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Historia 31925 — capítulo 4

—¡No! —exclamó una voz de la nada—. Mamá... ¡era una sorpresa!

—¿Ah, sí? Ay... lo siento, pensé que él ya lo sabía...

Merlín sonrió.

—No importa, igual lo has sorprendido.

El cerebro de Mankar se había desconectado casi por completo desde que escuchó por última vez la palabra Wizentro.

¿Sorpresa? Seguro que sí lo era. Cualquier chico se hubiera emocionado muchísimo. Cualquier chico normal, es decir, mago. Pero era el momento que más había querido retrasar Mankar y para nada le alegraba.

Comprarían sus libros, sus ingredientes para pociones, su caldero, plumas, cuadernos... Pero, ¿y si no encontraban la varita apropiada? ¿Y si era un viaje en vano? ¿Terminaría su ilusión de realizar su educación mágica tan pronto?

—¿Qué tienes, corazón? —preguntó Gaby, y enseguida Mankar intentó hacer la expresión lo más alegre posible, en especial porque su padre parecía creer que iba a comprar sus propios útiles del colegio.

—Nada... es que... recordé algo que te quiero mostrar —mintió Mankar—. ¡Qué bien! Con los libros de estudio podré prepararme lo suficiente para entrar a HL.

¿Por qué Gaby estaba tan feliz? ¿No acababa de explicarle Mankar que no podía hacer magia?

—Bueno, lo que le quieras mostrar, tráelo rápido —dijo Merlín—. Ya deberíamos estar saliendo. Le diré a los demás chicos que se preparen.

—Eh... Sí, ya lo traigo.

Mankar entró a la casa. No se le ocurrió nada más que mostrarle a su abuelita que los dibujos de los hechizos que había inventado. Entró a su habitación tardándose todo lo que pudo. No salió hasta que su padre lo llamó y, tras echar un vistazo al espejo del pasillo, bajó con una chaqueta a la sala de estar. Ya todos habían salido.

—Mira, mi niño, aquí tienes tu regalo —le dijo Gaby extendiéndole un paquete pequeño, que para nada parecía contener una gorra.

Mankar lo tomó y lo abrió. Efectivamente, era una gorra. Una gorra muy rara, de color gris plateado. Se la probó teniendo cuidado no arruinar su peinado, pero Gaby se la apretó contra la cabeza. El chico sonrió.

—Me queda perfectamente —dijo Mankar, buscando la silueta de su reflejo en el vidrio de la ventana, al no verla, fue a mirarse en el espejo del vestíbulo. Gaby rió.

—Veo que no sabes lo que es. Quiero decir, oigo. ¿Sabes algo de lo sombreros acéfalos? —Mankar negó con la cabeza—. ¿Sabes? —repitió Gaby.

—No —respondió Mankar, y entonces lo comprendió, aunque no necesitó ver su reflejo. Definitivamente no era una gorra cualquiera: lo hacía invisible.

—Los sombreros acéfalos lo inventaron los gemelos Weasley, hace varios años, y servían para volver invisible la cabeza de quien lo llevaba puesto. —En ese momento Mankar veía el espejo que mostraba lo que había detrás de él—. Tu gorra es un desarrollo de ese invento. Puedes ver las partes de tu cuerpo directamente, pero nadie más puede hacerlo. En cambio, no puedes ver tu reflejo.

—¡Genial! ¡Será muy útil!

—No te lo doy para que hagas travesuras —Gaby le guiñó un ojo, pero bajó la voz—. Sé que podrías pasar muchas dificultades en Harrylatino, y esta gorra te ayudará a salir de ellas.

—¿Desde el principio sospechaste que aún no tenía poderes mágicos? —Mankar se quitó la gorra y Gaby fijó su mirada en él.

—Nunca se sabe. Igual eres un niño responsable y le darás un buen uso.

—Abue, entonces ¿por qué vamos ahora si...?

—¿POR QUÉ TARDAN TANTO? —se escuchó gritar a Merlín desde afuera—. ¡ES HORA DE IRNOS!

—Es la única forma de saberlo —dijo Gaby, sin alzar la voz y dirigiéndose a la puerta de la casa—. Tranquilo, no te pasará nada. No decepciones a tu padre. No lo había visto tan feliz desde que naciste.

La abuelita de Mankar abrió y él, para disimular, le extendió uno de los dibujos.

—¡Qué bonito! ¿Tú lo hiciste?

—Ya era hora —dijo Merlín, mientras levantaba un brazo con la varita en la mano—. Vamos, pues.

Y de la nada apareció un autobús morado de tres pisos que iba a toda velocidad y frenó frente a los Weasley. Por la puerta se asomó un joven con uniforme del color del autobús.

—Bienvenidos al autobús noctámbulo, transporte de magos y brujas. —dijo el cobrador—. Alargue la varita, suba a bordo y lo llevaremos a donde quiera. Me llamo Glenin Estrada y estaré a su disposición durante el recorrido.

—¡Rápido! —decía Merlín, mientras algunos saludaban o agradecían a Glenin.

Primero subieron Roonilz, Rowlina y Luna. Luego Mankar seguido por Haher. La primera vez que Mankar había subido al autobús, había imaginado que era muy diferente. Tenía entendido que eran muchas sillas diferentes y desordenadas, pero lucía exactamente igual que cualquier autobús muggle. Ahora que ya lo conocía, se había acostumbrado.

Buscó un asiento junto a la ventana y su tío se sentó junto a él. Hasta ahora no habían tenido oportunidad de hablar. En cuanto subió Merlín y le pagó a Glenin, el autobús se puso en marcha, tan bruscamente que las sillas amenazaron con volcarse. Mankar se sujetó fuertemente de un soporte. Iban tan rápido que las casas que se veían por la ventana se convirtieron al instante en franjas de colores.

—¿Sabes, Mankar? —le comentó Haher—. La verdad no me agradabas mucho. Es decir, no es que yo discrimine a los demás, pero creo que un squib era malo para la reputación ya mala que tienen los Weasley.

Haher lo dijo algo rápido y Mankar no le entendió en un principio. No supo qué responderle, pero se controló para no apretar los puños, pues podría estropear sus dibujos. Era fácil para Haher decirlo, siendo metamorfomago, es decir, que podía cambiar su apariencia, a pesar de que no pudiera hacerlo a voluntad aún.

—Bueno, ahora que se sabe que puedes hacer magia, seguro que nos llevaremos mucho mejor.

Mankar continuó callado. Siempre había tenido un buen concepto de Haher, pero ahora pensaba todo lo contrario. Intentó pensar más en el hecho de que Haher fuera tan injusto y no en lo terrible que sería cuando se enterara que no era mago. ¿Los demás también pensaban lo mismo de él?

No se dirigieron más la palabra en todo el viaje. Guardó sus dibujos en un bolsillo de la chaqueta, procurando no arrugarlos ni doblarlos. Mankar no tenía ganas ahora de hablar con su tío. En cambio se escuchaba a todas las niñas hablando más alto de lo habitual, riendo de vez en cuando y quejándose cada vez que el autobús frenaba y se ponía en marcha. Merlín, Gaby y los demás adultos también estaban conversando entre ellos y con el cobrador del autobús.

A Mankar no se le ocurrió en qué pensar. Cualquier cosa que se le atravesaba en la mente lo hacía sentir mal. Intentó inventar más hechizos para dibujarlos después y se distrajo un poco, a pesar de que sabía que tal vez jamás pudiera llevarlos a cabo, y eso lo hacía sentir mal. Debía de inventar uno que también fuera útil con personas como Haher.

—La próxima parada será el Wizentro —anunció Glenin.

Con estas palabras, Mankar volvió a la realidad.

—¡Hijo! ¡Ya casi! —le decía Merlín sonriendo y con los ojos muy abiertos.

«Ya casi los decepcionaré.»

El autobús frenó de repente y Haher no pudo evitar caerse de la silla, con todo mundo riéndose al ver su cabeza atascada entre dos soportes, problema hábilmente solucionado por Gaby.

Mankar bajó del autobús con una forzada sonrisa, detrás de Alita y Lalita, y ayudó a bajar a sus tías.

Buscó con la mirada el dichoso Wizentro, pero parecía estar en una simple calle muggle. Había muchísima gente, por todos lados. Era un sector comercial. El Wizentro había sido escondido, como tantos otros lugares mágicos, en medio de lugares muggles, donde pasarían inadvertidos. Tan bien escondido, que Mankar ni sospechaba dónde era.

—Vamos, Manky —le dijo tía Roonilz tomándolo del brazo—, es por aquí.

Al parecer Alita, Lalita y los tíos de Mankar ya habían ido allí anteriormente. En cambio, él no sabía ni cómo era.

Llegaron a un local realmente diminuto, del ancho de una puerta y sin letrero, totalmente negro y sucio. Tía Kriss apuntó disimuladamente con la varita a la cerradura y susurró «Wizentro» y con un pequeño brillo la puerta se abrió suave y lentamente.

Entraron uno por uno a lo que era como una especie de túnel a oscuras. Mankar seguía tomado del brazo de Roonilz y caminaba en línea recta. El chico se percató que justo detrás de él llegaron más magos para entrar al Wizentro.

—¿Ya cerraron la entrada? —gritó Kriss, dándose la vuelta.

—Sí, señora —le respondió la voz de alguna mujer que había entrado tras ellos.

Entonces tía Kriss se detuvo frente a una nueva puerta. La abrió y la luz los cegó.

Un par de segundos después, los ojos de Mankar se acostumbraron al cambio y atravesó la puerta.

Se hallaban en el lugar más grande que Mankar jamás había imaginado. Nunca un centro comercial muggle podría tener ni la mitad del tamaño que tenía este. Lo primero que Mankar vio fue una enorme fuente mágica en el centro de una plazoleta, rodeada de mesas en su mayoría ocupada por familias y parejas. Había locales por todas partes con sus letreros brillantes, animados y divertidos. Mirando hacia arriba se veían pisos y más pisos como si fueran infinitos. Y por todo lado había magos, seguramente tantos como los muggles que había en la calle que acababan de dejar.

Las tías y primas de Mankar corrieron frente a una vitrina, mirando varias cosas.

—¡Quiero mi varita YA! —exclamó Haher de repente—. Vamos primero a las varitas... ¿Sí?

—No, hijo —le dijo Gaby—, vamos a comprar todos los libros primero. Luego, el resto del equipo.

—Bueno, si la varita escoge al mago, la mía me está esperando —respondió Haher alegremente—. Si me tardo mucho podría enfurecerse y no me responsabilizo por hechizos involuntarios.

Mankar habría sonreído de no ser porque aún recordaba lo que Haher le había dicho en el autobús noctámbulo. Y porque lo que acababa de decir lo asustó de verdad. «La varita escoge al mago». No al squib.

No sabía si era preferible dejar la compra de la varita para el final o hacerlo antes.

—Bueno, primero será mejor ir a Omnipedia —sugirió tío Kalin—. Escuché que están en rebaja varios de los libros de la lista. Creo que casi todos los podemos conseguir de segunda mano.

—Mientras, iremos a Muggler —dijo tía Kriss—. Sólo allá se encuentra lo que necesitan para Estudios Muggles. Luego buscaremos...

—¿Estudios muggles? —interrumpió Haher—. ¡Pero si vamos a primer año!

—Estudios Muggles se convirtió en una materia obligatoria para todos los cursos —explicó Kriss—. Muchos magos llegan a ministros con una ortografía espantosa, o sin saber sumar.

—No es justo... —murmuró Haher—. Justo cuando íbamos a librarnos para siempre de los muggles, nos salen con estas...

Mankar se apartó lo más que pudo de Haher. Echó un vistazo a la vitrina que miraban las chicas. Había un montón de simpáticas miniaturas de criaturas mágicas. Le intereso una de un fénix que comenzó a arder en llamas.

—Bonita, ¿cierto? —dijo Rowlina—. Creo que la compraré.

—Yo quiero ir con mis tías a la tienda de muggles —dijo Mankar. Sabía que a ese lugar Haher no entraría ni loco.

Se separaron de los demás Weasley. Gaby y Kalin intentaban convencer a las niñas que después comprarían las miniaturas que estaban mirando. Merlín parecía algo enojado por el hecho de que Mankar prefiriera ir a comprar libros muggles y no de magia.

—Ven sobri —le dijo Kriss a Mankar—. No te quedes atrás. Muggler es en este mismo piso.

Entraron por un pasillo muy oscuro y casi vacío. Los letreros de las tiendas no eran nada coloridos ni animados. En las vitrinas estaban expuestos artículos deportivos, ropa, videojuegos (en un local casi abandonado) y toda clase de objetos muggles.

Casi al fondo, un negro y aburrido letrero decía «Muggler», y ellos entraron al local. El hombre que atendía los saludó con una voz de aburrimiento casi resentido.

Mankar se fijó muy bien en el interior de la tienda. En realidad daba miedo. Había estantes de madera bastante sucios y sólo estaba iluminado por una débil luz blanca en el techo. Cuando tía Vicky cerró la puerta del local, se sintió encerrado, como en una prisión. Rogó por que salieran de ahí lo más pronto posible.

El hombre, con una cara espantosa, los saludó. Mankar se preguntó si estaban en una tienda de artículos muggles, y no de artículos tenebrosos.

—Necesitamos siete paquetes de Estudios Muggles, primer año, por favor —pidió tía Norita.

El hombre rebuscó entre varias cajas. Armó los paquetes con un pesado libro cada uno, papeles de distintos materiales, útiles para hacer gráficas, diccionarios y carpetas.

—Son diez sickles cada uno, señoras.

—Muchas gracias —le dijo Vicky—. Vamos, Mankar.

Mankar apartó su vista de un armario bastante grande que no parecía de muggle, y siguió a sus tías por la puerta. Sintió un gran alivio cuando salieron del local.

—Ahora buscaremos plumas y cuadernos —dijo Norita echándole un vistazo a la lista—. La Libreta queda más arriba, en el tercer piso. Luego tendremos que ir por los ingredientes de pociones, en el cuarto piso, y reunirnos con los demás en Héctor.

—¿Héctor? —repitió Mankar.

—Es la tienda de varitas —dijo Norita, aunque no notó que su sobrino palideció—. Se llama así por su dueño...

Y la preocupación invadió a Mankar como nunca en la vida. No le importó cómo fueran los motivos de los cuadernos que le compraron, ni los ojos de escarabajo extras que le dieron por su compra. No quería ver la cara de desilusión de su padre, ni las burlas de Haher, ni cualquier expresión de su familia.

Y llegó el momento.

«Héctor» decía un letrero con toda clase de varitas lanzando rayos de colores, frente al cual esperaban Mankar y sus tías al resto de los Weasley. A lo lejos un grupo de pelirrojos caminaba hacia el local.

Gaby iba con una sonrisa de compasión, pero el resto apenas podía sostenerse del ataque de risa, mientras miraban a Haher. Llevaba el pelo de color rosado.

—¡Y sólo estornudó! —les contó Kalin, con una carcajada.

En cuanto terminaron todos de reírse (varios minutos después), estaban listos para comprar las varitas. Aunque Mankar no hubiera disimulado su cara de susto, nadie la habría notado, pues las chicas y Haher tenían una expresión igual.

—Ay, Manky —dijo Rowlina—. Estuvimos a punto de comprarte una miniatura de fénix, pero la que vimos arder en llamas se quemó y no volvió a renacer de las cenizas. No compramos nada porque nos parecieron de mala calidad.

Mankar asintió y dijo que no había problema. En realidad no le importaba. Merlín lo tomó del hombro. Contemplaron el local unos segundos, antes de que finalmente su padre dijera:

—Vamos, hijo. Es la hora.

Uno a uno, entraron lentamente. El corazón de Mankar latía más fuerte que nunca. Aferrado al brazo de su padre, entró con la sensación de estar a punto de perderlo todo.

Y sin embargo, Héctor era un lugar bastante alegre y lleno de colorido, un local grandísimo. Había varios círculos de colores en el suelo y en ellos estaban varios niños agitando varitas, con sus padres a un lado o detrás, esperando que algo sucediera, y encargados de la tienda revisando que todo estuviera en orden.

Se acercaron al mostrador, buscando alguien que pudiera atenderlos.

—¡Buenas tardes, familia Weasley! —los saludó alegremente una voz a sus espaldas—. Veo que vienen a comprar la primera varita de los chicos.

—¡Qué bueno verte de nuevo! —Merlín saludó al hombre—. Sí, Héctor, hace poco recibieron su carta. ¡Mi hijo está emocionadísimo!

Mankar no puso atención a lo que decía su padre. Giró la cabeza en dirección a Héctor y vio a un joven que no revelaba ser mayor que Merlín.

—¡Oye, Katy, necesito siete cajas! —gritó a la trastienda—. No te preocupes, Merlín, sé cómo están las cosas últimamente —dijo bajando la voz y guiñándole un ojo—. Les haré un descuento por ser ustedes.

Katy salió de la trastienda con un montón de cajas de varitas. Era una joven muy bonita y sonrió al ver a los niños Weasley. Le dio una caja a cada uno y los ubicó en un círculo. Mankar quedó en todo el centro del local y Merlín se paró junto a él. A su lado estaba Haher con Gaby y al otro Lalita con Kriss. Norita, Kalin y Vicky acompañaban a Alita y los demás hijos de Gaby que quedaron juntos en un rincón libre.

Mankar miró la caja que Katy le había dado. El chico temblaba como nunca. Enseguida llegó Héctor.

—Felicitaciones —le estrechó la mano a Mankar—, nos alegra mucho que puedas asistir a Harrylatino. Y que compres tu varita aquí. ¿Sabes lo que hay que hacer?

Mankar negó con la cabeza.

—Es sencillo. Saca la varita de su estuche —explicó Héctor—. Agítala como quieras. Si salen chispas de colores, habremos encontrado la correcta. No te preocupes, no corres peligro de hacer daño involuntario si estás dentro del círculo —señaló el área roja con el dedo—, a menos que te lo hagas a ti mismo, pero para eso estoy yo. Estás rodeado por una barrera mágica a prueba de lo que sea. Si no pasa nada, devuélvela a la caja. Ciérrala y vuélvela a abrir. Saldrá una nueva varita.

—Está bien —dijo Mankar, con una voz cuya tranquilidad le sorprendió. Respiró profundo y evitó ver la mirada de ansiedad que tenía Merlín. Sacó una varita y la agitó con toda la fe del mundo. Nada pasó.

—Inténtalo con otra, hijo —dijo Merlín, aparentando tranquilidad.

Mankar siguió las instrucciones. Metió la varita en la caja, la cerró y la abrió de nuevo. Efectivamente, había otra varita allí, se notaba por su largo y la madera de la que estaba hecha. Ésta era algo flexible.

Más concentrado aún, agitó la varita con más fuerza. No ocurrió absolutamente nada. Mankar sabía que era muy improbable incluso para un mago encontrar la varita apropiada desde la primera vez, pero aún así se sentía muy asustado.

Era difícil concentrarse con tantas risas de niños por todos lados. Miró de reojo a Haher y se tranquilizó un poco al ver que aún no había hecho servir su varita. Recordó que Harry Potter también tardó bastante en hallarla.

Sacó una nueva varita y lo intentó de nuevo, una y otra vez. Nada. Ninguna varita de las que sacaba parecía especial o diferente.

Diez minutos... veinte... media hora.... nada. Lalita ya había logrado sacar chispas de colores de una varita y tía Kriss estaba eufórica. Mankar escuchó a Merlín felicitándola, y su voz demostraba cierta envidia... o decepción. Igualmente, Roonilz y Alita ya había encontrado su varita.

Durante todo ese tiempo Mankar estuvo escuchado aplausos y celebraciones de todas las familias que entraban buscando varitas para sus hijos. Comenzaba a desesperarse.

Abrió la caja y sacó una varita corta y totalmente rígida. «El núcleo tendrá algo que ver. Necesito un núcleo poderoso.»

—¿Cuál es el núcleo de esta varita? —preguntó a Héctor.

—Permítemela, por favor —le pidió el dueño de la tienda. Mankar se la entregó y Héctor la examinó—. Escama de dragón español. Dieciséis centímetros, madera de ébano. Rígida y útil para encantamientos.

—¿No sería mejor que usted mismo la buscara por mí?

—Bueno, estas cajas son especiales: seleccionan una varita que no haya sido comprada de acuerdo a lo que vean en las personas. Yo las inventé. No te preocupes, es normal tardarse un poco.

—¡Oh, Dios mío....! —gritó una voz—. ¡Bien hecho, hijo!

Y el temor de Mankar se confirmó. Haher acababa de hacer salir chispas de su varita y quien gritaba era Gaby. El cabello del chico era ahora del rojo digno de un Weasley. Mankar abrió la caja de un golpe y sacó otra varita. Se le ocurrió una idea.

—¿Puedo intentar algún hechizo?

—Sí, claro. No corres peligro alguno —le respondió Héctor.

Mankar empezó a hacer memoria de todos los hechizos que se sabía.

—¡Lumos! —susurró. Esperó que se iluminara la varita... pero no tuvo éxito. Escuchó más exclamaciones. Luna y Rowlina acababan de hacer servir la varita.

Todos se reunieron en torno a Mankar, dándole ánimos. Seguro que era él de quien más esperaban sorpresas.

—¡Lumos! —repitió con aún más fe. Examinó la varita durante un segundo buscando algún rastro de luz, pero continuó apagada.

—¡Haher! ¡Tu mano...! —exclamó Luna.

Mankar desvió su mirada a Haher. Él tenía la varita bajo la manga del suéter. La punta tocaba su muñeca, y estaba brillando, casi como si fuera a quemarse. Cuando el chico vio que lo miraban, la sacó de inmediato, y escondió su mano. Para Mankar fue fatal. Ahora tenía que aguantarse que Haher también realizara el hechizo que él estaba intentando. Escuchó a Gaby diciéndole algo a Haher con enfado.

Tomó una varita tras otra y las agitaba diciendo «¡Orchideous!», «¡Pericullum!», «¡Accio!», «¡Avis!»... pero ninguno funcionaba. Pensó que era demasiado tarde para pensar en ponerse la gorra y escapar.

—Quiero que usted me ayude, por favor —le pidió a Héctor. Llevaban más de una hora y media buscando una varita.

El hombre dudó un momento.

—Hay un... mecanismo especial... para casos especiales —le respondió Héctor—. Pero me temo que tendrás que acompañarme a la trastienda. Merlín, ¿quieres venir? Sólo un acompañante, por favor.

—Eh... está bien —respondió Merlín, dudoso, con un tono que hizo sentir a Mankar culpable—. Vamos.

Salió del círculo rojo y siguió a su padre y a Héctor hacia la trastienda. En ese momento no quedaba ninguna de las personas que estaban cuando habían entrado al local, pues ya todas habían hecho su compra y se habían marchado. En su lugar había otras familias. Mankar se percató de que también había uno que otro hombre o mujer probando varitas. Supuso que habían partido la suya y buscaban reemplazarla.

La trastienda era un lugar bastante oscuro, casi como Muggler. Es más: también había un armario extraño, pero del tamaño de una habitación. Las paredes estaban cubiertas de montañas de cajas de varitas hasta el techo, el cual era ridículamente alto.

—Párate sobre el círculo, por favor —le pidió Héctor a Mankar y le señaló un círculo negro que había en el suelo, a unos metros del armario. Mankar lo hizo—. Muy bien, ¿estás preparado para todo? —Mankar asintió—. Aquí tampoco corres peligro, pero tal vez te asustes un poco.

Mankar miró a su padre con expresión de pregunta, pero él sólo tenía ojos para el armario, y, al parecer, cualquier cosa que no tuviera cabello rojo en punta y once años.

—Estoy listo.

Héctor se paró a un lado del círculo, y, apuntando su varita al armario, exclamó:

—¡Alohomora!

La puerta se abrió. Mankar contempló, a punto de desmayarse, lo que contenía. Había allí una serpiente. Una serpiente enorme. Un basilisco.

El niño habría huido si no hubiera sido porque no podía mover las piernas. El basilisco, con su piel verde brillante, se desenroscaba en el armario, mientras sacaba la cabeza, con una pluma escarlata en la punta, y miró a Mankar a los ojos. Abrió la boca mostrando sus colmillos enormes y puntiagudos.

—¡Oh, por Dios! —gritó Héctor—. ¡Conjunctivus!

Y el maleficio de conjuntivitis funcionó en el preciso momento en que el basilisco se disponía a mirar a Merlín. Y, a pesar de que Mankar sabía que la serpiente no le había hecho nada, se sentía completamente petrificado.

El basilisco intentó sacar todo su cuerpo del armario, pero en el acto Héctor lanzó un último hechizo:

—¡Riddikulus!

Y en el mismo lugar donde estaba el boggart apareció un enorme globo con forma de serpiente enroscada, con una cara graciosa. Héctor cerró el armario.

—¡No puedo creer que tu mayor miedo sea un basilisco! ¡Pudo matarnos a todos!

—Yo... yo... lo siento... no era mi intención...

—No te preocupes, creo que la próxima vez que enfrente al boggart también será un basilisco —respondió Héctor, con una rara sonrisa.

Mankar intentó sonreír, pero seguía paralizado. ¿Para qué era el boggart?

—Bueno, creo que tengo la varita perfecta aquí mismo —dijo Héctor. Caminó detrás de una de las montañas de varitas y tardó un poco en salir. Le alcanzó a Mankar un estuche—. Madera de caoba. Treinta centímetros. Excelente para maleficios. Rígida y con un núcleo muy especial: pluma de basilisco macho. Pruébala.

Mankar no preguntó nada más. Sacó la varita y la agitó. Aún no pasó nada. Empezó a desesperarse como nunca. Y entonces lo vio.

La gema del brazalete brillaba, un dorado brillo esperanzador que le dio ánimos. Debía llevar todo el día así y tal vez él no se había dado cuenta. No lo vio claramente, pero el símbolo de la llama bailando le dio una idea. Con todas sus fuerzas, gritó:

—¡INCENDIO!

Y de la varita salió un grueso chorro de fuego, llamas enormes que atravesaron la barrera del círculo mágico y fueron a parar a una gran pila de varitas, que se derrumbó al instante. La gema brillaba, tanto o más que las llamas, aunque no se distinguía. El chico se sintió más fuerte que nunca. Se produjo una poderosa ráfaga de viento y del bolsillo de la chaqueta de Mankar se salieron los dibujos de hechizos, que volaron directo a las llamas.

Poco a poco, cesó el fuego. A continuación, de la punta de la varita salieron grandes chispas rojas y doradas, por mucho más tiempo de lo que habían durado en la varita de Haher. Mankar bajó el brazo, incrédulo. Miró a su padre con cara de disculpa.

—¡Sí! ¡Por fin! —exclamó Héctor—. Has sido el cliente más difícil que hemos tenido, chico.

Pero Mankar era abrazado por Merlín con tanta fuerza que no entendía lo que decía Héctor.

Salieron de la trastienda con la sonrisa más grande que tenían. Héctor se dirigió a la caja registradora y Mankar lo acompañaba. Los demás no estaban en la tienda, pero por el vidrio de la puerta vio un par de cabezas rojas comiendo helado.

—Los otros Weasley ya pagaron las varitas —anunció Héctor, mientras revisaba una libreta que le mostró Katy—. La de Mankar no la cobraré.

—Muchas gracias —dijo Merlín, que apenas podía hablar.

—¿Por qué el boggart? —preguntó el chico.

—Porque superar nuestros miedos nos hace más fuertes —explicó Héctor—. Para conocer tu mayor miedo necesitaba el boggart. Es la varita perfecta para ti. ¿Viste? Ni la mirada de un basilisco te afectó, por la barrera del círculo protector, pero con un simple hechizo la atravesaste. Eso sólo lo podía hacer un mago poderoso.

—Pero, ¿y si mi mayor miedo fuera otra cosa? Podría temerle a la oscuridad o a la muerte. ¿Qué núcleo habría funcionado?

—Pues buscaríamos uno que combatiera tu miedo. Si le temieras a la muerte, buscaríamos una varita con núcleo de pluma de fénix. Los fénix renacen de las cenizas. En cuanto a la oscuridad, podría ser un núcleo de criatura oscura, como un dementor, o que combatiera la oscuridad, que proyectara luz. Sin duda alguna, tu varita con pluma de basilisco te hará un mago muy poderoso. Esta es la única que tenemos con ese núcleo, por eso no la habías encontrado fácilmente.

—¿Qué otros núcleos usan?

—Bueno, de toda clase: plumas de hipogrifo, pelos de acromántula, pelos de veela... Y también los tradicionales: plumas de fénix, nervios de dragón y pelos de unicornio.

Mankar le agradeció mucho a Héctor. Merlín había quedado sin palabras. Se despidieron y retiraron mientras Mankar hacía un recuento mental de lo que había pasado exactamente. El basilisco, la varita, la gema...

Ahora lo comprendía perfectamente. La inscripción de la gema tenía un significado: Mankar tenía una habilidad con el fuego. Así entonces, el árbol del parque lo había quemado él. Cualquier cercanía con el fuego la pudo provocar Mankar. Sonrió con preocupación al darse cuenta de que la miniatura del fénix que vieron en la vitrina la había quemado él mismo. Pero este era un secreto no quería compartir con nadie.

Cruzaron la puerta del local y vieron a los demás Weasley sentados y hablando. Mankar sintió que se había quitado un enorme peso de encima. Había superado el primer obstáculo: la compra de la varita. Ya no tendría que preocuparse por nada. Había hecho magia. Magia poderosísima. Si había dejado de ser un squib por completo, podría entrar a Harrylatino sin pensar en cualquier otra prueba de su poder que tuviera que hacer.

En cuanto sus familiares los vieron salir, se pusieron contentísimos. Mankar levantó en alto su varita y los miró a la cara. Haher tenía una sonrisa de satisfacción y el pelo rojo. Gaby estaba loca de la dicha. Norita y Kriss estaban también muy felices. Todos tuvieron un saludo, una felicitación, un apretón de manos, un abrazo o un beso en la mejilla para Mankar Weasley, el nuevo aprendiz de mago.