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Historia 31925 — capítulo 7
Al lado de Haher y Gonza, Mankar se sentía feliz. Aún tenía en mente el momento en que los dos lo apoyaron al enfrentar a Macnair y el hecho de que Haher hubiera protegido a Mankar. En realidad no sentía interés por nada más. Ni siquiera le importaba el hecho de haber manipulado agua, en vez de fuego.
Bajaron del tren hablando muy animadamente. Haher se quejaba un poco de su brazo, pero Mankar pensaba que no era tan doloroso comparado con lo que le produjo la gema.
Se hallaban en una estación pobremente iluminada. Había varios trenes más, y de todos salían niños por montones. Mankar tuvo que aguantar el dolor que le producían los empujones de muchos chicos despistados, sin perder de vista la aún pelirroja cabeza de Haher o la silueta de Gonza.
—Todos los estudiantes de Harrylatino, sigan calmadamente las flechas de los postes —decía una voz de hombre amplificada—. Formen grupos de cuatro personas antes de acercarse al lago, por favor.
—¿Al lago? —repitió Gonza—. ¿Iremos en bote?
Mankar vio las flechas de los postes, y se dio cuenta que la multitud avanzaba lentamente en esa dirección.
—Sí... ¡vamos rápido y podremos llegar antes al castillo! —propuso Haher.
Pero todos los chicos pensaban exactamente igual. Al instante, empezaron a empujar mucho más fuerte por todos lados. Mankar no podría resistir con su brazo así por mucho y Haher, al parecer, tampoco.
—¡Jóvenes! —exclamó la voz amplificada—. ¡Dije calmadamente! ¡Quietucorpus!
Y todos quedaron paralizados. Mankar sentía que podía moverse un poco, pero muy lentamente. Así, todos los niños empezaron a avanzar, hasta recuperar la movilidad suficiente para caminar de forma normal.
—Me muero de hambre —le susurró Mankar a Gonza, pensando en el banquete de bienvenida, y se arrepintió de haberlo hecho, pues a su mente vino otro pensamiento: la Ceremonia de Selección.
Se sintió en verdadero peligro, imaginándose bajo ese sombrero y en frente de todo Harrylatino. Bueno, era el primer año de todos los estudiantes, lo cual significaba que todos debían pasar la misma prueba. Pero el ser squib era un caso especial para estar nervioso. Mientras caminaba, le dio importancia por primera vez a la ola que causó en el tren.
«De nuevo, no siento haber sido yo... —pensó—. De las veces que he causado fuego, sólo me di cuenta que era yo cuando usaba la varita... Pero, ¿entonces quién? Haher estaba inconsciente... Macnair no se atacaría a sí mismo, ni uno de sus amigos...»
Mankar miró a Gonza, que en ese momento le estaba respondiendo algo sobre la comida.
«Tal vez fue Gonza, aunque tampoco parece haber sentido nada raro... ¡Espero haber sido yo! Eso me tranquilizaría un poco para la selección, pues me demuestra que tengo de mágico algo más que la gema.»
El camino se volvió muy angosto, aunque comenzaron a avanzar más rápido. Estaba demasiado oscuro, como si se encontraran en medio del bosque. Al fin, tras una curva, llegaron al borde del lago. Pero a nadie le importó éste, pues en la otra orilla se hallaba el castillo de Harrylatino. Un lugar enorme, aún a esa distancia, que brillaba en medio de la noche por sus infinitas ventanas y se alcanzaba a distinguir las siluetas de muchísimas torres y torrecillas.
Había ya bastantes botes cruzando el lago, cuyas tranquilas aguas negras reflejaban la punta de la montaña sobre la que se hallaba el castillo. Haher, Gonza y Mankar se dirigían a un bote, pero una voz de hombre los detuvo.
—Chicos, ¿sólo subirán los tres? El bote tiene cupo para cuatro.
Mankar se sintió tonto, pues la primera instrucción que les dieron fue conformar grupos de cuatro personas, y ellos lo habían olvidado.
—Bueno, no importa... —les dijo el hombre. Mankar se volteó a mirarlo. Era un joven con cara alegre y amable, quien se dirigió a la marea de niños con la varita apuntando la garganta—. Hay cupo para un niño aquí, ¿algún voluntario?
Se adelantó una chica alta, con el pelo cubriéndole la cara, debido a alguna rama que lo enredó. Le dijo algo al hombre, quien le indicó acercarse a los tres chicos.
—¿No les importa si me subo con ustedes? Perdí de vista a mis amigos y...
Ellos negaron con la cabeza. Gonza y Haher subieron al bote, casi sin prestar atención. Mankar se quedó mirando a la chica, quien se estaba arreglando el cabello. Era una chica muy bella, con piel morena, ojos destellantes y un largo cabello negro. Mankar notó que se sonrojaba, así que subió rápido al bote. Le extendió el brazo a la chica para ayudarla a subir.
—Muchas gracias, eres muy amable... —le dijo la chica con una voz angelical—. Soy Jessi Jordan, es un placer.
—Mankar Weasley —susurró éste. Lo dijo tan suave que sintió que ni él habría entendido.
—Qué lindo nombre, Mankis —respondió sonriendo Jessi. Mankar no trató de contradecirla.
El bote comenzó a andar por arte de magia. Gonza y Haher estaban hablando entre ellos. Ahora que ya no estaban en medio de la marea de chicos, podían usar tranquilamente el tono de voz que desearan. Mankar no podía creer que ignoraran de esa manera a Jessi. Aún más increíble era que se sintiera tan incómodo y no pudiera pensar con claridad. Pero todavía más extraño era que, con tanta presión encima, la gema no estuviera brillando, y que no se les hubiera alzado una ola de quince metros.
Mankar intentó contemplar la luna, el castillo, el lago... pero no se podía concentrar en nada.
—¿Ustedes vienen de muy lejos? —preguntó Jessi, para romper el hielo.
—Del norte... viajamos todo el día en un avión de HL —respondió Mankar.
—Yo también vengo del norte. ¿De qué país...? ¡AAAHHH!
Mankar también gritó, pero la voz de Jessi se oía muy por encima. Un tentáculo gigante había salido del agua, haciendo que el bote se moviera bruscamente. Mankar, sufriendo inmensamente por su dolor de brazo, sacó su varita, y lo hizo en vano, pues Jessi ya le estaba apuntando. Ella gritó «¡Flipendo!» y el tentáculo se sumergió de nuevo, tras recibir el impacto del brillante rayo que lanzó la niña.
Haher y Gonza estaban paralizados. Mankar se sentía aún más sonrojado.
—Te gané, Mankis —le dijo Jessi, alegre. Él no respondió. La gema no se alteró en absoluto—. Pero pobre calamar, creo que sólo quería saludarnos.
Mankar miró a Haher y a Gonza y se dio cuenta que ellos intentaban guardar disimuladamente sus varitas. Los cuatro estaban completamente empapados.
Por algún extraño motivo, no sintió frustración porque le hubieran ganado, ni porque hubiera sido una chica quien le ganó. Al contrario, se alegró de que hubiera sido Jessi quien ahuyentara al calamar. Ella tenía algo especial.
Durante lo que quedaba del recorrido hablaron más animadamente. Había una brisa muy fresca y las siluetas de los otros botes se veían por todos lados.
—Supongo que si no quedo en Gryffindor, no estaría mal Slytherin —comentó la chica.
«Perfecto. Es justo lo que necesitaba: hablar de casas», pensó Mankar. De su mente había salido todo pensamiento relacionado con la Selección, y la angustia se apoderó de nuevo del chico. Sin embargo, notó que no era tan intensa como al principio.
—Yo... no sé. Esperaré la decisión del Sombrero Seleccionador.
En ese momento, entraron por un túnel, que los condujo a un muelle subterráneo. Al bajar, Mankar le extendió de nuevo la mano a Jessi para ayudarla.
El camino que debían seguir estaba indicado por unas flechas en las paredes, cuyo sentido era seguido por todos los chicos que también bajaban de los botes. Había algunos adultos, seguramente profesores, saludando a algunos niños y vigilando que todo estuviera en orden. Los cuatro chicos subieron por un pasadizo en la roca, hasta salir al aire libre, junto a la entrada del castillo.
Se encontraban en un inmenso patio, junto a una escalera de piedra, que llevaba al interior del edificio. Subieron lentamente, siguiendo a los demás chicos que entraban por las puertas dobles.
Mankar fue el último en cruzar la entrada y quedó maravillado con el lugar en que se hallaba. El vestíbulo era inmenso, mucho más grande de lo que se veía por fuera. Incluso el vestíbulo de Hogwarts, en Europa, tal vez no era tan grande. Frente a ellos, deslumbraba una majestuosa escalera de mármol que conducía a los pisos superiores. El muro que había al subir la escalera era inmenso, y en la parte más alta había un vitral con el escudo de Harrylatino. Cada niño que entraba se quedaba contemplando el lugar, avanzando poco a poco por un camino señalado en el suelo de piedra hasta atravesar dos puertas dobles a la derecha, directo al Gran Salón. Mankar y los demás hicieron lo mismo.
Era un lugar maravilloso. Hacia arriba no se veía el techo, ya que estaba hechizado para parecer el cielo de fuera. No estaban las cuatro mesas larguísimas que Mankar imaginaba, sino que había muchas mesitas y sillas por doquier, ocupadas por toda clase de niños. En cambio, sí había una mesa larga en una tarima al fondo, que correspondería a los profesores, pero no estaba ocupada. Todos ellos estarían supervisando el ingreso de los alumnos de Harrylatino. El lugar era iluminado por miles de velas que flotaban por encima de cada mesa, haciendo brillar los platos, copas y cubiertos dorados. De un lado para otro, docenas de fantasmas volaban mirando a los chicos.
—Nos vemos —se despidió Jessi, haciendo un gesto con la mano y dirigiéndose a una mesita en la que había un chico. Un chico extrañamente familiar.
—¡Jesús! —exclamó Gonza.
—¡¿Qué pasa?! —preguntó Haher, alarmado, mientras su cabello pasaba a un color verde oscuro.
—¡No! ¡Miren! —señaló a la mesa donde estaba Jessi—. ¡Es Jesús! ¿No lo reconoces, Mankar?
Efectivamente, el chico que se encontraba en la mesa, no era otro que su amigo del colegio, Jesús, que en ese momento saludaba a Jessi animadamente.
—¿Qué hace él aquí? —preguntó Mankar, perplejo.
—¿Es su amigo muggle? —dijo Haher confundido, con cierto desprecio al pronunciar la palabra «muggle», cosa que Mankar notó pero no le prestó atención, pues él y Gonza se dirigían a la mesa en la que estaba Jesús. Éste se sobresaltó en cuanto los vio. Se levantó de la mesa, con los ojos muy abiertos.
—¿Ustedes? —exclamó Jesús, incrédulo, cuando se acercaron. Tenía una sonrisa enorme—. No puede ser... Bueno, Mankar es Weasley, era obvio... pero, ¿tú también, Gonza?
—Sí, yo...
—¿Te llamas Mankar? —interrumpió Jessi—. ¡Dijiste que tu nombre era Mankis!
—¿Siempre fuiste mago? —preguntó Mankar sin prestar atención a Jessi—. Déjame adivinar... Tu familia se cambio el apellido.
—Ehh... Sí, bueno... y también el nombre... Soy Gesux... Davies.
—Gesux es muy amable —comentó Jessi—. Nos conocimos en el tren.
Mankar sintió algo de fastidio por Jesús. O bueno, por Gesux. Notó que su mirada se endurecía, mientras pensaba... ¿Todos sabían (o creían) que ser Weasley implicaba ser mago? ¿Por qué Gesux no se lo había contado antes? ¿Cuánto habría tardado Mankar en enterarse que Gonza también lo era, si no lo hubiera deducido él mismo?
Gonza le hablaba animadamente a Gesux, pero Mankar no quería saber nada más.
—Busquemos una mesa, Haher.
El Gran Salón se hallaba ahora mucho más lleno y bullicioso. Mankar y Haher se sentaron algo cerca a la tarima. Algunos profesores ya se habían sentado a la mesa. Ambos chicos estuvieron muy callados. Haher conservaba el pelo verde y se veía muy inquieto. Mankar estaba pensando mientras veía en dirección a la mesa de Gesux.
«Bueno, yo tampoco le conté a nadie acerca de mí... ¡Pero qué secreto les podía contar, si soy un squib! Aunque... ellos no podían revelárselo a nadie tampoco... aún sospechando que yo estaba relacionado con la magia. Eso significa que Gesux y Gonza también se sentían culpables por el árbol del parque...»
De pronto, las enormes puertas del Gran Salón se cerraron, callando al instante a los miles de niños que ocupaban su asiento. Gonza llegó rápidamente y se sentó.
Por una puerta tras la tarima, entraron docenas de profesores, algunos vestidos de forma muy extraña, y se sentaron todos a la mesa. Por último, entró un joven hombre, el mismo que los ayudó a subir a los botes, y se detuvo en medio de dos sillas grandes y doradas que había justo en el centro de la mesa. Con la varita apuntando a su garganta, se dirigió a todos los estudiantes. Su voz amplificada se escuchó por todo el Gran Salón.
—¡Bienvenidos a Harrylatino, jóvenes aprendices de mago y bruja! ¡Hoy, primer día de septiembre, reinauguramos el colegio de Magia y Hechicería de Latinoamérica! Mi nombre es Vito y soy el Guardián de las Llaves y Terrenos de Harrylatino.
Todos los niños aplaudieron con emoción, y algunos profesores sonrieron. Mankar se preguntó por qué el guardabosques les daba la bienvenida y no los directores, Cronista y Andrés, nombrados en la carta de invitación.
—Todos ustedes —continuó Vito— han venido desde muy lejos, de todas partes del mundo, con el único propósito de aprender y hacer amigos. Todos vivirán un primer año de educación mágica inolvidable, en el primer colegio en honor a Harry Potter, el héroe que salvó el mundo mágico y muggle. —Hubo más aplausos en cuanto lo dijo—. Y por lo que veo en sus caras, no pueden esperar más la Ceremonia de Selección, ¿verdad? Pero, a menos que quieran aguantar el hambre hasta que termine, ¡todos a comer!
Y junto a todos los platos apareció un menú. Cada chico lo leyó con detenimiento. Mankar ya sabía sobre este sistema de cena, que sólo consistía en decirle al plato qué quería comer. Segundos después los tres amigos estaban completamente callados, sin hacer más ruido que con los cubiertos. El Gran Salón se llenó pronto de conversaciones y risas.
Mankar comió rápido y recorrió la Mesa Alta con la mirada. Le intrigaban las dos sillas vacías que había en medio, sin duda correspondientes a los directores. La mayoría de profesores eran jóvenes y sonrientes, pero había otros con cara de ser muy estrictos.
Luego dirigió la vista a todo el Gran Salón. Los fantasmas seguían flotando por encima de las cabezas, y algunos charlaban con los estudiantes. Había una plataforma elegante en frente de la mesa de los profesores. A través de las enormes ventanas no se veía más que oscuridad. En medio de todo el Gran Salón, por encima de las cabezas de todos los niños que comían sentados, había un brillante pedestal plateado, un poco más alto que la mayoría de los estudiantes.
—Me alegro de que siempre hayas estado relacionado con magos, Mankar —comentó Haher.
—Me alegro de que tú y Gesux lo fueran —dijo Gonza—. Pero hay que admitir que es bueno conocer las costumbres de los muggles.
—No me atrae nada que tenga que ver con muggles —respondió Haher, serio.
—Hay cosas muy divertidas... —continuó Gonza—. Me encantan las películas que hacen. Y los videojuegos son muy divertidos. Algunos de ellos son hechos por magos, ¿saben?
—¿Sí? ¿Cuáles? —preguntó Mankar.
—Por ejemplo, Pacman. No es precisamente basado en la magia, pero leí que los fantasmas que recorren el laberinto son en realidad dementores de colores. La galleta grande simboliza la alegría, y cuando Pacman se la come...
—Eso es pura basura —interrumpió Haher—. ¿Dementores de colores? ¡Es lo más absurdo que he escuchado! Tendría más sentido fantasmas de colores, no tienen por qué decir que son...
—Haher, ya... Vito va a decir algo.
Todas las voces que resonaban en el lugar se apagaron, pues Vito se había levantado de su asiento, que estaba a un lado de las dos sillas doradas del centro de la Mesa Alta.
—Muy bien, jóvenes. ¡Demos paso a la Ceremonia de Selección! Profesora Black, si es tan amable...
Una mujer se levantó de la Mesa Alta y se dirigió a la puerta que había detrás.
—Mientras tanto —continuó Vito—, les explicaré algunas cosas que deben saber. Cada uno de ustedes será ubicado en una de las cuatro casas: Gryffindor, Slytherin, Ravenclaw y Hufflepuff.
»Las cuatro casas compiten por la Copa de la Casa, que se otorgará a la que cuente con más puntos al final del curso. Además, cada uno de ustedes llevará un puntaje personal, que será promediado con los de sus compañeros para contabilizar los puntos de cada casa.
La profesora Black regresaba, aproximándose a la plataforma que había frente a la Mesa Alta con un taburete y un sombrero viejo. Mankar empezó a temblar.
—Habrá numerosas formas de ganar puntos —continuó Vito—, dependerá de su participación en las clases y actividades escolares. Todos ustedes serán separados, además, de acuerdo a su edad. Pero ya tendrán tiempo de aprender sobre esto mañana. ¡Que comience la Ceremonia!
Y Mankar vio cómo el Sombrero Seleccionador, que la profesora Black acababa de poner sobre el taburete, empezaba a moverse, y una rasgadura se abrió y empezó a recitar:
Podrá parecer un cuento de hadas,
pero este realmente ocurrió.
Muggles y magos la historia conocen
de cómo un niño en héroe se convirtió.
Con un año de vida logró una gran hazaña,
y la única prueba estaba en su frente
una cicatriz con una forma muy peculiar
que hizo famoso a este valiente.
Un chico muy hábil, con un poder sin igual
pero tuvo una vida que nadie envidiaría
a un duelo a muerte estaba destinado
contra un mago que nada qué perder tenía.
Aún así, luchó con sus fuerzas hasta el final,
nada lo detuvo, aunque mucho sufrió.
Superó cada obstáculo y prueba peligrosa
y a su mortal enemigo por fin venció.
Hoy en su nombre una escuela se ha creado,
y niños de todo el mundo vienen a aprender.
Una tarea importante se me ha asignado,
¿cuál de estas cualidades puedes tener?
Si eres ingenioso como un águila, aquí tienes un lugar.
En Ravenclaw serás aceptado, si eres inteligente.
O tal vez como Slytherin quieras llegar hasta arriba,
un ambicioso debe estar en la casa de la serpiente.
O serás de Hufflepuff, la casa del tejón,
si eres amable y trabajas fuertemente.
O serás león si eres como Gryffindor,
y luchas como un guerrero valiente.
Según lo que vea, mi decisión tomaré,
separarlos a todos es lo que hago.
¡No te preocupes, no te decepcionaré,
sólo habría un error si no fueras mago!
El Gran Salón estalló en aplausos. La atención de todos estaba centrada en el Sombrero Seleccionador, que se inclinó a los estudiantes y quedó inmóvil de nuevo.
Mankar miró su muñeca y contempló el brillo intenso del brazalete, como implorándole ayuda, o una idea, o cualquier cosa que pudiera servirle. Sólo habría un error si no fueras mago.
Vito se levantó y, sacando a Mankar de sus pensamientos, se dirigió a los estudiantes otra vez:
—Serán llamadas primero las niñas y después los niños. Cada uno debe pasar adelante en cuanto lo llamen, probarse el sombrero y, después de escuchar la decisión, regresar a su asiento. ¡Mucha suerte a todos!
La profesora Black abrió una especie de libreta que tenía en la mano y, con la varita apuntando su garganta, dijo:
—Pasen al frente, por favor, todas las niñas cuyo apellido comience por A.
En ese momento, decenas de chicas se pusieron de pie y se dirigieron calmada y silenciosamente hacia la tarima en la que se hallaba el Sombrero Seleccionador. Formaron un grupo a un lado de la Mesa Alta, mientras la profesora Black llamó a la primera chica en ser seleccionada de todo el colegio:
—¡Amateratsu, Niko Hermi!
Y una niña pasó temblando visiblemente a sentarse en el taburete. Tomó el sombrero y se lo puso. No se oía ni un solo ruido, salvo las gotas de lluvia que empezaban a caer y chocaban en las ventanas. Segundos después, el sombrero gritó con emoción:
—¡GRYFFINDOR!
En ese momento, Mankar fue conciente, más que nunca, de la gravedad de su situación. Aunque tardarían mucho en llamarlo, poco a poco se acercaba el momento, y ya no tenía escapatoria. ¿Qué pasaría cuando el Sombrero Seleccionador no supiera en qué casa ponerlo? Ya podía imaginarse a Macnair riéndose y señalándolo, junto a todo su grupo de amigos.
Niko Amateratsu regresó a su asiento, en medio de aplausos y seguida por las miradas de cada niño, profesor y fantasma. Su uniforme tenía ahora los colores de Gryffindor. En su mesa, sus amigas la felicitaron y su silla ahora era también roja y dorada.
La profesora Black llamó a la siguiente niña casi al instante que el sombrero había ubicado a Niko. Así comenzó la selección. Poco a poco, incrementaron el número de niñas que ya habían sido llamadas. Probablemente, y, al igual que Harry Potter en su selección, no había ningún chico con su atención completamente fija en la ceremonia. En especial Mankar.
—¡Black, Atena Loony! —llamó la profesora.
—¡GRYFFINDOR! —gritó el sombrero.
—Apuesto a que la siguiente queda en Ravenclaw —susurró Haher.
—Para mí que queda en Hufflepuff —dijo Gonza.
—Creo que tiene cara de Slytherin —comentó pensativo Mankar, mientras Narcissa Comepán, se adelantaba al taburete.
—¡SLYTHERIN! —gritó el sombrero.
Narcissa bajó de la plataforma y caminó hacia su mesa, con su nuevo uniforme verde y plateado. Al pasar el pedestal que había en el centro del Gran Salón, Mankar miró a sus amigos, mientras la profesora Black llamaba a Oty Josefina Copbottom.
—Esta la ganaste, pero seguro que yo adivino la siguiente —le dijo Haher—. Y seguro que es Gryffindor.
—Yo creo que es Hufflepuff—intervino Gonza.
—Opino igual —respondió Mankar.
—Así no vale, tienes que decir...
—¡HUFFLEPUFF!
—¿Ya ves? Yo habría ganado —dijo Gonza.
—Bueno, mejor jueguen ustedes solos —concluyó Mankar, sonriendo. Era extraño: quería distraerse y a la vez no quería perderse ningún detalle. ¿Habría alguien más que creyera ser squib?
Delacour, Andrea Lilya... Devil, Silvana... El Mosri, Iame Linda... Evans, Lilyan Andreina... A Mankar se le hizo asombroso que ya fueran por los apellidos que empezaban por E.
De ahí en adelante, Mankar sintió que la ceremonia transcurrió muy rápido. Pasado un rato, Jessi Jordan fue ubicada en Gryffindor. Haher y Gonza seguían apostando quién adivinaba en qué casa quedaba cada una.
Después, cuando llegaron al final de la lista, Alita, Lalita, Roonilz, Rowlina y Luna fueron seleccionadas para Gryffindor, con lo que Haher se alegró mucho. Apenas iban en la mitad de la ceremonia. Faltaba mucho para que los llamaran a ellos.
—De ahora en adelante llamaré a los niños —anunció la profesora Black—. Acérquense, por favor, todos los chicos cuyo apellido empiece por A. ¡Aizawa, Kamui!
Uno por uno, los chicos también iban siendo seleccionados. Había transcurrido ya bastante tiempo, y todos empezaban a aburrirse, incluso quienes aún no habían sido seleccionados. De vez en cuando Mankar ponía atención a palabras como «¡Black, Matías Ezequiel!», «¡SLYTHERIN!», y la ceremonia continuaba... Había varios Black. Tal vez también había varios Weasley... además de su familia...
—¡Mankar, ese chico! —exclamó Gonza—. ¡El que acaban de seleccionar! ¡Es uno de la banda de Macnair!
Mankar miró al niño que acababa de ser seleccionado para Gryffindor, después del chico Black. Se sentó en una mesa y celebró con Macnair.
—¿Cómo se llama?
—No puse atención...
—¿Por qué está en Gryffindor?
—¡Brafajarte, Ricardo!
Mankar se calló. Había escuchado antes ese apellido. Y ese nombre. Y al mirar hacia el sombrero, se dio cuenta que también había visto antes a ese chico. Su amigo del colegio, Ricardo, se sentaba en el taburete del Sombrero Seleccionador.
—¡¿Él también?! —exclamó Gonza.
—¡GRYFFINDOR!
—No lo puedo creer... —decía Mankar, mientras Ricardo regresaba caminando a su asiento, bastante alejado del de ellos.
De nuevo, Mankar se quedó pensativo. Ricardo, Gesux y Gonza... Ellos eran muggles y ahora resultaban ser magos, y Mankar pasaba a ser el único no-mágico.
Gesux fue ubicado para Gryffindor también. Haher y Gonza continuaban con sus apuestas, pero Mankar se perdió en sus pensamientos. Un par de chicos de la banda de Macnair, quedaron en Slytherin.
—¡Granger, Carlos Luis!
—Mankar —le dijo Gonzalo—, mira, él también se junta con Macnair.
Carlos Granger, a quien Mankar recordaba del partido en el parque, ya se hallaba probándose el Sombrero Seleccionador. Mankar, Haher y Gonza casi creyeron escuchar que el sombrero gritaba «¡SLYTHERIN!», cuando lo que en realidad se oyó fue...
—¡HUFFLEPUFF!
—¿Hufflepuff? —preguntó Mankar—. ¿Cómo puede ir a Hufflepuff?
—Tal vez el sombrero se equivocó...
Granger regresaba a la mesa de su grupo. Mankar volvió a quedarse pensativo. Minutos después, la profesora Black estaba diciendo:
—¡Macnair, Juan José!
El grandote pasó. Se probó el sombrero y, después de un instante, se oyó la palabra:
—¡RAVENCLAW!
—Pero, ¿qué estarán tramando al quedar en diferentes casas? ¿Por qué no quieren ir todos a Slytherin?
Desde la mesa de Macnair, se escuchaban a sus amigotes gritar «¡Bien hecho, Juanjo!».
Mankar apoyó la cabeza sobre sus puños y, de repente, los aplausos se callaron por completo. La ceremonia se paralizó. La lluvia dejó de caer. El tiempo se había detenido y Mankar de nuevo veía los colores invertidos. Su corazón palpitaba muy fuertemente, y, de repente, todo volvió a la normalidad.
—¡Vamos, nos toca! —le decía Gonza—. «Los que faltan». ¡Rápido!
Al frente pasaban bastantes chicos, y se agrupaban a un lado de la Mesa Alta. Mankar, completamente desubicado, no entendía qué estaba pasando. Caminó mientras se aclaraba su mente, y entonces ya podía pensar con más facilidad. Estaban a punto de llamarlo para ser seleccionado.
Lo que fue para él un segundo o, tal vez, un día, tardó la profesora Black en decir:
—¡Umbridge, Gonzalo Manuel!
Gonza miró fugazmente a Haher y a Mankar, y pasó al frente. El Gran Salón entero tenía puesta su atención en la decisión del Sombrero Seleccionador. Mankar se sentía muy acalorado, pero tendría que controlarse, pues si se activaba el brazalete, podría ocurrir algo muy grave.
—¡GRYFFINDOR!
Mankar y Haher aplaudieron animadamente. Gonza regresó a su asiento, que ahora era escarlata y dorado, en la mesa que estaban ocupando antes. El chico tenía una sonrisa enorme que demostraba que había quedado en la casa que quería. Desde allí, le lanzó una mirada a sus amigos, que a la vez agradecía y daba ánimos.
—¡Weasley, Haher Roha!
Mankar por poco había pensado que lo habían llamado a él. Haher se adelantó hacia el taburete con el cabello dorado y se probó el sombrero. Ahora se oía que caía una lluvia muy fuerte. Viendo a su tío ahí sentado, sin duda a punto de ser seleccionado para Gryffindor, a Gonza también vestido de rojo y a sus amigos del colegio en la misma casa, Mankar obtuvo claramente un pensamiento: aún suponiendo que el Sombrero tomara una decisión normal, la casa a la que él debía pertenecer no era Slytherin ni Ravenclaw. Era...
—¡GRYFFINDOR!
Haher regresó lentamente a su asiento, en medio de tropiezos, con los nuevos colores de su casa en su túnica, aplaudido por todos sus compañeros. Celebró con Gonza muy alegremente. Ambos quedaron completamente rígidos esperando a que la Selección continuara con Mankar.
—¡Weasley, Mankar Merlín!
Era el momento. No había forma de escapar. Era de los últimos chicos, por lo que todos prestaban atención, pues su selección casi suponía el final de la ceremonia. Lo único que se oía más fuerte que el chocar de la lluvia contra el edificio, era el latido de su corazón.
Muy lentamente, Mankar se acercó al taburete, mientras escondía la muñeca en la que tenía el brazalete con disimulo. Por su mente recorrían los sucesos que había vivido desde la aparición de la gema. Tomó el sombrero, se sentó y se lo probó, cerrando los ojos muy fuertemente.
—Chico, ¿por qué has vuelto? —le susurró a Mankar una vocecilla—. Ya te ubiqué en una casa, no puedes pasar de nuevo. Si no estás conforme con la decisión, no puedo hacer nada...
«Yo no he sido seleccionado aún», pensó Mankar muy claramente, aferrado al taburete con todas sus fuerzas.
—Muy bien —le respondió el sombrero, tajante—. Mira, ha sido muy duro el trabajo de hoy, así que haré de cuenta que es la primera vez que vienes. —Mankar estaba demasiado confundido como para contradecirlo—. Después de todo, ¿quieres que te ponga en Slytherin?
Mankar se asustó en cuanto el sombrero lo propuso, pero de momento sólo quería estar en la misma casa que sus amigos. Abrió los ojos y miró con seguridad al interior del sombrero, pensando: «En Slytherin no, en Slytherin no».
—¡Cállate! ¿Tienes idea de cuántos chiquillos me han dicho lo mismo hoy? ¡Pero todos quieren seguir los pasos del famoso Harry Potter! ¡No me hagas perder el tiempo entonces! ¡GRYFFINDOR!
El chico quedó paralizado, mientras el Gran Salón, que sólo escuchó la última palabra que dijo el sombrero, estallaba en aplausos. No lo podía creer. ¿Eso era todo? ¿No le iba a decir nada el sombrero por el hecho de que él fuera un squib?
Aunque le molestó que fuera tan antipático, Mankar no pensaba preguntarle nada. Estaba realmente sorprendido, y no se movió hasta que la profesora Black le levantó el sombrero y vio a sus amigos ahí sentados, celebrando con la mayor alegría del mundo, junto a una brillante silla de color dorado y escarlata. Se levantó y caminó hacia allí, luciendo su nuevo uniforme de Gryffindor, y en su pecho un escudo con un león.
Mankar se sentó, volviendo un poco a la realidad. Chocó las palmas con Gonza y Haher le dio un emotivo abrazo. Estaba feliz. Aquello parecía demasiado bueno para ser verdad. En ese momento estaban siendo seleccionados los últimos niños, aunque Mankar no prestaba atención en absoluto.
Al poco tiempo, la ceremonia terminó y la profesora Black se llevó de nuevo el taburete. Vito se levantó, pero esta vez tardó un poco más en hacerse el silencio.
—¡Felicidades a todos, chicos! ¡Ahora, oficialmente, todos son estudiantes de Harrylatino! —se interrumpió un momento debido a un ensordecedor aplauso—. ¡Lleven con orgullo su uniforme! ¡Hagan que su casa quede en lo más alto! ¡Sean fieles siempre a sus colores! ¡Nunca se rindan! —y, por encima del ruido de todo el mundo, añadió—: ¡Pueden retirarse a sus Salas Comunes, sigan a su respectivo jefe de casa!
Tendrían que ser demasiados profesores para controlar a toda la multitud. Mankar miró hacia las puertas del Gran Salón y se dio cuenta que una gran mayoría vestía la túnica de Gryffindor, lo que significaba que era esta la casa más numerosa. Tal vez el Sombrero Seleccionador tenía derecho de sentirse irritado al ver que todos querían estar en la misma casa.
Junto a Haher y Gonza, se abrieron paso rápidamente para llegar primeros a la Sala Común. Afuera del Gran Salón, pudieron notar que la escalera de mármol era recorrida sólo por alumnos de Gryffindor y Ravenclaw, mientras que los de Hufflepuff se dirigían por una puerta a la derecha, y los de Slytherin, sin duda, caminaban hacia las mazmorras, lo que significaba que todas las Salas Comunes estaban ubicadas de igual forma a como Mankar sabía que estaban en Hogwarts. Por lo tanto, la entrada a la de Gryffindor debía encontrarse en el séptimo piso.
—¡Vamos, pronto! —exclamó Haher.
Los tres siguieron abriéndose paso entre la multitud. Al atravesar el gran grupo de Gryffindor, habiendo dejado atrás la escalera de mármol, la profesora Black, quien lideraba la marcha, los detuvo diciéndoles que debían andar con los de su casa si no querían perderse, por lo que no los dejó seguir avanzando.
Siguiéndola a ella, los de Gryffindor subieron por varias escaleras, atravesando varios pasillos. Había armaduras en algunos lugares y uno que otro fantasma era visto deslizándose de vez en cuando. En cada pared había numerosos retratos, con alegres ocupantes saludando a los niños.
—Este castillo tiene pasadizos por todos lados —explicó la profesora Black—-. Con el tiempo se acostumbrarán a usarlos.
Mankar llevaba la cuenta del piso en que iban. Al llegar al séptimo, los chicos buscaban por todas partes un retrato de una señora gorda vestida de rosa, pero la profesora Black se detuvo frente a un raro retrato de un hombre rodeado por leones. Dio una contraseña que no se entendió debido al ruido de los demás chicos y el cuadro se abrió. Entonces la profesora les indicó atravesar el hueco en la pared.
Haher, Gonza y Mankar entraron emocionados. Se hallaban, efectivamente, en una sala circular llena de mesas y sillones, pero mucho más amplia de lo que imaginaban. El fuego de la chimenea estaba encendido y, cuando Mankar lo vio, instintivamente se agarró la muñeca por donde tenía el brazalete.
Mankar por primera vez sintió sueño. La multitud de niños de Gryffindor los empujó hasta unas escaleras que, según un letrero, llevaban a los dormitorios de los chicos.
—¡Vamos arriba, no nos están viendo! —propuso Gonza.
Haher y Mankar estaban un poco indecisos, pero Gonza terminó convenciéndolos, así que subieron sin que nadie los viera. Se detuvieron frente a la primera puerta a la derecha, en la cual una placa decía:
HAHER WEASLEY
MANKAR WEASLEY
GONZALO UMBRIDGE
Debajo de esto, había espacio para dos nombres más.
—¡Aquí debe ser! —dijo Haher emocionado.
Mankar abrió la puerta y encontró la habitación redonda sin ningún otro ocupante. Los tres exclamaron asombrados. Había cinco camas con dosel y cortinas de terciopelo rojo oscuro. Debían compartir la habitación con dos chicos más, pero estos lógicamente no habían llegado.
Frente a cada cama se hallaba un baúl y Mankar reconoció el suyo de inmediato. Mientras él revisaba que sus pertenencias estuvieran en orden, Haher y Gonza también se dirigieron a su respectiva cama. Mankar encontró una nota en su baúl, escrita por su padre.
Hijo:
Lamento mucho todo lo que ocurrió. Espero que te encuentres bien. Ordené rápidamente tu baúl por ti, ya que estabas inconsciente. No estoy seguro de que esté todo, pues usé el hechizoBauleo*. Si hace falta algo, te lo puedo enviar.*
No olvides escribirme.
Un abrazo,
Merlín
PD.: Encontrarás un pequeño regalo. Nunca te di nada de felicitación por tu hazaña.
Sonrió al leerlo. Buscó el regalo de que hablaba su padre en la carta, y encontró un pequeño radio mágico. También estaban revueltos todos los libros de Mankar entre su ropa, y, escondida en un suéter, estaba la gorra invisible.
—Según el sombrero, yo sería un buen Ravenclaw —comentó Gonza, sentándose en su baúl.
—Igual yo —dijo Haher—. Aunque también pensó que podía estar en Slytherin... Pero yo tenía seguridad de que mi lugar está en Gryffindor. Y más aún cuando sabía que mis amigos iban a estar allí también. No me separaría de ellos por nada del mundo.
Mankar y Gonza sonrieron. Los tres pensaban en algo parecido, y luego de un corto silencio, Mankar dijo dudoso:
—Era algo... antipático... creo...
—¿Quién? —preguntó Gonza.
—El Sombrero Seleccionador. —Haher y Gonza lo miraron extrañados—. Sí... Es que se molestó cuando le pedí que me pusiera en Gryffindor.
Gonza rió.
—Pobre... —dijo—. Le toca igual que a Papá Noel. Trabaja un día y descansa el resto del año. Yo creo que ya estaba cansado por...
—¿Papá Noel? —interrumpió Haher.
—Sí. El mismo «Santa Claus» —respondió Gonza, pero Haher aún parecía más confundido—. El hombre que en Navidad le lleva regalos a niños de todo el mundo.
—No creerás en eso, ¿o sí? —dijo Haher, indignado.
—¡Claro que no! —respondió Gonza, sonrojado—. Ya estoy muy grande para eso...
—¿Qué les parece si vamos a explorar la Sala Común? —propuso Mankar.
—Ya debe estar llena de chiquillos —respondió Gonza.
—Entonces mejor nos levantamos mañana temprano —dijo Mankar.
Mientras los otros dos continuaban su discusión navideña, Mankar se despidió de sus amigos y se metió en las sábanas de su cama. Había sido el día más extraño que recordaba. Pensó que había tenido suficientes emociones ese día para toda su vida.
Hacía apenas veinticuatro horas que casi quemaba su casa y había caído inconsciente por el hechizo aturdidor de su padre. Merlín se moriría de la dicha en cuanto se enterara que su hijo era Gryffindor.
Tenía muchas preguntas en su cabeza. El Sombrero Seleccionador había dicho «Sólo habría un error si no fueras mago», y, sin embargo, lo ubicó en una casa sin sospechar que Mankar no lo era. ¿Era esa clase de error al que se refería? Pero también había escuchado hacía varios días una frase preocupante: «La varita escoge al mago», y, aún así, él poseía una varita. ¿Podía ser que el tener la gema clasificaba a Mankar como «mago»? ¿O podía ser que el siempre lo había sido? ¿O ambas cosas?
Haher y Gonza se quedaron hablando un rato, pero al poco tiempo decidieron irse a dormir.
Mankar no escuchó llegar a sus otros dos compañeros de dormitorio, pues lo último que escuchó esa noche fue a Gonza decir:
—Ese Macnair es un pesado... Muy bien que Mankar le haya dado su merecido. No puedo creer que nos haya llamado squibs... ¿Por qué diría que fuimos quienes prendimos fuego en el parque?