Tituladas 17.2% · 34,339 de 199,415 descubiertas
Rescatado 94.6% · 90,776 de 95,911 páginas identificadas · 90,161/90,521 caps con texto ☕ Invitanos un café

← Historia 27506 · de

Historia 27506 — capítulo 19

Emily entró silenciosamente a la habitación.

  • ¿Dónde fuiste, Emily? – Emily cerró los ojos. Y había llegado el momento de la interrogación detectivesca. Se sentía como una adolescente que llegaba tarde a su casa, y su padre la había estado esperando en el salón. Decidió enfrentar su problema.

  • ¡Chicas! – sonrió, como si nada. Sus amigas la miraron con un brillo de sospecha en los ojos.

  • Emily… ¿Dónde estuviste? – preguntó Lily, con tono de “O me dices o te mato”.

  • Eeh…en la sala común – Ni siquiera Emily se creyó a si misma. Qué mala mentirosa que era. Mora la miró con los ojos llenos de reproche.

  • Odio que me mientan – le dijo - ¿Por qué me mientes? ¡Eres mi amiga!

Emily abrió la boca para contestar, pero no se le ocurrió nada que decir, así que la volvió a cerrar. Sabía cuánto le dolía a Mora que sus amigas no confiaran en ella.

  • Lo….lo siento – murmuró. Mora le dio vuelta el rostro, enojada – Mora, por favor…

  • Por favor nada. Si tú no confías en mí, ¿cómo sé que yo puedo confiar en ti?

  • Mora…no es eso…claro que confío en ti…

  • ¿Entonces por qué no nos cuentas? – Lily también parecía bastante dolida. Emily no sabía como salvarse de esta, sin decirles nada ni hacerlas enojar. O peor, lastimarlas. Decidió utilizar la mejor de las salidas: la verdad.

  • Mora, mírame – Mora continuaba mirando hacia el vacío – Mora…por favor… - Mora la miró a los ojos, y supo que la tristeza de Emily era sincera – Lo lamento muchísimo. De verdad. Pero…no puedo decirles. No es que no quiera. No es que no confíe en ustedes. Es que…rompería una promesa. Y no puedo hacer eso.

Sus amigas la miraron con complicidad, y luego suspiraron.

  • No te preocupes, Emily… - sonrió Lily – Te entendemos.

Mora volvió a mirar al vacío. Emily entendía perfectamente como se sentía. Pero ya le había explicado. Se acercó a ella, y se sentó a su lado.

  • Lamento haberte mentido. De verdad. Soy una mentirosa fatal. No se me da nada bien. Pero…trata de entenderme. No quiero lastimarlas. No quiero desilusionarlas. Lo que más me importa en este mundo hoy es conservar su amistad. Contigo, con Lily… - miró a Mary y a Ayleen, quienes ya estaban en pijama, sentadas en sus respectivas camas, y miraban la escena con curiosidad – Con Mary y con Ayleen también…aunque con ellas no estoy todo el tiempo, con Mary en los entrenamientos de Quidditch, pero nada más. Sin ofender, chicas – agregó.

  • No te preocupes, Emily, no arruines tu momento emocional con nosotras – sonrió Ayleen.

  • Gracias, Ay… bueno, Lily y tú son lo más importante que tengo. Sobre todo ahora…que no tengo a nadie más – Mora la miró a los ojos, y un par de lágrimas resbalaron por sus mejillas – Entiéndeme. Jamás les habría mentido si no fuera por una buena razón. Jamás les ocultaría cosas si no fuera por algo bueno.

Mora suspiró.

  • Promete que no volverás a mentirme.

  • Lo prometo. – Emily sonrió, y abrazó a su amiga.

El mes de marzo pasó casi volando. Ni Mora ni Lily habían vuelto a preguntarle a Emily acerca de lo que había hecho esa noche, y Emily suponía que ellas sabían que tenía que ver con los nuevos “merodeadores”, porque tampoco habían vuelto a preguntarles a los chicos qué hacían. Desde que habían terminado el mapa, igualmente, los chicos ya no estaban tan apartados, y James volvía a deprimirse por Lily. Sin embargo, se mantenía ocupado con los entrenamientos de Quidditch, y sus amigos lo distraían, así que en ningún momento estaba encima de ella. Y había que admitir que ella se sentía algo sola. Una noche a fines de marzo, Emily se despertó sobresaltada. Había vuelto a soñar con el hombre-lobo, Remus herido, y el perro. El perro. ¿Quién era aquél perro? ¿Por qué se le hacía tan…tan familiar? Se levantó. Aún estaba oscuro, lo que significaba que no eran más de las cuatro…cinco de la mañana. Tomó el libro que estaba en su mesada, pero se arrepintió. No iba a encender la luz. Se asomó por la ventana de la habitación, y contemplo el lago, los jardines…qué hermoso que era. Hogwarts era realmente hermoso. Entonces lo vio. Un enorme perro negro caminaba por los límites del bosque. Era él. Estaba segura. Emily se puso lo primero que encontró en el armario, un par de zapatos viejos, y sin preocuparse por arreglarse siquiera un poco, bajó corriendo las escaleras hasta los jardines. Pero, por supuesto, cuando ella legó, el perro ya había desaparecido. Decidió sentarse al lado del lago, y contempló su reflejo. Considerando que estaba levantada a la madrugada, y que había corrido para perseguir a un perro que bien podría haber sido fruto de su imaginación, no estaba tan mal. Sólo tenía unas ojeras enormes, ocultas detrás de los anteojos. Y llevaba el libro que había tomado en la mano. ¿Para qué lo habría traído? Emily se quedó un rato pensativa. Tal vez debía volver…pero el aire fresco se sentía tan puro…la hacía sentirse relajada. Podía pensar tranquila. Sin embargo, aún no amanecía. Era peligroso. Podían encontrarla. Se levantó, dispuesta a regresar a su habitación, hasta que oyó un gruñido a lo lejos. Un hombre-lobo. Era un hombre-lobo, y se encontraba en los límites del bosque prohibido. Muerta de miedo, trató de pasar desapercibida, pero el hombre-lobo olfateó el aire, y notó su presencia. Comenzó a acercarse a ella. Emily gritó, aunque en el fondo sabía que nadie la oiría. Nadie. Estaba muerta. No tenía escapatoria. Entonces, el hombre-lobo llegó hasta ella, y por un pequeño instante lo miró a los ojos. Entonces lo comprendió. Comprendió el significado de su sueño. Comprendió por qué se encontraba allí, casi al alba. Comprendió por qué se veía toda desaliñada. Comprendió por qué el hombre-lobo desaparecía, para encontrarse…

  • Remus… - murmuró Emily. El licántropo lanzó un grito, y Emily cayó al piso. –Tú…

Pero no llegó a decir una palabra más. El licántropo volvió a gritar, y lanzó un zarpazo que dio justo en el pecho de Emily. La chica gritó de dolor, y se llevó una mano a la herida. Sangraba. Miró a Remus a los ojos: sabía que no era su culpa. No era él. Pero iba a matarla. Iba a morderla. Era su instinto. Emily cerró los ojos, pero lo que esperaba nunca llegó. Volvió a abrirlos. Era el perro. El perro negro de su sueño. El perro negro que esa mañana había visto por la ventana de su habitación, que peleaba duramente con el licántropo. Gruñía, mordía…mientras el licántropo se defendía cómo podía. Emily sentía un fuerte dolor en el pecho, pero no le dio importancia. Aquello era mucho más importante que un simple rasguño. Entonces el perro empujó al licántropo con sus patas delanteras, y este cayó de espaldas. El perro aprovechó el momento para acercarse a Emily. Entonces ocurrió lo que Emily nunca había esperado. El perro se transformó en una persona. Pero no en una persona cualquiera. En Sirius Black.

  • Emily, ¿Qué haces aquí? – Emily no pudo dejar de notar que la había llamado “Emily”, no “Mily”, lo que le daba un tono de responsabilidad a la frase.

  • Black, eres… ¿un animago? – logró, a duras penas, preguntar ella. Sirius no contestó, y miró hacia atrás. Un ciervo había aparecido, para reemplazarlo. Sirius miró a Emily. La chica ya no podía más con el dolor. De repente oyó el grito de Lily, atrás suyo, y de Mora, pero debió ser fruto de su imaginación. De su delirio. El sol comenzaba a salir. El licántropo comenzaba a hacer gestos de dolor, a gemir, a retorcerse. Comenzaba a transformarse. El ciervo también se transformó.

  • ¿Ja…James? – preguntó Emily. Ya casi no le salía la voz. Le dolía mucho el pecho. Sirius estaba a su lado. Vio acercarse un cabello rojo, que en el momento no reconoció, porque veía borroso.

  • ¿Está bien? – le preguntó James a Sirius.

  • Está sangrando – contestó él – La llevaré a la enfermería.

Emily oía los gritos de dolor de Remus. Sentía su propio dolor en el pecho. Comenzaba a caer inconsciente. Entonces lo comprendió. Lo comprendió todo. Comprendió el origen de los apodos. Comprendió la actitud rara de Remus. Y, lentamente, fue cerrando los ojos, hasta no ver, oír o sentir nada.