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Historia 31925 — capítulo 17

¿Era posible sobrevivir a tantas emociones en tan poco tiempo? Al menos Mankar comprobó algo: el basilisco seguía siendo su mayor miedo, y era una fortuna, porque si no, no habrían alejado a las arañas.

Qué sensación tan extraña... qué raro había sido que Haher y Mankar hubieran estado de acuerdo en lo que debían hacer para salvarse de las acromántulas, sin hacerlo en realidad.

Pero... ¿por qué habían resultado en medio del bosque prohibido? Mankar dudaba mucho que fuera un simple error. Es decir... ¿Vito se equivocaba y de repente la Copa trasladaba a quien la agarrara al hogar de las acromántulas?

Eso era demasiado increíble, y más aún, después de seis meses de curso de total perfección en el juego, lo que los hacía sospechar que fue manipulada. Pero, ¿quién habría querido tenderle aquella trampa a Mankar y a Haher?

Juanjo. Era la única persona que se les ocurría cuando hablaron de ello. Pero, ¿era posible que él solo fuera capaz de hacerle eso a la Copa? Por lo que Mankar sabía, para engañar a un objeto mágico tan poderoso como lo debía de ser la Copa de los Tres Magos, se necesitaba un hechizo confundidor aún más poderoso. Era magia muy avanzada para alguien como Macnair, así hubiera sido ayudado por toda su banda.

Muy irónico habría sido que por culpa del Poder Calamar ellos hubieran terminado en ese lugar, porque fue también gracias a ellos que lograron salvarse, con el hechizo que inventó Boggart.

Pero, ¿cómo saberlo? ¿Cómo podrían enterarse de si el Poder Calamar se hallaba involucrado en esa trampa? Quizás con poción multijugos... pero era demasiado arriesgado.

—¿Y si el hechizo Click no funcionó correctamente por algún motivo? —preguntó Haher, una tarde en la Sala Común.

—¿A qué te refieres? —dijo Gonza.

—Sí —dijo Haher—, ambos usamos el hechizo en el mismo instante, y ambos tomábamos la Copa, ¿qué tal que por eso no hubiera funcionado?

—Claro —respondió Gonza sarcástico—, y no podía trasladarlos a un aula, al lago, o al dormitorio de las chicas. Tenía que ser precisamente al bosque prohibido.

—Pero quizás... —intervino Mankar— el efecto de la poción multijugos estaba a punto de terminar... tal vez por eso efectué mal el hechizo.

Era un misterio muy difícil de resolver. Quizás lo mejor era esperar a que Juanjo o el resto del Poder Calamar les diera una señal de haber estado involucrados en este incidente.

Pero los días fueron pasando y la señal no apareció. Si no se trataba de ellos, ¿entonces de quién? ¿Quién querría hacerle daño a Mankar o a Haher?

Recordó lo que alguna vez le dijo Gonza: «Debes andar con cuidado, pues la única forma de quitarte tu gema es acabando con tu vida». ¿Era posible que alguien quisiera matarlo para robar el Rubí? ¿Sería un whity que buscara un tesoro mágico para absorber su poder? ¿O quizás era un coleccionista en busca de la gema?

Algo sí era cierto, Mankar no quería buscar la Copa de los Tres Magos nunca más. Haher y Gonza, en cambio, no dejaban de salir corriendo cada vez que notaban que era escondida.

El mes de marzo llegó con un calor bastante agradable, y pasó rápidamente. Aunque el siguiente partido de quidditch de los Wimbourne Wasps sería en abril, los entrenamientos resultaban tan duros que agotaban en exceso a Mankar.

Todo lo demás transcurría con toda tranquilidad. Un lunes, al finalizar el mes, Mankar se dio cuenta de algo, durante la clase de Pociones en las heladas mazmorras del castillo.

—Creo que solo queda poción suficiente para esta semana —le dijo a Haher y Gonza.

—¿Multijugos? —preguntó Haher.

—Sí, ya pasaron dos meses desde la que preparamos.

—Entonces tenemos que hacer más.

—¡No puede ser! —exclamó Mankar, con un movimiento brusco que casi tiró el caldero al suelo.

—¿Qué ocurre? —preguntó Gonza alarmado.

—¡Nos olvidamos de empezar a preparar más poción para cuando se acabara!

—Claro... pero aún tenemos toda una semana, ¿no? —dijo Haher nervioso.

—¡¿Sabes cuánto tiempo dura una poción multijugos en prepararse?!

—Señor Weasley, calma, por favor... —dijo la profesora Anna Black, mirando a Mankar con atención y acercándose a su mesa—. ¿Por qué hablan de poción multijugos? No estarán planeando prepararla...

—¿Ah? —dijo Mankar, muy nervioso—. No, no... no, señora... Yo solo... estaba haciendo preguntas de Harry Potter, para un club que tiene una trivia.

La profesora Anna clavó su mirada en Mankar.

—No hables de clubes en voz alta, o tendré que quitarte puntos.

—Sí, señora —respondieron los tres rápidamente.

—Por poco pensé que tramaban algo —dijo la profesora—. Hace un tiempo se esfumaron de mi despacho dos frascos de ingredientes, los mismos que se usan en la multijugos, y también un libro en el que aparece su receta.

Los chicos asintieron con disimulo. Ella echó un vistazo al caldero de Mankar.

—Bueno, menos mal que ya reforcé la seguridad. Nadie va a querer entrar sin permiso de nuevo. ¡La profesora Callahan me ayudó! —dijo riendo.

Mankar sintió escalofríos al escuchar esa oración.

—Qué bueno eso, profesora —comentó Gonza.

—Esa poción no se ve bien, le falta el brillo característico... —dijo ella señalando el contenido del caldero de Mankar.

—Es que aún no tiene polvo de pulpo —dijo el chico.

La profesora Anna siguió paseándose por la mazmorra, mirando los demás calderos.

—Genial —dijo Mankar—. Ahora no sólo no tenemos tiempo de preparar la poción multijugos, sino que no tenemos cómo conseguir los ingredientes.

—¿Y si simplemente no la preparamos? —propuso Haher—. ¿No puedes sobrevivir dos o tres meses sin ella?

—Haher, tengo que prepararme para los exámenes...

—¿No podemos conseguir poción multijugos ya hecha? —preguntó Gonza.

—Pero, ¿quién crees que venda eso aquí?

En ese momento el profesor Riddle entró al aula, y le mostró un papel a la profesora Anna Black, quien asintió al leerlo. Gonza miró a Riddle fijamente.

—Yo no dije que compráramos. Y sé dónde podemos conseguirla.

Era obvio. A ellos les constaba que el profesor Riddle tenía poción multijugos, por el papel con la solicitud que encontraron en el despacho de la profesora Anna. Pero... ¿ir hasta el despacho de Riddle, buscar quién sabe cómo esa poción y robarla? Demasiado arriesgado, y más, sabiendo que él siempre merodeaba por el séptimo piso como un gato buscando ratones. Sin embargo, era la única solución.

—¿Y si Riddle prepara otra poción con esos ingredientes? —sugirió Haher, esa tarde, en la Sala Común.

—Lo dudo... —dijo Mankar leyendo la solicitud de ingredientes que aún conservaban—. Es mucha coincidencia. La piel de serpiente arbórea africana en tiras no es muy común como ingrediente de pociones, ¿o sí?

—Me parece haber escuchado de otra poción en la que se puede usar... —comentó Gonza—. Pero, ¿para qué querría Riddle robar del despacho de la profesora Anna la solicitud que él mismo hizo?

—¿Tú crees que quería corregir algo? —sugirió Mankar.

—O quizás se haya arrepentido, y en realidad no quería lo que pidió —dijo Haher.

—Bueno, si encontramos pistas en el despacho, será mejor, pero para entrar allí debemos tener un plan —dijo Gonza—. Seguro que la profesora Anna le informó a los demás profesores de la desaparición de los ingredientes y el libro, así que no nos debería extrañar que todos hayan reforzado la seguridad de sus despachos.

—Y si es así, ¿por qué no nos arriesgamos a buscar más en el despacho de la profesora Anna? —preguntó Haher.

—¡Ahí debe haber serpientes! —exclamó Mankar, recordando que la profesora Callahan se había encargado de la seguridad de ese lugar.

—¿Y donde el profesor Riddle no puede haber? —preguntó Haher.

—Mira —explicó Gonza—, entrar a una habitación en el séptimo piso sin ser descubiertos es mucho más fácil que en las mazmorras. Además, ya se han metido una vez en ese despacho, así que será el más vigilado, por si quienes robaron de ahí deciden regresar.

—¿Y qué crees que pueda haber? —preguntó Mankar.

—No tengo idea...

—¿No creen que nos estamos complicando mucho por esa poción? —dijo Haher de repente—. No creo que un simple Alohomoranos permita entrar. Terminaremos metidos en problemas...

—Pero yo necesito esa poción para poder pasar el curso... —respondió Mankar.

—Yo te apoyo Mank —dijo Gonza—. Acompáñanos si quieres —añadió dirigiéndose a Haher—. Lo haremos mañana.

La campana que indicaba el fin de la jornada de clases acababa de sonar. El cálido pasillo del séptimo piso parecía estar completamente desierto, excepto por las voces de tres chicos, quizás salidas de la nada.

—Repasemos el plan —se oyó a Gonza susurrar—, esperaremos hasta que la Copa sea escondida y, Haher, te quitas la gorra y golpeas la puerta, entretienes al profesor y Mankar y yo entramos. Los dos nos reuniremos frente al armario negro, ese que está dentro del despacho. Esperaremos a que salga y buscaremos la poción.

Haher, Mankar y Gonza habían faltado a Defensa Contra las Artes Oscuras, esperando desde entonces frente al despacho de Riddle, tomados de los brazos, cada uno con una gorra de invisibilidad obra del encantamiento proteico de Haher.

Era un desperdicio no disfrutar el sol y la brisa que había afuera, pero el profesor Riddle opinaba lo contrario, tal y como lo imaginaron.

—Creo que ahí viene —dijo Haher, mirando al fondo del pasillo.

Un desconsolado sollozo empezó a escucharse, haciéndose cada vez más fuerte. El profesor Riddle venía, seguido por una chica que lloraba desesperadamente.

—¡Por favor, profesor! ¡Se lo suplico! —exclamaba ella, una estudiante de Gryffindor.

Riddle intentaba ignorarla, hasta que llegó a la puerta de su despacho. Entonces, mientras buscaba la llave de la puerta, se dirigió a ella.

—¡Basta! ¡Nosotros sabemos muy bien lo que hacemos!

—¡Pero no es justo! —sollozó la niña.

—Si sigues insistiendo tendré que informarle a tu madre —dijo Riddle empujando la puerta con la mano, hasta abrirla por completo. Él y la chica se quedaron hablando frente a la entrada.

—¡No! ¡Eso no, ella no puede enterarse!

—Entonces que sea un secreto entre los dos —dijo Riddle—. Sólo —añadió haciendo énfasis— entre tú y yo.

En ese instante Mankar casi perdió el equilibrio, pues en vez de seguir apoyado en Gonza, lo atravesó. La Copa había sido escondida.

Se levantó rápidamente mientras escuchó a su amigo susurrar:

—¡Es nuestra oportunidad!

Ahora que no podía sentir la presencia de sus amigos, Mankar creyó estar solo, y estaba un poco asustado. Con el corazón latiéndole muy rápido, atravesó al profesor Riddle y a la niña, que seguía alegando, y entró en el oscuro despacho. Divisó rápidamente el armario negro que había allí y se paró al frente.

—¿Están los dos aquí? —susurró muy suavemente Haher.

—Sí —dijeron otras dos voces, casi en el mismo lugar.

Mankar se quedó mirando en dirección a la puerta.

—¡Profesor, yo no quiero que nadie se entere! ¡Pero, por favor, no lo haga!

—¡Vete de aquí! —ordenó Riddle a la niña.

Ella se quedó mirándolo con los ojos muy abiertos. Al ver que no pretendía obedecer, Riddle la tomó de un brazo y cerró la puerta desde afuera.

—Entonces ven conmigo. Tú madre sabrá de esto.

Empezaron a escucharse pasos, y la niña lloró y gritó con aún más fuerza, y ambos siguieron discutiendo, pero ya no se les entendía palabra alguna. El ruido era cada vez más lejano, hasta que ya no se escuchó nada.

—Lo que se hace por una calificación —comentó Haher.

En ese momento, Mankar se sintió empujado por alguno de sus amigos, lo que significaba que la Copa había sido encontrada y ellos habían recuperado su materialidad.

—No se quiten la gorra, el profesor podría volver —dijo Gonza.

En cinco meses el lugar no había cambiado en lo más mínimo. Pese a que era de día, estaba bastante oscuro, ya que las negras cortinas cubrían las ventanas. Las velas de luz blanca que le daban aspecto fantasmal a la habitación se encontraban apagadas. El negro armario junto a ellos lucía igual de intimidante, así como los numerosos escudos de Slytherin que había por doquier.

—¡Lumos!

Los tres chicos comenzaron a buscar cuidadosamente en cada estante, cada cajón y esquina del despacho, la poción multijugos o también una pista del porqué quería Riddle robar la solicitud de la piel de serpiente.

Pero era muy difícil dejarlo todo exactamente como lo encontraban, pues la gran mayoría de objetos se encontraban cubiertos por una capa de polvo de forma que, al tocarlos, sus dedos dejaban huella.

No encontraron nada, ni siquiera un indicio de lo que buscaban. Mankar intentó abrir el armario pero estaba cerrado.

—Mejor vámonos de aquí —propuso Haher, con voz nerviosa.

Mankar escuchó los pasos de su tío hacia la puerta y su intento por abrirla.

—Estamos encerrados —informó Haher.

—¿Cómo saldremos de este lugar? —exclamó Mankar.

Entonces se dio cuenta del error que habían cometido al entrar los tres, pues uno habría podido hacer de distractor para obligar al profesor a salir.

—Podremos esperar a que alguien entre, y colarnos de nuevo por la puerta —dijo Gonza.

Haher no dejaba de exclamar «¡Alohomora!».

—Tiene que haber otra salida —dijo Mankar.

En ese instante, se escucharon pasos del otro lado de la puerta, y algo le decía a Mankar que se trataba de alguien que se dirigía al despacho. Los tres se quedaron inmóviles. Entonces miró a sus amigos y con voz quebrada murmuró:

—¡Haher! ¡Gonza!

Ambos chicos eran visibles. El efecto del encantamiento proteico en las gorras había terminado. Se miraron mutuamente con los ojos muy abiertos, mientras escuchaban un ruido de llaves desde afuera.

Mankar miró en todo sentido, y se dio cuenta que podían esconderse en un lugar. Se levantó la gorra, dio tres zancadas hacia el armario y susurró:

—¡Alohomora!

No funcionó.

—Yo lo intento —dijo Gonza en voz baja—. ¡Alohomora!

La cerradura del armario hizo un pequeño ruido. Gonza abrió y los tres entraron como un rayo, cerrando el armario justo en el momento que se escuchaba a alguien abriendo la puerta del despacho.

Estaban ahora en oscuridad total, en el armario que parecía estar completamente vacío, excepto por ellos. Sólo podían escuchar pasos de alguien afuera, seguramente del profesor Riddle. El corazón de Mankar latía muy rápido. Riddle caminaba de un lado para otro, y el chico casi podía verlo en su mente revisando su oficina, dándose cuenta de la presencia de intrusos.

Hubo un momento en que los pasos parecían dirigirse hacia el armario y, por puro instinto, los tres chicos dieron un paso largo hacia atrás, intentando alcanzar el fondo, pero no bastó. Siguieron retrocediendo varios pasos más, a pesar de que afuera ya no se oía ningún ruido.

Y de pronto, Mankar tropezó y cayó de espaldas dolorosamente sobre lo que parecían ser escalones, al igual que Haher y Gonza.

—¿Qué es...? —atinó a decir Haher. Se levantaron temblando.

—¡Lumos!—susurró Gonza. La punta de su varita iluminó una estrecha escalera de caracol que ascendía.

Mankar puso dudoso un pie en el primer escalón.

—¿Vamos a subir? —preguntó Haher.

—Es eso o arriesgarnos a que Riddle entre y nos encuentre aquí —dijo Mankar.

Gonza empezó a subir por la escalera, y Haher hizo lo mismo.

A la luz de la varita no podían ver mucho más allá, y, a cada paso que daba, Mankar tenía la horrible sensación de que encontrarían algo peligroso.

Subieron durante unos minutos. Algo cansados, empezaron a notar un resplandor anaranjado en los muros, lo que probablemente significaba que se aproximaban a una salida.

Haher tomó la gorra de Mankar e intentó hacerle a la de él un encantamiento proteico. Seguían subiendo y el resplandor se hacía más fuerte conforme avanzaban.

De repente, el brillo se apagó. Mankar se sobresaltó. Algo se aproximaba a ellos, podía sentirlo, algo que bloqueaba la luz. El chico retrocedió un escalón, dudoso. Haher y Gonza al parecer también sabían lo que pasaba.

Mankar sintió pánico, se sentía encerrado en ese lugar y temía darle la espalda a lo que se acercaba. Empezó a sentir un frío glacial, que se expandió por todo su cuerpo, e incluso podía sentirlo en su interior. Retrocedió un escalón más. La varita de Gonza se apagó.

—¡LUMOS! —gritó Mankar con voz quebrada, pero fue inútil; el efecto de la poción multijugos había terminado, y él se había dado cuenta cuando intentó abrir el armario.

—¡LUMOS!—imitó Haher pero, por algún extraño motivo, la varita no se encendía.

Entonces, con un ruido sordo, Gonza cayó por las escaleras, y rodó unos cuantos escalones.

—¡INCENDIO! —exclamó Mankar. Una llama inmensa apareció ante ellos, y se redujo hasta simular una antorcha.

Entonces logró ver lo que tenían en frente. Con la cara oculta bajo una capucha, un ser altísimo y cubierto por una capa, estiraba una mano gris y con pústulas a pocos centímetros de la cabeza de Haher. Mankar nunca había visto a un dementor, y habría preferido nunca hacerlo.

El pie en que Haher se apoyaba resbaló, y el chico bajó dos escalones, pero se mantuvo en pie. Entonces el dementor con un movimiento rápido se aproximó a Mankar, lo agarró de un brazo con su mano viscosa y lo tumbó al suelo, acercando su boca a la cara del chico, que había caído al menos cinco o seis escalones.

Mankar sintió en su cara el aliento del dementor, y dejó de respirar, con su espalda adolorida por la presión contra la escalera. Empezó a escuchar el desesperado grito de su madre. Estaba reviviendo la visión que había tenido hacía más de un mes.

—¡Expecto...! —intentó pronunciar, sintiéndose sumamente débil—. ¡Expecto...!

—¡EXPECTO PATRONUM!

La estrecha escalera de caracol fue iluminada por un esperanzador resplandor plateado. El dementor fue embestido bruscamente por una enorme criatura luminosa. Era un patronus con forma de león, que obligó al dementor a huir escaleras abajo y perderse en la oscuridad.

Mankar alzó la cara y vio a su tío con la varita levantada y una mirada valerosa. Se levantó con dificultad, y miró a Gonza tirado pocos escalones arriba, y fue a ayudarlo. El león se mantuvo firme detrás de ellos.

—Despierta —dijo Mankar, moviéndole el codo a Gonza.

—¿Crees que el dementor le haya...?

—No —respondió Mankar—. No puede ser.

En ese momento, a la luz proyectada por el patronus de Haher, los ojos de Gonza se abrieron.

—¿Estás bien? —preguntó Haher con angustia.

Gonza parpadeó. Miró a ambos chicos y luego desvió la vista hacia el patronus.

—¿Qué pasó? —preguntó confundido, e intentó levantarse con la ayuda de ellos.

—El dementor te atacó.

—¿Me desmayé? —preguntó con angustia, tocándose la espalda y buscando en su pecho. Sacó el talismán whity de su túnica, lo miró, y se lo guardó de nuevo—. ¿Había un dementor aquí? —añadió alarmado.

—Sí. Haher conjuró el patronus —explicó Mankar—. No entiendo cómo pudiste... —dijo ahora dirigiéndose a su tío.

—Sólo... intenté recordar buenos momentos —dijo Haher.

Mankar siguió mirando fijamente a su tío. Era demasiado increíble que un niño de doce años lograra semejante hechizo. Logró percibir el resplandor anaranjado en los muros. El patronus de Haher se movió, como en busca de alguna señal de peligro.

—¿Creen que haya más dementores aquí? —preguntó Gonza.

—Espero que no.

—No dejaré que el patronus se desvanezca —dijo Haher.

—Sin duda estaba protegiendo algo arriba —observó Mankar—, sólo nos queda subir.

Los tres, bastante débiles, continuaron su camino por la escalera, mirando frecuentemente hacia atrás, y seguidos por el patronus de Haher, en ese lugar que parecía un túnel de una casa embrujada. Haher terminó de encantar su gorra y siguió con la de Gonza.

Frente a ellos, el brillo anaranjado se hacía cada vez más fuerte, lo que indicaba que se aproximaban a una salida. Por fin, un rato después, llegaron a un pasillo con paredes de piedra, iluminado por antorchas, al final del cual había una puerta de madera.

Mankar se adelantó, y los demás lo siguieron. Se acercó a la puerta extendió una mano para abrirla.

—¿Y si hay más dementores adentro? —susurró Gonza.

—Para eso está mi patronus.

—Y no nos vamos a quedar aquí —dijo Mankar—. El otro dementor también podría volver.

Haher le ofreció a Gonza una gorra invisible, que acababa de encantar, y le devolvió a Mankar la suya. Cuando los tres la tuvieron puesta, Mankar abrió la puerta lentamente.

Entraron a una sala circular, parecida a la de los clubes, pero cuyas paredes eran cubiertas por estanterías con cientos de libros. Excepto por varias largas mesas con libros, papeles desordenados y otros objetos, no había nada más, ni tampoco dementores, por fortuna. No había ventanas, y el lugar era iluminado por antorchas.

El patronus cruzó la entrada y se desvaneció. Mankar escuchó a su tío quejarse mientras cerraba la puerta rápidamente.

—¿Qué es este lugar? —preguntó Mankar bastante confundido.

Echó un vistazo en cada mesa. Los pasos de sus amigos hacían eco.

Había pedazos de pergaminos con runas muy extrañas, garabateados y con fragmentos resaltados. Los libros que estaban abiertos mostraban imágenes de los mismos jeroglíficos, tallados en piedras. Mankar sintió mucha curiosidad, y se puso a mirar, a intentar descifrar los mensajes que había allí escritos.

—Miren esto —dijo la voz de Haher, quien se quitó la gorra y apareció frente a una mesa en la que había frascos y sobres. Tomó un frasco de vidrio y lo levantó—. Es piel de serpiente arbórea africana.

—Genial —dijo Mankar—. Llevémosla.

—Vámonos de aquí —pidió Haher—. Ya tenemos lo que queríamos.

—Aún no —respondió Mankar. Sentía que había algo en esa habitación que tenía que encontrar.

—Aquí debe estar la pista del porqué entró Riddle al despacho de la profesora Black —dijo la voz de Gonza.

—¿Y si regresa el dementor?

—Haces otro patronus.

—¿Y si entra el profesor Riddle?

—No nos verá.

Haher, resignado, se puso la gorra de nuevo.

Mankar se puso a buscar pistas en las mesas... quizás había papeles útiles.

—Aquí hay una salida —dijo la voz de Haher.

Mankar volteó en dirección a ella. En una de las estanterías, detrás de unos libros que Haher movió, había una abertura muy estrecha, por la que apenas cabrían ellos. Sonrió. Tendrían que ir por allí, si es que no querían regresar a enfrentarse con el dementor y llegar a la oficina de Riddle, donde quizás él estaba.

—Oye, Mank —llamó Gonza—, tienes que ver esto.

Un gran pergamino se levantó de una mesa, tomado por las invisibles manos de Gonza. Mankar caminó hacia él, y los pasos de Haher también se oyeron dirigirse allí.

Era una pintura, o quizás una fotografía muy antigua. Tenía un símbolo en ella. Pero no era cualquier signo. Era una especie de escudo, que se veía muy borroso, en el cual había una marca de una llama de fuego, idéntica al rubí que brilló en ese instante en la muñeca de Mankar.

—¿Qué...? —intentó decir Mankar—. ¿Qué significa eso?

No podía pensar en nada. No había ningún pensamiento coherente en su cabeza. Era demasiado... repentino, ver esa imagen. Mankar no fue conciente en un principio de lo que había en el pergamino. Era una especie de muro, en el que estaba tallado el símbolo de la gema.

Haher no pronunció palabra alguna.

Gonza dejó el pergamino en la mesa y tomó un libro abierto que había al lado. En él estaba la misma ilustración del pergamino, y había también varios mapas de lo que parecía ser África. Había una anotación debajo de la imagen:

«Antiguo emblema de Gryffindor, tallado en santuario de Etiopía, siglo X».

—¿Qué significa eso? —preguntó Mankar, por preguntar.

—Esa llama es el emblema de Gryffindor —dijo Gonza, mirándolo con los ojos muy abiertos.

A Mankar le dio un saltó el corazón.

—¿Y qué tiene? —preguntó Haher, con una extraña voz indiferente.

—¿La gema está relacionada con Gryffindor? —preguntó Mankar.

—Eso parece.

—¿Qué gema? —insistió Haher—. ¿De qué hablan?

Nadie habló un instante. Era ése el momento.

Mankar se quitó la gorra y extendió su brazo derecho hacia la voz de Haher.

—Es el mismo símbolo de mi brazalete.

Entonces se levantó la manga de la túnica, dejando ver el brillante Rubí, cuya inscripción se movía con gracia.

—Interesantísimo —dijo Haher con un extraño sarcasmo.

—Es por este rubí —explicó Mankar pausadamente— que he logrado hacer hechizos de fuego. Es la única razón por la que puedo realizarlos. Y sin él no...

Calló. No era capaz de continuar esa frase. Nunca pensó que llegaría el momento de revelárselo a Haher; no quería ni imaginar su reacción.

«No soy más que un squib sin poder», terminó mentalmente.

Haher no respondió. Estando invisible, era imposible saber qué expresión tenía, hacia dónde estaba mirando... o cómo lo estaba haciendo. Mankar quería ver la cara de su mejor amigo.

—Encontré esta... gema (Gonza dice que se llama Rubí del Fuego) accidentalmente, el día que hice mi primera profecía. No sé si fue esta la razón por la que la encontré, o si gracias a la gema tengo esas visiones —suspiró—. Gonza cree que soy elegido para tener esto, lo que me convierte en el Maestro del Fuego, o algo así.

—Y no sólo eso —intervino Gonza—. Ahora sabemos que el Rubí tiene el antiguo emblema de Gryffindor grabado en él.

—¿Y eso qué puede significar? —preguntó Mankar.

—No lo sé —dijo Gonza, con tono confundido—. Quizás... esta magia perteneció a Gryffindor, y sólo un verdadero miembro de su casa podría encontrarlo.

—¿Igual que la espada de Gryffindor? —preguntó Mankar.

—Puede ser —respondió Gonza—. Tengo entendido que cada casa representa un elemento: el aire Ravenclaw, el agua Slytherin, el fuego Gryffindor y la tierra Hufflepuff.

Se quedaron callados un momento.

—Por cielo, por mar, un volcán y los bosques —murmuró Mankar, pensativo—. Así llegamos a Harrylatino.

Gonza siguió hojeando el libro, pasando a las páginas anteriores. Se trataba de un libro de historia; no decía nada acerca de la gema. Entonces, miró la página siguiente a donde estaba el emblema de Gryffindor, y ahogó un grito.

«Antiguos emblemas de Ravenclaw (1), Hufflepuff (2) y Slytherin (3), tallados en santuario de Etiopía, siglo X».

Era una fotografía similar a la anterior, pero había tres símbolos diferentes, enumerados y en un recuadro cada uno: líneas onduladas horizontales, líneas en zig-zag de izquierda a derecha, y una gota de agua.

Al instante que vio eso, Mankar percibió algo a su alrededor, una especie de sensación que le indicaba que algo no era normal; algo que le hacía pensar que debería sentir sorpresa.

—¿Sabes lo que esto significa? —le dijo Gonza a Mankar—. ¿Recuerdas que te hablé de las gemas que controlan los elementos? Pues... suponiendo que las demás también tengan uno de estos símbolos, podemos deducir que...

—Cada Gema de Elemento tiene magia de los fundadores de Hogwarts —terminó Mankar.

—Exacto... —dijo Gonza, sin dejar de hojear el libro de historia.

—Pero... si yo no hubiera sido Gryffindor, ¿no habría obtenido el Rubí? —preguntó Mankar.

—Es extraño... —comentó Gonza—. El Rubí apareció antes de que vinieras a Harrylatino, ¿cierto? Entonces es como si ya hubiera estado escrito a qué casa pertenecías.

—No es así... —dijo Mankar—. El Sombrero Seleccionador quería colocarme en Slytherin, ¿recuerdan?

—Sí —dijo Gonza, al cabo de un momento—, pero recuerda que nos contaste que te confundió con alguien más. Eres un verdadero Gryffindor, por eso tienes el Rubí del Fuego.

—Eso no tiene nada que ver.

Gonza y Mankar quedaron petrificados. La voz que acababa de hablar no era de ninguno de ellos dos. Era de Haher. Pero no era su tono de voz habitual, sino que se escuchaba muy serio, parecía que acababa de armarse de fuerzas para hablar.

Haher se levantó la gorra y la dejó caer al suelo. Su cuerpo se hizo visible y su cara mostraba una expresión fuerte y decidida, diferente a la sonrisa que casi siempre parecía tener su cara. Suspiró.

—¿Qué ocurre? —preguntó Mankar.

—No necesariamente debías ser Gryffindor para obtener esa gema —dijo Haher, conservando el extraño tono de voz.

Gonza también se levantó la gorra, como para no ser el único invisible. A la luz de las antorchas, él y Mankar miraron a Haher fijamente, confundidos.

Entonces Haher extendió su brazo derecho. Dudoso, se levantó la manga con la otra mano. Mankar no pudo evitar abrir por completo los ojos y, en una fracción de segundo, revivió en su mente las peleas que habían tenido contra Macnair, el intento de hacer hechizos compuestos en clase de Defensa Contra las Artes Oscuras, el duelo en la noche de Halloween y su aventura en el bosque prohibido.

En la muñeca de su tío apareció de la nada un brazalete con una gema verde esmeralda, brillando, con una gota de agua grabada en ella, la cual se movía con gracia. El antiguo emblema de Slytherin.