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Historia 27506 — capítulo 37

  • ¡Feliz cumpleaños, Emily! – le deseó James el viernes por la mañana, mientras ella bajaba a la Sala Común. Lily, quién estaba sentada sobre las rodillas de su nuevo novio, corrió hacia ella y le plantó un beso en la mejilla.

  • ¿Qué hacen aquí? – preguntó Emily, mientras Lily la abrazaba - ¿No tenían Herbología? La vi a Mora durmiendo, y…

  • Sprout nos dijo que hoy no nos daba clase – explicó James, levantándose y acercándose a Emily – Toma, te compré un regalo.

Emily se sonrojó un poco, bajó la mirada y contestó con un gracias. James sonrió.

  • El mejor regalo que me han dado fue su nueva relación – sonrió Emily, mientras guardaba el paquete de James en el bolsillo de la túnica. James y Lily sonrieron, y se miraron. De repente, se oyó un ruido en las escaleras, que se hacía cada vez más fuerte, y de repente, Emily estaba tirada en el piso, mientras Mora la abrazaba con fuerza y gritaba:

  • ¡FELIZ CUMPLEAÑOS!

Lily rió por lo bajo.

  • Feliz cumpleaños, Emily – le deseó una voz a sus espaldas, mientras Mora la soltaba, y ambas miraron hacia las escaleras de los chicos. Remus bajaba junto a Peter, con un pequeño paquete en las manos. Emily sonrió, mientras Remus le besaba la mejilla, y Peter le deseaba un feliz cumpleaños.

  • ¡Dieciocho, Emily! – exclamó Lily, mientras James la abrazaba por la cintura. Emily sonrió, y asintió. Luego, comenzó a buscar disimuladamente con la mirada. Sin embargo, Lily comprendió y se acercó a su oído.

  • Sirius está en el Gran Salón – dijo, haciendo que Emily se sobresaltara – ve a buscarlo.

Emily se sonrojó, pero asintió, y salió de la Sala Común. Lily besó a James en la mejilla, y salió tras ella.

  • ¿Adónde van? – preguntó Peter.

  • A un lugar donde no estés, Pettigrew – le contestó Mora bruscamente, y salió detrás de ellas.

Emily se paró en el marco de las enormes puertas del Gran Salón. Sirius desayunaba solo, sentado en una de las puntas de la mesa, con varias miradas femeninas puestas en él.

  • Ve – le susurró Lily – es tu oportunidad.

Emily asintió, y comenzó a acercarse, pero luego dio media vuelta y trató de salir.

  • ¡No puedo! – dijo, mientras Mora y Lily forcejeaban por hacerla quedarse - ¡No me da la cara! ¡No puedo, no soy capaz!

  • ¡Sí, sí eres capaz! – exclamó Mora - ¡Porque si no vas ahora y hablas con Sirius yo misma robaré Poción de la verdad del despacho de la morsa, y te daré para que vayas y le confieses todo!

Emily se paró en seco. Inspiró hondo, y volvió a darse la vuelta. Caminó lentamente, dando un paso tras otro, hasta llegar hasta donde Sirius estaba. Se paró frente a él, y tragó con fuerza. Tosió levemente, para hacerle notar que estaba allí. Ya está hecho, Emily, pensó, ya estás en el horno. Sirius levantó la mirada de su café con leche, y su mirada se cruzó con la de Emily.

  • ¿Necesitas algo? – preguntó con frialdad. Emily asintió despacio.

  • Quiero… - comenzó, pero no se sentía capaz. – quiero…

  • ¿Quieres qué? – le espetó Sirius, levantándose – ¿Vienes a recriminarme lo que hice, como el día de Navidad? Lamento que no estoy aquí para oír sermones, Emily.

  • No, yo… - Emily no tenía palabras. Le temblaban las manos, al igual que los labios.

  • ¡Sirius! – Ambos se giraron hacia la derecha. Una muchacha de sexto, de Hufflepuff, se le tiró al cuello. Emily sintió como si su corazón se partiera en mil pedazos. - ¿Ya has terminado?

Sirius asintió, y miró a Emily.

  • ¿Y? – le recriminó - ¿Vas a decirme, o no?

Emily abrió la boca, pero se dio la vuelta, mientras sentía como las lágrimas caían por su rostro.

  • N-no – tartamudeó.

  • Bueno…feliz cumpleaños – dicho esto, Sirius se fue con la muchacha de Hufflepuff. Emily se sentó en el banco, y ocultó el rostro entre las manos. Era una cobarde. Una cobarde, una tonta. Se le había escapado, se le había escapado la oportunidad de ser una buena persona, y de pedirle perdón al amor de su vida.

  • ¿Emily? – oyó la voz de Lily a su lado, mientras le ponía la mano en la espalda - ¿Qué pasó?

  • Me odia – susurró Emily con voz ronca – y con toda la razón del mundo.

Mora la abrazó.

  • No puedo creer que sigan igual – se quejó Mora, esa tarde, después de clases, hablando con James. James asintió, apesadumbrado. En ese momento, se abrió el retrato de la Dama Gorda, y Peter, Remus y Lily entraron por él. James se levantó de un salto, y corrió junto a Lily.

  • No la dejas ni un minuto, Cornamenta… - murmuró Remus, mientras James unía sus labios con los de Lily.

  • Quiero recuperar todo el tiempo perdido – sonrió James, sin quitar su mirada chocolate de la verde de Lily.

  • ¿Qué tal Historia de la Magia? – preguntó Mora, con tono burlón. Remus se tiró a su lado.

  • Como siempre – contestó.

  • ¿Dónde están Emily y Sirius? – preguntó James.

  • Emily dijo que quería estar un rato sola – contestó Lily – es una pena, porque queríamos festejarle el cumpleaños… y Sirius se fue con esa chica de Hufflepuff, a la que le da clases particulares.

  • ¿Clases Particulares? – repitieron Mora y Peter. Lily asintió.

  • Sí, esa chica se lo pidió, porque parece que le va muy mal y tiene miedo de reprobar…pero Sirius le dejó muy en claro que no quería nada con ella… - suspiró – me pregunto cuándo se solucionará todo esto…Emily está realmente mal.

  • También Sirius – corroboraron Remus y James a coro. Mora suspiró, y se acercó al alféizar de la ventana.

Emily lloraba silenciosamente, abrazando sus rodillas, sentada sobre la nieve. ¿Cómo había llegado a aquello? Sufría sola. No quería que la vieran llorar. Sin embargo, se sentaba al borde del lago congelado, muerta de frío, y lloraba. Por las noches también lloraba. ¿Cómo había terminado así? ¿Cómo había terminado sufriendo tanto? Aunque sabía, en ese momento sabía, que era su culpa. Ella se había portado terriblemente. Había sido exactamente lo que nunca había querido ser. Sin embargo, allí estaba. Sentada sobre la nieve, con guantes, bufanda y la túnica más gruesa que tenía, y sin embargo, muerta de frío. Igualmente, suponía que el frío no se debía a que corría brisa y la sensación térmica fuera de menos cuatro grados. Sintió unos pasos, y vio la sombra de alguien que se sentaba a su lado. Al girar la mirada, vio la silueta de Sirius, sentado sobre la nieve. Corrió la mirada, más para que no le viera las lágrimas que para otra cosa.

  • ¿No era que estabas enfadado? – le preguntó ella.

  • ¿No era que estabas enfadada? – contrarrestó él. Ella no contestó, y se limitó a observar el atardecer. Sirius la imitó, y Emily oyó como suspiraba – No puedo enojarme contigo.

Emily sintió como su corazón se encogía, y las lágrimas volvieron a brotar de sus ojos. Se las enjugó con el borde de la túnica. Sintió como la mano de Sirius le tomaba el mentón, y pronto se vio cara a cara con Sirius, observando esos ojos grises, tan gélidos, y tan cálidos.

  • No llores… - murmuró Sirius – por favor, no llores…

Emily volvió a correr la mirada.

  • ¿Por qué? – preguntó - ¿Por qué te preocupas tanto por mi? ¿Por qué? ¿Por qué…te importa tanto?

Sirius miró hacia el horizonte.

  • Porque te quiero más que a nadie – confesó. El corazón de Emily no creía soportar más. Las manos le temblaban, y sentía el estómago revuelto. Tenía náuseas, pero no se creía capaz de estar enferma. – Y aunque sé que tú y yo no pegamos ni con cola, y que lo nuestro sería sencillamente imposible, yo no puedo evitar quererte. No puedo evitar sentir una punzada de rabia cada vez que te veo con otro, como ya me pasó con James. No puedo evitar sufrir cuando tú sufres. No puedo evitar pensar en ti cada segundo que pasa. ¿No te has dado cuenta que, desde que te conozco, no salgo con nadie? Sin embargo…quiero que seas feliz. No me importa si es conmigo, con James, con quien sea. Quiero que seas feliz. Feliz como nadie. Y es por eso que al verte llorar, sufro.

Emily escondió el rostro entre sus brazos. ¿Cómo podía no creerle? ¿Cómo podía no haberle creído? ¿Cómo podía haber sido tan egoísta, mientras Sirius sufría tanto, o más que ella? Eso era. Una egoísta.

  • Ódiame – pidió Emily. Merecía sufrir tanto como él lo había hecho. – Detéstame. No me hables, no me mires. No merezco ser disculpada. No merezco que me perdones. No merezco…tenerte conmigo.

Sirius negó con la cabeza, y estiró su mano. Emily, con los ojos bañados en lágrimas, lo observó incrédula.

  • No – dijo Sirius – No puedo. Aunque quisiera, no soy capaz. ¿Cómo podría odiarte, Emily? Además…yo te he hecho sufrir mucho más de lo que tú a mí. Si alguien merece sufrir, ese soy yo.

Emily negó con la cabeza, y abrió la boca dispuesta a replicar, pero Sirius le llevó un dedo a los labios, mientras continuaba con la otra mano estirada.

  • Basta – pidió – Yo te he hecho sufrir, tú me has hecho sufrir. Estamos a mano, ¿no?

Emily asintió, y estrechó la mano de Sirius. Los labios del joven se curvaron en una ligera sonrisa, aunque de sus ojos emanaba la tristeza. Al ver su sonrisa, Emily sintió como si el mundo cayera a sus pies. Ya no había de qué preocuparse. Una sonrisa, una simple sonrisa, podía curar las heridas de su corazón. Funcionaba como las lágrimas de un fénix. No pudo evitar devolvérsela, aunque fuera débil, y sintiera el sabor de sus propias lágrimas.

  • Eres preciosa cuando sonríes… - confesó Sirius en voz baja. Emily miró hacia el cielo. Estaba oscureciendo. Sin embargo, no quería irse. No quería que la magia se perdiera. No quería…volver a entrar al círculo.

  • Sirius…- Sirius no pudo evitar notar que lo había llamado por su nombre, y se sonrió. Tomó la mano izquierda de Emily con ambas manos, como muestra de que la oía. Emily lo miró a los ojos, y volvieron a sentir esa magia que sólo podían sentir cuando eso pasaba - ¿Me harías un favor?

Sirius asintió.

  • Lo que quieras…

Emily volteó ligeramente su cabeza hacia atrás. Luego, volvió a unir sus miradas.

  • ¿Me…abrazas?

Sirius se sorprendió por la pregunta. Emily se sonrojó ligeramente. Sin embargo, Sirius sonrió, se acercó a ella, y la estrechó contra su cuerpo. Emily se aferró con fuerza a su espalda, y apoyó su rostro en el pecho del muchacho. Sirius apoyó su mentón sobre la cabeza de la joven, y cerró los ojos. Aún no lo creía, pero aquello estaba pasando de verdad. Estaba abrazando a Emily Perednik, el día de su cumpleaños, le había confesado su amor…y ella lo había aceptado. El sol se escondía detrás del enorme castillo que tenía a su izquierda. Cada vez estaba más oscuro. No quería soltarla. Quería quedarse allí por el resto de su vida. Allí, abrazándola con fuerza. No supo cuanto tiempo estuvieron allí. Entonces…se le ocurrió. Se sonrió, sin abrir los ojos. Aún tenía que darle su regalo de cumpleaños… comenzó a soltar suavemente el cuerpo de su amada, sin embargo, al notarlo, ella lo estrechó con más fuerza.

  • No – rogó con voz ahogada – por favor…

  • Por favor, Mily – pidió Sirius – quiero darte algo.

Emily levantó la mirada, y Sirius la empujó suavemente.

  • Cierra los ojos – pidió. Emily lo miró con desconfianza, y Sirius bufó – Vamos, después de todo esto, ¿aún no confías en mi?

Emily vaciló, pero luego se sentó con las piernas cruzadas, mirando hacia el horizonte, y cerró los ojos. Sirius se puso de costado, mirando hacia ella, con una pierna cruzada y la otra levantada.

  • ¿Qué ves? – preguntó. Emily inspiró silenciosamente, con las manos sobre sus rodillas, como si estuviera meditando.

  • Me veo feliz – contestó finalmente – porque estás a mi lado.

Sirius sonrió ligeramente. Luego, pensó su siguiente pregunta.

  • ¿Qué hueles? – preguntó. Emily rió por lo bajo, pero no abrió los ojos.

  • Huelo tu aroma, el aroma de tu cabello, el aroma de tu piel…estás conmigo – contestó Emily sinceramente. Suavemente, bajó su mano hasta posarla sobre la nieve. Sirius la observó un instante, y luego posó suavemente su mano sobre la de ella. Ella no se apartó.

  • ¿Qué sientes? – le preguntó.

  • Siento como si acabaras de bajar la luna para mí, sólo porque siento el roce de tu piel – confesó ella en voz casi inaudible. Sirius se levantó un poco, para llegar hasta su oído, y le susurró:

  • ¿Qué oyes?

Emily dio un respingo. Sin embargo, sonrió ligeramente, y contestó:

  • Oigo el susurro de tu voz, tan dulce, tan suave, tan…tranquilizante. No hay por qué sufrir. No mientras continúes hablando, mientras continúes sonriendo. Ya no hay de qué preocuparse. Yo…seré feliz…gracias a ti.

Se sonrojó ligeramente, al notar que había hablado de más. Sin embargo, Sirius esbozó una sonrisa de autosuficiencia, le puso una mano en el mentón, el otro brazo lo puso en su cintura, para girarle suavemente el torso, y se acercó a su rostro. Sus labios casi se rozaban. Sentía el aliento de Emily, quién respiraba entrecortadamente, Casi podía oír el latido de su corazón. Giró levemente su rostro, y rozó sin darse cuenta el labio superior de Emily. Ella dio un respingo involuntario. Sin embargo, no abrió los ojos. Sirius cambió la posición de su mano izquierda, para apoyarla suavemente sobre la mejilla de ella. Miraba su rostro, dónde ya no corrían las lágrimas, pero se notaban los rastros de las antiguas.

  • Emily… - susurró. Ella no se movió - …te quiero.

Dicho esto, unió sus labios con los de ella, para sumirse en un profundo y sincero beso de amor. Ella se aferró a su cintura, y se dejó guiar, dejando notar lo que sentía en su corazón. Ambos cayeron suavemente hacia atrás, haciendo que Emily apoyara su cabello sobre la nieve. Se besaron durante lo que parecieron horas. Emily sentía como si millones de mariposas revolotearan dentro de su estómago, mientras movía sus labios en sintonía con los de Sirius. Fue el mejor beso de su vida. Fue la mejor sensación que había sentido nunca. Se sentía libre, libre de culpa, libre de sufrimiento. Aquel beso era…liberador. Sirius, por su lado, sentía una sensación que no había sentido nunca. Se sentía feliz como nunca se había sentido, mientras probaba el sabor de los labios de la joven que creyó que nunca sería suya. Había besado a muchas chicas en su vida, pero nunca a nadie con tanto anhelo como lo hacía en ese momento. Recordó cuando James lo había recibido en su casa, cuando se había escapado. Recordó su primer noche en Hogwarts, cuando había conocido a sus tres amigos del alma. Recordó cuando había besado por primera vez a una chica. Entonces se dio cuenta de que, ninguno de esos momentos, se comparaba con aquél. Se separó un instante, para tomar aire, y notó que Emily estaba acostada en el suelo, y continuaba con los ojos cerrados. Respiraba agitadamente. Sirius sonrió de un solo lado.

  • ¿Qué…degustas? – trató de encontrar la mejor expresión, pero sin embargo, sonó cómico. Emily rió suavemente, y contestó:

  • El sabor de tus labios de miel contra los míos.

Sirius sonrió, y volvió a besarla.

  • Me preocupan – murmuró Mora, sentada frente a la chimenea. Lily miró el reloj de James: ya eran las diez, y ni Sirius ni Emily habían vuelto. James caminaba de un lado a otro de la Sala Común. Remus acariciaba la mano de Mora, y cada cinco minutos miraba hacia el retrato de la Dama Gorda. Peter, por su lado, miraba a James caminar.

  • ¡Quiero saber qué pasó…! – exclamó James. Lily asintió. Entonces, el retrato se abrió, y todos se giraron bruscamente.

  • ¡Sirius...! – exclamó Mora, levantándose, al verlo entrar en la Sala Común. Sirius venía algo inclinado, ya que llevaba a Emily completamente dormida en su espalda. Se llevó un dedo a los labios, y apoyo a Emily en el sillón.

  • ¿Qué…? – comenzó Remus. Sin embargo, Sirius suspiró y dijo, con expresión triste:

  • Me voy a dormir.

  • ¿Qué? – saltaron James y Peter a la vez.

  • Son las diez, Sirius, y ni siquiera has cenado. – le espetó James - ¿Se puede saber qué pasó?

Sirius negó con la cabeza, y subió al dormitorio de los chicos. Todos lo miraron subir, incrédulos.

  • ¿Qué…? – James parecía muy nervioso - ¿Se puede saber qué…?

  • ¿Creen que pasó algo? – lo interrumpió Mora – Ya saben, entre él y…

Miró de reojo a Emily, quién dormía plácidamente en el sillón. Lily la miró, y negó con la cabeza.

  • ¿Qué podría haber pasado? – preguntó amargamente – lo mejor será esperar a mañana…yo voy a ir a ducharme, chicos. Buenas noches.

Dicho esto, Lily besó a James suavemente en los labios, y subió por las escaleras de las chicas. Mora, por su lado, saludó a Remus, y la siguió. James miró a Remus.

  • No entiendo… - murmuró, antes de tirarse sobre el sillón individual. Remus negó con la cabeza.

Emily abrió lentamente los ojos. Tardó un rato en darse cuenta que estaba en la Sala Común de Gryffindor. Se incorporó lentamente. Las luces estaban apagadas. El lugar estaba completamente vacío. Trató de hacer memoria, y recordar qué había sucedido. Al lograrlo, no pudo evitar sonreír, y se llevó una mano a los labios. A aquellos labios que, esa misma tarde, habían sido besados por nada menos que Sirius Black. Aquella tarde había recibido el mejor regalo de cumpleaños que nunca le hubieran hecho. Luego, se había quedado dormida sobre el regazo de Sirius. Lo más probable era que él la hubiese traído hasta la Sala Común. Miró el reloj: eran las doce menos cuarto. Aún quedaban quince minutos de su cumpleaños. Se acercó hasta el alféizar de la ventana, y se dedicó a observar la nieve resaltante en la oscuridad. La inmensa capa de nieve había cubierto el pasto, el bosque, y el techo de la cabaña de Hagrid. Se veía todo tan hermoso…

Un destello llamó su atención. Un destello proveniente de los límites del bosque prohibido. Sin embargo, al girar su mirada hacia allí, no estaba más. Debió de ser un efecto de la luz…pero luego, volvió a verlo. Era un destello plateado, brilloso. La atraía. Se dio la vuelta, se puso su capa y su bufanda, y bajó rogando porque no la encontrara ningún profesor. Al salir afuera, la brisa fría hizo que le dieran escalofríos, sin embargo, continuó avanzando. Al llegar al lugar de dónde provenía el destello, se agachó y comenzó a buscar. Y, después de unos cinco minutos, lo encontró. Un paquete pequeño, con un lazo rojo. ¿Aquello era lo que destellaba? No. Era un pequeño diamante transparente, incrustado en uno de los lazos. Lo reconoció entonces: era el regalo que Sirius no había llegado a darle en Navidad. El corazón le dio un vuelco. Suavemente, tiró del lazo del moño para desaflojarlo. Una vez que hubo desatado el moño, con manos temblorosas, abrió la caja…y se encontró con el collar más hermoso que hubiera visto jamás. Era una cadena de plata, con algunos diamantes incrustados en ella, parecía un autentico relicario. Pero lo que más llamó la atención de la joven, fue el dije de llave que llevaba colgando. Era de plata, como el resto del collar, y tenía un par de gemas color azul claro incrustadas en él. Estaba tan absorta en el collar, que no notó que venía acompañado de una nota. Cuando se dio cuenta, la tomó con manos aún más temblorosas, y la leyó:

Emily:

Me da demasiada vergüenza decirte esto a la cara…por eso te lo escribo. Este collar perteneció a uno de mis antepasados más lejanos, y fue pasando de generación en generación…hasta caer en las manos de mi tía Cedrella. Hoy, quiero que lo tengas tú. Con este regalo, quiero pedirte disculpas por como te he hecho sentir…que sepas que nunca fue mi intención que sufrieras. Y te lo digo de todo corazón.

¿Ves la llave del dije? Hoy por hoy, esa es la llave de mi corazón…y por eso te la estoy regalando. Ojalá la aceptes…y ojalá te guste.

Feliz Navidad

Emily se sonrió, y abrazó la nota.

Mientras tanto, en la habitación de séptimo de los chicos en la Torre Gryffindor, el autor de la nota se levantaba de su cama, tras comprobar que sus amigos estaban profundamente dormidos, y se acercaba a su baúl.

  • Lumos – susurró, y su varita se prendió. Hurgó unos minutos en su baúl, hasta encontrar lo que buscaba: un pequeño cuaderno naranja. Lo abrió, y llegó a la última página, dónde, con una letra redonda y grande que él reconoció como la de Emily, estaba escrito:

Esta historia fue escrita en honor a Sirius Black…el Jason de la vida real. Ojalá mi suerte sea tal como la de Anna.

Sirius se sonrió con nostalgia. El reloj dio las doce.