraron bien a George y se dispusieron a desaparecerse.

-Avisadme en cuanto sepáis algo -pidió Ron antes de que se fueran.

Harry lo tranquilizó con un gesto de la mano justo antes desaparecer y sujetó bien el brazo de George. Aparecieron los tres juntos en un callejón solitario detrás del edificio abandonado de unos grandes almacenes donde estaba situado el hospital. Ginny estaba pendiente de su hermano en todo momento. Había dejado de sangrar, pero parecía estar siempre a punto de perder la consciencia. Ella no hacía más que darle palmaditas en las mejillas para evitar que se durmiera.

Llegaron a la puerta principal y entraron tras anunciar el motivo de su visita. Los atendió una sanadora con bastantes malas pulgas que les indicó que debían seguir recto por el pasillo en el que se encontraban y dejar al enfermo en la tercera puerta a la izquierda.

Hicieron lo que les ordenaron y un sanador, con bastante mejor humor que la bruja de la puerta, les pidió amablemente que esperaran fuera.

No había hecho más que apoyar la cabeza en la almohada, cuando George no aguantó más y se quedó dormido. En su inconsciencia, vio imágenes aisladas de otras veces que había estado convaleciente, la mayoría de ellas a causa de fechorías cometidas junto a su hermano Fred.

No supo cuánto tiempo había permanecido inconsciente, pero, por un breve instante, no recordó dónde estaba. No recordó el accidente ni el haber ingresado en San Mungo. No podía estar en un sitio tan frío como un hospital y, a la vez, percibir ese aroma tan delicado y tan familiar, que le evocaba recuerdos felices a la par que dolorosos.

Abrió poco a poco los ojos e intentó enfocar a quien fuera que estaba allí con él. Al principio no consiguió nada, debido en su mayor parte al fuerte golpe en la cabeza que se había dado y que ahora recordaba muy bien. Pero, tras unos segundos de seguir intentándolo, distinguió la figura de alguien, una chica sin duda, que llevaba bata verde y el largo pelo moreno recogido en una coleta. Intentó decirle algo pero sólo logró mover la mano de forma aleatoria.

-¿Ya te has despertado? -preguntó una voz conocida -. Qué caprichoso es el destino. Mi primera semana en esta planta y tengo que atender a George Weasley. ¿Qué hacías? ¿Intentabas redecorar el Callejón Diagon?

La voz cálida y risueña de Angelina Johnson seguía tal y como la recordaba de sus años en Hogwarts.

-Angelina -logró decir con un hilo de voz -. ¿Qué haces aquí?

-Ya te lo he dicho, trabajo aquí. Cuando acabé Hogwarts empecé los cursos de Sanador e hice los exámenes. Llevo trabajando aquí casi un año. Me acaban de trasladar a este departamento. ¿Y tú cómo estás? Parece ser que te diste un buen golpe. ¿Qué mezclaste en esa poción, pequeño insensato?

-Polvo de ópalo, creo. Pero no recuerdo qué fue lo que mezclé antes. Llevaba trabajando toda la noche y mi memoria no es buena si no he dormido. Tendría que revisar mis notas, pero no creo que la explosión haya dejado de ellas lo suficiente como para leerlas.

Ella logró ahogar una carcajada. Sin duda ese seguía siendo George Weasley, capaz de hacer una broma en cualquier situación, por rocambolesca que sea.

Él, mientras tanto, se devanaba los sesos intentando recordar alguna conversación con Angelina en la que saliera el tema de su trabajo. No se creía que no hubiera hablado con ella desde que él y Fred abandonaron Hogwarts a mitad de curso dos años atrás.

Exprimió su memoria al máximo, pero el último encuentro que recordó con su antigua compañera fue en el funeral de los caídos en la Última Batalla, y estaba seguro de que, en aquella ocasión, no cruzaron una sola palabra. Tras un par de minutos tuvo que resignarse ante la escandalosa verdad de que llevaba casi dos años sin hablar con ella.

-¿Cómo estás, Angelina? -ambos supieron que había algo más que pura cortesía oculta bajo aquella pregunta.

-Yo estoy bien -contestó quitándole importancia -. Pero aquí tú eres el enfermo y yo tu sanadora, y soy la que hace las preguntas. Así que, dime, ¿cómo te encuentras?

-Como si se me hubiera caído encima una estantería llena de frascos de cristal -Angelina rió -. Pero estoy bien. Tengo suficiente experiencia en golpes y contusiones. Fui golpeador de quidditch, ¿recuerdas?

-Claro que lo recuerdo. Uno de los mejores, debería decir. Pero las bludgers no te explotan en la cara, George. Te faltó muy poco para acabar unos cuantos pisos más arriba, en la Sala Reservada.

-¿Tan grave ha sido? -preguntó intrigado. Ella asintió con la cabeza.

-Bastante. No sé qué es lo que habrás mezclado ni quiero saberlo, pero ha hecho una reacción muy violenta. De haberte alcanzado, podría haberte ocurrido algo peor. Por suerte, todo se ha quedado en un susto. Y ahora voy a avisar a tu familia de que ya estás despierto. Estaban todos muy preocupados.

-¿Mi familia está aquí? -volvió a asentir.

-Todos menos tu madre. Creo que Andrómeda se la ha llevado de compras mientras despertabas. Tu padre y tus hermanos querían ahorrarle la angustia de la espera.

-No creo que a mamá le guste que le hayan ocultado que su hijo está en el hospital.

Angelina se encogió de hombros.

-Eso mismo les he dicho yo, pero no me corresponde a mí decidir eso. Están esperando fuera, ¿quieres que los haga pasar?

-Sí, por favor.

La chica abrió la puerta para salir y George escuchó la inconfundible voz de su madre que sonaba entre airada y preocupada.

-No puedo creer que no me lo hayáis dicho. Es mi hijo, maldita sea. ¿Qué... -Angelina volvió a cerrar la puerta y la voz de la señora Weasley dejó de oírse.

George ignoraba en qué circunstancias se habría enterado su madre de lo ocurrido. Pero de lo que sí estaba seguro es de que debía estar muy enfadada. Él nunca la había escuchado maldecir así.

Apenas había tenido tiempo de reflexionar sobre eso cuando se abrió de nuevo la puerta y entró su madre como una exhalación y se dirigió presta a hacia su cama.

-George, cariño -dijo mientras lo abrazaba con los ojos llenos de lágrimas -. ¿Cómo estás?

-Estoy bien, mamá -contestó devolviéndole el abrazo -. Sólo ha sido un golpe. Me los daba más fuerte cuando jugaba al quidditch.

Levantó un momento la vista de su madre y se encontró con toda su familia reunida alrededor de su cama, incluidos Fleur, Hermione y Harry. Sólo faltaba Ron.

-¿Ron sigue en la tienda?

Su padre asintió.

-Sí. Le sugerimos que la cerrara después de saber que habías perdido la consciencia, pero se negó alegando que si lo hacía, tú serías capaz de ponerle las orejas a la altura del ombligo -George sonrió ante la abnegada responsabilidad de su hermano -. Pero ya sabe que estás despierto y vendrá a verte esta tarde.

-¿Y vosotros? -continuó George señalando a Harry, Hermione, Percy y Bill -. ¿No se supone que deberíais estar trabajando?

-Kingsley nos dio a todos el día libre en cuanto se enteró de tu accidente -contestó Percy.

-¿A ti también, Harry? Creía que no te dejaban salir del Ministerio ni con una orden judicial.

Harry rió la gracia. Estaba claro que seguía siendo el mismo bromista de siempre.

-Soy el fichaje estrella del Ministerio, ¿recuerdas? -contestó en el mismo tono socarrón -. Puedo escaparme un día del trabajo si tengo una emergencia familiar. Además, si el Ministro puede prescindir de su asistente personal, también puede prescindir de su escolta.

George se sintió complacido y feliz de tener allí a toda su familia y a sus cuñados. Le causó especial emoción la presencia de Percy, quien había tenido que dejar de trabajar para estar allí, y, viniendo de él, ese era el mejor de los halagos.

También sintió una extraña y súbita felicidad de tener allí a Angelina. Hacia años que no la veía y casi no había pensado en ella, pero ahora se daba cuenta de que, en realidad, la había echado de menos.

Angelina le dijo que se quedaría en el hospital esa noche pero que podría irse por la mañana. Su familia se turnó para no dejarlo solo. La señora Weasley no quería irse de allí de ninguna de las maneras, así que Percy y Fleur decidieron quedarse con ella. El resto se fue para ir volviendo a lo largo del día. Incluso Ron fue a visitarlo después de cerrar la tienda.

Aún no había anochecido cuando George se sintió capaz de levantarse de la cama. Planteó la posibilidad de regresar a su casa antes de la cena, pero Angelina no quiso ni oír hablar del tema. Le dijo que el golpe había sido demasiado fuerte y que debía quedarse en observación. Él acató sus órdenes y volvió dócil a la cama.

A la mañana siguiente, George empezó a insistir para que le dieran el alta desde primera hora. Eran cerca de las diez cuando Angelina se cansó de oírlo y le dio permiso para irse, no sin antes arrancarle la promesa de que se verían en unos días y saldrían a tomar algo. En realidad, a él no le habría hecho falta que ella le dijera nada. Tenía muchas ganas de verla de nuevo.

Angelina pensó que él tardaría días en llamarla, o incluso que no la llamaría nunca. Pero no tardó en comprobar cuán equivocada estaba. La primera mañana después de que George saliera del hospital, se encontró un sobre con su nombre sobre la mesa de su cocina. Reconoció la letra de su antiguo compañero.

Fue maravilloso volver a verte el otro día. Sé que libras esta noche. Te recogeré en tu casa a las seis y daremos el prometido paseo.

Con cariño

George.

Ella adornó su rostro con una gran sonrisa. Ignoraba cómo se había enterado George de que esa era su noche libre, pero lo cierto es que le daba igual. Se sentía halagada y feliz por volver a verle.

Fue a trabajar con la misma amplia sonrisa que se había trasladado a su rostro desde la mañana. Sus compañeros la notaron rara, pero ella no fue capaz de explicar por qué. Ni siquiera pudo aclarar ese punto consigo misma. Intentaba convencerse de que sólo era por volver a ver a un antiguo compañero de colegio, pero algo en su interior le decía que eso no era más que una triste excusa.

Volvió a casa un poco antes de lo normal y empezó a arreglarse. No sabía dónde irían, así que se decantó por un conjunto muy neutral, con unos vaqueros oscuros y un jersey azul bastante escotado.

George llegó a puntual a recogerla. Le ofreció un ramillete de margaritas y le dio un beso en la mejilla en cuanto ella abrió la puerta. Angelina se quedó sin palabras, no se esperaba ese detalle de caballerosidad, así que le invitó a entrar a tomar algo mientras ella ponía las flores en agua.

Salieron de la casa quince minutos después. Él le ofreció el brazo y la dirigió hacia el final de la calle, donde había aparcada una gran moto.

-Me la ha dejado Harry -explicó -. Mi hermana dice que es una pasada. ¿La probamos?

Ella lo miró extrañada.

-Sólo es una moto, George.

-Que no te oiga Harry decir eso -dijo ahogando una carcajada -. Era la moto de Sirius. Pero no es sólo una moto, pequeña. El gran Sirius Black le hizo un montón de modificaciones interesantes. Ven, muñeca -añadió mientras la cogía de la mano y tiraba con suavidad de ella -. Voy a llevarte a un sitio genial.

Angelina decidió dejar las reticencias en casa y dejarse llevar. Tenía la sensación de que esa sería una noche increíble, y quería disfrutar de ella.

Se subió a la moto y se agarró con fuerza a la cintura de George. Apenas hubo conectado el motor cuando comprendió por qué esa no era una moto normal. Tuvo que ahogar un grito en el mismo momento en que el vehículo comenzó a elevarse.

Volaron a gran velocidad sobre pueblos y ciudades, y ella no tardó en desorientarse y perder la noción de dónde estaba. Una media hora después, George inició el descenso y tomó tierra al abrigo de un bosquecillo cercano a una población pequeña.

-Ya hemos llegado -anunció él mientras salían del bosquecillo y se dirigían al pueblo.

-¿Dónde estamos? -preguntó la chica extrañada.

-En Irlanda, en un pueblo al norte de Dublín. En la plaza de la iglesia hay un pub fantástico. Sirven la mejor cerveza negra del país.

-¿Acaso has probado toda la cerveza negra del país para saber que esta es la mejor? -él miró hacia atrás y sonrió.

Callejearon por el pueblo sobre la moto hasta llegar a una encantadora placita presidida por una hermosa iglesia. Al lado contrario del templo se abría el mencionado pub. Desde la puerta se oía música típica y ruido de multitudes, pero no parecía haber demasiada gente.

Entraron juntos y se sentaron en una mesa semioculta al fondo del local. Un camarero se acercó y saludó a George.

-Vaya, señor Weasley -dijo mientras limpiaba la mesa con un trapo húmedo -. Cuánto tiempo sin verle por aquí.

-Mucho, Patrick -contestó el chico -. ¿Nos traes dos pintas de esa maravillosa cerveza tuya, por favor?

-En seguida, señor Weasley.

El camarero se fue dejando a Angelina con mirada interrogante.

-Fred y yo solíamos venir después de cerrar la tienda -George respondió a la pregunta no formulada -. No he vuelto aquí desde ... -vaciló y la miró. Ella apartó la vista con gesto triste y él no pudo acabar la frase -. Lo siento, Angelina. No debí haberlo mencionado.

-No seas tonto -dijo ella -. Era cuestión de tiempo que alguno de los dos lo hiciera. Además, George. Era tu hermano, soy yo quien debería sentirlo.

-Pero mi hermano y tú...

-Tu hermano y yo rompimos hace tiempo -interrumpió Angelina -. Él aún no estaba preparado para sentar la cabeza y no quería ningún tipo de relación seria. Me dejó poco después de acabar séptimo.

George deslizó con timidez la mano por encima de la mesa con la intención de tomar la de Angelina. Dudó un instante pero acabó por entrelazar sus dedos con los de la chica.

-Eso no es cierto, Angelina -le dijo con suavidad -. Fred te quería y estaba dispuesto a empezar una relación de verdad contigo. Si te dejó fue por protegerte -soltó una amarga carcajada y continuó -: La verdad, visto con perspectiva, parece algo más propio de Harry que del irresponsable de mi hermano, pero es cierto. Después de que fuera oficial el regreso de Voldemort -ella se estremeció -, empezamos a trabajar para la Orden del Fénix. Sabíamos a lo que nos enfrentábamos y a lo que nos arriesgábamos, y por eso decidió dejarte. Quería evitarte el dolor de tener que asistir al funeral de su novio.

Las palabras de George habían dejado a Angelina con lágrimas en los ojos.

-Eso... eso no puede ser verdad -balbuceó con apenas un hilo de voz -. No puede ser. Me dijo...

-Sé lo que te dijo, Angelina. Pero piénsalo bien. ¿Cómo te habrías sentido si él te hubiera dicho la verdad, si te hubiera dicho que quería estar contigo tanto como tú con él pero que no era posible? Mi hermana y Harry pasaron por lo mismo y, créeme, fue durísimo para los dos. Nunca había visto a Ginny tan destrozada. Fred no quería que pasaras por eso.

-¿Y fue mejor dejarme con esa excusa barata? -espetó airada, sin esforzarse por contener las lágrimas que pugnaban por salir de sus ojos -. ¿Fue mejor que yo pensara que ya no me quería, que nunca me había querido?

-Él lo creyó así. Yo no estaba de acuerdo, pero no pude hacerle cambiar de opinión. Pensó que era lo mejor para ti, que así lo olvidarías con facilidad. Y supo que había hecho lo correcto cuando vio lo mal que lo pasó Ginny después de que Harry rompiera con ella por las mismas razones. A veces duele más la verdad que una mentira, y esta era una de esas ocasiones.

Angelina no sabía qué decir. Miraba a George de hito en hito con los ojos muy abiertos, incapaz de hilar dos palabras juntas.

-Contéstame una cosa, Angelina -continuó George -. ¿Cuánto tiempo pasó hasta que superaste la ruptura con Fred?

-Dos, tal vez tres meses -respondió ella después de meditar unos segundos.

-Casi un año después de que mi hermana y Harry lo dejaran, ella aún seguía llorando por las noches, creyendo que no nos enterábamos. No hacía más que preguntarse qué habría pasado si él no hubiera sido "El Elegido", si hubieran podido estar juntos sin ningún impedimento. ¿De verdad habrías preferido eso?

Ella vaciló. Recorrió con rapidez los últimos dos años y se imaginó cómo habrían sido de no haber superado la ruptura, de haber estado igual que Ginny. Se le volvieron a llenar los ojos de lágrimas al comprender que, en realidad, Fred la había salvado de estar como alma en pena mucho más tiempo. Se tapó la cara con las manos y empezó a sollozar. George se levantó de su asiento, rodeó la mesa y se sentó a su lado.

-No llores, princesa -le dijo rodeándole los hombros con su brazo -. Eso era justo lo que quería evitar Fred. Tú le importabas casi más que nadie en el mundo y no quería que sufrieras. Puede que no tomara las decisiones más acertadas, pero sin duda tomó las que consideró mejor para ti.

-Lo sé -contestó entre sollozos -. Ahora lo sé. Pero también ahora comprendo todo lo que he perdido. Sabiendo cómo era tu hermano, no esperaba que lo nuestro durara mucho más, pero ahora sé que habríamos podido ser felices juntos mucho tiempo. Que ya había encontrado a un hombre maravilloso que me quería y me cuidaba.

-Pero aún no es tarde para encontrar alguien así -dijo mientras recogía una lágrima con su pulgar -. Eres una chica fantástica, Angelina. Eres guapa, inteligente y divertida. Me apuesto mi oreja sana a que cualquier mago con una inteligencia media mataría por salir contigo -ella sonrió -. Y tienes una sonrisa preciosa. La verdad, me sorprende que no te hayas echado novio en estos dos años.

-He salido con un par de chicos -respondió algo más calmada -. Pero no duramos mucho. Lo cierto es que no me gustaban demasiado. Después de tu hermano me he vuelto muy selectiva con los hombres.

-Me alegra saberlo -terció con una sonrisa -. Tú no te mereces a cualquiera, te mereces el mejor. Estoy seguro de que no tardarás en encontrarlo.

"Puede que ya lo haya encontrado" se sorprendió pensando Angelina. Turbada por sus propios pensamientos, se levantó, se disculpó y se dirigió hacia el baño. Se echó agua en la cara y, sin siquiera secarse, se miró en el espejo. No entendía por qué había pensado eso. Quería a George y estaba a gusto con él, pero nunca se había planteado que pudiera sentir por él algo más que simple cariño. Se sentía desconcertada y perdida, desconfiada de lo que pensaba y lo que sentía.

Mientras, en la mesa, George se preguntaba qué le habría pasado a Angelina. No creía haberle dicho nada fuera de lo común, y, sin embargo, se había puesto roja como un tomate y se había ido al baño de forma muy precipitada. Ella aún no había regresado cuando Patrick trajo las cervezas. Él agarró su jarra y se bebió más de media en un solo buche, incapaz de comprender la reacción de Angelina.

Apenas había posado la jarra en la mesa cuando regresó Angelina del baño. Seguía un poco sonrojada, pero sonreía como si nada hubiera pasado.

-¿Estás bien? -preguntó preocupado -. ¿Qué te ha pasado?

-Nada -contestó ella quitándole importancia -. Es sólo que tanta información me ha aturdido un poco, pero ya estoy mejor.

Él la miró con suspicacia.

-¿De verdad?

-Claro que sí. No te preocupes, George, de verdad. Estoy bien.

George no estaba del todo convencido pero supo al instante que ella no diría nada más. Levantó su jarra y brindó con ella. Ambos jóvenes pasaron una agradable velada, y la sombra de Fred no volvió a planear sobre ellos.

Disfrutaron de una excelente cena regada por la magnífica cerveza negra del local. Rieron y compartieron sus experiencias durante esos dos años que no se habían visto. Él le habló de cómo iban las ventas de Sortilegios Weasley y ella le contó que había dejado la casa de sus padres hace unos meses para instalarse en el apartamento en donde él la había recogido.

Después de la cena y dos pintas más, George pagó la cuenta tras forcejear unos segundos con Angelina, que insistía en pagar a medias. Salieron del pub y dieron un agradable paseo por el pueblo. Cuando se hizo tarde, volvieron a coger la moto y regresaron a casa. Con una timidez repentina y algo cohibidos, se despidieron en la puerta del apartamento con la promesa de verse más a menudo y el secreto deseo de que su amistad creciera y se convirtiera en algo más íntimo.