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Primos Black — capítulo 2
Toujours Pur, “siempre puro”, aquel lema de tan legendaria familia del mundo mágico como lo eran los Black no parecía cuadrar en el ideal de vida del mayor de los hijos de Walburga y Orion, el joven y apuesto Sirius.
Sirius había nacido una noche de febrero de 1960 en la cual brillaba con toda su intensidad una única estrella, como primer hijo de aquella pareja de magos tan distinta pero a su vez tan parecida entre si, se habían colocado en él todas las esperanzas y ambiciones que se referían a su familia. Era un pequeño muy parecido a su padre, algo que su hermano menor, que llego al año siguiente de haber nacido él no. Al ir creciendo se fue haciendo notoria su falta de apego a aquel lema (Toujours Pur) que le era tan propio como ajeno. Su madre, Walburga, una estricta y fiera mujer, lo notó casi al mismo tiempo que el niño había comenzado a hablar, por lo que desde aquel momento se comportó distante y odiosa hacia él, lo detestaba, no era quien esperaba que fuera, era desobediente, engreído y a su vez gentil y amoroso, cosa que no encajaba en la forma de ser de su madre. Regulus, el menor, era el consentido de la mujer, era su pequeña recompensa a tantos años de fidelidad a sus ideales. Un día cuando Sirius contaba con 6 años, él y su familia fueron a visitar a unos parientes que vivían muy lejos de donde ellos se hallaban. Los tíos de Sirius, tenían 3 hijas, 3 niñas muy bellas y educadas. Al arribar al lugar fueron recibidos por el ama de llaves, Elvira, la anciana les dirigió una amplia sonrisa y los acompañó a la sala de estar en donde un hombre alto le tendió una mano a Orion y una elegantísima mujer hizo lo mismo. Para Sirius aquellas personas no representaban nada nuevo, parecían ser unas copias burdas de sus padres, incluidas la mayor y menor de las hijas del matrimonio, que ignoraron a Sirius, arrojándole miradas de profundo desprecio y de la mano de Regulus subieron a jugar en el estadio de Quidditch interno que tenía la casona. Quien parecía desencajar allí, quien como él parecía no pertenecer a aquel círculo de gente tan elitista, tan superficial, tan estricta, era la del medio, Andrómeda, a la que cariñosamente llamaban Andy, la niña se le acercó tímidamente:
-
Hola primo.- le dijo con una dulce voz. Sirius la miró sorprendido, sorprendido que alguien le hablara a él, ya que se estaba resignando a pasar una tarde en la cocina con Elvira comiendo galletas hasta el hartazgo.
-
Hola- le respondió él- ¿Quién eres?
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Soy Andy, y tú eres Sirius.
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Si… -dijo mientras revolvía los ojos- ¿Por qué no has ido con las niñas?- espetó algo divertido y receloso al acordarse de Regulus quien también había ido.
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Porque quiero estar contigo y no con esas parlanchinas y dementes hermanas que tengo.
A Sirius le gustó la respuesta que había recibido, y esa tarde no la pasó tan mal como había pensado. Junto a su prima treparon árboles, corrieron por todo el parque imitando a viejos hechiceros de cuentos de hadas, chapotearon en el lago, comieron galletas, hechas por Elvira, “especialmente para ustedes mis niños”, les había dicho sonriente, y se destornillaron de risa al imitar a Bellatrix con su alto peinado y su estupida manera de hablar. Al oírlos la susodicha se limito a dirigirle una fría mirada y una palabra por lo bajo a su primo quien en aquel momento se había colocado una bufanda de plumas en la cabeza, un bigote falso y unos zapatos de tacos altos. Desde aquel día el odio entre Bellatrix y Sirius se hizo intenso, se detestaban mutuamente y no esperaban el momento para hacerlo notar. Al volver a su casa, Sirius entró a su habitación y se sintió tan solo como siempre pero al apoyar la cabeza en su almohada, se durmió pensando que la vida no era tan desagradable como creía antes, que había personas que en verdad lo valían y que “usaban el cerebro”.
Unos años después las cosas no parecían haber mejorado sino todo lo contrario. Los choques entre él y su madre se intensificaron, era orden de Walburga para que el muchacho hiciera todo lo contrario. Orion evitaba inmiscuirse en aquellas discusiones y Regulus buscaba la manera de sacar provecho de esta situación. Todo en la casona era una batahola y fue peor cuando Sirius comenzó la escuela. Iría a Hogwarts como era de esperar y ya todo se había preparado para que otro Slytherin ocupara un lugar privilegiado en los más altos lugares de esa casa. Walburga estaba feliz, a su manera, claro esta, por primera vez parecía orgullosa del niño. Se vivió una relativa armonía durante aquel tiempo antes del 1º de septiembre, como la calma antes de la tormenta. Sirius se adelantó hacia el sombrero seleccionador al oír su nombre de boca de Minerva Mcgonagall. Fue instantáneo, casi sin previo aviso, aquel sombrero derruido gritó con su voz más potente: GRYFFINDOR. Reinó un silencio que fue precedido por los aplausos y vitorees de la mesa Gryffindor. Mientras que en la mesa Slytherin toda era desconcierto, en especial para Andrómeda. Bellatrix todavía no caía en la cuenta, estaba avergonzada y divertida porque: “siempre supuse que no valía para nada” se dijo en voz alta; sus compañeras la miraban boquiabiertas, pero ella atinó a sonreírles con sorna y a burlarse de él como de costumbre. Cuando Walburga se enteró de la noticia, muchos dicen que estalló de rabia, que se desmayó, que casi quema la casona, que… bueno, en síntesis, la mujer se hundió en una profunda depresión, no podía creer que un hijo suyo hubiera deshonrado de semejante manera a su familia.
Las cosas para Sirius no se hicieron más llevaderas en su hogar, por lo que a cada instante se le cruzaba por la cabeza marcharse de allí, pero algo lo detenía. Adoraba Hogwarts, siempre quería volver ¿y qué chico no querría hacerlo, cuando su casa era un lío? la pasaba muy bien allí, tenía su propia grupo de rebeldes “Los merodeadores”, muchas chicas a sus pies, era extremadamente popular, odiado y querido a la vez.
(Sirius Black)
“Desperté una mañana de agosto, había tomado mucho la noche anterior, le había robado una botella de licor de fuego a mi padre para ahogar mis penas con cada sorbo de esa dulce y amarga locura que recorría mis venas. Tenía una gran resaca, corrí al baño a mojarme el rostro, faltaban unos pocos días para volver a Hogwarts, Hogwarts mi verdadero y único hogar. Hacía un tiempo que no veía a mis amigos, los extrañaba, aunque me era difícil admitirlo, más que nada cuando veía la estupida cara de mi hermano menor y su voz chillona retumbándome en los oídos todo el tiempo como la voz de mi madre, los sermones de “mi querida madre” a quien no podía ni ver, insoportable. Regresé a mi habitación mientras me refregaba mis cabellos, (debo decir que tengo debilidad por ellos) y me recosté nuevamente dispuesto a dormir un par de horas más, hasta que Regulus apareció en la puerta, vestido de pingüino, parecía una versión joven de mi padre… o de mi madre, da igual.
- Sirius, madre ordena que bajes a desayunar.
Yo buscaba ignorarlo, siempre lo hacia, mi hermano se encaminó a mí y tiró de las sabanas, yo estaba boca abajo con la almohada sobre mi cabeza y cantando una canción de… ya no me acuerdo. Regulus estaba fuera de sí y yo también, no había motivos para iniciar una nueva batalla matutina, pero sin embargo la hubo. Mi madre entró colérica y nos inmovilizó con un hechizo, si yo hubiera podido usar magia… pero solo tenía 16 años y no quería ser prisionero de Azkaban a tan temprana edad… o a cualquier edad. Yo le había dado una fuerte golpiza a Regulus en su rostro, su nariz sangraba, un tiempo más y le hubiera bajado todos los dientes… Walburga lo miraba detenidamente muy compungida, yo me reía para mis adentros.
-
¿Qué le hiciste a mi pequeño, engendro? Ven querido, te curaré la herida- Ajjj, si me hubiera podido mover hubiera vomitado ahí mismo. Mi madre abandonó la habitación con Regulus, y yo continuaba allí, todavía inmóvil, “que te sirva de escarmiento”, exclamó. Aquel día no había comenzado bien, bueno… ningún día comenzaba bien para mí pero este era diferente. Mientras permanecía en mi habitación inmóvil (y estuve unas cuantas horas allí muy a mi pesar) me dediqué a meditar sobre algo que siempre había girado en mi mente como un trompo. Al atardecer mi padre, el muy cobarde, a escondidas de Walburga me quitó el hechizo.
-
A veces tu madre se extralimita, pero es porque…- pero yo lo detuve con un ademán de la mano, no quería oír el “porque te quiere” otra vez, ya que ni una pizca de amor hacía mí corría por las venas de esa mujer. Por un tiempo, cuando todavía era muy niño, aquello me afectaba sobremanera, (y creo que el dolor me hizo quien soy ahora), pero al crecer me acostumbré.
A la hora de la cena, cada uno ocupó su respectivo lugar y el maldito elfo entró con la comida. Al comenzar a comer, mi madre dio inicio a su discurso habitual, sobre sangre pura, “sangre sucia” y sobre mí, y no precisamente eran elogios. Cada palabra suya era una puntada a mi corazón, pero yo soportaba, soportaba como durante toda mi vida, mi hermano me arrojaba miradas burlonas y completaba las frases de mi madre con alegría, mi padre se mantenía en silencio. Llegó hasta un punto en el que no me pude controlar más, inspiré, creo yo, todo el aire del ambiente y grité sobre la voz de mi madre:
-
YA BASTA LOCA, NO SOY UNA PIEDRA, ESTOY CANSADO DE TUS INSULTOS, ME VOY, ME VOY…
-
¿TE VAS? ¿ADONDE?- exclamaba mientras seguía mis movimientos con su voz más potente e irónica.
-A LA M****.
-SIRIUS- gritó mi padre, pero lo que siguió a eso no lo oí pues la ira me embargaba.
Subí a mi habitación, mi madre me siguió, continuaba con sus sermones, sobre mi rebeldía, sobre la vergüenza que era para la familia, sobre la pureza de la sangre y otra sarta de idioteces que me era muy difícil oír. Empaqué lo necesario y bajé los escalones a los saltos, reía, sí, reía, estaba histérico.
-
VETE, VETE DE AQUÍ, ERES UNA DESHONRA, ERES UN MALDITO DESAGRADECIDO, YA NO VUELVAS MAS, NO VUELVAS MAS DESAGRADECIDO.- gritaba mientras abría la puerta de un tirón.- ESPERO NO VERTE JAMAS, YA NO ERES MI HIJO, NUNCA SERAS RECIBIDO AQUÍ, NO VUELVAS…
-
Por supuesto mi querida madre, tenlo por seguro, con mucho gusto.- exclamé mientras hacia una reverencia a unos cuantos metros suyo y me alejaba, guiado por la luna, y aquella única estrella que brillaba junto a ella.
Caminé unas cuantas cuadras con la maleta arrastrando y mi alma también… Unas chicas se me quedaron mirando, y si… soy irresistible, pero no tenía ánimo de nada, y me aleje cabizbajo, “estás enfermo” hubiera dicho James… ¡Sí, Cornamenta!, debía ir hacia allí, mi hermano seguro que me recibiría. Caminé unos cuantos pasos más cuando me encontré con algo que brillaba en el pavimento con una luz plateada que me enceguecía. Me acerqué lentamente y tomé la moneda, quise ir a tomar a… una taberna muggle, ya todo me importaba un comino. Entré al primer bar que vi. Tenía una peste, y ni una chica había sin embargo llamé la atención de los presentes. Mi aspecto y mi inmensa maleta, sumado a mi edad que era evidente, fueron suficientes.
-
Quiero cerveza- exclamé mientras me acomodaba en la barra.
-
Y yo mucha gita… decime pibe ¿Cuántos años tenés?
-
20… si.- Lo miré desconcertado, abrumado.
-
Lo único que te puedo dar es agua.- “Para eso tomo del inodoro”, pero ni me moleste en responder, ya estaba dispuesto a marcharme cuando una voz me detuvo, una voz extrañamente familiar.
-
¿Sirius?- me voltee y vi, si, al tío Alphard. No era de sorprender encontrarlo allí ya que se comentaba desde hacía un tiempo que se emborrachaba en bares muggles. ¡Cómo me alegré de verlo!
-
Jim traéme otra botella y otro vaso- le ordenó al tabernero mientras me invitaba a sentarme junto a él- ¿Cómo estás muchacho?
No sabía como empezar pero la cerveza y el olor del lugar comenzaron a hacer efecto y le relaté todo sobre mi madre. Mi tío me miró completamente feliz, sabía que él comprendería.
-
Ya era hora, mirá- me dijo mientras se acurrucaba sobre la mesa y hablaba casi en un susurro- Te voy a ayudar.
-
¿Cómo?- pregunté estúpido.
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Te voy a dar todo mi dinero.
-
¡¿Qué?! no tío, no puedo aceptarlo- le contesté a la vez que negaba con la cabeza.
Alphard me miró y continuó como si no me hubiese oído.
-
Con eso será lo suficiente para vivir cómodamente un par de años… y pagar las cosas de colegio… salir con chicas y todo eso.
-
Estas ebrio tío…
-
NO ESTOY EBRIO- aquel grito me despertó de mi estado de adormecimiento- no estoy ebrio Sirius- continuó- estoy más sobrio que nunca, y quiero ayudar a alguien de la familia que se arriesgo a hacer lo que se le da la gana.
No quise seguir contradiciendo al viejo pues de seguro hubiera recibido una fuerte trompada como respuesta. “Gracias tío”, le dije mientras le daba un abrazo.
-
¿Puedo pedirte un favor?- le pregunté- ¿me podrías llevar a un lado?
-
Claro, esta cerveza está caliente, vamos muchacho.
Y nos alejamos de allí, todavía era de noche, hacía frío… Al llegar a la mansión Potter me despedí del viejo y me encaminé hacía la puerta. Golpeé enérgicamente, se oyó dentro un sonido extraño que debió de haber despertado a todo el vecindario.
-JAMESS- una voz femenina gritó su nombre- ES SIRIUSSS- no se como supo que era yo y no quisiera saberlo.
- YA VOY MAMA, ¿Qué QUERES CANUTO Y LA…- lo que siguió a eso fue un insulto grande, propio de una persona a quien no dejan dormir.
Al rato escuché el sonido de la puerta y luego esta que se abría. Cornamenta estaba con los anteojos hacia un lado, descalzo y con un poco masculino pijama de ositos.
-
¿Te echaron?- me preguntó al verme.
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Me fui.
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Era hora.- y me invitó a pasar.
Al entrar a la cocina, Dorea Potter me sirvió un poco de café y ambos, madre e hijo oyeron mi relato. La mujer se me acercó y me dio un fuerte abrazo, aquello era lo que necesitaba en ese momento en el cual me sentía más desamparado que nunca.
- Te quedarás aquí hijo- me dijo con su más dulce voz- dormirás con James, voy a preparar una cama para vos.
James me palmeó la espalda y me dijo con una sonrisa.
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Tengo muchas cosas que contarte… estoy loco.
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¡Atención Potter esta loco! Eso no es novedad hermano…
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Si pero por Evans.
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¡¿Qué?!
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Sí.
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Guau, si que me tomaste por sorpresa.
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Es hermosa, ¿viste sus ojos? ¿Su cabello? Parece que ardiera…
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Sí… es linda pero es imposible- dije mientras me hamacaba en la silla con los brazos cruzados detrás de mi cabeza.- Esta loca.
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Sí, tiene unos cables sueltos pero nadie puede resistirse a un merodeador.
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Eso tenlo por seguro- y chocamos los puños.
Aquella noche dormí muy poco, ya que cuando había comenzado a salir el sol, yo hacía unas escasas 3 horas que había logrado conciliar el sueño. El tiempo pasó y llegó el 1º de septiembre, me despedí de los Potter con un fuerte abrazo, aquella si que era una familia… Me reencontré con Lunático y Colagusano. Los cuatro tomamos un compartimiento del tren y me dediqué a ver la gente alejarse mientras la locomotora comenzaba a tomar velocidad. Hogwarts otra vez, pero esta sería distinta, miré a mis amigos y me dije que esto no había sido tan malo, que hubiera sido peor y que al fin era libre, me sentía muy afortunado de tener hermanos así.