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Historia 31925 — capítulo 18

El corazón de Mankar se aceleró. Miró a Haher a los ojos rápidamente, y volvía su vista al brazalete. Entonces, de repente, el brazalete se esfumó. Mankar no conseguía decir ninguna frase. Haher tampoco parecía capaz de explicar nada.

—¿De dónde la sacaste? —preguntó Gonza, con los ojos muy abiertos.

—El... el día en que... recibí mi invitación a Harrylatino —dijo Haher entrecortadamente. Intentó respirar profundamente—. Ese día... me sentí muy feliz, como nunca (de hecho, en ello pensé al crear el patronus). Me desmayé, y cuando desperté tenía esto... —Señaló su muñeca, aunque en ella no estaba el brazalete—. Últimamente puedo hacer que aparezca a mi gusto... quizás por lo que soy metamorfomago; es como parte de mí.

—P-pero yo nunca pude cuando tomé poción multijugos —dijo Mankar.

—¿Lo intentaste? —preguntó Gonza.

Mankar negó con la cabeza.

—Gracias a ella... he logrado hechizos de agua muy poderosos —dijo Haher—, mi club no existiría sin su ayuda, cuando se incendió.

—La Esmeralda del Agua —murmuró Gonza.

—La Esmeralda de Slytherin —corrigió Haher.

—Una gema... gemela a la mía —balbuceó Mankar.

Se quedaron un instante callados, pensativos, mientras en el aire flotaba esa frase ocurrente, intentando asimilar lo que ocurría antes de empezar el interrogatorio.

—El Maestro del Agua —dijo Gonza entonces—. La Gema de Elemento que controla el agua, y no cualquier agua: un líquido que desaparece momentos después de ser conjurado, y que no lo moja todo; sólo a su objetivo.

Haher asintió con la cabeza.

Entonces, si Mankar se esforzaba recordándolo, ¡todo tenía sentido! Haher creó la ola en el avión de Harrylatino, y no él, y por eso al combinar ambos hechizos de fuego y agua el resultado era diferente al esperado.

—¿Por qué no habías dicho nada? —preguntó a su tío.

—¿Por qué no lo hiciste tú?

—Creía que la única razón por la que tenía la gema era porque yo era un squib, para compensar mi falta de magia —dijo Mankar—. Era por eso que no podía permitirme que nadie se enterara... tú me odiarías...

—Claro que no —respondió Haher—, aunque yo también tenía miedo de contárselo a alguien. Nunca había escuchado antes de algo como esto...

—¿En verdad creías que mi magia se inclinaba por hacer hechizos de fuego? —preguntó Mankar.

Haher asintió con la cabeza, pero Gonza no lo dejó hablar.

—Hay algo que estamos olvidando: qué hacen ustedes dos con esas gemas; ¿qué hace Haher con la gema que tiene el emblema de Slytherin? ¿y por qué yo no tengo una?

—No te quejes. Tú eres whity —dijo Haher, intentando sonreír—. Tienes tu talismán.

Mankar sonrió también. Se quedó un instante mirando el libro con la ilustración de los emblemas tallados en piedra.

—Etiopía —dijo Mankar en voz baja—. ¿Qué tendrá que ver...? ¿Hay algún libro aquí donde podamos investigar más sobre ese lugar?

—Este es el único libro en español —respondió Gonza—. El resto está escrito en runas.

—¡No más Etiopía, por favor! —dijo Haher—. La profesora Callahan nos aburrió el primer trimestre con ese tema, ya es suficiente...

—Escuché algo —dijo Gonza, de pronto, poniéndose su gorra. Sus amigos lo imitaron.

—Debe ser el dementor —susurró un hilo de voz de Haher—. Vámonos de aquí.

Haher tomó el frasco de piel de serpiente. Era una lástima no haber encontrado la poción hecha.

Los chicos, agarrados de los brazos, se dirigieron a la abertura que había en la estantería, la que había encontrado Haher. Era realmente estrecha, por ella sólo podrían pasar niños o animales pequeños. Mankar no estaba seguro de que fuera una salida, pero no tenían opción.

Agachados, entraron uno por uno, casi arrastrándose por ese diminuto y oscuro túnel. Avanzaron un par de metros a oscuras, hasta que se detuvieron.

—Aquí se acaba —dijo la voz de Haher, que iba adelante—. Hay una especie de bajada muy inclinada...

—Sigamos —dijo Mankar.

Haher estuvo de acuerdo y se lanzó, intentando gritar sin alzar la voz.

Mankar, con miedo por no saber lo que les esperaba al final, siguió a su tío. Era una especie de tobogán curvo y muy largo. Tirarse de frente había sido una pésima idea. La velocidad y la oscuridad pusieron a Mankar muy nervioso. Pudo sentir cuando Gonza se lanzó tras él.

Entonces, llegó al final de la curva y una luz comenzó a hacerse cada vez más fuerte frente a él, hasta que llegó a la salida, y chocó contra un muro. Estaba en el séptimo piso del castillo, en un lugar conocido por ellos, cerca a la Sala de los Requerimientos.

Se apartó rápido de ahí, y Gonza llegó resbalando por el suelo como una flecha, y chocó también contra el muro. Haher los ayudó a levantarse, dejando un instante el frasco con la piel de serpiente en el suelo.

—¿Qué hace ese tobogán ahí? —dijo Mankar, señalando la salida.

—Dudo que Riddle quepa por ahí —comentó Haher.

Se quedaron un momento contemplando el túnel. Entonces Mankar habló.

—Tenemos ahora dos cosas que hacer. La primera es preparar la poción multijugos con esto, tenemos que encontrar Descurania sophia en luna llena, y creo que los demás ingredientes sobraron de la última vez.

»Además, debemos hacer una investigación. Sin duda las gemas están relacionadas con Etiopía... Pero, ¿cómo encontraremos información sobre eso?

—Tendremos que preguntarle a alguien que sepa —dijo Gonza—. Alguien como la profesora Callahan.

Volver a preparar la poción multijugos desanimó a Mankar, en parte porque era muy complicada y no tenía mucho tiempo para eso, con tantos deberes y entrenamientos de quidditch, y en parte porque eso significaba que iba a tener que pasar varias semanas como squib.

Mankar se rehusaba a acudir a Callahan. Ella sencillamente parecía odiar todo lo que no se arrastrara. Pero debía de admitir que se trataba de algo necesario. Preguntárselo a ella resolvería quizás el misterio de las gemas, y además, era urgente saberlo, pues Riddle tenía información sobre ellas que los chicos no conocían, y que debían tener.

Y es que con lo que vieron en el despacho del profesor, o más bien, en la sala secreta que encontraron, no podían dejar de culpar a Riddle por el error con la Copa de los Tres Magos. Era lógico: si tanto había investigado él, si tantas cosas tenía en ese lugar sobre las gemas, estando tan informado, ¿quién más querría quitarle a Haher y a Mankar su gema?

—Pero no se les olvide que él es amigo de mi abuela —le dijo Mankar a sus amigos, en la Sala de los Requerimientos, preparando de nuevo la poción multijugos—. Y es un auror.

—No olvides que está siempre merodeando por ahí, y que usa la poción multijugos para quién sabe qué —le recordó Haher.

—¿Están seguros de que podemos dar por hecho que él quiere hacernos daño?

—Sólo podemos hacer algo, y es alejarnos de él —concluyó Gonza.

Alejarse de él... Por más que no tuvieran motivos, Mankar evitaba acercarse a Riddle a toda costa. No podía engañarse a sí mismo, en el fondo también creía que el profesor era enemigo.

Y lo peor de todo era que Riddle se había dado cuenta de que alguien había estado en su despacho, pues los chicos lo encontraron preguntándole a la profesora Taz si ella había tomado alguno de sus libros, o abierto los cajones de su escritorio.

Pero tan retrasado como la poción multijugos estaba el pedirle ayuda a la profesora Callahan. En esos días siempre la veían con su serpiente cargada en los hombros, incluso en sus clases.

Buscaron en cada libro de la biblioteca que pudieron, pero no hallaban nada importante. Gonza insistía que eso era una pérdida de tiempo, porque la leyenda de las Gemas de los Elementos las conocían pocos grupos de magos.

Pasados unos días, durante la clase de Historia de la Magia, decidieron preguntárselo en cuanto terminara. La campana sonó y varios chicos se pusieron de pie.

—Sentados —ordenó la profesora Callahan—. La clase la termino yo.

Mankar notó que la Copa de los Tres Magos estaba escondida, pues la serpiente de la profesora calló de sus hombros, y algunas chicas intentaron agarrarse de los demás inútilmente. El animal cruzó el salón y salió por la puerta. Mankar respiró tranquilo.

Callahan los miraba muy seria, como retando a sus alumnos a que se salieran en busca de la Copa. Se dio la vuelta y escribió la tarea en el pizarrón. Mankar copió la mitad; no quería tardarse mucho y que después la profesora no lo atendiera.

Un momento después, les indicó que podían salir, y los estudiantes se levantaron. Callahan se sentó en su escritorio y comenzó a revisar unos papeles. Haher, Mankar y Gonza se acercaron a ella.

—Disculpe... —balbuceó Mankar—, profesora —añadió rápido.

—¿Sí? —dijo ella, con su fría voz, mirando a los chicos con el entrecejo levemente fruncido.

—Nos preguntábamos si podía ayudarnos con algo... —dijo Mankar tímidamente.

—Yo ya expliqué cómo deben realizar los trabajos para subir las calificaciones —respondió la profesora tajante.

—No es sobre eso, profesora —dijo Gonza—. Es una... duda sobre un tema de Historia.

—¿Es sencillo? —espetó Callahan.

—Yo creo que no... —dijo Haher con voz tímida.

—Ésta es la hora de comer —respondió Callahan, acomodando los papeles que tenía y guardándolos—. Los profesores también tenemos derecho a descansar, ¿no creen?

Los chicos asintieron muy levemente con la cabeza. La profesora se levantó y caminó hacia la puerta del aula.

—Con gusto los atiendo en mi despacho al finalizar la jornada —dijo sin darse la vuelta, y salió.

—Creo que me arrepiento —se quejó Mankar, caminando con sus amigos por el pasillo del cuarto piso.

—Pero ya le dijimos que iríamos a verla en su despacho —se lamentó Gonza.

—En realidad no lo hicimos —terció Haher.

—Bueno, pero ella supone que iremos —dijo Gonza—. No quisiera imaginarla si no vamos. Nos castigará por hacerla perder el tiempo.

Estaban a pocos pasos del despacho de la profesora Callahan, así que bajaron la voz. Mientras echaban a la suerte quién golpeaba y quién hablaba, la puerta se abrió y la profesora apareció, mirándolos con su habitual expresión fría.

—Pasen —les dijo dándose la vuelta con indiferencia—. Normalmente no permito que los estudiantes entren aquí, pero seguro que no vienen a preguntarme cualquier cosa, ¿verdad?

Mankar entró al tétrico despacho revisando cuidadosamente cualquier rincón del suelo; no quería ni siquiera ver la serpiente.

Callahan se sentó en su escritorio y sacó varios paquetes de pergaminos. Empezó a hojearlos, y un instante después levantó levemente la cabeza para mirar a los tres chicos, que se encontraban de pie frente a ella.

—¡Siéntense! —pidió impaciente.

—Gracias... —dijo Gonza tímidamente.

—¿Me van a preguntar algo acerca de lo que ya hemos estudiado? —la profesora volvió su vista hacia los pergaminos.

—No... no, señora. Bueno, tiene que ver con algo que ya hemos visto —respondió Mankar entrecortadamente—. Con el origen de los magos.

—Lo que pasa es que en nuestros libros no menciona nada de lo que queremos saber... —intervino Haher—, y en los de la biblioteca tampoco.

La profesora no respondió. Sin duda esperaba que los chicos continuaran. Mankar no sabía de qué forma debía hacerlo.

—Estamos... interesados en saber más... acerca de los fundadores de Hogwarts y su origen... —intentó decir.

La profesora Callahan por fin los miró a la cara. No parecía molesta.

—Ustedes saben que el origen de los magos es muy incierto, así como del ser humano en sí —dijo con cierto tono que demostraba interés—. Los mayores indicios del origen de la raza mágica se han encontrado en países de Asia y África, especialmente India y Etiopía.

Los tres niños asintieron con la cabeza, conforme la profesora iba hablando, y más cuando escucharon la última palabra. Aunque parecía menos peligrosa cuando enseñaba, sus negros ojos seguían siendo fríos.

—Pues bien —continuó—, el origen de los fundadores de Hogwarts es aún más incierto. Se sabe que eran dinastías de magos muy poderosos, y según la leyenda, los cuatro fundadores provenían del valle, el páramo, la cañada o los pantanos. Ya ustedes habrán leído suficiente acerca de ellos...

—Sí, señora —dijo Mankar—. Pero, ¿tienen ellos alguna relación con India y Etiopía? —preguntó por ambos países; no pretendía revelarle nada que no fuera necesario.

—Por supuesto —confirmó Callahan—. Como magos que eran, provenían también de allí. Se dice, incluso, que las cuatro dinastías, antes de tomar distintos rumbos, vivieron juntas en Etiopía durante un largo tiempo, a pesar de la expansión de la raza por todo el mundo. Al parecer, durante la fundación de Hogwarts, hace unos mil años, todavía vivían miembros de Gryffindor, Hufflepuff, Ravenclaw y Slytherin en una ciudad de Etiopía, la que actualmente se conoce como Lalibela.

—¿Y qué clase de cultura tenían ellos? —preguntó Mankar, por preguntar.

—Bueno, en el siglo X, las culturas muggles y mágicas ya diferían bastante —explicó Callahan—. Los magos de esa época, en cuanto al aspecto mágico, comenzaban a hacer toda clase de descubrimientos, perfeccionaban conjuros, realizaban investigaciones... incluso buscaban desarrollar la magia tenebrosa —comentó con indiferencia, y cierto tono que indicaba que de eso sabía aún más—. Pero nada de esto lo compartían, o por lo menos no las familias de los fundadores; todos sus avances, hechizos, poderes y tesoros mágicos los guardaban para ellos.

La profesora se detuvo, esperando alguna otra pregunta por parte de los niños. La frase «tesoros mágicos» quedó en los oídos de Mankar durante un instante.

—¿Qué clase de tesoros? —preguntó.

—¿Para qué quieren saber todo esto? —dijo Callahan, aunque no esperaba respuesta. No parecía importarle en absoluto—. Por eso les digo, de estos personajes y de sus orígenes no se sabe mucho. Casi todo lo que se ha podido aportar a la Historia son leyendas.

—¿Leyendas como la de la Cámara de los Secretos? —preguntó Haher, dudoso.

—Sí.

Mankar sentía que cada vez se aproximaban más al tema que a ellos precisamente les interesaba.

—Pero... la Cámara de los Secretos resultó ser más que una leyenda —comentó Gonza.

—Así es. Han leído Harry Potter —añadió Callahan con fastidio y algo de sarcasmo.

—Entonces, ¿no podría ser real alguna otra leyenda acerca de ellos?

La profesora Callahan dudó.

—Si no hay pruebas, no hay mucho que deducir... ¿Conocen ustedes alguna leyenda?

Los tres chicos se miraron dudosos, y asintieron simultáneamente. Gonza habló.

—La leyenda de los Maestros de los Elementos.

—Por supuesto —dijo Callahan—. A cada una de las dinastías se le atribuía el poder sobre uno de los elementos.

Ellos asintieron una vez más, en señal de que conocían el tema.

—Hay algunos tesoros mágicos, de los que ya había hablado, que son especiales, y se les atribuye poderes.

—Las Gemas de los Elementos —dijo Mankar.

—Exacto. Y también hay otros, recientemente conocidos (espadas, copas, diademas, relicarios...) y seguro que hay muchos más por conocer.

—¿Qué se sabe de estas Gemas?

La profesora les lanzó una mirada de sospecha, que iba de sus caras a sus muñecas. De repente, su cara mostró una expresión de sorpresa: ella lo sabía.

—Muéstrenlas —pidió como favor, más que como orden.

«Legeremancia», pensó Mankar de inmediato, cerrando los ojos durante un momento. Miró a Haher y este asintió. Mankar suspiró.

Apoyaron sus manos frente a la mesa, mientras se levantaban la manga del uniforme de Harrylatino. La Gema de Mankar reflejó la luz de la lámpara del despacho y en la muñeca de Haher se materializó su brazalete, brillando durante un instante.

La profesora Callahan se inclinó hacia delante, bastante curiosa, con los ojos muy abiertos.

Mankar sintió un escalofrío; por algún motivo, se le cruzó por la cabeza la idea de que Callahan y Riddle podrían ser cómplices. Era demasiado arriesgado lo que estaban haciendo.

Callahan tomó la mano de ambos y miró atentamente los brazaletes.

—¿De dónde sacaron...? ¿Y la tuya? —añadió preguntándole a Gonza. Él negó con la cabeza.

Siguió examinando la gema de Haher un momento, frotándola muy lentamente.

—El emblema de Slytherin —murmuró Callahan—. Pero... ¿qué no eres Gryffindor?

Haher asintió. La profesora, en su asombro, frunció el ceño, confusa.

—¿De dónde las sacaron? —repitió.

—El día que recibí mi carta a Harrylatino —dijo Haher.

—Un día que tuve una visión del futuro —explicó Mankar, conciente de lo extraño que podía ser eso.

A la profesora Callahan no parecía sorprenderle el hecho de que Mankar «tuviera visiones del futuro». Asintió, mirándolos a cada uno. Ya no tenía el mismo aspecto feroz de siempre. Incluso la oficina parecía más acogedora, excepto por el hecho de que allí podría haber una serpiente.

—Pero... nosotros sólo sabemos que controlan el fuego y el agua, sus efectos, y que están relacionados con Gryffindor y Slytherin —comentó Gonza, tratando de hacerse notar—, nada más.

Callahan tardó un momento en responder. Seguía completamente atónita.

—En épocas incluso anteriores a la fundación de Hogwarts —empezó—, las dinastías de sus fundadores intentaron buscar algo que las diferenciara. Como ya saben, cada una de ellas tomó un elemento como propio, hasta dominarlo por completo, y un animal y un color que los representara.

Se levantó y se dirigió a una de las polvorientas estanterías, en busca de algún libro.

—Los lugares que habitaban en Lalibela, ahora santuarios —continuó—, eran utilizados como fortalezas. Nadie, excepto un habitante de ella, podía penetrarla.

»Según la leyenda, surgieron numerosas rivalidades antes de la expansión de la raza. Cada dinastía defendía lo suyo, y cada uno quería ser el mejor.

Encontró el libro que necesitaba y se sentó de nuevo en la silla de su escritorio.

—Hacia el siglo X, estas rivalidades no habían desaparecido —continuó la profesora Callahan—. Helga Hufflepuff, Rowena Ravenclaw, Salazar Slytherin y Godric Gryffindor, quienes provenían de distintos lugares del mundo, se propusieron acabar con las barreras que separaban las cuatro dinastías.

»Entonces decidieron viajar a África, donde les dieron una enseñanza de unión y humildad a los descendientes de aquellas generaciones que comenzaron los pleitos. Sellaron un pacto de reconciliación, y los cuatro fundadores crearon una gema cada uno: el Zafiro de Ravenclaw, el Topacio de Hufflepuff, la Esmeralda de Slytherin y el Rubí de Gryffindor, y las juntaron para formar el Cristal de la Unión, el cual fue símbolo de unidad y se conservó en uno de los santuarios de Lalibela.

Iba pasando las páginas del libro, y les mostraba ilustraciones en las que podían ver figuras talladas en piedra. Mostraban los diferentes emblemas, las fortalezas, algunos mapas...

—Tan unidos eran —seguía hablando la profesora—, que quisieron crear un lugar donde los jóvenes magos y brujas pudieran aprender a usar sus poderes. Unidos, fundaron Hogwarts y se mantuvieron así durante largos años. Sin embargo, no pudieron evitar dividir a sus alumnos en cuatro casas. Un día, la rivalidad entre ellas revivió y, como sabrán, Slytherin decidió dejar Hogwarts.

»Según la leyenda —iba concluyendo Callahan, pausadamente—, ese día el Cristal de la Unión que habían creado se dividió de nuevo en cuatro partes, y de ellas no se supo nada más. Un mago elegido, un verdadero miembro de la familia Gryffindor, con la única condición de que la necesitara de verdad —enfatizó en esta última frase—, podría alguna vez heredar el Rubí del Fuego, así como un heredero de Slytherin recibiría la Esmeralda del Agua.

Cuando escucharon esas últimas palabras, se sobresaltaron. La impresión no les permitió decir nada, hasta un instante después.

—¡¿Significa que soy Heredero de Gryffindor?! —exclamó Mankar.

—Sí, y tú —la profesora Callahan miró a Haher— lo eres de Slytherin.

Después de pronunciadas esas palabras, hubo un silencio. Ahora los que estaban completamente atónitos eran ellos.

Eso era... ¡demasiado increíble! Pero... ¿cómo era posible? ¿Cómo podía ser que todo un descendiente de Gryffindor naciera sin poder mágico alguno? No... debía de ser un error.

—Sólo si la necesitara de verdad, el heredero la recibiría —repitió la profesora.

—Pero... ¿cómo explica que Haher y yo seamos de Gryffindor, si él es...?

Dejó la pregunta sin terminar. La profesora Callahan negó con la cabeza, en señal de que no conocía la respuesta a esa pregunta.

—Se supone que las Gemas otorgan un poder especial a quien las posea —dijo ella—. Habilidades que otros magos también han desarrollado, pero con poder mayor. En tu caso, el Rubí del Fuego te permite tener visiones del futuro y, si mal no estoy, del pasado. En el tuyo —le habló a Haher—, puedes cambiar tu apariencia a voluntad.

«¡Es cierto!», dijo Mankar en su mente, abriendo los ojos demasiado.

—Pero, ¿somos en verdad herederos de un fundador, cada uno? —preguntó Haher, con una perspicacia inusual en él—. Es decir, somos familiares; soy el tío de Mankar. Se supone que tenemos la misma ascendencia. En tal caso, yo sería heredero de Gryffindor también, así como él lo sería de Slytherin.

—Correcto —dijo la profesora Callahan, bajando la mirada, pensativa. Al cabo de un instante, volvió a hablar—. Pero ustedes son tío y sobrino, no son hermanos. La mitad de la familia de Mankar no tiene relación con la tuya.

—¿Significa que soy heredero de Gryffindor por mi mamá?

—Quizás —respondió Callahan—. La raza mágica pura ya no se encuentra en estos días, así que, producto del mestizaje, eres heredero de ambos fundadores.

«Heredero de los dos magos más poderosos de la historia, y sin una gota de sangre mágica», se dijo Mankar para sí.

La profesora Callahan extendió el libro hacia los chicos, y ellos empezaron a mirar más detenidamente cada cosa que pudiera resultar interesante.

La mente de Mankar tenía pensamientos muy confusos. ¿Qué podía tener él de especial para recibir el Rubí del Fuego? Tenía que ser algo que Haher también tenía, pues él recibió también una Gema.

¿Era por esta razón que Riddle poseía tanta información acerca de las Gemas? ¿Acaso, por haber sido miembro de Slytherin, pretendía robar la de Haher, la que pertenecía a su casa?

Pero, de repente, la atención de Mankar se centró en uno de los mapas de una página del libro, y miró la nota que había debajo de él.

«Ubicación geográfica de Roha, actual Lalibela, cuna de la raza mágica».

—¡Haher! —exclamó Mankar.

Su tío ya estaba mirando el mapa con una expresión aterrorizada. Mankar la volvió a leer, incrédulo.

—¡Es tu segundo nombre! ¡Tú eres Haher Roha! —exclamó innecesariamente, ya su tío sabía exactamente lo que significaba.

Mankar percibió la reacción de Gonza y de la profesora Callahan, quienes se acercaron a ver el libro más de cerca.

—¿Tengo el nombre de una ciudad? —consiguió decir Haher, en medio de la confusión.

—¡De la ciudad en que vivían las cuatro dinastías más poderosas del mundo mágico! —respondió Mankar.

—Niño, ¿no lo sabías? —intervino Callahan—. ¿No sabías por qué tus padres te pusieron ese nombre?

Haher negó con la cabeza.

—¿«Mankar» significa algo? —preguntó el chico, bastante ansioso.

—No lo sé —respondió la profesora.

—Pero... si mis padres me pusieron ese nombre... algo tenían que saber. No creo que fuera simple coincidencia.

Mankar le dio la razón a Haher. Le dolió el pecho al ver en su cabeza la cara de Gaby, y pensar que ella sabía más de lo que decía.

Estuvieron callados los cuatro durante un buen rato. Nadie sabía exactamente qué decir. Ni siquiera siguieron hojeando el libro de Historia. Entonces, la profesora volvió a hablar.

—Creo que no les puedo ayudar en nada más. Les he dicho todo lo que sé.

Los chicos asintieron. Ella los estaba despidiendo. Se levantaron y se dirigieron a la puerta. Gonza parecía muy contrariado.

La profesora los acompañó a salir.

—Deben tener mucho cuidado. No pueden andar contándole esto a cualquiera. Las paredes tienen oídos. Aún hay preguntas de las que no tengo respuesta, pero no duden que intentaré encontrarlas. Así mismo, sería bueno que me contaran cualquier cosa que descubran.

Los niños salieron al pasillo y aguardaron frente a la puerta del despacho. Antes de que la puerta se cerrara, la profesora Callahan pareció a punto de sonreír, mientras pronunciaba las palabras:

—Ustedes pueden estar en peligro. Pero no se preocupen, su secreto está en buenas manos.