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Luchando por un amor imposible — capítulo 34
Son muchos los años, los recuerdos que vuelven a la cabeza cuando tus hijos pasan por esos cursos en los que comenzaste a vivir aventuras. Tal vez sea esa la razón de que Hermione y Ron discutieran aquella tarde, esa memoria que los llevó al pasado, a estar irascibles el uno con el otro, a enfadarse por tonterías a sabiendas de que más tarde o más temprano todo se solucionase, pero, sobre todo, después de esos años juntos, de que la reconciliación sería apasionada.
Sin embargo, recurriendo ambos al orgullo como antaño y siendo Hugo principal testigo de la situación, el silencio en la casa parecía apoderarse de cada habitación.
Aprovechando que la niña había vuelto tras las navidades a Hogwarts, a Ron le tocaba dormir en la cama de Rosie. De vez en cuando, oía a Hermione llorando en la habitación de al lado y sentía agrietarse su orgullo cada vez más, al cruzársela por el pasillo sin mediar palabra o mirada, su corazón latía fuerte tratando de empujarlo a dar el primer paso para solucionarlo. ¿Pero cómo hacerlo sin saber cómo empezó?
La séptima noche, después del trabajo Ron no concilió sueño alguno. A las cuatro de la madrugada decidió ir a la cocina en busca de algo que llevarse a la boca para matar el tiempo. Pasó junto a la entreabierta puerta de su habitación, donde Hermione dormía silenciosamente como siempre. Tentado a empujar un poco para alcanzar a verla, entrar y abrazarla, siguió su camino a la cocina. Ya estaba encerrada en la habitación cuando él llegó, lo que lo hizo pensar que ella no esperara un paso por su parte. No había nada apetecible en la nevera. Se dispuso a volver a la cama de su hija a seguir buscando razones a aquella pelea absurda, fuera como fuera, del día siguiente no pasaba que se volvieran a hablar, aunque fuera volver a darse gritos. Por suerte, Hugo había ido con Ginny, Harry y Lily a pasar el fin de semana a la costa de Brighton, por lo que el día siguiente sería sólo de ellos.
Pasó de nuevo ante su puerta sin pararse esta vez, pues no quería despertarla. El agotamiento al fin hizo mella en el pelirrojo, pues nada más lo rozaran las sábanas naranjas de su hija, cayó rendido a los brazos de Morfeo.
9 horas atrás...
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Pórtate bien y no des la lata, ¿de acuerdo?
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Sí, mamá.
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Pero si es un angelito, no te preocupes - Ginny entendía que Hermione estuviera preocupada por su hijo y que, más que cómo se portara, le preocupaba que tuviese cuidado.
Hugo abrazó a su madre y se metió en el coche con Lily.
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Hermione, habla con Ron, no lo dejéis a más tardar - susurró Harry cogiendo la bolsa del niño para guardarla en el coche.
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Sí, bastante os costó llegar hasta aquí, ¿no crees? Algo me dice que debéis arreglarlo - añadió Ginny-. Sé que él aun está loquito por ti, se le nota - guiñó el ojo.
Hermione esbozó una sonrisa sonrojante.
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Ya... - suspiró evitando la mirada de Ginny y la de Harry que volvía tras cerrar el maletero - Lo sé, sé que estamos haciendo el tonto...
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Nosotros os damos un día, arregladlo antes de que regresemos - sonrió la pelirroja mientras su marido acariciaba su cuello en un movimiento cariñoso casi inércico.
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Ya se verá lo que pasa - apresuró Hermione con miedo a continuar la conversación-. Marchaos ya o se os hará tarde.
Hermione observó a su hijo despidiéndose a través de la ventanilla tracera del audi Q7 de la familia Potter hasta que este alzó el vuelo y se desvaneció ante sus ojos, en la calle que la había visto crecer, como cuando veía a Harry ponerse la capa de invisibilidad.
La mujer recordó cómo Harry y Ron, sus mejores amigos entonces, habían llegado a su segundo año de Hogwarts en el viejo Ford de Arthur Weasley y se emocionó al pensar en el pasado.
Miró el reloj percatándose de que eran las siete y diez de la tarde e inmediatamente pensó que aun quedaban unas horas para que Ron llegase del trabajo y, como siempre, llegaría cansado y quejándose, así que planeó prepararle un buen baño, algo rico de comer y la solución a sus problemas. Planeó sus palabras al detalle y su respuesta ante cualquier posible reacción por parte de él, ya fuera un simple sí o un beso para callarlo, ella quería estar preparada.
Buscó velas para encenderlas por toda la casa. Desistió en su búsqueda y salió corriendo al supermercado antes de que cerrasen.
Iba tan ciega por sus ideas que no pudo darse cuenta a tiempo del enorme camión que le vino encima tocando el claxon sin tiempo a frenar y advirtiendo del peligro. Hermione divisó la aterrada cara del conductor barbudo y cano haciendo lo imposible por detener el vehículo rojo a tiempo, pero lo inevitable se llama así por una razón.
Un segundo después, la sangre de Hermione bañaba el asfalto a dos calles de su casa. Casi inconsciente, atisbó, entre borrones, la gran masa roja del camión en el lugar de donde salió despedida, la figura del hombre de la barba y un revuelo de gente y coches alrededor. Colores que se movían mareantemente en un mar de oscuridad mal iluminado y con poco oxígeno. Pronto los muggles la llevarían al hospital, le extraerían sangre y notarían algo raro. Por instinto, pronunció a duras penas en un susurro el hechizo que tornaría su sangre a una normalidad temporal; reducere enixefueron las últimas palabras que pronunció antes de distinguir el sonido de una ambulancia acercarse entre las voces inconclusas, pero, incluso, el dolor que sentía, no le impidió dedicar su último pensamiento antes de desmayarse a Ron, notando cómo el amor que sentía por él se renovaba en su interior, la llenaba de nuevo por dentro... ¿o quizás era sangre lo que la recorría? En cualquier caso, ya no importaba. Sus ojos se cerraron sus golpes dejaron de doler y lo próximo que vería sería blanco y deslumbrante además, probablemente Ron estuviera agarrándola de la ma...no...