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Historia 31721 — capítulo 7
Capitulo extra extra largo :) Disfrutenlo!! En las proximas semanas quizá no pueda actualizar mucho porque estaré con problemas, viajes y esas cosas. Si me dejan muchos comentarios sabré que debo actualizar cuanto antes y me daré prisa para no dejarlos con la intriga :) Mil gracias a todos ustedes que siguen esta historia, los amo, sin ustedes no hay escritor que valga la pena ni fanfic que exista!!
Weasley es un estúpido. Oí el maleficio que lanzó, agradezco al cielo que el poder de la varita haya hecho que su brazo se desvíe. Porque la maldición podría haberla recibido yo… o Hermione.
Vi a Potter llegar y vi a la otra Weasley también, tras él. Y miré a Hermione, quien también miraba a Potter y por Dios… ¿En qué pensaba ella? ¿Qué estaría pasando por su brillante cabeza? Porque tenía la mirada incrédula, llena de tristeza. Habían perdido la confianza en ella, debí suponer que yo no traería más que desgracias a su vida, ¿pero cómo mantenerme alejado de ella? Si me gusta tanto. Y no, no la amo… porque aún no la conozco lo suficiente como para decir tal cosa, pero ella es única. Es increíble.
Si tiene una belleza que ni ella misma es capaz de reconocer, tiene pensamientos puros, tiene miradas adorables, tiene un carácter susceptible y tiene un cerebro de oro. Todo lo que me gusta en una sola mujer,
Mis padres estarán en desacuerdo. Un Malfoy, desde que nace, aprende que los sentimientos son perjudiciales, nocivos para llegar a ser lo que se debe. Y por ello, un Malfoy NO AMA. No puede amar porque lo que sigue, son años de obediencia indiscutible para nuestro amo, el Señor de las Tinieblas.
Un Malfoy tan sólo crece, busca una mujer atractiva y de sangre pura, que luego haga honor a tu apellido, teniendo un hijo atractivo, inteligente y poderoso, que seguirá con esa línea.
Mi padre estará furioso, mi madre se decepcionará, pero lo que me importa ahora es Hermione. Hermione y el hecho de que estoy destrozando una importante ley de la purísima y noble sangre Malfoy. Pero eso no me importa. No ahora…
O que me importa ahora es que me enamoré de una hija de Muggles, una sangre impura, que ni siquiera es de Slytherin. ¿Cómo es posible que esto pase? ¿Y que tiene ella que me atrae igual que un imán?
Pero tan distraído estaba en esos pensamientos, que me di cuenta tarde de lo que pasaba: la estantería llena de libros, que el hechizo de Weasley había golpeado, estaba balanceándose hacia delante, amenazando con golpear a Hermione, aplastarla y de seguro matarla. Pero eso no va a pasar.
Me lancé hacia ella, que me estaba dando la espalda. La empujé para apartarla, y por el gemido que dio diría que golpe le dolió, pero yo estaba asustado ¿qué otra cosa podría hacer? Y como vi que el estante caía, que las mesas se destrozaban bajo su peso haciendo volar astillas por todas partes, que los vidrios estallaban bajo la presión, también yo me lancé para caer sobre ella y protegerla.
Y vi a Potter apartar a la Weasley, que bramaba desesperada por ayudar a su hermano, que había quedado atrapado en la catástrofe sin posibilidad de salvarse ni que nadie lo salvara. Él se lo merecía.
Miré a Hermione, asustado. Otra estantería cayó, aplastando a una de las mesas. Una de las patas voló hasta la ventana y más vidrios estallaron cerca de nosotros. Sentí algunos clavarse en mi piel, pero no me importaba: ella era mi prioridad ahora.
Acababa de sólo pensar en eso, cuando noté algo que me heló la sangre, que me dejó frío hasta la última célula, y hasta me dieron nauseas. Pensarán que soy un cobarde, pero simplemente no podía resistir el ver eso: su cabeza sangraba. El golpe que Hermione se había dado contra la otra mesa cuando yo quise salvarla, había creado un corte en su cuero cabelludo, justo en la parte de atrás. Y sangraba.
Dios, no, me hagas esto. No es justo que me arrebates a esta inteligentísima y hermosa hechicera, porque si haces eso no serás más que el merecedor del peor castigo que se te puedo aplicar. No serás tan caprichoso y malvado para quitármela de mis brazos. Eso pasará sobre mi cadáver.
Y ella ponía los ojos en blanco. Y yo no sabía si estaba conciente o no, pero puedo explicar tan sólo cómo la desesperación me consumía, y como poniéndome en su lugar era capaz de oír torrentes de muerte acercándose, acechándola, pero yo no iba a permitirlo.
—Hermione —le susurré al oído. Yo no sabía si ella me oía, pero lo único que rogaba era no perderla. No quería sufrir tal crimen—. Hermione, escúchame por favor. Necesito que te quedes conmigo. Necesito que luches aquí conmigo, no puedo perderte. Te ruego que no me dejes Hermione, por favor. Si vives a esto prometo… prometo que te dejaré en paz si es lo que quieres, que jamás volveré a molestarte, que puedes quedarte con la comadreja si quieres ¡¡Pero no me hagas esto, Hermione!!
Y ella abrió la boca… ¿querría decirme algo? ¿Estaría buscando palabras para hablar?
Pero sólo eso pasó. Abrió la boca, cerró los ojos y se quedó inmóvil.
No, no, no… no era posible…
La catástrofe había pasado. Sin mirar siquiera si alguien más necesitaba de mi auxilio, corrí hacia la salida de la biblioteca llevándola en mis brazos, rogando a Dios porque ella estuviese a salvo y nada malo le pasara. Quería que se quedara conmigo. Sólo que se quedara conmigo ¡¡Y viviera!!
Y la llevé, corrí con ella en brazos, pensando en qué maldito hechizo me habría echado para mantenerme atrapado tan sólo con la impresionante fuerza de sus encantos. Con su angelical rostro de una joven que tiene el futuro por delante. Que será una increíble esposa, una gran profesional, una adorable mujer. Y yo no me permitiría, no me perdonaría no salvar aquello.
Y entendí que yo nunca había amado. Que yo nací sabiendo que amar, es una de las tantas cosas que jamás podría hacer. Pero eso es lo impresionante del amor a mi parecer: cuando menos lo esperas aparece, y cuanto más luchas contra él más te atrapa. Porque jamás creíste que podrías sentir algo de tal dimensión, de tal poder.
— Oh, Dios ¡¿Qué le pasó?! —gimió Madame Pomfrey, cuando aparecí con Hermione en mis brazos. Excelentes palabras para expresar la magnitud del problema por el que pasábamos.
—Problemas en la Biblioteca —me limité a contestar.
No importaban esos diminutos detalles. Lo único que importaba, era que ella fuese atendida en aquel preciso instante, porque temía por ella…
Y entonces me la quitaron. La sacaron de mis brazos y la pusieron en una de las camas. Madame Pomfrey me pidió que yo saliera.
—Quiero estar con ella —me quejé. Ella me miró extrañada. Claro que le iba a resultar extraño ¿El más poderoso Slytherin? ¿Reclamando por una Gryffindor?
—Lo siento, señor Malfoy —replicó ella—. Pero no puede estar aquí.
— No pienso irme.
Así es, me estaba poniendo en evidencia pero, ¿a quién le importaba? Por Dios, la chica que comenzaba a gustarme tanto se estaba yendo ante mí. Como si la vida y la muerte se hubiesen unido en una sola habitación para burlarse de la debilidad que estaba pasando en aquel momento.
Porque es eso lo que me enseñaron desde niño: el amor, es debilidad. Te vuelve débil.
Y si así es no lo sé, pero en aquel momento, la verdad tampoco importa.
—Si no se va ahora, no podré ayudar a su… amiga.
—De acuerdo.
Salí de la enfermería abatido, sin dejar de pensar en el tono despectivo que había usado ella en la palabra "amiga". ¿Por qué Hermione no podía ser mi amiga? ¿Por qué ella y yo no podíamos ser uno solo?
¿Por qué las enemistades entre nuestras casas exigían que nosotros mismos fuéramos enemigos? Esas enemistades eran milenarias, de hacía siglos, ya no tenían significado para mí. Habían dejado de tenerlo desde el mismo segundo en que comprendí que Hermione me tenía hechizado.
Me senté en los bancos fuera de la sala, esperando paciente a que la ayudaran. Esperando paciente el momento en el que Madame Pomfrey saldría y permitirían que seis personas entraran a verla. Y por mi, las cinco restantes podían esfumarse en aquel mismo momento: yo quería ser el único para ella.
Y curiosamente, como si quisieran burlarse de mí, ellos llegaron. Potter y los dos Weasley.
Potter y Weasley chica, me miraron con odio. Me fulminaron con sus ojos verdes por un lado y castaños como el café por el otro. Estaban cargados del peor rencor que yo había pasado hasta entonces. Y la verdad no me importó en lo más mínimo.
Los dos llevaban por un brazo cada uno al otro Weasley, que estaba con los ojos cerrados y lleno de múltiples heridas. Pero eso no era asunto mío.
Entraron para dejarlo, salieron y se sentaron lo más lejos de mi que les fue posible, listos para sumirse en la espera que yo sufría.
Desperté y me dolía la cabeza. Estaba confundida con lo que había pasado. No recordaba muchos sucesos, pero entonces entendí que había gente que me podía explicar: Harry, Ron… Draco.
Ellos tres habían estado allí. Los tres me habían enfadado, pero eso no importaba en aquel momento: necesitaba saber exactamente lo que había pasado.
—Oh, ya está despierta —era la confusa y lejana voz de Ginny.
Pero yo no podía ver bien. Parpadee varias veces para que la cortina neblinosa de borrara de mi retina, y poco a poco pude ver. Allí estaban: Harry y Ginny… ¿pero dónde estaban las otras dos personas por las cuales había comenzado el caos?
— ¿Estás bien? —me preguntó Harry. Supe en su voz que había algo de culpabilidad. ¿Sería por el tono que había usado conmigo antes de que yo huyera a la biblioteca?
—Sí, muy bien —mentira, ¿pero qué más podría decir? Si físicamente estaba bien, pero el resto no lo podía explicar.
—Ron también está aquí —me contó Ginny—. Lo trajeron porque también salió herido…
Un rayo de severidad cruzó sus ojos cafés. En ese momento fue Molly con varios años menos.
—Pero está bien —aseguró Harry. Me miró preocupado y yo comprendí que había interpretado la nostalgia y la agonía de mi rostro con la ausencia de Ron. Y bien, ya sabía donde estaba uno de ellos… pero ¿cómo saber dónde estaba el que más me preocupaba? ¿Dónde estaba él, por qué no estaba allí conmigo? Luego de que me había mirado con esa intensidad, con ese lamento cuando yo le hablaba en la biblioteca… ¿dónde estaba él?
Y la impotencia de no poder preguntárselo a nadie, de no saberlo, de que mis amigos no me fueran a contestar y ni siquiera se los podía plantear, me hizo romper en silenciosas lágrimas.