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Historia 27195 — capítulo 21

Percy levantó la vista del pergamino que estaba leyendo y la miró de reojo. No entendía por qué no podía dejar de mirarla. Ni siquiera en los tiempos de Hogwarts, cuando salía con Penélope, nada lograba distraerlo tanto de su trabajo.

Estaba muy bonita cuando se concentraba en la lectura. Arrugaba un poco la nariz y se mordía el labio inferior. Esa mañana llevaba el largo pelo negro recogido en un coqueto moño y una túnica celeste que contrastaba con sus preciosos ojos grises.

Contrariado por su falta de concentración, agitó la cabeza y se obligó a sumirse de nuevo en su trabajo. Pero su firme intención de continuar con sus obligaciones se vio interrumpida por la suave voz de su compañera.

-Percy -le dijo Audrey mostrándole su más brillante sonrisa -. ¿Qué te parece si vamos a comer? Ya casi es la hora y hoy tengo mucha hambre.

El joven sintió que le ardían las mejillas y que lo abandonaba la capacidad de emitir sonidos. Tragó saliva en un intento desesperado por estimular sus cuerdas vocales.

-Me parece una idea estupenda -contestó intentando aparentar normalidad -. Conozco una sitio genial muy cerca de aquí. Suelo ir allí a almorzar con mis cuñados.

-Fantástico -dijo ella entusiasmada -. Dame cinco minutos para ponerme aspecto de muggle. Y creo que tú deberías hacer lo mismo.

Señaló divertida la túnica de Percy. Presentaba un aspecto impecable en el mundo mágico, pero no era apta para salir al Londres muggle. Él asintió algo contrariado y fue a cambiarse a los vestuarios. Salió cinco minutos después vestido con unos pantalones grises, camisa y americana. Su atuendo de muggle era igual de escrupuloso que el de mago.

Su compañera no se hizo esperar demasiado y salió sólo un par de minutos después que él. Había elegido un veraniego vestido blanco bastante escotado y unas sandalias. Completó el conjunto con un gran bolso de color turquesa en el que metió su varita y la caja de bombones de menta que siempre tenía sobre su escritorio.

-Me gusta tomarme un par de bombones después de comer -dijo a modo de excusa, a pesar de que él no había abierto la boca.

-¿Vamos? -preguntó Percy invitándola a pasar delante. Ella asintió y salieron juntos del despacho que compartían, no sin antes avisar al Ministro de que iban a comer y de que volverían en una hora.

Salieron del Ministerio y se dirigieron hacia el restaurante donde Percy solía ir con Harry y Hermione los días que decidían almorzar juntos. El camarero, que lo conocía de otras veces, los hizo pasar a la mesa en la que se sentaban siempre, junto a la cristalera que daba a la calle. Les ofreció la carta y les tomó nota de las bebidas.

-Todo tiene una pinta exquisita, Percy -comentó Audrey ojeando el menú -. ¿Me recomiendas algo en especial?

Percy carraspeó y tragó saliva de nuevo.

-El pavo relleno es la especialidad de la casa. Es lo que siempre se pide Hermione.

-Pediré eso, entonces -concluyó cerrando la carta -. ¿Sabes? -continuó -. Nunca había venido a comer aquí. Cuando almuerzo con las chicas vamos a la cafetería que hay al final de la calle.

Percy supuso que "las chicas" eran sus dos mejores amigas, Charlotte y Alexandra, que también trabajaban en el Ministerio.

-¿Y como es que hoy no has almorzado con ellas? -preguntó con inocencia.

Audrey esbozó una tímida sonrisa.

-¿Qué pasa? -inquirió con picardía -. ¿Te desagrada almorzar conmigo?

Ella consiguió que Percy se atragantara con el vino que estaba bebiendo.

-Merlín bendito, no -se apresuró a contestar -. Era simple curiosidad. Como almuerzas con ellas casi a diario.

-Bueno -respondió ella dando un sorbo a su copa -. Hoy me apetecía cambiar de compañía.

Le dirigió una mirada tan intensa que Percy notó que volvían a arderle las mejillas. Si continuaba así, ella acabaría dándose cuenta, y no estaba dispuesto a estropear su amistad con Audrey.

Tomó otro sorbo de vino e intentó tranquilizarse. No es la primera vez que almuerzas con ella, se dijo. Aunque sin duda era la primera desde que se dio cuenta de que le gustaba. Le aterraba reconocerlo, pero ya no podía seguir negando lo que sentía por ella. De pronto tomó una decisión. Audrey le importaba demasiado, y no estaba dispuesto a quedarse esperando a que algo pasara entre ellos. Sería él quien tomaría las riendas del asunto.

-Audrey -empezó con cierta timidez, ella lo miraba expectante -. ¿Qué te parece si cenamos juntos esta noche? Harry me habló de un restaurante excelente en Oxford y me encantaría invitarte.

La amplia sonrisa se derritió en el rostro de la chica.

-¿Esta noche? -preguntó en un tono que rozaba el espanto. Percy notó cómo se esfumaba el color de sus mejillas.

-S... sí -contestó intentando sobreponerse -. Había pensado que podríamos salir al margen del trabajo, pero si a ti no te parece buena idea pues...

-No, Percy, no es eso -interrumpió Audrey -. Me encantaría salir contigo, es sólo que esta noche no puedo. He quedado para cenar con mis padres y mis hermanos -Percy recuperó el color y la sonrisa -. Aunque -continuó ella -, podrías venir conmigo.

Él abrió mucho los ojos con gesto de alarma.

-¿Contigo? ¿A cenar con tus padres?

-Sí. Les he hablado mucho de ti y tienen muchas ganas de conocerte. Me haría mucha ilusión que me acompañaras.

Percy no sabía qué decir. Le apetecía cenar con ella, pero no sabía si hasta el punto de conocer a sus padres. La miró receloso y tuvo que aguantar una sonora carcajada. Audrey lo estaba mirando poniendo pucheros. Ante aquel pequeño chantaje emocional, no pudo más que sucumbir.

-Está bien -dijo divertido -. Te acompañaré a cenar con tus padres. Será divertido -concluyó sin mucha convicción.

-Sí, sí que lo será -ella sonaba mucho más convencida que él -. Muchas gracias, Percy. ¿Me recoges a a las siete? -quiere que la recoja, pensó turbado, como si fuera una cita -. Percy -repitió ella al ver que no obtenía respuesta.

Percy volvió a poner los pies en la tierra.

-Lo siento -se excusó -. Estaba distraído. Me parece bien. Pasaré a recogerte a las siete.

-Estupendo -ella parecía emocionada -. Usa la Red Flú. Te será más cómodo.

Él aceptó y siguieron almorzando, aunque Percy había perdido el apetito. Sólo de pensar en la cena se le cerraba el estómago.

¿Y si todo sale mal? ¿Y si no le caigo bien a sus padres y a sus hermanos? O peor, ¿y si resulta que no nos llevamos bien fuera del trabajo?

Comió lo que pudo para mantener las apariencias y pagó la cuenta, para disgusto de Audrey que quería repartir la factura. Regresaron al Ministerio en silencio, aquejados de una timidez repentina. De vuelta a su despacho, cada uno ocupó su mesa y se sumieron en su trabajo.

La tarde transcurrió lenta y pesada para Percy, quien miraba el reloj cada cinco minutos deseando que llegaran las siete. Tan enfrascado estaba en su trabajo y en comprobar el paso de tiempo que no se percató de que, cada vez que consultaba la hora, en la mesa de enfrente, Audrey sonreía, divertida por su nerviosismo.

La hora de salir les llegó como una bendición. Percy nunca se había alegrado tanto de que dieran las cinco. Recogió sus cosas con parsimonia, aparentando normalidad, se despidió del Ministro y le dijo a Audrey que la recogería en un par de horas. Ella asintió sonriente y también se marchó.

Ya en casa, Percy no atinaba siquiera a meterse en la ducha. Quiso hacer tantas cosas a la vez que no acertó a hacer ninguna. Cuando rompió la taza en la que intentaba prepararse un té y tropezó con su capa de viaje, que había quedado tirada y olvidada en el suelo de su recibidor, decidió calmarse y hacer las cosas de una en una.

Por todos los dragones, Percy. Eres un mago cabal, el asistente personal del Ministro. Hace muchos años que dejaste atrás la adolescencia, compórtate como un adulto.

Esa tarde hizo el té más cargado que de costumbre. Le vino bien y después de la segunda taza ya se sentía capaz de ducharse sin resbalarse en la bañera.

Tardó sólo cuarenta minutos en ducharse, vestirse y arreglarse. Aún faltaba casi una hora para las siete, así que decidió poner un poco de orden en su apartamento y, quizás, hacerle una visita relámpago a George en busca de consejo. Cinco minutos después había hecho lo primero, y pasado otro minuto había hecho lo segundo. No era capaz de quedarse en su casa en esas condiciones.

Su hermano pareció sorprendido de encontrarlo al otro lado de su puerta.

-Por los pantalones de Merlín, Percy -exclamó en un tono muy teatral -. Pensé que ni siquiera sabías dónde vivo.

-No digas chorradas, George. Claro que sé dónde vives -se hizo un breve silencio -. ¿Puedo pasar?

-Por supuesto, hermanito -contestó dejándole paso -. ¿A qué debo el honor de tu visita? Porque supongo que no te habrás puesto tan elegante sólo para venir a verme.

-Es tentador, pero lo cierto es que no -le costaba empezar la conversación, le parecía muy incómoda -. Verás, yo... -vaciló - he quedado con una chica...

-Pero es fantástico, Percy -interrumpió George -. Ya pensábamos que habías consagrado tu vida al Ministerio.

-...y con sus padres -Percy concluyó la frase interrumpida. La sonrisa se heló en el rostro de George.

-Vaya, Percy -dijo sorprendido -. Tampoco hacía falta que fueras tan rápido. No sé, llévala al cine, o a cenar. Pero no veo necesario conocer a sus padres en la primera cita.

-No lo entiendes. No es una cita -dudó -. O sí lo es -dudó de nuevo -. No estoy seguro -George levantó una ceja dando a entender que no comprendía nada, Percy tomó aire y le explicó su almuerzo con Audrey -. Y por eso he venido. No sé qué hacer.

-¿Si ir o no? -inquirió George sin acabar de entenderlo del todo.

-No seas bobo. Claro que tengo que ir. Ya no puedo echarme atrás. Me refiero a qué hacer una vez que esté allí -dejó que el silencio llenara la habitación unos instantes y continuó -. ¿Tú has conocido algunas vez a los padres de alguna chica?

-¿Yo? -fue como si le preguntara si alguna vez había usado una maldición imperdonable -. Tú eres el formal de la familia, Percy. ¿No conociste a los padres de Penélope?

-Nunca fuimos tan en serio. Rompimos antes de llegar a ese punto.

-Pues no sé qué decirte, Percy -dijo George tras meditar unos segundos -. Intenta no aburrirlos mucho hablando del grosor del culo de los calderos y todo irá bien -Percy no pudo evitar sonreírse -. Además, aún no sois novios ni nada parecido, ¿no? -negó con la cabeza -. Entonces no habrá problemas. Oficialmente sólo eres un amigo de Audrey. Los amigos tienen más posibilidades de caerle bien a los padres de una chica que los novios. Lo que debes hacer es relajarte y disfrutar de la cena.

-Sí, supongo que será lo mejor -admitió con un ligero tono derrotista. Miró su reloj y añadió -. Ya casi es la hora. ¿Puedo usar tu chimenea?

-Claro. Sírvete tú mismo -contestó señalando una maceta. Percy se acercó y cogió un puñado de Polvos Flú.

-Por cierto, George -dijo antes de arrojarlos a la chimenea -. No le digas nada a nadie todavía, ¿de acuerdo? Aún no he empezado ningún tipo de relación con ella y no quiero que pueda llegar a estropearse si lo sabe demasiada gente.

-No te preocupes, hermanito. Tu secreto está a salvo conmigo -Percy echó los polvos a la chimenea que expulsó grandes llamas de color verde esmeralda -. Percy -llamó George antes de que su hermano entrara en el fuego -. Flores -Percy lo miró con expresión de no entender -. Llévale flores. A las chicas les encantan -Percy asintió y se perdió entre las llamas. George suspiró con una sonrisa y se dispuso a hacerse la cena.

Por el camino a casa de Audrey, Percy se estrujó el cerebro intentando recordar sus flores favoritas. Sabía que se lo había escuchado en algún momento, pero ese dato se había perdido en lo más recóndito de su memoria.

Piensa, Percy, piensa. Lo sabes, sólo tienes que recordarlo.

De repente, la respuesta le golpeó en la cabeza, tan clara y visible que no entendía cómo no lo había recordado antes.

Orquídeas. Una vez le llegó una al despacho regalo de uno de sus hermanos. Ella casi lloró de la emoción y tuvo la flor durante días sobre su mesa. ¿Cómo no te acordabas, insensato? Olía a flores desde el pasillo.

Le era imposible conjurar nada mientras estuviera viajando por la Red Flú, así que sacó su varita y se preparó para hacer aparecer las flores en cuanto aterrizara en el salón de Audrey.

La casa de su compañera era pequeña pero acogedora. El salón estaba decorado con exquisito gusto, combinando adornos mágicos, como fotos en movimiento y una bola de cristal, con otros objetos más típicos de los muggles. Sabía que su madre era mestiza, así que no le extrañó nada esa mezcla de estilos.

Gracias a Merlín no está en el salón. Podré conjurar las flores antes de verla.

Hizo un movimiento de varita e hizo aparecer una ramo de hermosas orquídeas.

-Percy, ¿eres tú? -preguntó una voz desde el fondo de un pasillo que se abría a la derecha del salón.

-El mismo -contestó él más nervioso de lo que había estado en la vida -. ¿Estás lista?

Audrey apareció por el pasillo realmente hermosa. Vestía una larga túnica de color gris perla que combinaba a la perfección con sus preciosos ojos y llevaba el pelo suelto, peinado en grandes bucles que le caían por los hombros.

Percy casi se quedó sin habla, pero se recuperó enseguida y le ofreció las flores.

-Gracias, Percy -dijo emocionada aspirando el aroma de las orquídeas -. Son mis flores favoritas. Pero no tenías que haberte molestado.

-No es molestia -se hizo un silencio incómodo mientras ella ponía las flores en agua -. ¿Nos vamos?

Audrey se asomó entre las orquídeas y lo miró con una sonrisa extraña en los labios. Fue entonces cuando se dio cuenta de que en una esquina del salón había puesta una mesa para dos.

-Lo cierto es que ha habido un pequeño cambio de planes -contestó con picardía -. Resulta que la cena se ha pospuesto porque mi hermana Caren está enferma.

-¿Enferma? ¿Es grave?

-No, no. Sólo es una gripe. Pero tiene algo de fiebre y no puedo salir de casa. Así que mis padres han decidido aplazar la cena hasta que esté mejor. Iba a avisarte, pero luego pensé que podríamos cenar los dos -puso un pequeño puchero y añadió -: Pero si no te apetece...

-Claro que me apetece, Audrey. Será un placer cenar contigo.

-Espera a decir eso después de la cena. No soy muy buena con la magia doméstica y no sé cómo habrá quedado. Mi madre me dice que se me da mejor hacer un informe ministerial que preparar una sopa.

-Estoy convencido de que será una cena magnífica -dijo galante.

Ella sonrió con timidez y le hizo un gesto para que se sentara a la mesa. Él obedeció y le sirvió vino con la mano temblorosa.

Cálmate, Percy. ¿Quieres que se dé cuenta? Controla tu pulso, por las barbas de Merlín.

Audrey se percató del nerviosismo de Percy, pero fingió no darse cuenta. Le divertía verlo así, él que siempre era tan serio y cabal. Nunca se imaginó que Percy Weasley, el asistente personal del Ministro, el mago más juicioso que jamás había conocido, pudiera comportarse como un adolescente enamorado.

Quién te ha visto y quién te ve, Percy. Temblando sólo porque te he invitado a cenar.

Lo cierto es que esa nueva faceta, tan inocente y vulnerable, la llenaba de ternura. Estaba muy complacida de haber sido ella la que derribara la coraza emocional que él había levantado a su alrededor.

La cena transcurrió entre risas y confidencias. Percy y Audrey intercambiaron anécdotas de cuando eran pequeños y de sus tiempos en Hogwarts. Ella era un par de años menor que él, de la promoción de Fred y George, por eso no se habían conocido antes.

Hablaron de todo, hasta de lo que estuvieron haciendo durante los tiempos de guerra. La madre de Audrey era mestiza, así que ella y su familia tuvieron que vivir escondidos desde que los mortífagos tomaron el Ministerio. A Percy se le cayó el alma a los pies. Él había estado trabajando en el Ministerio durante el tiempo que duró la guerra, lo que significaba que, en parte, también se había estado escondiendo de él. Estaba seguro de que ella no lo sabía, de lo contrario, no le habría dirigido la palabra jamás. Y ahora se veía en una cruel encrucijada.

Si se lo cuento, me odiará. Me echará de su casa y no querrá volver a verme. Y con razón, por otra parte. Pero no se lo quiero ocultar. Me gusta, me gusta de verdad y no quisiera empezar una relación con ella basada en mentiras.

-Audrey -tomó una rápida decisión -. Me temo que hay algo que debes saber -ella lo miró expectante a la espera de que siguiera hablando -. Yo trabajaba en el Ministerio cuando estaba ocupado por mortífagos -admitió cargado de vergüenza -. Cuando Dumbledore, mi cuñado Harry y mucha gente que los apoyaba, entre ellos mis padres, anunciaron a los cuatro vientos que Voldemort -ella se estremeció - había regresado, yo no les creí. Me puse de parte del Ministerio -él estaba dispuesto a contarle todo desde el principio, pero ella lo interrumpió cogiéndole la mano con suavidad.

-No hace falta que te justifiques, Percy -le dijo sin dejarlo acabar con su historia -. Estoy al tanto de todo eso -el rostro de Percy era la viva imagen de la sorpresa -. Tu familia y tú sois ahora muy famosos en el mundo mágico. No era ningún secreto que tú trabajabas para el Ministerio, ni tampoco lo era que no te hablabas con tu familia. Sé por qué me cuentas esto ahora, pero no hace falta. Yo no te guardo ningún tipo de rencor, tú no me hiciste nada malo. Sólo intentabas sobrevivir.

Percy apretó la mano de Audrey emocionado por las palabras de la chica.

-Lo siento, Audrey -dijo con la voz quebrada -. De veras lo siento.

-No hay nada que sentir, Percy. ¿Acaso me perseguiste tú en persona? -el negó con la cabeza -. ¿Diste tú la orden de que nos llevaran al Ministerio para interrogarnos? - negó de nuevo -. Entonces, ¿por qué te disculpas? -él seguía sin poder mirarla a la cara -. Mírame, Percy -a regañadientes obedeció -. Te conozco, y sé cómo eres. Sé que no comulgabas con las ideas del Ministerio. No necesito nada de esto, de verdad. Sólo quiero pasar una velada agradable contigo.

Percy, mucho más tranquilo, recuperó la sonrisa y siguió disfrutando de la excelente cena que le había preparado Audrey.

Ahora es el momento, Percy. No vas a encontrar una ocasión mejor que esta. Hay flores, velas, música y ella está más bonita que nunca. Échale valor, Percy. Demuestra que eres un Gryffindor.

-Audrey -empezó nervioso, pero intentando aparentar normalidad -. Hay algo que necesito decirte.

-¿No serán más disculpas? -preguntó con picardía dando un sorbo a su copa.

Percy sonrió.

-No, esta vez no -respiró profundo, tomando fuerzas para lo que iba a decirle -. Audrey, yo... -No, Percy. Esa no es forma de empezar, no uses la primera persona -. Tú eres una chica estupenda. Eres guapa, y lista -Audrey alzó ambas cejas a la espera de ver cómo acababa todo aquello -. Yo nunca he conocido a nadie tan increíble como tú. Y me encantaría que tú... que tú y yo...

-¿Estás intentando declararte, Percy Weasley? -concluyó ella al ver que él era incapaz de terminar la frase.

Percy sonrió aliviado y ahogó una carcajada.

-Lo cierto es que eso es lo que intentaba, pero creo que no he tenido mucho éxito -ella también rió, muy divertida con la turbación de Percy -. A ver si ahora lo hago mejor -carraspeó de forma exagerada y le cogió la mano con suavidad -. Verás, Audrey. Me gustas, me gustas mucho, y me preguntaba si querrías salir conmigo.

Ella le regaló una enorme y amplia sonrisa.

-Me preguntaba cuánto tardarías en pedírmelo, Percy -él la miró sin entender -. Llevo días mandándote señales. Te traigo el café por las mañanas, te invito a comer. Por los pantalones de Merlín, si hasta te he pedido que cenes con mis padres -ninguno pudo contener una pequeña carcajada -. Lo cierto es que después de eso pensaba que lo harías esta misma mañana.

-Entonces, ¿lo de la cena con tus padres era una encerrona?

Audrey negó con la cabeza.

-No. Lo que ha sido una encerrona es no avisarte del cambio de planes. Pero sí que es cierto que había planeada una cena con mis padres y que se ha cancelado porque mi hermana está enferma. Sé que debería haberte puesto al corriente, pero me apetecía tanto cenar contigo que deseché esa idea. Lo siento -volvió a ponerle los pucheros que tan buenos resultados le estaban dando ese día. Esta vez tampoco le fallaron.

-Eres una pequeña tramposilla -dijo él pellizcándole la nariz -. Así que, ¿esto significa que sí?

-Por supuesto que sí. Eres guapo y simpático, aunque un poco serio. Eres inteligente y responsable. Y estoy loca por ti casi desde que te conocí. De hecho, te había dado una semana para captar la indirecta. De no haberlo hecho, me habría declarado yo misma.

Percy supo que no aguantaría más. Tomó con ambas manos el delicado rostro de Audrey y acarició sus rosadas mejillas. Acortó la escasa distancia que había entre ellos y la besó con toda la pasión que pudo.