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Historia 31925 — capítulo 8

Mankar cada vez se preocupaba más. Desde el día en que jugó quidditch con sus primas había ocurrido una serie de acontecimientos que cada vez le hacían ilusionarse más con que él tal vez sí era un mago, pero sabía que si todo lo anterior había sido coincidencia, la verdadera prueba comenzaría el lunes siguiente, con el primer día de clases.

Aquel fin de semana era ideal para familiarizarse con el castillo y conocer todas las reglas del colegio. Los dos chicos que faltaban en el dormitorio de Mankar aún no habían aparecido la mañana del sábado y la placa en la puerta no les daba una pista de quiénes eran, pues el espacio para sus nombres se hallaba vacío.

Haher, Mankar y Gonza dedicaron su primera mañana a explorar la Sala Común. Subieron por toda la escalera de caracol, pero no parecía haber nada más que dormitorios. Sin embargo, al llegar al final, encontraron una alta y elegante puerta, que, por más que intentaron, no pudieron abrir.

En la Sala Común había también numerosas puertas además de las de los dormitorios, que llevaban a otras habitaciones donde podrían pasar el tiempo libre o tal vez estudiar tranquilamente, debido a que eran bastante numerosos los estudiantes en Harrylatino.

Había en cada lugar un tablón de anuncios que daba la bienvenida a los de Gryffindor y explicaba el sistema de puntos, pero Gonza no les dejó leer todo pues estaba muy ansioso por seguir explorando.

Luego, decidieron bajar a desayunar. Tomaron el mismo camino por el que habían subido a la Sala Común la noche anterior. Al llegar al Gran Salón, se sorprendieron, pues había ahora cuatro larguísimas mesas, para los alumnos de cada casa. El resto estaba casi igual que la noche anterior: la plataforma del Sombrero Seleccionador, el majestuoso pedestal en medio del salón, el techo invisible que mostraba el nublado cielo de afuera...

Mankar vio a Gesux sentado frente a Ricardo, con Jessi Jordan enganchada a su brazo, hablando muy animadamente en la mesa correspondiente a Gryffindor. Los chicos se acercaron a ellos para sentarse.

—Hola Mankis —saludó Jessi Jordan. Él le iba a responder, pero Ricardo lo interrumpió:

—¡Mankar! ¡Gonza! —exclamó—. Increíble que fuéramos magos, ¿verdad?

—Ehh...

—Bueno, yo no lo sabía realmente —continuó Ricardo—. Recibí una visita de un profesor de HL unos días antes de la última vez que nos vimos... Mis padres son muggles y creyeron que era una broma.

Continuaron hablando y se actualizaron de todas las cosas mientras desayunaban. Mankar se sentía un poco alejado, pues prefería no hablar mucho, pero Haher, que se estaba familiarizando con todos, exclamó:

—¡Y como Mankar nos libró de ese grupo de Macnair!

—Tú no estabas conciente —le recordó Gonza.

—Pero aún así, fue fabuloso. Me imagino la ola inmensa —continuó Haher, orgulloso de su sobrino, que estaba callado.

—Eres admirable, Mankis —dijo Jessi.

Gesux miró serio a Mankar y él se sintió aún más incómodo. Entonces habló de lo primero que se le ocurrió para cambiar el tema:

—Pues todos los de Gryffindor tendremos que esforzarnos para empezar a ganar puntos.

—Yo ya quiero abrir mi puntaje personal —comentó Haher—. No aguanto seguir pensando que estoy con cero puntos.

Ricardo y Jessi lo miraron extrañados.

—Pero, ¿por qué estás en ceros? —preguntó Gesux—. ¿Qué pasó con tus diez puntos de anoche?

—¿Anoche?

—A todos nos dieron diez puntos y los grabaron en nuestras tarjetas de estudiante —explicó Jessi.

—¿Tarjetas de estudiante?

—Sí —intervino Ricardo—. ¿Ustedes no estaban? La profesora Black nos dio a cada uno la tarjeta.

Haher se levantó de su asiento en el acto.

—Tenemos que ir a buscarla.

Mankar imitó a su tío, pero Gonza quería terminar de desayunar. Al final, accedió de mala gana, pues creyó que podrían seguir conociendo el castillo. Salieron del Gran Salón y cruzaron el vestíbulo hacia donde tenían entendido que era la sala de profesores, pero estaba cerrada.

Haher pensó en ir a preguntarle a Vito, el guardabosques, que por tradición vivía en una cabaña junto al bosque, pero no lo encontraron tampoco. Mankar miró hacia el inmenso lago y un tentáculo gigante se asomó a lo lejos por un instante.

Estaba haciendo bastante frío, así que decidieron regresar al castillo y buscar a la profesora Black piso por piso. Subieron la escalera de mármol. Tenían entendido que la jefa de Gryffindor dictaría la clase de Transformaciones, así que seguramente su despacho se hallaría en ese piso. Sin embargo, no la encontraron, y ninguno de los estudiantes les dio razón de ella.

Aprovecharon para explorar así el castillo. Había bastantes niños fuera de sus Salas Comunes. Pasillo por pasillo, encontraban gran cantidad de armaduras, retratos y otras decoraciones. Algo que destacaba por encima de todo, era un pedestal plateado que se hallaba casi en cada lugar, idéntico al que había en el centro del Gran Salón.

Cada piso parecía infinito. Gonza sugirió que la profesora Black no se hallaría muy lejos del camino a la Sala Común de su casa.

Al llegar de nuevo al séptimo piso, se dirigieron al retrato del hombre rodeado por leones, pero este no los dejó pasar.

—Permítanme ver sus tarjetas de estudiante y con gusto les daré paso —les dijo.

—Pero nosotros no las tenemos —respondió Haher, preocupado—. Es por eso que estamos buscando a la profesora Black para que nos las entregue.

—No los puedo dejar entrar a la Sala Común si no me muestran su tarjeta de estudiante. Además, chicos, estas no son horas de estar por aquí.

Mankar, Haher y Gonza se retiraron desilusionados, y vagaron por los pasillos del séptimo piso sin rumbo fijo.

—Seguro que esa vieja estaba allá adentro —dijo Gonza resentido.

—Esto es por tu culpa —le reprochó Haher.

—¿Mía? ¿Ahora qué hice?

—Tú nos convenciste de subir primero al dormitorio, en vez de esperar lo que nos dijera la profesora —le dijo Mankar, serio.

Anduvieron bastante callados. Había aulas en algunos lugares, muy retiradas de la entrada a la Sala Común, pero no pudieron entrar a ninguna. Había pedestales plateados en varios pasillos y frente a cada puerta. Cuando llevaban un rato caminando, se encontraron frente a un enorme tapiz, en el que unos trolls daban garrotazos a un hombre, que, al parecer, intentaba enseñarles ballet.

—Me parece familiar... —comentó Mankar.

Lo contemplaron unos instantes, pero la voz de Vito, el Guardián de las Llaves, resonó por todo el castillo:

—Todos los estudiantes deben estar reunidos en cinco minutos en el Gran Salón.

Los tres se miraron con los ojos muy abiertos.

—Vámonos rápido —dijo Mankar apresurado—. No es buena idea estar en problemas desde el primer día.

—Pero... —musitó Haher—, ¿en dónde estamos?

Mankar y Gonza lo miraron extrañados, luego, viendo a su alrededor, se dieron cuenta de que estaban perdidos.

—No vamos a llegar a tiempo si tomamos el mismo camino de regreso —dijo Mankar, preocupado.

—Pues bajemos por las primeras escaleras que veamos —propuso rápidamente Gonza—. ¡Vamos!

Siguieron a Gonza corriendo y afortunadamente fueron encontrando escaleras hasta llegar al segundo piso. Los chicos se preocuparon bastante, pues no sabían en qué parte se hallaban. Recorrieron rápidamente los pasillos buscando el camino que habían tomado la noche anterior para ir a la Sala Común. Cuando milagrosamente dieron con él, corrieron a toda prisa en sentido contrario hasta llegar a la escalera de mármol del vestíbulo. Una profesora estaba cerrando las puertas, pero ellos, mientras bajaban, le gritaron que aguardara un momento.

Al acercarse, miraron a la profesora con cara de disculpa, y ella les correspondió con una expresión que les produjo escalofríos. Era una mujer blanca, literalmente blanca, como un mimo, con labios rojos y tenebrosos ojos negros; alta y delgada, vestía ropa negrísima, que parecía sacada de una película de zombis. Y lo peor de todo: una larga y gruesa serpiente colgaba de sus hombros, por detrás de su cuello, imitando un collar. Mankar quedó paralizado.

—En el castillo no se corre —dijo con una voz fría—. Y a los profesores no se les grita. Déjenme ver sus tarjetas de estudiante.

Los chicos se miraron asustados.

—No la tenemos —respondió Gonza tímidamente.

—¿A qué se refieren con que no la tienen? Ustedes son de Gryffindor —señaló el escudo que tenía Mankar en el uniforme—, la profesora Sorceress debió habérselas entregado anoche. ¿O no? —añadió amenazadoramente.

—Es que nosotros... —comenzó Gonza.

—Me estaban acompañando al baño —interrumpió Haher—. Creo que comí algo que me hizo daño y... tardamos un poco. Cuando volvimos la profesora se había ido.

Mankar no se atrevió ni a sonreír. La serpiente lo miraba atentamente.

—Al baño... —repitió la profesora—. ¿Los tres juntos?

—Oye, Betty —le habló alguien que salía del Gran Salón—. ¿Está todo en orden?

La profesora se volvió a quien le hablaba y dijo:

—Sí, Sorceress, creo que encontré a los chicos que se te extraviaron anoche.

Se trataba de la profesora Black.

—¡Ah, bien! —exclamó ella—. ¿Ustedes son... —buscó algo en su bolsillo. Sacó tres tarjetas y leyó—: Mankar Weasley... Gonzalo Umbridge... y «Áer» Weasley?

—Sí, señora —respondían mientras los nombraba.

Haher, añadió:

—Pero se pronuncia «Jájer».

—«Jájer», sí, disculpa... —le dijo la profesora, entregándoles las tarjetas—. Le pregunté al director cómo se pronunciaba y me dijo...

—Sorceress —interrumpió Betty—, estos «valientes» —hizo énfasis con sarcasmo—, se perdieron en el baño anoche, y ahora han llegado tarde al Gran Salón. Además, me faltaron al respeto gritándome desde la escalera.

—Gracias, Betty, yo me encargo.

La profesora Betty entró al Gran Salón sin decir una palabra más y la serpiente levantó su cabeza como para ver a los chicos por última vez. Luego, la jefa de Gryffindor les dijo:

—Chicos, si hubieran estado anoche, no habrían llegado tarde ahora. Al menos leyeron el tablón de anuncios, ¿cierto? —los niños se quedaron callados, mirando a Gonza con reproche, pues fue él quien no se los dejó leer—. Ahí también decía que debíamos reunirnos aquí a esta hora. Por favor, que no se repita.

—Sí, señora —dijeron una vez más. Sorceress se hizo a un lado para dejarlos entrar.

—Si quieren un consejo —añadió ella, ajustando las puertas del Gran Salón—, traten de no meterse en problemas con la profesora Callahan.

—¿Quién?

—La profesora con quien se encontraron se apellida Callahan. Es la jefa de casa de Slytherin.

—Vaya, no me lo habría imaginado —susurró Haher con sarcasmo.

La profesora Black se dirigió a la Mesa Alta, y los niños buscaron un lugar en la mesa de Gryffindor. No encontraron asiento más que cerca de la mesa de los profesores, que era precisamente lo que Mankar quería evitar.

A su lado, estaban Ricardo y Gesux, y se saludaron. Mankar miró fugazmente a la Mesa Alta y distinguió a la profesora Callahan, que lo veía de una forma odiosa, acariciando la cabeza de la serpiente. Vito estaba sentado en el mismo sitio que la última vez, junto a las dos sillas doradas en el centro, que nuevamente se hallaban vacías. Frente a ellos, la plataforma del Sombrero Seleccionador destacaba más que la noche anterior.

—Lo más simpático de la profesora es la serpiente —dijo Gonza sarcásticamente.

—Las aborrezco —respondió Mankar—. A menos que quieran que los odie, nunca me acerquen a una serpiente.

—A mí me gustan —dijo Haher, algo dudoso.

—Mi boggart es un basilisco —comentó Mankar.

—Yo no le tengo miedo a nada —dijo Gonza, con orgullo.

—¿Has enfrentado boggarts? —le preguntó Haher a su sobrino, sorprendido.

En ese momento, Vito se levantó de su silla y los tres chicos tuvieron que callarse, pues el silencio se hizo de inmediato. El Guardián de las Llaves apuntó con su varita a su garganta y dijo:

—¡Buenos días, jóvenes magos! Nos reunimos para presentarles las formas de ganar puntos. ¡Quien más puntaje obtenga al final del curso, se convertirá en el Premio Anual! Tengo entendido que las jefas de casa les concedieron diez a cada uno anoche.

Hizo una pequeña pausa y rodeó la mesa dirigiéndose a la plataforma del Sombrero Seleccionador, mientras se producía un suave murmullo de afirmación. Gonza exclamó algo como «¡Está bien, es mi culpa!» y escondió la cabeza entre los brazos, apoyándose en la mesa.

—Primero será, por supuesto, de acuerdo al criterio de los profesores —continuó Vito—. Si ustedes participan en clases o demuestran conocimientos en la asignatura, obtendrán puntos —decía, parándose sobre la plataforma—. También de esto depende si colaboran con el orden, la disciplina, el cuidado de las instalaciones, entre otras cosas que todos los tablones de anuncios enumeran.

»Por otro lado, tendremos los clubes. Cada uno de ustedes, si lo desea, dispondrá de un espacio en el castillo, que podrán decorar a su gusto y utilizarán para organizar actividades que pueden ser tanto de estudio como de diversión.

—¿Ven? —les dijo Gonza—. Sólo los ñoños ganan puntos. Tendremos que hacer «clubes» —añadió burlándose.

—Quienes hayan explorado sus Salas Comunes —continuó Vito— se habrán dado cuenta que hay una puerta cerrada en las áreas de dormitorios. Todos tendrán acceso a los clubes por medio de estas puertas, a la hora que lo deseen. Las personas dispuestas a conformar un club o a consultar más al respecto, diríjanse a su respectiva jefa de casa al terminar esta reunión.

»Bueno, ya los aburrí bastante con esto. Ahora sí: ¡pasemos a algo divertido! —exclamó con emoción, y todos los niños se inquietaron—. Podrán honrar no sólo el nombre de su casa, sino también el de cada uno de ustedes. ¡Observen! —añadió, apareciendo por arte de magia una brillante copa plateada.

Todo el mundo mostró una sorpresa mucho mayor de la habitual. Vito sostuvo la copa por un instante, con los brazos extendidos para que todos pudieran verla.

—¿Qué es eso? —susurró Haher emocionado.

—¡Esta es —anunció la voz de Vito, que resonaba por todo el Gran Salón— la Copa de los Tres Magos!

—¡¿Habrá un Torneo de los Tres Magos?! —exclamó Gonza.

—No puede ser... —susurró Mankar. Lo único que faltaba era que hubiera un Cáliz de Fuego que escogiera nombres de participantes para el torneo y que, misteriosamente, además de los tres campeones escogidos, saliera el nombre de un cuarto campeón: Mankar Weasley, el squib.

—No se preocupen —siguió hablando Vito—, por ahora no habrá ningún Torneo de los Tres Magos. Esta copa —la señaló— es lo que ustedes llamarían una «forma divertida de hacer puntos». Diariamente, la copa será escondida entre una y cinco veces. Diez segundos después, ésta aparecerá en algún lugar del castillo. La misión de todos ustedes, jóvenes, es encontrarla. No se preocupen, no será en un laberinto con criaturas peligrosas. Recibirá cincuenta puntos para su cuenta personal la primera persona que la encuentre. Pero —añadió, subiendo un poco la voz— sólo uno de ustedes podrá agarrarla, es decir, nunca habrá empates.

—Conque los puntos son para ñoños, ¿no, Gonza? —le dijo Haher.

—Pero, ¿y cómo iba a saberlo?

—Cualquiera tendrá la posibilidad de encontrarla —decía Vito—. No tienen que ser grandes ni fuertes ni inteligentes. ¿Ven ese pedestal? —señaló el podio plateado en el centro del Gran Salón—. Se trata del lugar donde podría aparecer la copa. Hay pedestales dispersos por todo el castillo. Si alguno de ustedes la encuentra primero, tendrá que agarrarla fuertemente, apuntarle con la varita y decir «¡Click!». Con este hechizo, serán transportados a la plataforma en la cual estoy parado y automáticamente los cincuenta puntos serán grabados en su tarjeta de estudiante.

Todos los niños empezaron a hablar, obligando a Vito a hacer una pausa.

—¡Seré el primero en agarrar la Copa de los Tres Magos! —dijo Haher, muy emocionado.

—Pero cincuenta puntos no parecen ser muchos —se lamentó Gonza.

—No —intervino Mankar—. Pero imagina cuántos puntos harías si consigues atrapar la copa varias veces. ¡Y no olvides la fama!

—¿Qué les parece si lo intentamos en este momento? —preguntó con voz fuerte Vito, y, sin esperar respuesta, apuntó con su varita a la copa y ésta se esfumó—. ¡Cincuenta puntos al primero que la encuentre!

Lo que hizo Vito los tomó a todos por sorpresa. Mankar pensó en una fracción de segundo que era muy peligroso esconderla en ese preciso momento, cuando todos los chicos estaban reunidos en el mismo lugar, pues la multitud podría ocasionar un accidente. Sería muy irresponsable por parte de Vito hacer que todos salieran corriendo, por lo que seguramente previó que sería encontrada muy rápidamente. Además, era la primera vez. Sin duda alguna la copa había sido escondida en el Gran Salón.

Mientras los más rápidos en levantarse de su asiento ya corrían hacia el vestíbulo, Mankar miró en dirección al pedestal. La copa no estaba allí. ¿Entonces dónde podía estar?

Y recordó algo: la copa tardaba diez segundos en aparecer de nuevo.

—¡VAMOS, RÁPIDO!

Seguido por Haher, que tenía el cabello plateado, se levantó como un rayo con la intención de correr hacia el pedestal.

Mankar corrió rapidísimo, rodeando la mesa de al lado, pero, de repente, una niña de Hufflepuff se levantó, interponiéndose en el camino del chico. Mankar no pudo detenerse... pero no chocó con nadie. Mankar había atravesado a la niña. Al mirar de nuevo, la Copa de los Tres Magos se veía brillando en todo el centro del salón, a no más de cinco metros de él y, al parecer, nadie se había dado cuenta. Instintivamente, atravesó dos chicos más, como si fuera un fantasma.

Estaba ya casi junto al pedestal. Sentía a Haher correr tras él. En otra fracción de segundo, pensó que había hecho alguna magia que lo libraba de su materialidad, y por eso no chocó con ningún chico, pero aún así, no podía arriesgarse a agarrar la copa y exclamar un hechizo que tal vez no funcionara, por ser un squib.

Pero esto no le importó . Era la única forma de saberlo. En la siguiente fracción de segundo, estuvo a punto de tomarla (incluso tenía la varita lista) pero recordó que Haher venía corriendo con la ilusión de ser el primero en agarrarla. Ya habría otra oportunidad después para Mankar.

—¡RÁPIDO, HAHER!

Su tío llegó y casi resbala y cae al suelo, pero en ese momento, vieron que la copa ya no estaba. Juanjo Macnair se hallaba detrás del pedestal, agarrándola con una mano, apuntándole con la varita y, seguramente, exclamando «¡Click!».

El grandulón se esfumó provocando una ráfaga de viento. Mankar se dio la vuelta y, en la plataforma que hacía once o doce segundos ocupaba Vito, estaba Macnair, levantando en alto la brillantísima Copa de los Tres Magos.

Mankar se sintió bastante frustrado. Se había quedado junto a la copa esperando a Haher para que él la agarrara, de forma que ganaría la fama que deseaba y abriría su puntaje personal. Intentó rodearlo con el brazo, como gesto de consuelo, pero también atravesó a su tío.

Miró su mano, sorprendido por lo que había logrado hacer. De verdad había perdido su materialidad por arte de magia. Se sintió dichoso pensando que era magia accidental, pero puso un poco más de atención a su alrededor y notó que todos los chicos se atravesaban unos a otros, corriendo hacia la puerta en busca de la Copa. Los que ya se habían dado cuenta de que Juanjo la había atrapado hacían cosas graciosas como atravesar con el puño a su compañero de al lado.

Poco a poco, sin necesidad de que Vito lo dijera, todos regresaron a sus asientos. En la plataforma sobre la que se hallaba Macnair, brillaban ahora las palabras «Felicidades a Juan José Macnair por encontrar la Copa de los Tres Magos». Mankar y Haher se dirigieron a su asiento, sin verle la cara a Juanjo. Gonza se apartó y los dejó sentar a ambos.

—Bueno, la próxima vez será —les animó, intentando darle una palmada en la espalda a Mankar, pero atravesándolo. Mankar sonrió.

—Gonza tonto —dijo riendo, y le dio un puño en el estómago, que para nada le afectó.

Los tres chicos se empezaron a golpear, pero luego se vieron obligados a detenerse, pues el resto de niños ya se estaba callando.

—¡Felicitaciones, señor Macnair! —exclamó Vito. Con la varita aún apuntando a su garganta, continuó—: Como podrá notar en su tarjeta de estudiante, ahora tiene cincuenta puntos. Y eso no es todo: en este momento, usted es quien posee más puntos en Harrylatino. Por lo tanto, lidera el top de los estudiantes con más puntos en el colegio, y el top de estudiantes con más puntos en su casa, Ravenclaw, la cual en este momento se halla en primera posición en la competencia por la Copa de la Casa.

Todos los compañeros de casa de Macnair estallaron en aplausos desde su mesa. En ese momento Mankar vio a Juanjo a la cara. Éste también lo estaba viendo. Se lanzaron ambos una mirada asesina.

—Supongo que todos ustedes se preguntarán por qué tenían la habilidad de atravesar a los demás —continuó Vito—. Resulta que en cuanto la copa es escondida, para evitar cualquier clase de accidente, la magia del castillo los inmaterializa a todos contra las demás personas. Y tiene otra ventaja: así se darán cuenta cuándo la Copa de los Tres Magos se ha escondido y en qué momento es encontrada. Por esta ocasión, ustedes aún pueden seguir atravesándose unos a otros, pero en cuanto la copa deje de brillar, que será siempre de inmediato, recuperarán su materialidad.

En ese momento, la copa perdió su brillo y todos volvieron a la normalidad. Mankar, sin darse cuenta, estaba atravesando a Haher con un codo, pero éste no se quedó atrapado en el cuerpo de su tío, sino que fue empujado hasta salirse de él. Algunos niños se cayeron de sus sillas al salir empujados por sus compañeros, que ahora eran sólidos.

—La Copa permanecerá en esta plataforma mientras no esté escondida, bajo protección poderosísima, así que no intenten acercarse a ella. Estén, pues, en alerta permanente. ¡Cualquiera puede ser Premio Anual, no se rindan! ¡Disfruten lo que queda de su fin de semana!

Todos los niños se levantaron de nuevo de sus asientos. Mankar, Haher y Gonza se quedaron un rato, pensativos.

Haher le sonrió a su sobrino de forma que le demostraba lo agradecido que estaba por haberlo esperado para que fuera él quien ganara los puntos. En ese momento, Mankar se dio cuenta que sentía un gran afecto por sus amigos.

Abandonaron de últimos el Gran Salón, y salieron al patio, pero lo que les esperaba afuera los hizo arrepentirse de su tardanza.

Juanjo Macnair, respaldado por al menos seis grandotes más, apareció de repente, cuando los tres chicos habían bajado la escalera de piedra. Mankar agarró fuertemente la varita de su bolsillo.

—Tenemos una cuenta pendiente —les espetó Macnair, mientras él y su banda avanzaban para acorralarlos contra un muro del castillo.

—Es verdad —respondió Gonza, retrocediendo—. Nos faltó el jabón.

—Te arrepentirás, mestizo —le respondió Juan Carlos Gaunt, un grandote de Slytherin.

—Tranquilo, Bog, aún no —le dijo Juanjo.

—No les tenemos miedo —anunció Haher, amenazante.

—Miedo es una palabra clave —respondió Juanjo—. Es precisamente lo que deben tener: miedo del Poder Calamar.

—Y tanta agua no te lavo bien los oídos, ¿verdad? —dijo Mankar con odio—. Entonces aquí va —levantó su varita y gritó—: ¡AGUAMENTI!

Pero la ola que Mankar esperaba que saliera de su varita como en el tren no apareció. Los tres chicos se quedaron expectantes viendo la punta de la varita, pero todo seguía igual de seco. En cambio, Macnair ni siquiera se movió un poco, y tampoco ninguno de sus amigotes, como si hubiera sido exactamente lo que esperaban.

¿Qué ocurría? La gema debía de estar haciendo su trabajo...

Muchos estudiantes se iban acercando, curiosos.

—Es nuestro turno —dijo Macnair triunfante—. Lo siguiente es un genial invento de nuestro amigo Boggart —señaló a Gaunt—. Ya verán por qué lo llamamos así. Y por qué miedo es una palabra clave. Haz los honores, Bog.

Boggart levantó su varita hacia Gonza y exclamó:

—¡Expecto Boggart!

Sólo escuchar el conjuro los hizo saber a qué se enfrentaban. El hechizo que lanzó Gaunt haría a Gonza enfrentarse a su mayor miedo. Lo que salió de la varita los asombró a todos.

—¡Una chica en traje de baño! —exclamó Macnair, riendo a carcajadas, junto con toda su pandilla y muchos de los estudiantes que se habían acercado a curiosear.

El boggart avanzaba caminando hacia Gonza, que estaba completamente colorado. Mankar habría sonreído, pero era conciente de que si el boggart se dirigía a él (cosa que en cualquier momento podía pasar) aparecería un basilisco. Se alejaron de la chica lo más posible, buscando alguna salida.

—¡INCENDIO! —gritó Mankar con la intención de hacerle daño a Juanjo o a Boggart. Pero nada pasó. ¿Qué iba a hacer él, si no podía realizar los únicos hechizos que sabía hacer?

Macnair sonrió ante el intento de Mankar de quemarlos, y le hizo señas a su amigo para que enviara el boggart hacia él. Entonces el chico se dio cuenta: Gaunt mantenía su varita apuntando a la criatura, así que, en cuanto dejara de hacerlo, el boggart se esfumaría.

En ese momento, Gaunt movió su varita en dirección a Mankar. La chica en traje de baño se dirigió también hacia él, dejando a Gonza inconsciente en el suelo. Tenían una fracción de segundo antes de que apareciera el basilisco.

Pero la palabra que estaba a punto de decir Mankar no salió de su boca, sino que se escuchó a Haher gritarla.

—¡EXPELLIARMUS!

La varita de Boggart saltó de su mano y fue a parar a varios metros de distancia. De la chica en traje de baño, que por un ínfimo instante había sido verde y de siete metros de largo, no quedó más que su huella en el césped.

Macnair apenas reaccionó. Intentó conjurar otro boggart pero Haher había sido más rápido que él y lanzaba encantamientos de desarme a cada uno de los grandulones. Por último, gritó:

—¡Aguamenti!

Y un poderoso chorro de agua derribó a los miembros del Poder Calamar, que buscaban angustiados sus varitas.

Todos los presentes aplaudieron animados. Mankar vio a Haher maravillado, orgulloso de él, y a la vez preocupado, por haber fallado y no haber podido demostrar su poder mágico.

Pero de repente todo el mundo se calló y los estudiantes se fueron dispersando. Caminaba hacia Mankar la profesora Callahan.