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Historia 28245 — capítulo 7

-¿Me estás escuchando Jack? ¡Jack! ¡Colegio de Magia y Hechicería Español llamando a Jack!

-Eins? Qué? –respondió un muchacho moreno de ojos verdes saliendo de su estado.

-Te preguntaba que si sabes quién es ese tal Dumbledore que te envía una carta.

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-No, no lo sé –repuso Jack saliendo definitivamente de su ensimismamiento y releyendo la carta que tenía en las manos.

Dumbledore, tal y como le había dicho a Harry, había decidido que era el momento de que Jack se enterara de toda la verdad. Pensó que lo mejor era enviarle primero una carta, diciéndole que quería hablar con él, sobretodo para que el chico pensara que era él quien mandaba. Sabía lo que era tratar con adolescentes engañados.

“Hay algo muy importante que debes conocer, solo si te apetece. Algo que cambiará tu futuro, y que hará que veas tu pasado y presente desde otros ojos. Te ruego que nos veamos lo antes posible.

Albus Dumbledore”

El muchacho no sabía que hacer. Le sonaba de algo Dumbledore, de ser algún mago famoso o así. ¿Pero qué querría de él? ¿Qué era eso que tenía que contarle? La verdad es que no estaba muy por la labor de saberlo, ¿pero sería capaz de quedarse sin saberlo? No. Él no era así. Las cosas tenía que descubrirlas.

-¡Jack! ¡Que te vas! –le recriminó la chica que se encontraba a su izquierda. –Te decía que te aligeraras, que nos toca Pociones.

-Odio Pociones –susurró el chico.

-Como no… -resopló su pelirroja amiga. –Y aligérate tú también Edward.

-Sí, Daniela, sí. –respondió el chico poniendo los ojos en blanco.

Esos dos eran Daniela y Edward Cooper. Los mejores amigos de Jack. Daniela era morena, con el pelo ultra liso y a media espalda. Los ojos eran marrones, pero un marrón muy claro. Amarillentos. Edward era un año mayor que Jack y Daniela, pero los tres se llevaban estupendamente. El chico tenía el pelo castaño, los ojos del mismo tono que los de su hermana, y un cuerpo bastante fornido. Eran de procedencia muggle, al contrario que Jack, pero se habían llevado muy bien desde el primer momento que se habían visto.

-¡Vamos Jack!

Daniela cogió al moreno del brazo y lo arrastró literalmente hacia su clase de Pociones. Ambos comenzaron a hablar de temas más banales, dejando de lado la misteriosa carta. Recorrieron media escuela hasta llegar al aula correspondiente. El Colegio era muy parecido a Hogwarts. Tenían las mismas dimensiones, pero no era tan antiguo. No había división en casas como en el colegio inglés, sino que, normalmente, era el alumnado quienes elegían a sus compañeros de habitación. Estas se encontraban todas en la planta alta del castillo, reservada solo para los cuartos. Podías, perfectamente, compartirlo con chicos o chicas de otros cursos, no importaba, siempre y cuando fuese de tu mismo sexo, evidentemente. Los equipos de quidditch no estaban determinados, sino que se iban formando cada año dependiendo de las personas que se presentaran. Jack, Edward y Daniela pertenecían a uno de los equipos. Buscador, golpeador y cazadora eran sus puestos respectivamente.

Jack se quedó parado a mitad del pasillo, a pocos metros del aula, embobado. Allí estaba ella. Tan hermosa. Su cabello color rojo fuego ondeaba libremente mientras esperaba al profesor Stuart. Sus ojos azulados, fijos en su amiga, brillaban intensamente, interesados en el tema.

-Deberías decírselo –repuso Daniela viendo la reacción de Jack mientras se acercaba al lugar de la chica.

Jack le dirigió una mirada ceñuda a su amiga. Empezaba a hartarse de que Daniela le estuviese diciendo siempre que se declarara. Pero él no quería. ¿Es que no entendía que la pelirroja nunca se fijaría en él?

-¡Hola Daniela! –saludó la chica al ver a ambos acercarse. –Hola Jack.

-Hola Ingrid –contestó ella. Él estaba demasiado aturdido para contestar. Daniela odiaba cuando se quedaba paralizado, ¿no era capaz de contestar? Que hombre…

En ese instante, el profesor Stuart llegaba al aula y los hacía pasar, rompiendo el tenso silencio que reinaba a los cuatro chicos.

-Si no vas a decirle nada, podrías disimular, o al menos decir hola –le reprochó la pequeña Cooper a Jack.

-Es que no puedo, ni una cosa, ni la otra, me paralizo –le susurró Jack.

-Voy a hablar con ella.

-¿Qué?

-Que voy a hablar con ella.

-Eso ya lo…

-Señor Blake, preste atención a lo que estoy diciendo.

-Sí, señor –respondió Jack a su odiado profesor. No es que el profesor fuese malo, ni le disgustara, simplemente odiaba pociones y con ello a quien la impartía.

Exacto. Ese era el apellido de Jack. Blake. Jack Blake. Los Blake habían adoptado a Jack cuando apenas tenía unos meses de vida. Ellos siempre habían sabido su verdad, pero nunca se la habían revelado, por temor a que su hijo decidiera olvidarlos. Un grave error.

Tras aquella hora de Pociones, los chicos debían dirigirse a Encantamientos, pero una nota en la puerta del aula había aparecido comunicando que el profesor se encontraba enfermo. Daniela y Jack decidieron pasar el rato leyendo en el Salón. Era una especie de Sala Común, pero para todos los alumnos del Colegio. Estaba justo debajo de la planta de las habitaciones, y podía ser perfectamente de grande como el Gran Comedor.

-¿Has decidido que vas a decirle a ese tal Dumbledore? –preguntó Daniela sentándose en uno de sus sillones favoritos.

-No se, pero sabes que no puedo quedarme con la intriga en algo. Le contestaré diciendo que sí, que hablo con él.

-Está bien. –Repuso la chica. -¡Ingrid!

-¡¿Qué haces?! –le preguntó Jack asustado mientras la pelirroja se acercaba.

-¿Puedo hablar un momento contigo? –le preguntó Daniela a su compañera de habitación.

-Sí, claro –contestó ésta confundida.

Daniel, antes de irse con Ingrid, se giró y le guiñó un ojo a su amigo.

Habían pasado cerca de dos horas desde Harry les había contado a Ginny, Ron y Hermione todo lo que pasaba con su hermano, y éstos aún seguía preguntando. Bueno, evidentemente Ginny no, pues se encontraba en su clase de Transformaciones. Los tres amigos estaban en Defensa Contra las Artes Oscuras. Un auror cualificado por el Ministerio era el nuevo profesor de aquella asignatura.

-¿Y por qué, entonces, no tienes ninguna foto de tu hermano? –preguntó Ron a pesar de aquello se lo había explicado miles de veces.

-A ver… -repuso Harry con cansancio, -ya te lo he dicho. Lo hicieron desaparecer todo. No hay ningún papel que afirme que tengo un hermano ge…

-¿Entonces por qué lo crees? –preguntó Ron interrumpiéndole.

-¡Ya te lo ha dicho Ron! –exclamó Hermione exasperada ante la cabezonería del chico –él vio con sus propios ojos a su hermano recién nacido. ¿Cuántas veces hay que repetirte las cosas?

-¿Quieres conocerlo? –Preguntó la castaña.

-No se… supongo que sí. Pero todo esto es muy extraño. No se que pensar. Estaba solo, no tenía a ningún familiar, aparte de los Dursleys claro, y de repente… zas… me encuentro con un hermano, gemelo además, clonado, practicamente. Siente todo lo que yo siento. Es muy, muy raro. Y además, tengo miedo, ¿y si me rechaza? ¿Y si me hago ilusiones con tenerle a mi lado, y me da la espalda? Todo es muy confuso.

-No te preocupes, Harry, es normal que al principio él también se pueda sentir raro e incluso inseguro, pero no pienses en nada malo. Ahora intenta disfrutar de él cuando venga.

-Si es que quiere venir… -dijo Ron, con su habitual costumbre de meter la pata.

En aquel mismo momento, Jack, aburrido de estar sin nadie con quién charlar en su hora libre, decidió contestarle al tal Dumbledore. Su amiga seguía hablando con Ingrid. Seguro que algo malo estaba ocurriendo, y que ésta la estaba convenciendo para que saliera con él y no quedar mal. Se levantó del sillón donde se encontraba sentado y se dirigió hacia una de las mesas que había allí. Cogió pluma y pergamino y comenzó a escribir.

“No se lo que quiere, ni tampoco qué es eso tan importante que tiene que decirme. Pero está bien. Usted dirá hora y lugar.

Jack Blake”

El chico sabía que a lo mejor era demasiado rudo y maleducado para tratarse de alguien a quién no conocía y seguramente de un gran mago, pero era mejor guardar las distancias. Enrrolló cuidadosamente la carta y se la entregó a su lechuza Bryanna. Solo quedaba esperar una respuesta.

Horas después, en un lugar bastante alejado, un anciano hombre de larga barba blanca desenliaba un pergamino entregado por una lechuza. Leyó rápidamente la respuesta y sonrió satisfecho. El momento había llegado.