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Historia 31925 — capítulo 16

Respiraba con dificultad. Las lágrimas en sus ojos le dificultaban la vista. El corazón le latía muy rápido. Era la visión más espantosa que había tenido, y, a la vez, sentía que no era la primera vez que la vivía.

Sí, era Jassera, su madre. Quizás Mankar no la recordaba, porque había muerto muy poco después de su nacimiento, pero sabía que era ella. Esa tenía que ser su voz. Esa era su cara, la que, a pesar de que tenía una expresión de horror que la hacía verse diferente a la que el chico había visto en las fotos, su propio hijo podía reconocer perfectamente.

—¡Levántate, Manu! —decía Haher, intentando darle la mano en vano, pues la Copa de los Tres Magos seguía escondida y él lo atravesaba.

—¡Para estos casos se tiene que hacer algo con la Copa! —exclamó indignada la voz de la profesora Sorceress.

Mankar no tenía las fuerzas suficientes para levantarse. Estaba demasiado impactado.

Qué visión... ¿qué había sido eso? No... no podía ser una visión del futuro, sino del pasado.

Sí... tenía que serlo: su madre estaba muerta.

Pero... haberla visto de esa forma... quizás al momento de su muerte... era traumático, mucho más que una serpiente de siete metros, o él mismo haciendo una profecía...

Una inmensa tristeza invadió a Mankar durante los siguientes días. Se sintió completamente desmotivado para todo. A duras penas les contó a sus amigos su visión; no quería revivirla...

Ahora empezaba a tener sentido... Su mamá fue atacada por un hombre despiadado durante su embarazo. Era por eso... tenía que ser por eso que Mankar no tenía magia. No podía haber otra explicación para que un mago de sangre pura fuera un squib. La culpa de todo la tenía ese hombre... ese desalmado que había causado la muerte de su madre... Era por él que Mankar había sufrido durante años la frustración al no tener magia, y por él no tenía una madre, aquella persona que él deseaba haber conocido con todo su corazón.

Era que... Merlín nunca le habló a Mankar acerca de la muerte de Jassera, y él tampoco le preguntó muchas veces, pero jamás se imaginó que había sido un asesinato.

Sentía ira... no era justo que la vida de Mankar fuera así por culpa de otra persona. ¿Qué razón habría tenido ese hombre para atacar a una mujer embarazada?

¿A quién podría preguntarle? No le parecía precisamente un tema apropiado para tratar en una lechuza, así que prefirió no escribirle a su padre acerca de ello.

Había algo más que hasta entonces recordó: el día antes de viajar a Harrylatino, en agosto, había tenido otro ataque... más bien, una visión, y su padre la había presenciado. ¿Esa vez también hizo una profecía? Según Merlín, él tuvo que lanzarle un hechizo aturdidor a su hijo... quizás no había alcanzado a decir nada en ese momento.

Entonces sintió miedo. Miedo de que tuviera una visión de nuevo en cualquier momento. Temía volver a enfrentarse a un pasado o a un futuro que lo horrorizaran. No... era algo que él no podía soportar.

Mankar estaba en una crisis emocional. La compañía que le brindaban Haher y Gonza era lo único que le ayudaba a mejorar.

—¿Y qué importa que fueras un squib por esos motivos? —le intentaba animar Haher incansablemente—. ¡Ahora eres un mago! ¡Ya empezaste a desarrollar tus poderes! ¡Juegas quidditch como un dios! ¡Y encontramos la forma de que lograras hacer los hechizos que antes no podías! ¿O es que ya se te olvidó todo lo que nos ha costado preparar la poción multijugos?

Cuando Mankar escuchó estas palabras, reaccionó. Era cierto. Tal vez... habría sido mejor nunca haber sabido nada... pero no por eso su vida tenía que cambiar. Él ya estaba superando todo eso. Escuchar esas palabras era reconfortante como sentir el calor del fuego de la chimenea de la Sala Común de Gryffindor, o a Vancer, el gato de Rob Potter, acostado a sus pies.

Sí, tenía que continuar con su plan. Lamentarse por el pasado no solucionaría nada. La poción multijugos estaba a punto de quedar lista.

Tuvo que pasar toda una noche más para que Mankar por fin diera por superada esa etapa de depresión provocada por la visión que tuvo. Cada vez que pensaba en el hombre que lanzó la maldición torturadora, su expresión se endurecía y cerraba con fuerza los puños. Pero decidió que, en cuanto recordara algo que lo alterara, pensaría en algo alegre, motivante, algo que ocurriera en esos días, y no hacía más de doce años.

—¿De qué color quieres mi cabello? —preguntó Haher, al día siguiente en la Sala de los Requerimientos, cambiando el color de su pelo a todas las tonalidades del arco iris.

Mankar hizo una cara de asco.

Burbujeaba ante ellos un gran caldero que contenía una poción oscura y espesa. La habían estado preparando con mucho esmero desde hacía casi un mes. Aunque Mankar era mucho más hábil en la clase de Pociones, los tres trabajaron en equipo, siguiendo cuidadosamente las instrucciones del libro que robaron del despacho de la profesora Anna Black.

Estaba lista. Sólo hacía falta el último ingrediente: algo de Haher. Mankar tenía ya un vaso en su mano para servir la poción.

—Creía que no podías cambiar el color de tu cabello a voluntad —comentó Gonza.

—Así era... —respondió Haher con cara de satisfacción— pero desde hace poco logro hacerlo. Bueno —añadió, dirigiéndose a Mankar—, ¿quieres un cabello? ¿o una uña? O si quieres escupo en la poción...

—Haher cochino —dijo Gonza—. Arráncate un pelo y ya.

Un solo cabello azul de Haher creció y cayó por su cara. Él lo tomó y lo arrancó, entregándoselo a Mankar.

—Pon un poco en el vaso, Mank —dijo Gonza.

Mankar sirvió la poción. Calculaban que el contenido de todo el caldero alcanzaría para dos meses, pero tenía que tomar sólo la necesaria.

Acercó el cabello de Haher al vaso.

—Hazlo —dijo él, con los ojos casi salidos.

Mankar lo metió. La poción, después de echar humo y hacer un ruido gracioso, se volvió de un color rosa brillante.

—Eso dice mucho de ti —comentó Gonza.

Mankar sonrió. Acercó la poción a sus labios y, en un instante, tomó todo el contenido de un vaso. Tenía un sabor muy extraño, no era desagradable, incluso parecía dulce.

Y entonces, sintió el dolor más espantoso que jamás había tenido. Una especie de ardor muy fuerte le recorría de pies a cabeza. Sentía todo su cuerpo encogiéndose en algunas partes, y creciendo en otras, muy dolorosamente. Entonces perdió las fuerzas para mantenerse en pie, y cayó en el suelo de espaldas, un poco más pesado que de costumbre.

Cuando terminó el sufrimiento, Mankar tomó bastante aire, con los ojos muy abiertos.

—¿Estás bien, Manu? —preguntó Haher preocupado.

Al chico no le salía la voz para responder. Quería mirarse en un espejo, comprobar que sí había funcionado. Tenía que funcionar.

Gonza le ayudó a levantarse. Ambos se quedaron mirando a Mankar de arriba hacia abajo, con los ojos bastante abiertos, mientras él miraba atónito sus nuevas manos.

Entonces Mankar sintió la necesidad de verse a un espejo, y al instante apareció uno en un muro de la Sala de los Requerimientos. Él se acercó tan rápido como su nuevo cuerpo le permitía.

Miró su reflejo. Haher, exactamente igual que el chico que se había arrancado un cabello hacía unos minutos, lo miraba fijamente desde el espejo, y una sonrisa se formó lentamente en su boca. Su tío no era mucho más grande que él. En realidad, el cambio físico había sido casi imperceptible, excepto por su cara.

Sus amigos estaban a su lado, con la boca abierta mirando el espejo.

—Funcionó... —atinó a decir Haher.

Entonces Mankar, por simple instinto, hizo que su cabello se tornara del mismo color rojo oscuro que tenía con su cuerpo. Sus ojos, que tenían el mismo color negro que Haher lucía, pasaron también a un rojo vivo. En un instante sus facciones volvieron a ser las mismas de antes.

—¡Lumos!—exclamó, levantando su varita.

Un suave brillo surgió de la punta, y comenzó a hacerse intenso poco a poco.

—Funcionó —afirmó Mankar.

Miró su muñeca, donde le picaba ligeramente. El Rubí del Fuego estaba allí mismo, brillando mientras la llama bailaba alegremente.

—¡Excelente! ¡Muy bien hecho, Mankar! —exclamaba dichosa la profesora Sorceress el miércoles siguiente.

El chico acababa de lograr una transformación sencilla: cambiar el material de una caja de madera a plástico. A él le pareció muy simpático por parte de ella que se alegrara de esa forma.

Pero él estaba completamente dichoso. No sólo podía hacer la magia que deseara, sino que también era un metamorfomago.

Y sin duda que toda la teoría que había estudiado a lo largo del curso había funcionado, pues no sólo realizaba hechizos en Transformaciones, sino también en Defensa Contra las Artes Oscuras y Encantamientos, lo cual le evitaba agotarse con hechizos no verbales de fuego inventados.

Él y Haher jugaban a cambiar su apariencia continuamente, imitando la cara de la profesora Callahan y del profesor Riddle. Gonza estuvo tentado varias veces a tomar un poco de poción él también, pero se contuvo, pues tenían que hacer que durara dos meses, por lo menos.

—¡Lumos! —exclamaba Mankar cada vez que se le antojaba. Definitivamente, ese era su hechizo favorito.

Sin embargo, la diversión terminaba una hora después de que tomaba la poción multijugos, pues terminaba su efecto, aunque a simple vista no se notara.

Era mucho más agradable entrar a Dumblemort y poder lanzar el hechizo Skript, en vez de Focumskript, y siempre el hechizo correcto para cada momento.

Un día, los tres amigos se dirigían al castillo después de la clase de Vuelo, mientras Haher y Mankar jugaban su juego favorito: «¿Quién logra parecerse más a Gonza?».

—¿Cuánto va a durar esto? —preguntó él.

—Hasta que se acabe la poción... unos diez minutos —dijo Mankar, cambiando el tamaño de su nariz.

—No, Manu, así no —dijo Haher—. Queda muy larga. En cambio yo soy idéntico.

—Claro que no —respondió Mankar—. Así pareces femenino.

—¿Y entonces cómo se supone que debe ser?

Gonza levantó la mano, e intentó darle una palmada a Haher en la nuca, pero lo atravesó.

—¡La Copa! —exclamaron tres voces como una sola.

Entraron corriendo por el vestíbulo y subieron la escalera de mármol a toda velocidad. Buscaron en cada pasillo, en cada rincón, en cada habitación... hasta que llegaron al tercer piso.

Abrían cada puerta que podían y se asomaban por cada esquina... nada. Llegaron junto al aula en que ellos tenían clase de Defensa Contra las Artes Oscuras, y entraron allí a revisar.

Encima de un pedestal, brillaba, por increíble que fuera, la reluciente Copa de Los Tres Magos, del otro lado del salón. Haher y Mankar se adelantaron a toda velocidad.

«Vamos, vamos, tiene que funcionar esta vez... —se decía—. El efecto de la poción multijugos no ha terminado».

Mankar no miró a su tío, pues tenía fijos sus sentidos en la Copa. Saltó por encima de unas sillas, mientras Haher hacía lo mismo por otro camino.

Llegó junto a la Copa y la tomó de un asa sin preocuparse por frenar.

—¡CLICK! —gritaron dos voces al mismo tiempo.

Mankar miró a Haher a los ojos con expresión retadora, un segundo antes de que los pies de ambos se elevaran del suelo, y sus cuerpos comenzaran a girar en un remolino de colores.

Cayeron. Esta vez tampoco lograron mantener el equilibrio. Pero no habrían podido hacerlo, porque no cayeron en una superficie lisa, como lo esperaban. Era porque no estaban en la plataforma del Sombrero Seleccionador.

Se hallaban en oscuridad total. No se podía ver absolutamente nada. Hacía un frío espantoso, una ligera brisa les rozaba la cara. Y un silencio que hacía pensar a Mankar que no oiría su voz ni aunque gritara.

Empezó a sentir miedo, y veía en su imaginación ojos rojos de serpiente brillando por doquier.

—¿Dónde estamos? —preguntó Haher con un hilo de voz.

Mankar permaneció inmóvil. Era difícil estar de pie donde al parecer no se podía pisar un suelo plano.

—¡Lumos! —susurró Mankar.

La punta de su varita se iluminó. Era un alivio, pues eso significaba que el efecto de la poción multijugos aún no había terminado. Sin embargo, no era de gran ayuda, pues no se alcanzaba a divisar prácticamente nada, excepto por la silueta de ellos mismos.

—Haz lo mismo —le dijo a Haher. Él pronunció el hechizo y su varita se iluminó.

Acercaron la luz al suelo. Había muchas piedras, raíces de árboles y el resto era tierra. Ya no estaban en el castillo.

—Va-vámonos de aquí —dijo Haher con desesperación.

Sí, su tío también sabía dónde se encontraban. Y, a pesar de que cada tablón de anuncios prohibía a los alumnos ir a ese lugar, aquél que era el último que Haher y Mankar hubiera querido visitar, los dos chicos estaban en medio del bosque prohibido, sin salida alguna.

—Toma... ¡toma la Copa! —gritó Haher.

¿Por qué habían tardado tanto en pensarlo? Mankar sabía que en una ocasión, en Hogwarts, dos chicos también fueron llevados a un lugar tenebroso por culpa de una Copa de los Tres Magos, y uno de ellos había resultado muerto.

—¡No sé! ¡No sé dónde está!

—¡ACCIO COPA DE LOS TRES MAGOS!

No funcionó.

—¡Haher, escuché algo! —dijo Mankar.

A la luz de la varita, algo empezaba a brillar frente a ellos, en la oscuridad, como si fueran ojos, pero eran bastantes. Un espantoso sonido empezó a escucharse cada vez más fuerte... algo como pinzas.

Lo peor de todo es que no se oía solo delante de ellos, sino detrás, y por todos lados. Empezaron a ver más ojos brillando alrededor de ellos.

Mankar quería decir en voz alta «Las despertamos», pero no era capaz de pronunciar ni una sílaba, y sentía que si se quedaba callado no ocurriría nada.

De todas formas, ya era demasiado tarde. Las acromántulas que hacían ese ruido (porque sin duda eran eso) ya habían visto la luz de sus varitas y se dirigían lentamente a ellos.

Por si la situación no era lo suficientemente aterradora, la varita de Mankar se apagó. Había terminado el efecto de la poción multijugos.

Haher comenzó a chillar. Seguro que también sabía qué había en la oscuridad. No habría ocurrido nada si alguien hubiera encontrado antes la Copa... Si tan sólo Boggart, el amigo de Juanjo, se hubiera adelantado una vez más...

—¡Haz fuego! ¡Por favor! ¡Haz algo! —decía Haher con voz apagada.

Mankar quería hacerlo... y se disponía a ello, a pesar de que eso significara quemar todo el bosque. Pero... con un parpadeo fuerte, quizás involuntario, recordó algo.

—La chica de la tienda dijo que era natural que eso pasara—le dijo claramente la voz de Haher en su cabeza—, porque le tengo miedo a las arañas.

Vio en su muñeca un brillo nuevo, quizás tan intenso como el de su varita. Sabía qué era lo que había que hacer. Buscó en la oscuridad los ojos de Haher. No era necesario decirle nada; ambos pensaban lo mismo. Y lo sabían.

Las pinzas comenzaron a sonar mucho más fuerte y rápido. Mankar sintió el suelo vibrar. Se hicieron uno al lado del otro, con la varita en alto.

—¡Expecto Boggart! —gritó Haher.

—¡Fórmafoust! —exclamó Mankar, con el Rubí brillando como nunca.

Una burbuja de fuego, tal como debió haber sido en alguna clase de Defensa Contra las Artes Oscuras, sólo que de un tamaño enorme, los envolvió, al tiempo que, por fuera de la cúpula, una serpiente verde brillante y de siete metros se posaba frente a ellos, mirando a Mankar a los ojos, sin ningún efecto debido a la poderosa barrera que los separaba.

El fuego iluminó el lugar. Cientos de arañas enormes los rodeaban, desde las ramas de los árboles y el suelo, a una distancia mucha menor de la que ellos imaginaban, pero eran bloqueadas por la burbuja de fuego.

Mankar sintió que ya había vivido ese momento, era la sensación que había tenido al caer de su escoba en su primer partido de quidditch, pero no hizo caso.

El basilisco empezó dar vueltas en torno a la barrera, guiado por Haher, y las acromántulas espantadas empezaron a retirarse en el acto. Sin embargo, notaron que se posaban en las ramas más altas de los árboles, esperando que la serpiente se fuera.

Pero algo más distinguió Mankar. En el suelo, junto a un árbol muy grueso, estaba la Copa, reflejando el fuego. Haher también la vio.

—En cuanto rompa la burbuja —gritó su tío— trae la Copa con un hechizo de fuego que no queme.

—¡Entendido!

—¡Lancuamdúo! —exclamó Haher, y, mientras se esfumaba el boggart, una lanza hecha de agua atravesaba el fuego, provocando una lluvia de fuegos artificiales.

—¡Langfradium! —gritó Mankar, apuntando con su varita a la Copa, mientras una lengua de fuego salía directo a ella, trayéndola a toda velocidad.

A la luz provocada por la explosión de la burbuja, cada uno tomó de un asa la Copa, viendo cómo saltaban hacia ellos docenas de arañas, y elevándose del suelo y cayendo, un instante después, en la iluminada plataforma del Sombrero Seleccionador.

Sus ojos tardaron un momento en acostumbrarse a la luz del lugar, y los chicos permanecían inmóviles en el suelo. Pero uno lo hacía desde la plataforma, el otro estaba tirado frente a ella.

—¡Felicidades Haher! ¿Dónde estaba? —preguntaban mil voces.

Él había encontrado la Copa. Pero a Mankar no le importó.

Estaba muy débil. Intentó levantarse, y vio a su tío a la cara. Estaba pálido, y con el cabello totalmente blanco.

—Felicidades —dijo Mankar, con una sonrisa cansada.

—Seguro que habríamos dejado a la profesora Devil boquiabierta —respondió Haher—, si en su clase hubiéramos hecho algo como eso.