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Historia 27506 — capítulo 35

El veinticuatro por la mañana, Emily se despertó sobresaltada. Miró hacia un costado, y vio que Lily continuaba durmiendo plácidamente. Dormía de costado, con un brazo colgando, y el otro tapado por las mantas, y con todo el cabello rojo revuelto sobre la almohada. Emily se sonrió, y se incorporó. Miró su reloj: eran las ocho. Se destapó, se levantó, y se dirigió al armario. Tomó su ropa interior, una camisa de mangas cortas, una falda negra y unas medias largas, y entró a ducharse. Mientras sentía el agua caer por su rostro, y se tiraba el largo cabello hacia atrás, trató de recordar el sueño que había tenido. Había soñado con Sirius…y con Papá Noel. Al recordarlo, se sonrió, mientras se pasaba el shampoo por el cabello. Papá Noel le había traído un regalo, y ese regalo era…una pelea con Sirius. Sin embargo, veía como a Mora le traía un beso de Remus.

  • Que sueño tonto… - murmuró, mientras negaba con la cabeza. Cuando salió de la ducha, se puso la ropa, se cepilló el cabello, se tiró el flequillo hacia atrás para que no se le enrulara al secarse con una cinta ancha, y salió del baño. Al ver que Lily continuaba durmiendo, tomó un libro, y bajó a la Sala Común, a la espera de su amiga. Lily bajó recién a las diez, y juntas bajaron a desayunar.

  • ¿A qué hora despertaste? – le preguntó, mientras bajaban las escaleras del vestíbulo.

  • A las ocho – contestó Emily. Lily arqueó las cejas – Es que tuve una pesadilla…en realidad, no fue una pesadilla. Fue un sueño bastante tonto.

  • ¿Ah, sí? ¿Cómo era? – preguntó Lily. Emily sonrió a modo de disculpa, y se adelantó. Lily rió por lo bajo, y la alcanzó – Vale, no me cuentes.

Mientras Emily tomaba su “lágrima”, como ella llamaba a un vaso de leche caliente con una gota de café, Lily leía el periódico.

  • Hubo otro asesinato – dijo, con una mueca de desagrado – fue el Innombrable otra vez.

  • ¿Quiénes fueron esta vez? – preguntó Emily, dejando su tostada en el plato.

  • Una pareja de jóvenes…parece que se negaron a colaborar.

Emily negó con la cabeza.

  • Es increíble… - dijo - ¿Cómo puede haber alguien tan cruel?

Lily se encogió de hombros, con profunda tristeza. En ese momento se abrieron las puertas del Gran Salón, y entraron James, Remus y Sirius. Al verlas, James comenzó a acercarse, al igual que sus amigas. Emily se levantó con brusquedad.

  • Voy a la biblioteca – dijo - ¿Vienes?

Lily miró hacia el costado, y asintió. Al pasar al lado de Sirius, Emily le golpeó el hombro, pero no bajó la mirada. Lily le hizo un gesto con la mano a James, y le sonrió. Él le devolvió el gesto, y se sentó, mientras Remus y Sirius se sentaban frente a él.

  • No sé como voy a hacer para que me perdone – dijo Sirius – me odia…

  • Si conocemos bien a Emily, ella terminará perdonándote, Sirius – dijo Remus – Ella es la que dice siempre que la gente merece una segunda oportunidad.

  • No, esa es Mora – lo corrigió James, quién parecía de muy buen humor – Pero Emily piensa lo mismo.

  • Sí, la gente – dijo Sirius – pero no yo. Ella no me ve como “la gente”. Me ve como “el que le arruinó la vida”. Y “el que le arruinó la vida” no merece una segunda oportunidad. Para ella, es como perdonar a un cazador.

James se encogió de hombros, y Remus le palmeó la espalda.

  • Ya déjalo, Sirius – le dijo – Todo estará bien.

Sirius no contestó, y se sirvió huevos revueltos. Remus se giró hacia James.

  • ¿Hablaste con Lily? – le preguntó. James asintió.

  • Sí…traté de besarla.

A Sirius le agarró un ataque de tos, y Remus casi se cae del asiento.

  • ¿Qué? – preguntó. James se encogió de hombros.

  • Sí, el jueves pasado – explicó. Sirius pidió alto con la mano, mientras continuaba tosiendo, y Remus le hizo un encantamiento para destapar sus pulmones.

  • Gracias – dijo con la voz ronca – James, ¿trataste de besarla el jueves pasado y NO NOS DIJISTE NADA?

  • No me pareció relevante – admitió James – Es que…ella me rechazó. Es decir, yo sé que ella quería besarme, se le notaba en la mirada, en los ojos, en la boca…creo tener experiencia suficiente como para saber si a una chica le gusto.

Sirius estalló en carcajadas, y Remus lanzó un bufido divertido.

  • En realidad, el que más experiencia tiene soy yo… - alardeó Sirius, y James sonrió.

  • Sí, eso no te lo niego – Remus negó con la cabeza, pero sonriente. – Bueno, el caso es que quise besarla, y ella quiso besarme, pero cuando estábamos por hacerlo, ella se arrepintió y me empujó…y luego me dijo que era algo muy apresurado, ya que yo acabo de terminar con Emily.

El rostro de Sirius se ensombreció. Sin embargo, continuaba escuchando con atención.

  • Y que debo esperarla. – continuó James – a que se sienta segura. Y yo, algo indirectamente, le dije que la esperaría.

  • ¿Estás dispuesto a esperarla? – preguntó Remus. James asintió.

  • Lo que sea necesario.

Sirius y Remus se miraron, y Remus suspiró.

  • Haz lo que te parezca, James…pero trata de no causar tu sufrimiento – pidió. James giró su mirada.

  • ¿Todos estos libros? – Madame Pince miró a Emily por encima de sus anteojos, como analizando si era capaz de cuidar de sus tesoros. Emily se llevaba siete libros, para estudiar en la cama, más cinco para Lily. Emily, asomada detrás de la pila de libros, asintió. Madame Pince arqueó las cejas - ¿Es para los EXTASIS?

  • Exactamente – contestó Emily. La bibliotecaria se dio la vuelta, y tomó una pluma.

  • Perednik, ¿no es cierto? – preguntó.

  • Los últimos cinco son para Evans – aclaró Emily. La bibliotecaria asintió, y comenzó a marcar todos los libros. Lily se acercó a ellas.

  • Parece que está nevando – comentó. Emily miró por la ventana que había detrás del mostrador de la bibliotecaria, y notó que era cierto. Se sonrió.

  • Clásico de Navidad – dijo, y Lily rió por lo bajo. La bibliotecaria les encajó los libros, les dio un discurso de lo que pareció una hora de cómo cuidarlos, y luego pudieron llevárselos. A mitad de camino se encontraron a Remus y a James, quienes se ofrecieron en llevar los libros, y las chicas aceptaron con gusto.

  • ¿Dónde está Sirius? – preguntó Lily, notando la mirada asesina de Emily en su nuca.

  • En la pajarera de las lechuzas – contestó James – No sé bien qué tenía que hacer… nos dijo que nos vería en la Sala Común.

Emily miró su reloj: eran las siete de la tarde. Decidió que aquella noche se iría a acostar temprano, y leería alguno de los libros tomados de la biblioteca. Al entrar a la Sala Común, Emily agradeció a sus amigos y subió todos los libros, con ayuda de Lily.

  • Bueno…eso es todo – dijo, cuando los dejó sobre la cama. Lily asintió. Entonces, se oyó la voz de Remus, y la de James, con un tono de sorpresa, pero no entendieron las palabras exactas. Se miraron, y bajaron corriendo las escaleras. Remus abrazaba a una persona, que al parecer acababa de entrar a la Sala Común.

  • ¡Mora! – exclamó Emily, al verla bien, y corrió a abrazarla - ¿No te ibas de viaje?

  • Me fui – contestó ella, encogiéndose de hombros. Emily notó que temblaba un poco. – Pero…me pareció mejor pasar la Navidad aquí con ustedes.

  • Eso es excelente – Remus tenía la sonrisa más grande que Emily había visto en su vida. Su felicidad era contagiosa – Me alegra que regresaras.

Mora sonrió débilmente. Luego, se tiró sobre el sillón. Emily y Lily se sentaron una a cada lado, y Remus se arrodilló frente a ella.

  • Estoy…cansada – dijo Mora.

  • ¿La profesora McGonagall te dejó volver? – preguntó Lily. Mora asintió.

  • No hay problema con que vuelva…mandé una carta, me aparecí en Hogsmeade y volví al castillo. – contestó. James se sentó en el sillón individual que había al lado de la chimenea. Emily notó que no quitaba su mirada de Lily. Sin embargo, ella estaba muy concentrada en la sorpresa de ver a Mora allí, y no lo notó. En ese momento, el retrato se abrió, y dejó pasar a Sirius. Emily pudo ver un paquete cuadrado de color rojo y muy fino, pero Sirius se apresuró a esconderlo detrás de las piernas. Emily corrió la mirada.

  • ¡O’Connor! – exclamó Sirius - ¿Qué haces aquí?

  • Volví, pulgoso – contestó Mora con una sonrisa - ¿Tanto te decepciona verme aquí?

Sirius sonrió.

  • Bueno, me alegro…por Remus. – dijo – aunque voy a tener que hacerme a la idea de que no voy a tener mis dos semanas de libertad.

Mora le sacó la lengua. James y Remus sonrieron divertidos. Sirius se dirigió a las escaleras de los chicos.

  • ¡Sirius! – exclamó Mora, dándose la vuelta, mientras Sirius ponía el pie en el primer escalón - ¿No vendrás con nosotros?

Sirius negó con la cabeza.

  • No…no hoy. – contestó – estoy cansado, y tengo varias cosas que hacer, así que…me despido.

  • Pero… - trató de protestar Mora, pero Emily la interrumpió:

  • Puedes venir tranquilo, Black – dijo, sin mirar a Sirius – yo ya me iba.

  • No es por ti – dijo Sirius – De verdad, Emily, si es por mí que te vas, puedes quedarte. Yo voy a subir, tengo mucho que hacer.

Y, con un último suspiro, Sirius subió a su dormitorio. Los demás le dirigieron a Emily una mirada de reproche.

  • Podrías ser un poco más amable, ¿no? – preguntó Mora.

  • Ya han pasado cuatro meses, Emily, supéralo – dijo Remus, quién comenzaba a perder la paciencia. Emily les dirigió una mirada de enfado.

  • Yo decido a quién perdonar y a quién no – dijo, levantándose y acomodándose la falda. Luego, se dio la vuelta, y se dirigió a las escaleras de las chicas. – Buenas noches.

Al Emily desaparecer escaleras arriba, los demás se dirigieron una mirada de complicidad. Luego, Lily suspiró, y apoyó su pera entre las manos, al mismo tiempo que los codos sobre las rodillas.

  • Me pregunto cuándo terminará todo esto… - se preguntó. Mora la rodeó con los hombros.

  • ¡Feliz Navidad! – le deseó Lily a Emily, arrodillándose sobre su cama a la mañana siguiente, haciendo que ella abriera los ojos.

  • Mmh – contestó ella, frotándose los ojos. - ¿Qué hora es?

  • Feliz Navidad – se oyó la voz de Mora desde la cama de la derecha, ahogada por un bostezo.

  • Son las nueve y media – contestó Lily. Mora se estiró.

  • Menuda Navidad – dijo - ¿Hay alguna razón en especial por la que deba levantarme antes de las once?

  • Porque debes darle tu regalo a Remus – dijo Lily con una sonrisa. Mora se levantó automáticamente, y corrió a la ducha, murmurando:

  • Ay, Merlín.

Emily tardó un rato más en levantarse. Primero estiró un brazo, luego el otro, luego se frotó los ojos nuevamente y se puso los anteojos. Lily, por su lado, abría la caja de chocolates de Honeydukes que le había comprado Mora. Cuando Mora salió, Emily entró a ducharse. Mora comenzó a revolver entre su mochila de viajes.

  • Dónde estará, dónde la habré puesto… - murmuraba.

  • ¿Qué cosa? – preguntó Lily, quién en ese momento abría el regalo de Emily, una copia de El Diario de Emily - ¡Wow, gracias Mimi!

  • ¡De nada! – se oyó la voz de Emily, desde dentro del baño, ahogada por el agua de la ducha.

  • La carta – contestó Mora – la carta que traje para Remus… ¡La encontré!

Tomó con fuerza la carta, que era un sobre amarillento, y la presionó dentro de su puño. Cuando pudieron bajar, ya eran las diez y media. El único que estaba en la Sala Común era Remus, quién se encontraba frente a la chimenea leyendo un libro nuevo, Los hijos de los lobos, que le había regalado Sirius.

  • Suerte – le susurró Lily a Mora, mientras Emily asentía con una sonrisa – Nosotras nos iremos y los dejaremos solos.

Mora asintió. Emily, al tomar su mano, notó que temblaba. ¿Qué era lo tan importante cómo para que Mora se pusiera tan nerviosa? Le palmeó la espalda con suavidad, y salió junto a Lily por el hueco del retrato. Mora se acercó a Remus. Él, sin quitar la vista del libro, sonrió.

  • Feliz Navidad – dijo, mientras Mora le besaba la mejilla, y se sentaba en sus rodillas. Dejó el libro, y la rodeó con sus brazos. Ella se apoyó en su pecho.

  • Feliz Navidad – contestó ella – Tengo…algo para ti.

Remus enfocó su mirada en los ojos de Mora, en aquél momento color avellana.

  • ¿Volviste a cambiar el color de tus ojos? – le preguntó con sorna. Mora rió por lo bajo. Remus notó el nerviosismo de su voz - ¿Te ocurre algo?

Mora negó con la cabeza, y miró a su novio.

  • Quiero… contarte algo – dijo. Remus asintió.

  • Cuéntame, princesa – le pidió. Mora suspiró.

  • A ver…cómo empiezo…sabes que me fui de viaje a Colombia, ¿no?

  • ¿Llegaste a irte? – se burló Remus. Mora bufó, y le golpeó suavemente el hombro.

  • Sí…llegué a irme. Pero…allí…me encontré con alguien. – Remus arqueó las cejas, pero no la interrumpió. Mora, al ver que su novio no hablaba, continuó hablando – En Colombia vive…Sarah.

Remus tardó un instante en asimilar quién era Sarah. Luego, cayó en la cuenta, y palideció. Mora le acarició la mejilla con la mano que tenía libre.

  • No pude traer a Sarah aquí – dijo – ella no sabe nada de Hogwarts, ni del mundo de los magos. Pero te extraña. Quiere verte. Estuve…hablando con ella. Quise traerla aquí…se suponía que sería tu regalo de Navidad…pero no pude. Por eso, te traje esto.

Le tendió la carta a Remus. Él, con manos temblorosas, abrió el sobre, y leyó el contenido.

Querido hermano:

Lamento si la carta está algo mojada, o si las letras están corridas y temblorosas, es sólo que aún no me creo que yo te esté escribiendo a ti. Es simplemente… inimaginable. ¡Qué rápido ha pasado el tiempo sin ti! Parece ayer cuando te dije “adiós”, y agité mi manita de niña, sin saber siquiera que iba a pasar doce años sin ti a mi lado. Sólo era una niña cuando fuimos separados. Si no fuera por tu amiga, la que me encontró, yo jamás habría podido cumplir este sueño: volver a sentirte conmigo, aunque fuera por correspondencia.

Supongo que querrás saber noticias de mamá: ella está bien. Se ha casado de nuevo, con el dueño de un campo, por lo tanto, allí nos hemos mudado. Para compensarme, mamá me compró un caballo…al que le he puesto Remus. Sí, hermano, te extraño demasiado. Quiero verte. Sé que será difícil…pero estoy segura que mamá también sería feliz. ¿Recuerdas cuando salíamos a jugar, y nos íbamos a la plaza? Solías empujar mi columpio. También solíamos ocultarnos cuando mamá venía a buscarnos. Qué recuerdos…sólo era una niña, pero cada momento contigo lo tengo atesorado en mi mente. Siempre quise volver a verte, pero…nunca pude. Aún soy menor de edad, así que no puedo viajar sola. No se si tu amiga te habrá dicho, pero nos hemos mudado a América Latina. No es como Inglaterra, claro…pero tiene su encanto. Es increíble como a pesar de mi corta edad por entonces, logro recordar cada detalle de mi infancia.

Quiero saber algo de ti. Ojala puedas responderme esta carta. Sé que será difícil, pero ruego que la recibas. Se la he dado a tu amiga, quién muy amablemente ha accedido a entregártela. Ella fue la que vino hasta mi casa, y me contó quién era…y quién eras tú. Agradécele de mi parte, se ha portado muy bien…debe de quererte mucho para hacer esto por ti. Hay tantas cosas que quisiera decir…pero no todo puede ser contado en un solo pedazo de papel.

Dime, Remus, ¿Cómo fue todo desde que mamá y yo nos fuimos? ¿Papá sufrió mucho? ¿Cómo está él? A él también lo extraño mucho. Mamá nunca ha querido darme mucho detalle de por qué nos fuimos aquél día. Tú ya tienes dieciocho, ¿verdad? ¿Este año terminas el colegio?

Ojala recibas esta carta algún día. Quiero verte, Remus. Quiero saber cómo estás. Quiero saber cómo está Papá. No me atrevo a pedírselo a mamá, pero…sí a ti. Por favor, Remus. Te extraño…te necesito. Necesito saber que estás bien. Si vuelvo a verte, sentiré que estoy completa. Sentiré que ya no necesito nada más.

Con amor

Sarah

Mora observaba nerviosa. Remus leyó y releyó la carta varias veces. Luego, la dejó sobre el sillón, y aferró a Mora contra su cuerpo. Ella le devolvió el abrazo, y notó como las lágrimas caían por su rostro.

  • Lo siento… - murmuró. Remus negó con la cabeza. No hablaba. Sólo se limitaba a abrazarla. Se quedaron así unos minutos, unos minutos que parecieron horas. Mora continuaba llorando silenciosamente sobre el hombro de su novio. Finalmente, las palabras salieron de la boca de Remus:

  • Gracias.

Mora levantó la mirada. Remus tenía los ojos enrojecidos, y los labios le temblaban.

  • ¿Por qué haces esto por mi? – preguntó, con voz ronca. Mora negó con la cabeza.

  • Porque era lo que necesitabas – contestó – yo no podía quedarme de brazos cruzados, después de que me contaras algo así. Tenía que hacer algo. Y…

Pero Remus le puso un dedo en los labios, para callarla, y negó con la cabeza.

  • Eres la persona más maravillosa que he conocido – le dijo – Por favor, no llores…yo debería estar llorando. No llores por mí. No lo merezco.

Le limpió las lágrimas con los pulgares, mientras Mora tomaba sus manos contra las suyas.

  • Te quiero… - murmuró. Remus la besó suavemente en los labios, y luego la abrazó. Al echarle una última mirada a la carta, la abrazó con más fuerza.

  • Yo quiero ir a ver la nieve recién caída – dijo Emily, tomando la mano de Lily - ¿Vamos?

  • No me abrigué lo suficiente – contestó Lily – Ve tú.

Emily se encogió de hombros, y salió afuera. Lily se encaminó hacia el Gran Salón, dónde seguramente habría un desayuno. Sin embargo, decidió que no tenía hambre, y se sentó en las escaleras del vestíbulo. Tenía en su bolsillo el regalo, pero… ¿cuándo se lo daría? No le parecía apropiado. Además, ella misma había dicho que necesitaba un tiempo para pensarlo. ¿Cómo iba a demostrar que no quería nada con él, si iba y le hacía un regalo de Navidad mientras que a los demás los dejaba sin nada? Ahora qu lo pensaba, había quedado algo egoísta. Tal vez era mejor que no se lo diera. Pero sabía que iba a divertirlo…se sonrió al visualizar la risa de James al recibir el regalo de Lily. Pero…no iba a poder dárselo. Apoyó su pera en sus manos, y sus codos en las rodillas, y lanzó un suspiro. No era la mejor de las Navidades. Recordó la del año anterior, cuando Emily y Mora habían ido a su casa. Se la habían pasado genial. Se sonrió nuevamente.

  • ¿Por qué sonríes? – preguntó una voz grave a sus espaldas. Lily sintió como enrojecía, al oír la única voz que quería oír, y a la vez no quería. Se dio la vuelta, para ver el rostro sonriente de James, sus ojos color chocolate, ocultos detrás de sus anteojos redondos y brillantes. James se sentó a su lado.

  • Puedes sentarte, gracias por preguntar – dijo Lily, mientras James reía y volvía a pararse.

  • Lo siento – se disculpó - ¿Puedo sentarme?

Lily asintió, y James volvió a sentarse.

  • Sólo quería darte tu regalo – dijo. Lily lo miró incrédula. ¿Así que él también había comprado un regalo para ella? - ¿Puedo?

Lily bajó la mirada, y asintió. James metió la mano en su bolsillo, y sacó una flor violeta. Una flor muy bonita. Era…

…un lirio. Lily lo miró asombrada. No se conseguían muchos lirios en invierno, y menos en los terrenos del colegio.

  • ¿Un lirio? – preguntó, tomando la flor, y admirándola. James sonrió.

  • Es una flor que marchitará el día en que dejemos de ser amigos – dijo - Lamento que el regalo sea tan pequeño. Es que…puesto que “Lily” significa “Lirio”…me pareció oportuno…hace un par de años descubrí que tu nombre no venía de “Lilian”, como yo siempre había pensado, sino que venía de la flor…y desde entonces el lirio es mi flor favorita.

Lily sintió como se ruborizaba, pero sonrió. Sus dedos del pie parecían muy interesantes en ese momento. Sintió como James le ponía un mechón de cabello detrás de la oreja. Luego, tomó la flor con suavidad, y se la ubicó allí, de tal forma que los pétalos violetas sobresalieran por encima de la oreja. Lily sonrió, al igual que James. Ambos se miraban a los ojos, sin poder quitar la vista del otro.

  • Te queda preciosa – murmuró James. Lily sonrió agracdecida.

  • Gracias… - musitó. – Yo…yo también te tengo un regalo…pequeño.

James arqueó las cejas, pero hizo muestra de querer verlo. Lily metió la mano en su bolsillo, y sacó su regalo. Era una pequeña caja envuelta en papel maché, de color verde esmeralda, con un moño. James lo desenvolvió, y al ver lo que había dentro, estalló en carcajadas. Lily rió también.

  • ¡Un peine! – rió James, mientras mostraba un peine que tenía un lirio en la punta - ¡Perfecto para mi!

La reacción de James fue exactamente como Lily imaginaba. Eso hizo que su corazón latiera con más fuerza.

  • No es para que lo uses – explicó Lily – es para que lo dejes en tu mesa de luz, y cada vez que lo veas, recuerdes mis sermones sobre tu cabello desordenado.

James volvió a soltar una carcajada.

  • Igual, te tengo otro – sonrió Lily – suponiendo que no usaras el peine…te compré una pluma de fénix.

James tomó la pluma envuelta que le alcanzaba Lily, y sonrió agradecido.

  • Gracias… - murmuró, mientras Lily reía.

Emily miraba la nieve caer sobre el lago congelado. Aquella Navidad, se sentía muy deprimida. Aún no encontraba la razón, pero estaba muy triste. Frente a sus amigas, había reprimido sus ganas de llorar, pero en aquél momento se estaba descargando. Las lágrimas corrían por sus mejillas. ¿Por qué se sentía tan triste? Miró hacia su izquierda, y vio que se encontraba casi en el límite del bosque prohibido. Un poco más adelante, se encontraba la cabaña de Hagrid.

La razón de su tristeza se estaba acercando detrás de ella. Emily oyó sus pasos, y cerró los ojos.

  • Supongo que no aceptarás un regalo que venga de mi parte… ¿verdad? – preguntó la voz de Sirius. Emily negó con la cabeza. Sirius apareció a su lado – Me lo suponía… ¿no quieres ni saber qué es?

Emily volvió a negar con la cabeza. Miró hacia abajo, y notó el paquete fino y cuadrado, envuelto en papel rojo, que Sirius había traído la noche anterior. Esta vez, dos cintas de un rojo más claro lo envolvían, y formaban un prolijo moño encima.

  • No quiero saber nada, Black – dijo Emily – Así que…por favor…vete.

Sirius suspiró.

  • Si tan poco te importa, ¿por qué lloras?

Emily corrió la mirada.

  • No es por ti – mintió – sólo me siento algo…nostálgica.

Sirius volvió a suspirar, y miró hacia el horizonte. Se quedaron un rato en silencio, hasta que Sirius lo rompió:

  • ¿Quieres que te lo pida de rodillas? ¿Eso te haría feliz?

Emily lo miró desconcertada, y sintió como su mirada se perdía en los ojos grises de Sirius.

  • ¿De qué hablas? – preguntó.

  • De mis disculpas. ¿Quieres que me arrodille para pedirte perdón?

Emily sintió como su corazón se oprimía dentro de su pecho. Sin embargo, tenía que ser fuerte. No podía caer.

  • No vale la pena – dijo – Porque no funcionará. Estoy muy firme en mi posición.

  • Pero yo no quiero que vivas enojada conmigo – dijo Sirius, y Emily pudo notar la sinceridad en su voz – soy capaz de tirarme de la torre de Astronomía si no me perdonas.

  • No seas drástico – le espetó Emily – Jamás te ha importado nada más que tu propio pellejo, y menos una chica. ¿Por qué yo sería diferente?

  • Porque eres diferente, Emily – admitió Sirius. Trató de tomarle la mano, pero ella se soltó con brusquedad – Porque nunca sentí por nadie lo que siento hoy por ti. Porque eres especial. Porque contigo descubrí que existe un amor para cada persona…y tú eres el mío. No voy a negarte que me importa que no estés a mi lado…pero mientras salías con James, noté que si tú eres feliz, yo también lo soy.

  • Mientras salía con James te acostaste con una rubia de Hufflepuff – le espetó Emily, sintiendo como cada vez su pecho se encogía más. Las palabras de Sirius, aunque no quisiera admitirlo, le estaban llegando.

  • No lo hice – contradijo Sirius – No pude hacerlo. Porque, desde que tu apareciste en mi vida, ninguna chica puede entrar a ella. Hoy, Emily, eres la única ocupante de mi corazón.

Emily bajó la mirada. No quería hacerlo…pero necesitaba soltar todo lo que venía sintiendo desde el 31 de Agosto. Lo necesitaba. Pero lo estaba reprimiendo. Porque sabía que si se soltaba, se debilitaría. Y no quería hacerlo.

  • No puedo confiar en ti – dijo – Ya confié una vez…y me traicionaste.

Sintió como el cuerpo de Sirius, a su lado, se debilitaba. Bingo.

  • Mily, yo…

  • No me digas Mily – le espetó Emily – De hecho, no me llames, Black. No quiero verte.

  • Por favor…yo…

  • ¡ME USASTE COMO A UN JUGUETE! – ahora sí había explotado. Ya no podía más. Las lágrimas de rabia comenzaron a correr. Presionaba con fuerza sus puños. - ¿¡De verdad creíste que iba a dejártelo pasar, así como así!? Pues te equivocas, Black. Yo no soy como cualquiera de tus muñecas rusas, que puedes tirar contra una pared y vuelven a ti. Yo no soy una muñeca, Black. Yo soy una humana. Y por lo tanto, tengo un corazón. Y tengo sentimientos. Y lo que me has hecho, me ha dolido hasta el fondo del alma. Yo creía…de verdad creía que podíamos llegar a llevarnos bien…creía que podía confiar en ti…y cuando comenzaba a hacerlo…me traicionaste. Me traicionaste, como bien yo sospeché que harías. ¿Para qué te daría una segunda oportunidad, Black? ¿Para que vuelvas a traicionarme? ¿Para volver a sufrir por ti, como ya lo he hecho? No quiero volver a sufrir, Black. No otra vez. No soy estúpida…no cometeré los errores dos veces.

Sirius notaba la ira que emanaba Emily. Sin embargo, no tenía nada para decir. Ella tenía razón. Toda la razón del mundo. Y él no tenía nada que decir en su defensa. Excepto…

  • Lo siento.

Emily negó con la cabeza.

  • Todo esto no se arregla con un “lo siento”, Black. – soltó un sollozo. Estaba descontrolada. – Eres un cobarde…sólo eso… - Sirius arqueó las cejas. ¿Lo había llamado cobarde? - un cobarde que utiliza a las personas a su antojo, porque no tiene la confianza suficiente en sí mismo… que necesita herir los sentimientos de los demás para sentirse bien… que tiene una pelea con su madre y tiene que ridiculizar a los demás para sacar beneficio propio… ¡Eres un maldito cobarde, Black!

Sirius bajó la mirada. Emily tomó el paquete rojo, y con un grito de ira, lo tiró hacia el bosque. El paquete cayó entre unos arbustos, pasando el límite.

  • ¡Ahí está tu regalo, Black…! – exclamó, con los ojos llenos de lágrimas. Sirius presionó los puños. Comenzaba a temblar…

…de ira.

  • ¿Un…cobarde? – preguntó, con la mirada gacha - ¿Eso crees que soy?

Emily no contestó. Le temblaba el labio, y presionaba los dientes con fuerza.

  • ¿Crees que un cobarde se hubiera escapado de su casa a los dieciséis años, por rebelarse contra una familia que está a favor del Innombrable? – preguntó Sirius. En su voz no había furia…sino decepción. Emily relajó sus manos, y lo miró incrédula. - ¿Crees que un cobarde se hubiera rebelado contra su madre, cuando ella creía que los de familia muggle tenían la sangre impura? ¿Crees que un cobarde se…hubiera molestado…en mandarle una carta a su madre, con la que juró no volvería a hablar jamás, para pedirle una reliquia familiar, para regalarle a la chica más importante de su vida, porque ella estaba enfadada con él, y él creía que ella lo perdonaría con aquél regalo?

Emily sintió cómo se encogía su corazón. Luego, se congelaba. Finalmente, se quebraba en trozos. Una piedra cayó en su estómago. Sus piernas comenzaron a temblar. ¿Sirius había hecho eso por ella? ¿De verdad había hecho algo así por ella?

  • ¿Un cobarde haría todo eso, eh? – preguntó Sirius, levantando la mirada. Sus ojos se habían enrojecido - ¿Un cobarde, al recibir la negativa de su madre, hablaría con su hermano Slytherin, el hermano perfecto de la familia, para rogarle ayuda?

Emily reprimió las lágrimas. Se sentía fatal. Ya no estaba enfadada, ni descontrolada. Las palabras de Sirius le estaban llegando al fondo de su corazón. Se sentía tan mal consigo misma, se veía como un monstruo. ¿Había actuado como un monstruo? ¿Eso había sido ella? Quería llorar, quería gritar. Pero no podía. Miraba a Sirius a los ojos, y veía la decepción en ellos. En esos ojos grises tan gélidos…tan fríos…

  • Creí que eras una persona distinta – dijo Sirius – creí que eras diferente…yo me enamoré de la Emily que conocí. ¿Dónde está ella? ¿Dónde quedó esa Emily, dulce, sensible, inteligente, responsable?

Emily no contestó. Tenía miedo de abrir la boca.

  • Lamento haberte decepcionado… - dijo – de verdad lo lamento. Pero yo traté de pedirte disculpas…y tú no las aceptaste. Ahora el problema es tuyo, no mío. Disfruta lo que queda de la Navidad…Emily.

Dicho esto, se dio la vuelta, y volvió caminando hacia el castillo. Emily lo vio alejarse, y cuando se perdió de vista entre la neblina, cayó de rodillas, y se echó a llorar sobre la nieve fresca.