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Historia 27195 — capítulo 22

George caminaba deprisa por la calle que bordeaba Hyde Park. Hacía diez minutos que había quedado con Angelina y no quería hacerla esperar más. No entendía cómo se le pudo hacer tan tarde, sólo sabía que estaba ansioso por acudir a esa cita y que no había pensado en otra cosa desde por la mañana.

Dejó atrás Bayswater Road para adentrarse en Notting Hill Gate. Quería llevar a Angelina al mercado de Portobello Road, estaba seguro de que le encantaría. Aligeró el paso para llegar cuanto antes al lugar de la cita, dobló una esquina y la vio. Estaba sentada en la terraza de un café, leyendo un libro y tomando un refresco. Iba vestida con un favorecedor vestido de lino blanco, que contrastaba con su piel oscura.

Llegó adonde estaba y la saludó con dulzura.

-Buenos días, preciosa.

Ella levantó la vista y le sonrió.

-Buenos días -miró su reloj y añadió -: Te retrasaste.

-Lo sé y lo siento. Corrí todo lo que pude, pero no fui capaz de llegar antes.

-No importa. ¿Vamos?

-Claro que sí -le ofreció su brazo y se alejaron juntos en dirección al mercado.

Mientras paseaba junto a ella, George repasaba una y otra vez en su cabeza el plan que llevaba días ideando. Desde que se había reencontrado con Angelina dos semanas atrás, se había visto envuelto en una batalla emocional. Por un lado, se habían reavivado sentimientos que creía olvidados, y por otro, se debatía entre buscar su felicidad y traicionar la memoria de su hermano. Pero, después de pensarlo mucho, supo que Fred no le perdonaría jamás que renunciara a Angelina sólo por él.

Tomó la decisión de luchar por Angelina tan sólo una semana después de su cena en Irlanda, y desde entonces había estado pensando en la mejor manera de declararse. Aunque eso era algo que le aterraba, no tenía ni idea de lo que ella sentía por él, y la posibilidad de un rechazo era muy alta. Pero no le importaba, él necesitaba decirle que la quería y que quería estar con ella.

Al llegar al mercado, Angelina se sumergió de lleno en los puestos de antigüedades y compró varias cosas. Mientras ella estaba distraída en uno de ellos, él se acercó a uno de los puestos de flores y le compró un ramo de margaritas, sus flores favoritas. Al recibir el regalo, Angelina sonrió y le estampó un sonoro beso en la mejilla.

Siguieron paseando por el mercado hasta que llegó la hora de comer. Fue entonces cuando George la llevó a almorzar a un tailandés que había al final de la calle.

-Espero que te guste la comida tailandesa -le dijo cuando se estaban sentando.

-No la he probado nunca, pero experimentar con la comida es algo que nunca me ha dado miedo.

Él sonrió nervioso. Pensó que tal vez debería haber elegido algo más tradicional, menos arriesgado. Si finalmente no le gustaba la comida, no sería buena idea declararse esa tarde.

Pero esa consideración pareció estar de más. Angelina se mostró encantada con todos los exóticos platos que desfilaban por la mesa, desde el arroz tailandés hasta el curry rojo. Decidieron prescindir del postre y tomar un helado sentados en Hyde Park. George se acomodó bajo un árbol e invitó a Angelina a sentarse con él.

Sentados muy juntos, ambos jóvenes se apresuraban en terminarse los enormes helados que habían comprado, antes de que se les derritiera por el calor. Angelina no pudo evitar reír a carcajadas cuando una de las bolas de George se precipitó sin remedio hacia la hierba del parque.

-No le veo la gracia -protestó el chico haciéndose el ofendido -. Era mi sabor favorito.

-Reconoce que ha sido muy gracioso, George -dijo ella intentando aguantar la risa -. Sobre todo porque se te ha ido a caer la que estaba más segura.

Siguió riendo a mandíbula batiente hasta que George decidió tomarse una pequeña venganza. Arrojó al suelo su cucurucho, ya vacío, y se lanzó sobre Angelina, haciéndole cosquillas y obligándola a rodar juntos por la hierba. Tras varias vueltas por el suelo, en las que la chica no había podido parar de reír, aterrizaron a varios metros de su posición original, con él echado sobre ella y los labios a escasos centímetros.

George se quedó sin habla. Perdió la capacidad de pensar con coherencia y sólo podía pensar en cuánto le apetecía besarla. Sabía que más tarde se arrepentiría de eso, pero era incapaz de resistirse a la cercanía de los labios de Angelina. Se acercó más a ella muy despacio, saboreando ese momento, respirando su dulce aroma. Vio que ella cerraba los ojos y él supo que deseaba eso tanto como él.

Cuando sus labios se tocaron por fin, notaron un escalofrío que los recorrió de la cabeza a los pies. Se unieron en un beso largo y lento, un beso en el que querían poner tantas cosas, que no les quedara nada que decir, y tantos sentimientos, que no les quedara nada que confesar.

-Te quiero -le dijo George al oído cuando dejó de besarla.

-Yo también te quiero.

Él la apretó contra su pecho y ya no fue necesario que dijeran nada más. Todo lo que tenían que decir, lo dijeron con ese abrazo.

-George -dijo Angelina después de unos minutos en silencio -. ¿No tienes la sensación de estar haciendo algo malo?

-¿A qué te refieres? -preguntó él sin entenderla del todo.

-A esto, a nosotros -vaciló un segundo antes de continuar -. Todo esto es muy complicado, porque no somos sólo nosotros, también está Fred. Sé que es absurdo, pero siento como si lo traicionara, como si le estuviera siendo infiel. Yo...

Angelina quería seguir, pero George la silenció con un beso.

-Fred ha sido la única razón por la que no hice esto en cuanto nos reencontramos en San Mungo -dijo él cuando dejó de besarla -. Tú le conocías bien, Angelina. ¿Crees que él estaría de acuerdo en que lo usáramos de excusa para no estar juntos? -dejó que la chica reflexionara unos segundos y continuó -: He estado pensando en eso desde mi visita al hospital, he intentado pensar como Fred todos los días desde entonces, y siempre he llegado a la misma conclusión. Él no me perdonaría que renunciara a ser feliz contigo poniéndole a él de excusa. Y tú lo sabes.

Le dirigió una intensa mirada que la desarmó por completo. George tenía razón, Fred querría que ambos continuaran con sus vidas y que fueran felices. Y si eso implicaba que tenían que estar juntos, ella sabía que él estaría de acuerdo.

-Sí, lo sé -contestó -. Pero me sigue pareciendo demasiado duro.

-Nadie ha dicho que vaya a ser fácil -dijo él levantándole la barbilla para mirarla a los ojos -. La pregunta es si estás dispuesta a intentarlo.

-¿Tú lo estás?

-Ya deberías saber que sí.

-Entonces yo también -respondió con tono decidido -. Quiero luchar contigo por esto. Quiero que salga bien y ser feliz a tu lado.

George se vio invadido por una ola de alegría inmensa. Volvió a abrazar a Angelina y la besó de nuevo. La recostó sobre su pecho y se limitó a acariciarle la larga cabellera morena mientras aspiraba su aroma a vainilla y canela.

Apenas podía creerse que todo hubiera salido bien, que sus sentimientos fueran correspondidos. Esa era la otra razón por la que había retrasado tanto ese momento, un miedo atroz al rechazo. Pero bastó la dulce presión de Angelina sobre su pecho para desterrar todos sus temores a donde no molestaran.

Como si hubiera sido golpeado por un rayo de determinación repentina, George tomó una decisión inesperada.

-Angelina -dijo de repente -. ¿Por qué no vienes mañana a almorzar a La Madriguera, al día familiar?

-¿A comer con toda tu familia? -preguntó sorprendida, él asintió con la cabeza -. ¿No es un poco pronto, amor? Aún no llevamos saliendo ni dos minutos -contestó intentando bromear.

-Lo sé. Pero Ginny se va a Hogwarts en unos días y me gustaría contárselo antes de que se vaya. Podemos no hacerlo oficial por el momento, si quieres, pero quiero compartirlo con ella. Estoy segura de que se alegrará mucho.

-No quiero ocultar lo nuestro, George -contestó sonriendo -, no quiero esconderme. Si vamos a tu casa será como novios. Me niego a mentirle a tu familia.

-Entonces, ¿vendrás?

-Me parece una locura pero sí, iré. Quiero gritarle a los cuatro vientos lo feliz que soy -añadió henchida de felicidad, abrazando a George y besándole de nuevo.

Percy y Audrey paseaban por la playa cogidos de la mano. Los últimos días habían sido realmente mágicos, inolvidables para ambos. Almorzaron y cenaron juntos cada día desde que empezaron a salir, y aprovechaban cada rato libre del que disfrutaban para hacer algo juntos.

-Así que -empezó Percy como si continuara una conversación interrumpida -, ¿vienes mañana a comer a La Madriguera?

-Claro que sí -contestó ella con una radiante sonrisa en los labios -. Tú aceptaste cenar con mi familia cuando ni siquiera salíamos, no sería justo que yo ahora rehusase tu invitación para almorzar en tu casa.

Percy sonrió. Le soltó la mano y le rodeó los hombros. La atrajo hacia sí y la besó en el pelo.

-Te quiero -le susurró al oído.

-Yo también te quiero. ¿Sabes? -continuó al cabo de un momento -. En realidad me apetece mucho conocer a tu familia, desde lo ocurrido en la Guerra sois muy famosos. La hazaña realizada por tu hermano Ron y por tus cuñados ha pasado a los anales de la historia, sobre todo la de tu cuñado Harry. Creo que va a ser muy parecido a lo que experimentan los muggles cuando conocen al cantante de su grupo favorito. Lo mismo me tengo que contener para no pedirles un autógrafo -concluyó con una carcajada que Percy secundó enseguida.

Siguieron caminando hasta que se les hizo de noche. Entonces Percy acompañó a Audrey a su casa y se despidieron en la puerta.

-¿Te recojo mañana a las once? -preguntó abrazándola por la cintura.

-¿No es un poco tarde?

-Sí, pero no quiero llegar demasiado temprano. Mi madre es una excelente persona y la quiero con locura, pero la discreción no entra entre sus cualidades. Lo más probable es que te haga una y otra pregunta hasta que satisfagas su curiosidad. Además, no sería solo la curiosidad de mi madre. También está mi hermana Ginny, mis cuñadas, Andrómeda, incluso mi hermano Ron, que también es un cotilla empedernido.

Audrey ahogó una carcajada.

-No me importa, Percy -contestó con dulzura, acariciándole la mejilla -. Es tu familia y es normal que se preocupen por ti y que sientan curiosidad. Más tarde o más temprano tendré que responder a todas esas preguntas, y cuanto antes lo haga, mejor. Recógeme mejor a las diez, así podremos echar una mano.

-Como quieras, pero luego no te quejes de que mi familia te acosa -amenazó mientras le pellizcaba con cariño la nariz, ella sólo sonrió -. Tengo que irme -continuó Percy -. He de ir a casa para avisar de que mañana seremos uno más. Hasta mañana.

-Hasta mañana.

-Te quiero -añadió besándola con pasión en los labios.

-Te quiero.

Se despidió de ella con un gesto de la mano y se desapareció. Apareció en el jardín de La Madriguera y entró a su casa sin llamar. Camino a la cocina decidió pasar después por casa de su hermano George para pedirle consejo, estaba muy nervioso por presentar su novia a sus padres y hablar con él le tranquilizaría.

Entró a la cocina pensando en encontrar a su madre, pero halló más gente de la esperada.

-George -exclamó sorprendido -. No esperaba encontrarte aquí.

-Yo tampoco te esperaba -respondió su hermano levantándose a saludarlo -. He venido para decirle a mamá que mañana prepare comida para uno más. Voy a venir acompañado.

-Qué casualidad. Yo he venido a eso mismo. Me gustaría presentaros a Audrey, mi compañera de trabajo, con la que llevo saliendo algunas semanas.

La señora Weasley, que había permanecido al margen de la conversación de los dos hermano, se acercó a su hijo Percy y lo atrapó en un tremendo abrazo.

-Mi querido Percy -dijo mientras no paraba de besarle -. Por fin te echas novia, hijo. Yo que pensaba que consagrarías tu vida al Ministerio.

-Mamá, por favor -protestó mientras intentaba zafarse del abrazo de su madre -. Yo ya tuve novia. ¿Te acuerdas de Penélope?

-Claro que me acuerdo, hijo. Pero desde que Kingsley te ascendió estás tan concentrado en tu trabajo que pensé que ella sería la última -George le dirigió a Percy una elocuente mirada de "te lo dije" -. Además -continuó su madre -, estoy muy contenta porque los dos vais a presentarme mañana a vuestras novias. Tengo muchas ganas de conocerlas a las dos. Aunque tu hermano George dice que ya la conocemos, pero no quiere decirme quién es.

-Vaya, vaya, George. ¿Haciéndote el misterioso?

-Más o menos -contestó divertido -. Me divierte teneros con la intriga. Pero esa no es la única razón. Y lo siento, pero no puedo contarte nada más, hermanito. Espera a mañana como todo el mundo.

-¿Te quedarás a cenar, Percy? -preguntó de repente su madre -. George también se queda.

-Por supuesto, mamá. Venía con esa idea.

-Estupendo. Entonces poned la mesa en el jardín. Hace una noche fantástica para cenar fuera.

Percy y George obedecieron a su madre y salieron al jardín llevando manteles, vasos, platos y cubiertos levitando con sus varitas. Percy aprovechó que se quedó a solas con su hermano.

-Lo cierto es que después de cenar pensaba ir a tu casa, George -dijo mientras transportaban las mesas a la zona más luminosa -. Quería hablar contigo.

-¿Nervioso por lo de mañana? -Percy asintió con la cabeza -. Te entiendo, yo también estoy hecho un flan. Pero ya verás como todo sale bien. Mi chica es estupenda, y seguro que la tuya también lo es. Aunque un poco loca para salir contigo.

Percy rió con ganas la broma de su hermano. Lo vio reírse y se sintió feliz de verlo tan contento. La muerte de Fred había sido un golpe muy duro para todos, en especial para George, pero le complacía ver que lo estaba superando, y que incluso se había echado una novia. Era maravilloso ver de cerca cómo su familia levantaba cabeza después de la batalla. En momentos como ese, se alegraba más que nunca de haber regresado, de haber hecho las paces y haber pedido disculpas por su comportamiento desastroso e infantil.

-¿Y desde cuándo sales con esa chica misteriosa, George? -preguntó al cabo de unos segundos de silencio.

-Si te lo digo no me vas a creer -Percy lo miró expectante. De la cabeza loca de su hermano George se esperaba cualquier cosa. Hizo un gesto con la mano invitándole a continuar -. Desde esta mañana.

Percy abrió tanto los ojos que se le podrían haber salido de las órbitas.

-Por todos los magos de la Antigüedad, George. Yo salgo con Audrey desde hace dos semanas y ya casi me parece una locura traerla a comer a casa tan pronto. ¿No fuiste tú quien me dijiste que no veías necesario cenar con sus padres en la primera cita?

-Lo sé, Percy, lo sé. Es una locura, pero es la locura más maravillosa que se me ha ocurrido nunca, y sabes que tengo un buen repertorio.

-¿Tan enamorado estás que vas a traerla a casa cuando apenas lleváis veinticuatro horas de novios?

-Hasta las trancas, Percy. Estoy enamorado como un adolescente.

-Entonces adelante, George. Te mereces ser feliz, hermano.

George y Percy se fundieron en un cálido y fraternal abrazo hasta que salió al jardín el resto de su familia y se dispusieron a cenar.

Harry despertó sobresaltado por el llanto de Teddy. Ese era el primer fin de semana que se quedaba con su ahijado y no estaba acostumbrado a ese sonido en mitad de la noche.

Se levantó de la cama y se acercó a la cuna donde dormía el bebé, que berreaba como si le fuera la vida en el ello. Lo cogió en brazos y lo acunó en su pecho. Supuso que necesitaría un cambio de pañales, así que tomó la bolsa que le había preparado Andrómeda y le puso ropa limpia.

Ya cambiado, el bebé se calmó y se volvió a dormir en los brazos de su padrino. Harry devolvió a Teddy a su cuna y, aún adormilado, miró el reloj, dándose cuenta de que, más que tarde, era muy, muy temprano. Faltaba poco para el alba y para su hora habitual de despertarse, así que decidió no volver a la cama y aprovechar el tiempo hasta el desayuno adelantando trabajo.

Se acomodó en el escritorio del salón de dibujo y extendió varios informes sobre la mesa. Varios minutos más tarde, empezaba a amanecer cuando notó que la habitación se llenaba de un resplandor verde. Ginny salió de la chimenea totalmente vestida y con el pelo mojado recogido en una coleta.

-Ginny, tesoro -saludó sorprendido -. ¿Qué haces aquí tan temprano, cielo?

-Mi madre ha tocado diana antes del alba -contestó sonriendo mientras lo besaba en los labios y se sentaba en sus rodillas -. Me temo que hoy toca zafarrancho de combate.

-¿Y eso por qué?

-Precisamente he venido a contártelo. Quería darte la exclusiva. Percy y George van a traer a sus novias a comer a casa, y mamá quiere que todo esté perfecto. Ya sabes cómo es.

Harry sonrió.

-Sí, lo sé. ¿Y quiénes son las chicas afortunadas?

-George no nos ha querido decir quién es su chica, pero dice que la conocemos. No tengo ni idea de a qué viene tanto misterio. Pero la de Percy es una tal Audrey, su compañera de trabajo.

-¿No me digas? -preguntó con los ojos muy abiertos, en un claro gesto de sorpresa -. ¿Audrey? Tu hermano tiene muy buen gusto, es una chica muy guapa.

-¿La conoces?

-Claro que sí. Trabaja en la oficina de Kingsley. La veo cada vez que he de visitar al Ministro.

-¿Y qué tal es?

Harry no pudo evitar sonreírse ante la curiosidad de su chica.

-Apenas he hablado con ella, pero parece simpática. Amable, con sentido del humor y seguro que es inteligente o si no Kingsley no la habría contratado para su oficina. Pero ya te he dicho que no la he tratado mucho.

-Tengo ganas de conocerla. ¿Cómo está Teddy?

-Ahora mismo durmiendo, pero me ha despertado antes del amanecer pidiendo un cambio de pañales.

Ginny ahogó una carcajada y lo besó.

-¿El papel de padrino te viene grande, amor?

-En absoluto. Nos hemos llevado muy bien todo el fin de semana. Hemos salido de paseo, hemos estado en el parque y le he leído cuentos. Lo que me preocupa es cómo habrá pasado Andrómeda su primer fin de semana sin su nieto. Teddy era lo único que lograba hacerla sonreír.

-Estará bien, mi amor.

-Eso espero.

Ginny miró el reloj y se puso de pie.

-Tengo que irme. He podido venir a verte sólo porque me he saltado el desayuno. Mi madre debe estar buscándome como una loca para que desgnomice el jardín.

-Yo iré en cuanto le dé el desayuno a Teddy y echaré una mano. Te quiero.

-Y yo a ti.

Se despidió con un beso y regresó a casa usando de nuevo la chimenea. Harry suspiró y volvió al trabajo.

Casi una hora después, Teddy se despertó reclamando el desayuno con un fuerte llanto que resonaba en toda la casa. Harry subió deprisa las escaleras e intentó calmarlo antes de que despertara a Hermione, pero el esfuerzo fue en vano. Salía de su dormitorio con el bebé en brazos y se la encontró en el rellano, aún adormilada y bostezando.

-Lo siento, Hermione -dijo Harry mientras la besaba en la mejilla -. No quería despertarte. Vine todo lo deprisa que pude, pero este granujilla tiene muy buenos pulmones.

-No tiene importancia -contestó ahogando otro bostezo -. Ya es hora de levantarse. Me voy a la ducha. Te veo en el desayuno.

Le dio un beso en la mejilla y se metió en el baño. Harry bajó las escaleras con Teddy en brazos y se dirigió a la cocina. Había logrado convencer a Kreacher de que le dejara a él preparar los biberones alegando que quería aprender para preparárselos a sus propios hijos. Calentó la leche aún con el bebé en brazos y le dio el desayuno acunándolo en sus brazos mientras se sentaba en una de las sillas de la cocina.

Cuando Teddy se acabó el biberón, subió a a desayunar con Hermione. La encontró en el comedor ya sentada a la mesa.

-Buenos días, Harry -saludó mucho más despierta que diez minutos antes -. ¿Ya está más calmado? -preguntó señalando al bebé.

-Sí. Sólo necesitaba un biberón. Siento haberte despertado -Hermione le quitó importancia con un gesto de la mano -. Por cierto -continuó Harry -, tengo una primicia. Hoy vamos a conocer a nuestras nuevas cuñadas.

-¿En serio? -preguntó sorprendida -. ¿Percy y Charlie tienen novia?

-Casi. Percy y George.

-¿George? ¿George tiene una novia lo bastante formal como para presentárnosla?

-Eso parece.

-Qué curioso. Me lo esperaba de cualquiera antes que de él. En fin -añadió encogiéndose de hombros -. Supongo que era algo que tendría que pasar -Harry asintió y siguieron desayunando.

Terminado en desayuno, Harry y Hermione se alistaron para salir y se fueron juntos usando la Red Flú. Al llegar a La Madriguera, se encontraron, en efecto, con el zafarrancho de combate que había vaticinado Ginny. La señora Weasley iba y venía de un extremo a otro de la cocina cocinando varios platos al mismo tiempo, Ron y Ginny desgnomizaban juntos el jardín y el señor Weasley colocaba grandes mesas sobre la hierba.

-Harry, Hermione -exclamó la señora Weasley cuando los vio salir de la chimenea -. Menos mal que habéis venido temprano, hay mucho por hacer.

Sin dejarlos casi respirar, les asignó tareas a ambos. A Harry, que tenía que vigilar a Teddy, le pidió que le ayudara con la cocina. Hermione, sin embargo, tuvo que limpiar el salón.

Conforme avanzaba la mañana, iba llegando el resto de la familia. La primera en hacerlo fue Andrómeda, que abrazó a su nieto antes que nada y fue a ayudar a Hermione. Bill y Fleur fueron los siguientes. Fleur, que ya estaba de seis meses, estaba cada vez más gorda. Bill ayudó a su padre a poner la mesa mientras ella se sentaba a la sombra, puesto que no la dejaban ni coger un plato debido a su estado.

No mucho después llegó Charlie, quien, al igual que el resto de sus hermanos, se sorprendió a la vez que se alegró por las nuevas noticias. Y por último, llegaron los Granger. Ya sólo quedaban las invitadas especiales.

Percy y Audrey no se hicieron esperar demasiado y llegaron poco después de las diez. Se aparecieron en el bosquecillo cercano a la casa y entraron al jardín cogidos de la mano. Ella vestía una túnica sin mangas de color rosa pálido y él presentaba su habitual aspecto impecable.

-Familia -anunció en tono solemne -, esta es Audrey. Cariño, mi familia.

Los presentó a todos uno por uno, empezando por su madre. A cada presentación, Audrey intercambiaba apretones de mano y corteses saludos con todos los miembros de la familia Weasley.

-Es todo un placer conocerles -dijo cuando los hubo saludado a todos -. Percy me ha hablado mucho de todos ustedes.

-El pacer es nuestro, querida -contestó la señora Weasley -. Ven, siéntate -añadió señalándole una silla -. ¿Quieres un refresco?

-Oh, no, por favor -interrumpió ella -. Hemos venido temprano para echar una mano. Somos muchos y habrá muchas cosas por hacer.

-De ninguna manera, querida. Tú siéntate con Fleur, la comida estará dentro de poco.

-No conseguirás convencerla, cariño -intercedió Percy -. Así que te sugiero que le hagas caso y te sientes -concluyó guiñándole un ojo.

-Está bien. Pero la próxima vez me dejará ayudar en algo, señora Weasley.

Molly hizo un gesto con la mano con el que dio a entender que ya hablarían la próxima vez y volvió a la cocina. Audrey se sentó junto a Fleur y entabló una agradable conversación con ella, a la que se unieron Hermione y Ginny en cuanto acabaron sus tareas.

Andrómeda y Harry lograron convencer a Molly de que les dejara la comida a ellos y que fuera a conocer a su nueva nuera. Suspiró resignada y fue a sentarse junto a Audrey. Como predijo Percy, quiso saberlo todo de ella. Cuántos hermanos tenía, cuáles eran sus aficiones, su equipo de quidditch favorito, y otros muchos datos.

Audrey contestó todas las preguntas pacientemente, halagada por la curiosidad de su suegra y de sus cuñadas. Al fin y al cabo, aspiraba a que Percy hiciera lo mismo cuando conociera a su familia. Durante casi una hora mantuvo conversaciones con todos sus hermanos, con Andrómeda y con los Granger. Jugó con Teddy y se interesó por el embarazo de Fleur.

El interrogatorio acabó varios minutos después, cuando Harry anunció que la comida estaba lista. Se dirigieron a la mesa y ocuparon sus asientos. Fue entonces cuando repararon en una ausencia, en realidad en dos.

-¿Alguien sabe dónde están George y su chica misteriosa? -preguntó Percy señalando los dos asientos vacíos.

Y como si esa pregunta hubiera bastado para invocarle, por la puerta del jardín de La Madriguera apareció George cogido de la mano de alguien que ninguno esperaba. La enigmática chica con la que salía era Angelina Johnson, su antigua compañera de Hogwarts y ex novia de su hermano Fred.

-Buenos días -saludó George muy jovial -. Lamentamos el retraso. Os presento a Angelina.

Toda su familia lo miraba con los ojos como platos, mudos de impresión. El primero en romper el silencio fue Ron.

-¿No era Angelina la que salía con Fred? -preguntó a Hermione en un tono lo bastante alto como para que lo oyeran todos.