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Historia 31925 — capítulo 6
«Pasó de nuevo...»
Mankar abrió los ojos lentamente con esa frase en su cabeza.
«Fui atacado otra vez... —pensó mientras intentaba reconocer el lugar en el que se encontraba—. ¿Dónde estoy?»
Estaba ahora muy confundido, no podía pensar claramente... Tardó un par de minutos en notar que estaba acostado en el sofá de la sala de estar. Se sentía exageradamente débil, mucho más que la última vez. Hacer magia lo había cansado física y mentalmente. Mankar sintió que respiraba de forma extraña.
Intentó recordar lo sucedido con más detalle, aunque le dolía un poco la cabeza. Era extraño: justo al recobrar la conciencia pudo pensar claramente que había sido atacado... pero ahora se le dificultaba.
—Pa... pa-p-pá... ¡P-pa-pá!
Unos pasos apresurados se escucharon desde la cocina, cada vez más fuertes, y luego entró Merlín. Se notaba que había estado llorando y que no había dormido.
—¿Estás bien? —preguntó suavemente.
—No sé... —respondió Mankar. En ese momento a su cabeza llegó una imagen: su brazo extendido, con la varita en la mano, lanzando fuego—. ¿Qué pasó?
—Has... perdido el control. Perdóname, por favor... pero no me diste otra opción más que... aturdirte... —su voz se quebró—. Lo siento muchísimo, hijo, fue por tu propio bien.
Mankar recordó lo que pasó. Entendió a su padre, era lo mejor que había podido hacer. Si Merlín no hubiera intervenido, la casa estaría vuelta cenizas, y todo ese esfuerzo habría incluso acabado con Mankar.
El chico asintió, mientras intentaba ver la cortina que quemó. No estaba allí. La luz del sol entraba libremente por ese lado de la ventana, que ahora parecía desnudo. La pared estaba intacta, Merlín habría detenido el fuego a tiempo. Mankar se sentía profundamente culpable... y tonto.
—¿Todo está bien? —preguntó el chico.
—Tranquilo, todo bajo control. ¿Quieres tomar algo? Será mejor que comas algo antes del viaje. Aunque si no te sientes preparado...
Mankar habría dado lo que fuera por contarle la verdad a su padre. No quería ir a Harrylatino. No podía ir. Pero eso sería fatal para Merlín, tenía en su rostro una expresión de sufrimiento que a Mankar le atravesaba el corazón.
—Iré, no te preocupes. Me siento en condiciones de caminar. Supongo que al llegar al castillo ya estaré completamente recuperado.
—¿En... en serio? —preguntó Merlín, con un tono que podía sonar incrédulo. Mankar asintió—. Eres un valiente. Ya sabes en qué casa estarás. —Merlín intentó sonreír—. Prepararé tu desayuno, tendremos que apurarnos.
Se dirigió a la cocina, pero antes de salir se dio la vuelta y dijo:
—Por cierto, no llegó ninguna lechuza del ministerio como advertencia por lo que hiciste. No entiendo, pero debieron detectar que se realizaron dos hechizos diferentes al mismo tiempo, en el mismo lugar y por dos personas. En fin, no te preocupes que yo lo solucionaré en cuanto llegue algo. Deberías arreglarte pronto. Son más de las nueve de la mañana.
Merlín salió. Mankar vio el reloj de la pared y, efectivamente, eran casi las nueve y media. Tenía sueño, pero se les hacía tarde y no podía perder el tiempo. Se quedó contemplando el televisor, que estaba apagado. Algo en él lo atraía, pero no sabía qué era.
A las diez en punto, Merlín estaba alzando su varita a la calle y el autobús noctámbulo se detenía ante ellos. Mankar estaba tan concentrado en ordenar la avalancha de pensamientos que le caían a su mente, que apenas saludó a Glenin. Con las prisas por no llegar tarde, no había podido recordar bien lo ocurrido. Además, aún le dolía un poco la cabeza.
Mankar se sentó junto a una ventana. Había muchos más pasajeros que las otras veces que había subido al autobús, pero ni siquiera el bullicio lo distraía. Las casas se convirtieron rápidamente en franjas de colores. Recordaba por fragmentos lo que había ocurrido la noche anterior. No sabía si sentir preocupación, miedo o tristeza.
La gema sólo creaba fuego. Él no podía hacer ninguna magia más.
«¡Qué útil! Me ganaré la vida prendiendo velas y fogatas —pensó con amargura—. Harrylatino será como un castigo. Lo único que podré hacer será encender el fuego del caldero. Bueno, al menos siempre contaré con el apoyo de Gonza.»
Mankar vio claramente en su cabeza una imagen de un árbol en llamas... de un basilisco que salía de un gigantesco armario... de una pelota roja que él intentaba agarrar...
Mientras Merlín acomodaba el baúl de Mankar, el chico simuló que estaba dormido.
Intentó buscar cualquier similitud entre lo que ocurrió la noche anterior y lo que había pasado antes de la aparición del brazalete.
«Sí fue un ataque —pensó—. Alguien me aturdió en casa de Alita. Por algún motivo, mi conexión con la gema me hizo sentir extraño y ver todo diferente. Esa vez dije algo... ¿anoche también? Tal vez sólo algo que vi en sueños... Pero si mi padre me aturdió, ¿quién lo hizo la anterior vez?»
De los familiares de Mankar que se encontraban en casa de Alita, no podía sospechar. Ni siquiera si Haher hubiera estado ahí (él tenía motivos, pero no varita). No sé le ocurría que alguien más tuviera una razón para hacerle daño.
«Macnair.»
Era la única posibilidad. Pero había que descartarla, pues era imposible que Macnair supiera que Mankar estaba en ese lugar, incluso si tuviera varita.
El autobús giró y la luz del sol le caía en la cara. Se sintió a gusto bajo el calor. Al menos ya sabía qué había pasado.
«No. Un momento. ¿No sale un rayo de la varita con el encantamiento aturdidor? Alita y Lalita no dijeron nada acerca de un hechizo. ¿Y por qué alguien habría querido aturdirme? Anoche fue porque enloquecí, pero ese día...»
Y se le ocurrió algo más: ¿por qué había perdido el control de esa forma? Merlín habría pensado que Mankar había dejado de ser squib por completo, mejor dicho, que nunca lo había sido. Sólo lo había visto creando fuego, pero nunca pensaría que era lo único que Mankar podía hacer.
Tuvo en cuenta algo que hasta el momento había olvidado. En su cabeza escuchó la voz de Merlín.
«No entiendo, pero debieron detectar que se realizaron dos hechizos diferentes al mismo tiempo, en el mismo lugar y por dos personas.»
La magia de la gema no era magia normal. Cualquier persona o criatura que realizaba un encantamiento era detectada por el ministerio. Pero el árbol y la cortina se quemaron al parecer sin que ellos lo supieran.
La forma en que Mankar obtuvo el brazalete se hacía cada vez más misteriosa. Pero más preocupante aún era la misma gema. Mankar tenía en su muñeca un objeto peligroso. Recordó la miniatura del fénix que se dañó por su culpa, y, pensándolo bien, el día que recibió la carta, su padre se quemó un dedo cuando prendió la estufa. Involuntariamente, había incendiado un parque y, a propósito, pudo quemar su casa.
Todas las veces que Mankar había producido fuego, había sentido una gran emoción. No habría pasado nada si jugueteaba con su varita, siempre y cuando no estuviera asustado, enfadado, desesperado... o exageradamente alegre. Gonza, en cambio, sí era un mago, y debía ser precavido siempre con su varita, razón por la cual se asombró de la descuidada forma que Mankar trataba la suya.
Se asustó cuando recordó una última cosa: antes de desmayarse, la noche anterior, vio algo más. Los colores de todo lo que veía se habían invertido, pero a su derecha había un espejo, que mostraba su reflejo del cual, aunque muy borroso, pudo distinguir su silueta, que empezó a arder en llamas. Lo más extraño era que se veía normal, es decir, el color de lo que vio en el espejo no cambió, a diferencia del resto. Sin embargo, asociaba lo que vio con un destello verde, de una luz muy intensa.
Eso era realmente inquietante. En la sala de estar no había ningún espejo. Ahí debía estar el televisor. ¿De dónde salió entonces, si el tiempo se había congelado? ¿Y por qué su reflejo estaba envuelto en el fuego, si la cortina estaba separada de él? ¿Era acaso un recuerdo o una alucinación?
Mankar se iba quedando dormido. Por su cabeza solo pasaban imágenes sin sentido... Macnair estaba riendo. Se burlaba de Mankar. A su lado Haher hacía lo mismo. En un instante se convirtieron en un par de basiliscos. Haher tenía una pluma rosada. Mankar les apuntaba con su varita y gritaba. Se miraban a los ojos sin que tuviera el menor efecto. Las dos serpientes gigantescas se acercaban. Mankar le rogaba a la gema que brillara, para poder vencer a los monstruos. Cuando casi sentía el aliento de Macnair, todo se volvió rojo y naranja. Macnair y Haher se esfumaron.
Mankar abrió los ojos. Estaba sudando. Los rayos del sol lo mantenían caliente. Miró el brazalete asustado, pero la gema no parecía ser más que una moneda roja y sucia. Suspiró con alivio y se volvió a su padre. También estaba dormido. Revisó la hora en la muñeca de Merlín. Faltaban veinte minutos para las once.
En ese preciso momento, Glenin se acercó a ellos y, despertando a Merlín, anunció:
—La próxima parada es el aeropuerto El Fénix Dorado, a menos que alguien más suba camino allá.
—Muchas gracias —le dijo Merlín, luego se dirigió a Mankar, mientras Glenin se retiraba—. ¿Estás preparado? —El chico asintió—. Escucha, lamento mucho lo que pasó anoche... Tengo la culpa de todo... no debí... no soy la persona apropiada para enseñar algo...
—La culpa es mía. Lo siento —dijo suavemente Mankar, bajando la mirada—. Debí seguir tus instrucciones.
Merlín rodeó con el brazo a su hijo, mientras le decía:
—Serás el alumno número uno de tu clase. ¡Nunca he visto hechizos como el que tú hiciste! Practica más con otros, no sólo Incendio —le guiñó el ojo—. Espero que te toque un buen profesor de Encantamientos.
El autobús frenó de nuevo. Mankar agradeció no seguir dormido, porque no le habría gustado despertar tan bruscamente.
—¿Podríamos buscar a Gonza? Debe estar por ahí.
—Primero nos aseguraremos de no perder el vuelo. Tal vez Gonza ya haya subido al avión. Igual, nos reuniremos con tu abuela y tus tíos.
Mientras bajaban del autobús, Mankar tenía en su cabeza la imagen de un avión enorme, y debía serlo, pues allí viajarían cientos de niños de todo el país, para reunirse al sur del continente, junto con alumnos de toda Latinoamérica y muchos otros lugares del mundo.
Mankar estaba casi tan asustado como cuando entró a Héctor, y temió que la gema se manifestara. Sólo era cuestión de tiempo para enfrentarse al segundo obstáculo. Antes de ser seleccionado para alguna casa, debía hacer ese largo viaje.
¿Viaje? ¿En dónde estaban? Ese no era el aeropuerto. Estaban a las afueras de la ciudad, a la entrada de una especie de bosque, frente a un enorme edificio que parecía abandonado, a pesar de que había algunas personas entrando y saliendo. Luego, Mankar se dio cuenta de algo obvio: los magos que necesitaran viajar en avión no irían a un aeropuerto muggle.
Merlín puso su mano en el hombro de Mankar, agarró con la otra la manija del baúl y se dirigieron al edificio. Conforme se iban acercando, de la nada unas letras doradas sobre la entrada se iban haciendo visibles, como si dejaran de ser borrosas para sus ojos. Formaban las palabras «El Fénix Dorado».
—¿Por qué hay un aeropuerto para magos? —preguntó Mankar—. ¿No se supone que los magos podemos transportarnos en escoba... apareciéndonos...?
—Sí, pero ten en cuenta que una aparición entre lugares muy lejanos podría ser peligrosa. Incluso está prohibida —explicó Merlín—. Además los menores de edad no pueden hacerlo. Igualmente, algunos magos podrían no saber aparecerse o no disponer de su varita. Y... ¿te imaginas viajar de un continente a otro montado en una escoba?
Cruzaron las puertas dobles de bronce. Se hallaban en un lugar mucho más grande de lo que por fuera parecía el edificio. Tenía el aspecto de un centro comercial, y Mankar se sintió en otra versión del Wizentro, aunque, por lo visto, no eran más que tres pisos. Era un lugar muy blanco, con un piso brillante. Había algunos locales y escaleras mecánicas en el primer piso, y cientos de personas de un lado para el otro. Una ventana enorme que abarcaba todos los pisos del edificio mostraba a lo lejos varios aviones en una pista.
Merlín le mostró su identificación del Ministerio de Magia a un guardia de seguridad y enseguida se dirigieron a una escalera mecánica que los llevó al tercer piso.
Avisos por todos los lados indicaban a qué hora serían los vuelos a toda clase de lugares. A Mankar el corazón le dio un salto cuando vio, junto a un letrero animado que decía «Reserva de dragones, Rumania, 11:30», otro que decía «Harrylatino, 11:00». Vio el reloj y faltaban unos diez minutos para la hora.
—Oye, pa... —dijo Mankar señalando el letrero—. ¿por qué no dice el país del colegio?
—¿Eh? —Merlín lo leyó rápidamente—. Debe ser porque no se sabe en qué país está ubicado, excepto que es al sur del continente.
Al llegar al final de la escalera, Mankar se sintió aún más como si estuviera en un centro comercial, pues se hallaban en un pasillo con enormes puertas dobles a ambos lados de las paredes, que lucía como las entradas de salas de cine, con magos entrando por cada una de ellas. A la derecha de Mankar, las puertas más cercanas tenían un número uno, junto a la bandera de México.
Atravesaron el pasillo hasta detenerse en la entrada número seis, que tenía el escudo de Harrylatino en la puerta: una especie de cuadrado con gafas y un rayo en la parte superior.
Magos adultos entraban cargando baúles con niños y jóvenes de todas las edades, los cuales no ocultaban su gran emoción.
Merlín cruzó la puerta tomando del brazo a su hijo y la impresión de Mankar fue que de verdad entraron a una sala de cine. Había una gran cantidad de sillas agrupadas en lo que debía ser una sala de espera.
Las pelirrojas cabezas de todos los Weasley, en la primera fila, sobresalían en la multitud. Mankar intentó localizar a Gonza mientras seguía a su padre, pero era imposible.
Haher, con el pelo azul, saludó a Mankar muy animadamente. Todos los familiares de Mankar los saludaron a él y a su padre con emoción. Debían de llevar un largo rato esperándolos. El chico intentó alejarse un poco del grupo, pues no tenía ganas de hablar mucho. Al instante, una voz femenina se escuchó por toda la sala.
—Pasajeros del vuelo seis, a Harrylatino, que no han subido al avión, favor ingresar en él. El avión está a punto de despegar.
Mankar miró un reloj enorme en una pared, que daba las once en punto, mientras que la multitud entera pasaba a través de unas puertas en el lugar donde estaría la pantalla si fuera una sala de cine.
Supuso que era mejor buscar después a Gonza, y se dirigió junto con toda su familia a las puertas. Merlín sacó la carta de Harrylatino de un bolsillo y se la mostró a una mujer en cuanto ella se lo pidió. Lo mismo hicieron Gaby, Kalin y Kriss.
Atravesaban una especie de puente muy amplio que se dirigía a la entrada del avión. Mankar lo divisó. Jamás habría podido imaginar algo tan grande, blanquísimo excepto por cuatro líneas de colores que lo cruzaban, de color rojo, verde, azul y amarillo.
Merlín parecía muy triste por la despedida, y rodeó a su hijo con el brazo muy fuerte, en cuanto llegaron junto a la puerta.
Kriss y Kalin le dijeron adiós sonriendo, y Gaby tenía lágrimas en la cara cuando se despidió, tratando de sonreír, diciendo cosas como «Me quedaré sola... Me he vuelto vieja...», con lo que algunos sonreían.
—Bueno, hijo, es el momento... —dijo Merlín con la voz quebrada y le dio un abrazo aún más fuerte—. Te deseo mucha suerte. Pase lo que pase, cuenta conmigo, escríbeme. Te enviaré a Mallow muy seguido.
Mankar asintió y movió la mano en señal de adiós por última vez, mientras Haher lo esperaba para entrar junto a él. Rowlina, Luna, Roonilz, Alita y Lalita atravesaban la puerta del avión.
Y entonces el squib se dio la vuelta, se unió a Haher con tristeza (y amargura) e ingresó al avión.
Aquello resultaba mucho más duro de lo que Mankar se imaginó. No sólo por la preocupación de qué podía esperarle en Harrylatino, sino que también porque nunca se había separado de su padre.
Sí, Merlín estaba dichoso, pero muy en el fondo debía dolerle que su único hijo se fuera. También era triste pensar que faltaría mucho para el reencuentro con él, Gaby y sus otros tíos...
Mankar trató de no pensar en ello mientras entraba, y tuvo la suficiente voluntad para no darse la vuelta, ni siquiera con la excusa de revisar el baúl. Sin embargo, sus pensamientos casi pasaron a un segundo plano después de que cruzó la puerta.
Se hallaban frente a la entrada de un angostísimo pasillo con muchas ventanas. A la izquierda de los chicos había una escalera de bajada, mientras que, a la derecha, una de subida.
—Buenos días —los saludó una mujer, en frente de ellos—. ¿Ustedes son amigos o familia?
«Para mí, ninguna de las dos», pensó Mankar, mirando a Haher.
—¡Las dos cosas! —exclamó su tío, y Mankar se sintió un poco culpable.
—¿Cuál es el apellido? —dijo la mujer mientras revisaba una lista.
—Weasley —respondió Rowlina.
Mankar miró hacia atrás y se sorprendió al darse cuenta de que nadie más estaba entrando, pues estaba seguro que venían más niños tras ellos. La mujer buscó una de las últimas hojas y les preguntó los nombres de todos.
—Correcto, pueden venir por acá niños. —Les abrió el paso indicándoles que entraran al pasillo, sonriendo—. Pueden escoger el compartimiento que gusten.
Mankar iba a preguntar a qué se refería con eso, pero lo entendió de inmediato.
Al entrar al pasillo, se dio cuenta que había compartimientos como los de un tren, específicamente, como los del Expreso de Hogwarts. Esto lo desanimó un poco, porque tenía planeado simular que estaba dormido en el asiento de un avión. Ahora no dudaba que estaría en el compartimiento con Haher.
—Tendremos que separarnos —dijo Roonilz, con cara de triste. Los siete Weasley no habrían podido caber en un solo compartimiento.
—No se preocupen —respondió Haher sonriendo—. Entren ustedes a uno, que Mankar y yo buscaremos otro.
Ellas asintieron, y Mankar ya no sabía qué pensar. Haher se portaba muy bien con él. Seguro veía a su sobrino como un gran amigo. Sin embargo, Mankar no iba a olvidar lo que Haher le dijo en el autobús noctámbulo. Las palabras exactas aún las tenía en la mente, y eso no permitía que cambiara el concepto que tenía. «Creo que un squib era malo para la reputación ya mala que tienen los Weasley».
—Por aquí, ven —rodeó a Mankar con el brazo y lo hizo caminar junto a él, como un par de mejores amigos—. ¡Creí que nunca llegaría este día! Al fin nos podemos librar de esa molestia de muggles, ¡ahora sólo debemos preocuparnos por los magos!
Mankar trató de simular como que no había oído y se concentraba en pensar qué compartimiento ocupar.
Se veía por todos lados toda clase de niños y jóvenes, y se notaba la diferencia de edades entre algunos. Como era la reinauguración de Harrylatino, muchas familias de magos habían optado por esperar para que sus hijos comenzaran su educación mágica, en lugar de mandarlos a viajar a otro continente. Así hizo Gaby, y por eso sus cuatro hijos menores empezaban primer curso ese año.
—¿Este podría ser? —le propuso Mankar a Haher, señalando el compartimiento que tenían a la derecha, que estaba vacío. El chico aceptó y entraron juntos.
Haher habría notado por la actitud de Mankar que este no se sentía muy a gusto, tal vez por la nostalgia de separarse de la familia, así que había dejado de hacer comentarios.
—Pasajeros, por favor prepárense para el despegue —anunció una voz femenina que salía de la nada, un rato después.
Mankar acomodó rápidamente el equipaje y se dispuso a mirar por la ventana, intentando buscar entre la multitud del puente algún destello rojo del cabello de Merlín o de Gaby.
De repente, el avión comenzó a andar. Mankar tenía pánico a las alturas y jamás había volado en avión, por lo que se sentía muy asustado. Esa sensación lo hizo ser conciente del valor que tenía la compañía que hacía Haher, así que le sonrió, y este le devolvió el gesto; seguramente su tío tampoco había volado antes porque en el acto su pelo se volvió totalmente blanco.
Mankar miró hacia el pasillo y se dio cuenta que los ocupantes del otro compartimiento estaban entretenidos mirando por la ventana. Regresó su atención hacia su propia ventana justo para ver atemorizado cómo todo daba una vuelta para casi quedar de cabeza, lo que significaba que el avión se elevaba verticalmente. Pero era imposible, pues él no sentía ningún cambio en la gravedad, como si nada pasara en el interior.
Se escuchaba algunas expresiones de sorpresa de niños de otros compartimientos e incluso algunos chicos salieron al pasillo caminando de un lado para otro para comprobar si caían.
El avión volvió a una posición horizontal y Mankar se sintió muy aliviado. Miró a Haher y ambos comenzaron a reírse.
En ese momento, alguien se asomó por la puerta y saludó alegremente. Era Gonzalo Umbridge.
—¡Gonza! ¡Hola! —exclamó Mankar, sorprendido y extrañamente feliz, teniendo en cuenta que había estado toda la mañana de mal humor.
—¡Mankar, por fin te encuentro! —dijo Gonza con el mismo tono de alegría—. La mujer que me atendió a la entrada entendió que mi apellido era Davies... Casi no la convenzo. ¡Soy Umbridge! Creo que es por orden alfabético, pero tienen en cuenta los amigos que viajan juntos... —sonrió y miró a Haher.
—Intenté buscarte, pero llegamos con retraso... —explicó Mankar—. Te presento a mi tío Haher. Haher —añadió dirigiéndose a él—, él es mi amigo, Gonzalo.
—¿Tío? —preguntó Gonza extrañado.
—Sí, bueno, es hijo de mi abuela...
—Sólo soy mayor por unos dos meses —dijo Haher, también con tono alegre—. Somos como hermanos, en realidad.
Aquello le pareció a Mankar muy simpático por parte de su tío y sintió que le empezaba a caer bien. Ambos sonrieron y Mankar pensó que era justificable su repulsión a los muggles. Después de todo, Haher se había educado en una casa de magos.
—Oigan, ¿puedo asomarme por la ventana? —dijo Gonza—. No pude ver nada del despegue... —Echó un vistazo y, tras soltar un grito, cayó de espaldas al suelo por la impresión. Debían estar realmente alto.
Mankar se pegó aún más al espaldar de su asiento y procuró no mirar hacia la ventana.
Una mujer pasó con un carrito y Gonza compró algunas cosas. Las compartió con Mankar y Haher, quienes no tenían dinero.
Durante un rato estuvieron hablando de lo que les esperaba en Harrylatino. Por lo visto, Gonza y Haher se habían agradado, y eso le alegró a Mankar, porque los tres podrían llegar a ser buenos amigos. Eso pensó, hasta que tocaron un tema delicado.
—Sin duda alguna seré Gryffindor —afirmó Haher—. Es la casa más destacable de todas y tengo las cualidades precisas.
—Toda mi familia también fue Gryffindor —dijo Gonza—. A mí me encantaría continuar la tradición.
Lo más lógico para Mankar, era pensar que él también debía quedar en esa casa, pero él no se sentía un Gryffindor. Haher apreciaba tanto la pureza de la sangre que le sorprendió que no le interesara Slytherin. Era esta la casa que a Mankar le atraía, por algún extraño motivo. De todas formas, pensaba que si no quedaba en ella, Ravenclaw estaría bien, pero sentía plena seguridad que sería seleccionado para Slytherin.
—Y Mankar... —dijo Haher dirigiéndose a él—. Tú sin duda serás también un león.
—¿Un león, eh? ¿No hay casa representada por ratas? En esa quedarías perfecto, Weasley.
Juanjo Macnair, junto con dos miembros de su pandilla, se hallaba a la puerta del compartimiento. Parecía sentirse orgulloso de lo que decía, como si fuera algo ingenioso.
Mankar, Haher y Gonza voltearon a mirarlo sobresaltados. Gonza frunció el entrecejo y Mankar estaba mudo, casi sentía que podía hacer funcionar de nuevo la gema, y sostuvo firmemente su varita en un bolsillo. Haher no mostraba expresión alguna, exceptuando que aún tenía el cabello totalmente blanco.
—Ratas. De eso se llenará Harrylatino —dijo Juanjo, casi en un susurro, con una sonrisa maligna, repetida en las caras de sus secuaces—. De repugnantes ratas.
—¿Qué quieres, perdedor? —respondió Gonza, conteniendo su ira—. No te creerás mejor, ¿o sí? ¿Un simple golpe de suerte y ya eres superior? No te veías tan valiente cuando escapabas del parque.
—No cometimos ningún delito. Fueron ustedes, llorones. Iban perdiendo e incendiaron el lugar. ¿Muy difícil contener la ira?
Mankar vio de reojo la ventana. El avión comenzaba a descender, de manera totalmente vertical, aunque no se sentía cambio alguno en el compartimiento. Se levantó y agarró en su bolsillo la varita aún más fuertemente.
—Váyanse de aquí.
—¿Irnos? Acabamos de llegar. ¿Quién te crees, squib? ¿Quieres pelea? No nos vencerás tú solo.
—No —dijo Haher, con una asombrosa voz tranquila. Se levantó y sacó su varita, apuntando a Macnair. Su cabello pasó a un color escarlata, idéntico al de Mankar—. Pero me tiene a mí.
Y esa sola frase, hizo que Mankar sintiera por Haher el afecto de lo que precisamente había dicho unos momentos antes: un hermano.
Gonza se levantó y adoptó la misma posición. Mankar sacó su varita, al tiempo que Macnair y sus secuaces. De nuevo se enfrentarían, aunque sin desventaja. Por alguna razón sintió confianza en que los tres podrían ganarles. Sintió la gema brillar en su muñeca.
—Pasajeros, estamos entrando a la segunda etapa del viaje —anunció la voz femenina del avión.
Un temblor fuerte se sintió y la atención se centró en la ventana: el avión se había sumergido por completo en el agua. Las luces se encendieron y por fuera de la ventana no se veía más que un azul oscuro y burbujas.
Macnair rió.
—Vaya, se nota que se aman. Lamentamos haberlos interrumpido.
Los dos secuaces de Macnair, hicieron un movimiento con la varita. Un rayo rojo salió disparado directo hacia Mankar. Haher se interpuso y recibió el hechizo en un brazo, antes de desplomarse en el suelo.
Mankar estaba a punto de gritar «¡Incendio!», pero en ese preciso instante, algo muy raro pasó. La gema brillaba. Brillaba como nunca. Y el brazalete empezó a quemarlo. Una dolorosa corriente de energía le recorrió el brazo entero. No podía moverse, el dolor era insoportable.
Pero no necesitó realizar ningún hechizo, pues sólo tuvo tiempo de bajar el brazo a causa del dolor, y una inmensa ola de agua entró por la ventana. El compartimiento se inundó por completo, y la fuerza de la ola obligó a Macnair y sus amigos a salir, siguiendo la corriente. Y aún más extraño era que ni a Haher ni a Gonza ni a Mankar los estaba afectando en lo más mínimo. Ni siquiera se mojaron.
El dolor del brazo de Mankar incrementaba cada vez más. Haher estaba inconsciente y Gonza temblaba. El agua se desvaneció.
—¿Qué pasó? —preguntó Gonza, con preocupación.
Mankar se quedó mirando la ventana. Estaba intacta, sin siquiera una fisura. El agua de afuera se veía tranquila. Gonza se asomó por la puerta del compartimiento.
—Macnair se fue. ¡Y nos llama gallinas! —exclamó Gonza. Mankar sonrió—. ¡Estuvo genial! ¿Qué fue lo que hiciste?
—Magia accidental, supongo —contestó dudoso. Esa vez no sentía para nada que hubiera hecho algo, pero el agua podría estar relacionada con la gema y su dolor en el brazo—. Haher es un chico muy valiente.
Mankar, con ayuda de Gonza, acomodó como pudo a su tío soportando el dolor que causaba el brazalete. Haher también se había lastimado el brazo, pero fue por culpa de la maldición que le cayó. Tenía la manga del suéter chamuscada.
«Haher se dejó atacar para defenderme.»
Mankar cayó en su asiento, inmóvil. Se sentía muy culpable, pues Haher, a pesar de su repulsión a los muggles, era un buen chico, mucho mejor que Mankar, quien dudaba si habría hecho lo mismo por un amigo.
—Pasajeros, estamos entrando a la tercera etapa del viaje.
Y un segundo después, el agua se esfumó, y afuera sólo se veía rojo. Ya no estaban en el océano. El agua había sido remplazada por lava.
Mankar palideció.
—¿Dónde estamos? —preguntó asustado, mirando su gema, que brillaba radiante.
—Será... ¿un volcán? —sugirió Gonza, con un hilo de voz.
Mankar agradeció que Macnair ya se hubiera ido. Si lo que hubiera entrado por la ventana hubiera sido lava y no agua, habría ocurrido una tragedia.
Trató de calmarse un poco, y se distrajo con Gonza hablando de lo ocurrido.
—¿Crees que estamos en problemas?
—No lo sé... —dijo Mankar—. No fue voluntario... Fue en defensa propia...
Se quedaron contemplando a Haher inconsciente, hasta que la voz femenina volvió a hablar, anunciando la cuarta y última etapa del viaje. La lava desapareció, y por la ventana se veía el interior de una cueva.
Enseguida el avión salió y se encontraron bajo un cielo de color púrpura, y a lo lejos veían montañas y bosques. Viajaban ahora por tierra.
Estuvieron callados hasta que oscureció. Haher abrió los ojos, con expresión de dolor.
—¿Está todo bien? —preguntó entrecortadamente.
—Sí... Macnair ya se fue.
Mankar y Gonza se dedicaron a contarle todo lo que ocurrió. Haher estaba muy asombrado del poder que Mankar tuvo con la ola.
—¿Está bien tu brazo, tío?
—No me digas así —respondió riendo—. Sí, pues, me duele muchísimo. Quién sabe qué me hicieron.
—Creo que a mí también me cayó un maleficio en el brazo —mintió Mankar, tratando dolorosamente de moverlo un poco.
—En Harrylatino se mejorarán —afirmó Gonza.
—Pasajeros, estamos llegando al final del viaje. Dejen su equipaje listo para que nuestros elfos domésticos lo trasladen a sus dormitorios en el castillo. Por favor, prepárense para bajar del tren.
—¿Del tren? —repitió Gonza—. ¿A qué se refiere?
—Supongo que el avión dejó de serlo al sumergirse en el agua... Tal vez ha estado cambiando continuamente, hasta convertirse en un tren.
—Un tren como el Expreso de Hogwarts —apuntó Haher.
Minutos después, el tren aminoró la marcha y se detuvo. Los tres chicos ya se habían cambiado de ropa y estaban completamente listos para bajar.
—Creo que Macnair será nuestro mayor problema —comentó Gonza, mientras salían por la puerta del compartimiento.
«Mi mayor problema es que soy un squib», pensó Mankar tristemente.
—Pero será fácil de superar, porque los tengo a ustedes.