← Historia 27506 · de
Historia 27506 — capítulo 16
- ¡Que alegría, que alegría! – exclamaba Emily, abrazando a Mora y a Remus a la vez - ¡No saben lo feliz que me hacen!
Remus estaba sentado en un sillón de una plaza, y Mora estaba sentada en sus rodillas. Cuando Emily los soltó, ella apoyó su cabeza en el regazo de su chico, y se acomodó, mientras él la abrazaba. James estaba jugando al ajedrez mágico con Sirius cerca de la ventana. Lily ayudaba a Peter con su tarea de Encantamientos, mientras no se perdía palabra, y sonreía feliz. Emily miraba a la nueva pareja, embobada.
-
Hay algo que aún no entiendo – dijo Sirius - ¿Por qué Lyna ayudó a Mora, si ella era la novia de Remus? Yo esperaría que sintiera celos…no lo sé…
-
También yo…Jaque – dijo James, apoyándose en el respaldo de la silla, mientras Sirius se agarraba la cabeza desesperado.
-
Es que Lyna es una muy buena persona – explicó Mora – y entendió que Remus estaba enamorado de otra persona. Y como ella lo quiere, decidió esforzarse para ayudarlo.
-
Pobre…me da pena – confesó Emily.
-
Sí… el caso es que ella se esforzó en encontrarme, y cuando lo hizo, me dijo que me ayudaría a que Remus me aceptara. Claro que ella me había observado desde que su relación con Remus empezó, así que ya sabía lo que yo sentía por él. Armamos todo un plan, nos costó mucho encontrar el momento perfecto para que yo pudiera decirle lo que sentía, y él no sintiera que estaba traicionando a Lyna. Ella sólo quería que Remus fuera fe…
-
¡Jaque Mate! – exclamó Sirius, seguido de un quejido de James. Emily los miró enfadada.
-
¿No pueden hablar más bajo? ¡Estoy tratando de escuchar el relato de mi amiga!
-
¡Y yo de estudiar! – exclamó Peter, haciendo que todos lo miraran incrédulos y rieran - ¿Qué? ¿Por qué ríen?
-
Por nada, Peter, por nada – Lily posó su mano en la cabeza del muchacho, y le pegó el rostro a la hoja – Ahora concéntrate.
-
¿Y ahora con quién está ella? – preguntó Emily.
-
Bueno…ya sabes que ella es preciosa, así que tiene a varios chicos atrás…según lo que me ha contado, se está fijando en un chico de séptimo de Hufflepuff… - Mora sonrió – Creo que se llama Amos Diggory…Remus, ¿vamos a dar un paseo?
-
Claro – Remus se levantó y ambos salieron de la sala común, tomados de las manos. Emily y Lily suspiraron.
-
Que romántico… - murmuraron las dos a la vez.
Los días pasaban lentamente. Emily se preparaba duramente para sus MHBs. Al principio, Lily la miraba orgullosa, y Mora la apoyaba. Sin embargo, después de un par de semanas, comenzó a surgir un sentimiento de preocupación. La sonambulía de Emily había aumentado considerablemente. No se había vuelto a despertar en el cuarto de los chicos: sin embargo, incontables veces se había despertado en algún aula vacía, hasta una vez se despertó en la cocina, bañando de chocolate un pastel. Lily estaba segura que eso se debía al exceso de trabajo. Emily se quedaba hasta altas horas de la noche, rodeada de pergaminos, libros y frascos de tinta.
-
Emily, de verdad, entiendo que quieras pasar tus MHBs, y a la vez el sexto año, pero me parece que exageras – le dijo Mora, una tarde, sentándose a su lado, y haciendo que se sobresaltara.
-
Ella tiene razón, Emily – le dijo Lily, sentándose del otro lado – Estas esforzándote demasiado.
-
No, no es cierto – Emily miró fijo a sus amigas, quienes notaron con pesar que tenía unas ojeras tan grandes que ni siquiera con la magia del maquillaje podían ocultarse.
Pero hasta la profesora McGonagall pensaba que Emily trataba de abarcar demasiado. La tercera vez que se quedó dormida en su clase, la mujer le ordenó a Lily que la llevara a la enfermería, y que si esa noche no dormía la castigaría. Mientras Emily dormitaba en una de las camas de la enfermería, Lily le explicó a la enfermera su problema de las noches, y la mujer le dio de tomar una poción color violáceo, que según ella, servía para controlar los sueños. Cuando Emily despertó y miró la hora, se dio cuenta de que todos sus compañeros se encontraban en la mitad de la clase de Herbología. Había dormido seis horas. Sin pensarlo, se levantó y corrió hasta el invernadero 6.
-
Lo siento, profesora – se disculpó al entrar – Es que…
-
No te preocupes, Perednik, la profesora McGonagall ya me lo ha explicado todo – la interrumpió la profesora Sprout con voz amable. Emily miró a todos lados y, con cierto pesar, notó que el único lugar libre era al lado de Sirius. Resignada, fue a sentarse.
-
Hola, Mily – saludó el chico, apartando la vista de su mimbulus mimbletonia. La chica lo miró fijamente hacia sus ojos grises, pero no le contestó. - ¿Te encuentras bien?
Emily asintió con la cabeza. Sirius interpretó su mirada, y sonrió.
- Estamos volviendo a ver la mimbulus mimbletonia, porque Sprout dice que tenemos muchos problemas. Supongo que te sirve para las MHBs.
Emily volvió a asentir con la cabeza.
-
Es un trabajo de a dos – explicó Sirius con tono burlón. Emily lo miró incrédula, y pegó un salto.
-
Perednik, ¿pasa algo? – preguntó la profesora Sprout. Emily estaba por contestar, pero lo pensó mejor.
-
No, nada, profesora…nada. – Emily volvió a sentarse. Y fulminó a Sirius con la mirada. Luego se concentró en la planta. La hora transcurrió tranquilamente. Emily cedió, y Sirius le explicó las propiedades de la planta. Era muy bueno. Cuando quiere es responsable, si estudiara un poco sus notas estarían por las nubes, pensó Emily. Sirius era de verdad muy inteligente, y un profesor excelente. Diez minutos antes del fin de la hora, Sirius se encontraba observando como Emily copiaba todas las propiedades que Sirius le había explicado, con su grande y curvada caligrafía. No se resistió, y se acercó a su oído.
-
¿Soy un buen profesor? – le susurró. Emily se sobresaltó, y un pequeño rayón negro salió de la a que Emily estaba haciendo.
-
Mira lo que me has hecho hacer – le reprochó, tomando su varita y borrando el rayón. Sirius sonrió.
-
Admite que te gusto, y te daré clases particulares todas las noches...
Emily lo miró enojada.
- ¡Tenías que arruinarlo! – exclamó sinceramente - ¡Siempre tienes que arruinarlo todo con tus comentarios arrogantes! ¿No puedes, por una vez en tu vida, cerrar tu enorme bocota y no meter la pata? ¡Déjame en paz!
En ese momento sonó el timbre. Emily guardó su pluma, su pergamino y sus libros, se echó la mochila al hombro y salió del invernadero, dejando a Sirius pasmado.
-
¿Qué pasó, Sirius? – preguntó Remus, acercándose a él. – James y yo sólo oímos que Emily te gritaba que la dejaras en paz.
-
No lo sé…hoy está particularmente de mal humor – dijo Sirius, casi más para sí mismo que para sus amigos.
Eran las tres de la mañana. Sirius no podía dormir. Y como no podía dormir, molestaba a sus amigos.
-
Vamos, James, contéstame – pidió desde su cama
-
Mmhh… ¿cuál era la pregunta? – preguntó James, tratando en vano de contener un bostezo.
-
¡Si besarías a Gladys Forte, la chica de Hufflepuff!
-
Sirius, haznos un favor a todos y cállate – pidió Peter, oculto debajo de su frazada.
-
Tú mismo lo dijiste: cuando Peter dice algo inteligente, hay que hacerle caso – dijo Remus, quién se apretujaba el almohadón contra la cabeza.
-
Bueno, bueno, me callo… ¿pero nadie tendría una relación con ella? Tiene la nariz torcida, pero aparte es…
-
¡SIRIUS! – exclamaron los otros tres a la vez.
-
¡Bueno! ¡No me griten! – Sirius se puso de costado. Quería hablar con sus amigos, porque era una distracción: si no lo hacía, pensaba en Emily. Y si pensaba en Emily, significaba que no podía sacársela de su mente. Y si no podía sacársela de su mente, significaba que…Recordó que aquella noche había tratado de hablar con ella. La tonta idea de disculparse se le había cruzado por la mente. Pero dos cosas lo habían echado para atrás. Uno, era su propio nombre. Sirius Orión Black no se disculpaba con una chica por habérsele insinuado. Nunca. Eso no era propio de un hombre como él, tan galán, tan seductor… Dos, al verla allí sentada, en una mesa apartada, junto a Lily y a Mora, rodeada de libros y pergaminos, y con esa expresión de “El que me interrumpa, que se olvide de vivir”, había sentido que no había razón para que se acercara a ella. Como ya le habían hecho entender que no lo soportaban, y no quería continuar pensando en Emily porque le ponía los pelos de punta, Sirius se levantó, se puso unos pantalones y bajó a la sala común. Quería tomar un poco de aire. Respiró hondo. Se iba a ir a sentar en el sillón, frente a la chimenea, cuando oyó un ruido a sus espaldas. Se giró rápidamente, y vio una figura sentada sobre una de las mesas de estudio, que al parecer estaba recostada sobre ella. Una mata de pelo castaño la tapaba. Sirius se acercó a ella: era Emily. Se había quedado dormida sobre su tarea de Encantamientos, con los brazos cruzados y la cabeza apoyada sobre ellos. Sirius se sonrió. No quería despertarla, pero no podía dejarla ahí, y tampoco podía subir a la habitación de las chicas. Le corrió el cabello de la cara, y notó con cierta sorpresa, que se veía preciosa dormida. Recordó con diversión que James le decía siempre a Remus que cuando las bestias se veían mejor era cuando estaban dormidas. Pero Emily no era una bestia…solo era algo agresiva. La tomó entre sus brazos y, como un padre llevando a la cama a su pequeña hija, la llevó hasta el sillón. Con la varita hizo aparecer un par de mantas, y la tapó. Ella se movió en sueños, y murmuró algo que Sirius no llegó a entender. Se sentó a su lado, y le acarició la frente, corriéndole el flequillo. Luego bajó la mano hasta la de la muchacha, y sintió la suave piel de sus dedos. Podía quedarse así toda la noche, observándola dormir.
Emily abrió un ojo, y después el otro. Inconscientemente, se tocó la mano izquierda. En sueños, había sentido una emoción extraña, y un calor repentino en esa mano. Pero un calor agradable. Se la pasó por la cara suavemente. Ojala su sueño fuera real…pero de seguro el calor se debía a que el gato de Ayleen, o algo así, le había pasado rozando la mano. O tal vez era que era lo que más cerca estaba de la chimenea. Otra razón podía ser que la había frotado contra las mantas tibias, y eso le había producido una sensación extraña. Suspiró. Qué bien había dormido. Se desperezó, y las mantas se le cayeron. ¿Qué hacía en el sillón, tapada? Miró la hora: eran las seis. No recordaba mucho, pero sabía que había estado haciendo sus deberes de encantamientos, y luego… ¡Sus deberes! ¡No los terminó! Se levantó de un salto, y corrió hacia la mesa. Pero, para su enorme sorpresa, se encontró con sus cosas perfectamente ordenadas, y sus deberes terminados.
-
Pero… - No entendía nada. Ella sabía que no había podido terminarlos. - ¿Qué…?
-
¿Enserio, fue así? – le preguntó Mora en el desayuno, después de que ella le relatara lo ocurrido. Emily asintió.
-
Estoy segura de que los terminaste y no te acuerdas – le dijo la sensata Lily.
-
Puede ser…pero recuerdo que me estaba cayendo de sueño, y recién iba por la pregunta diecinueve, cuando eran treinta…y luego…hoy releí todo, y estoy seguro de que nunca había leído la pregunta veinticuatro.
-
Eso es extraño… ¿puedes imaginarte alguien terminando tu tarea? Creo que es mi sueño – confesó Mora, haciendo que las otras dos rieran. Emily miró hacia el otro lado de la mesa, y notó que Sirius la miraba. Le sacó la lengua, haciendo que el chico riera y le saliera el jugo por la nariz y, sonriente, se volvió hacia sus amigas.
Después del almuerzo, Emily y sus amigas se dirigieron a Encantamientos. Siempre se sentaba en encantamientos con Remus. Así que sacó sus libros, su pluma, y se sentó en su pupitre, a esperar a su compañero. Remus no tardó en llegar.
- Hola – saludó. Emily le sonrió. – ¿Me dejarías ver tus respuestas, para comparar?
Emily asintió, y le pasó su tarea. Remus la observó detenidamente.
- Es extraño… - murmuró – Tus respuestas finales son exactamente iguales a las de Sirius, sólo que en distintas palabras. ¿Lo hicieron juntos?
Emily lo miró extrañada, y luego dirigió su mirada hacia Sirius, quién charlaba animadamente con James.
- No puedo creerlo… - murmuró, para sí misma, ante la mirada de incredulidad de Remus. Sirius Black… ¿lo había hecho por ella, de verdad lo había hecho? No, no podía ser. Debía ser una coincidencia. Y el sentimiento cálido en la mano…Negó con la cabeza, y se concentró en un pequeño cabello que sobresalía de los demás en la cabeza del profesor Flitwick, quién acababa de llegar.