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Historia 31925 — capítulo 9

—Tal y como lo pensé: no son más que un trío de lobos con piel de oveja.

La voz de la profesora Callahan resultaba más fría aún que su despacho, al que casi de inmediato llevó a Haher, Mankar y Gonza, tras mandar a un chico a que llamara a la profesora Black. Los tres niños no se habían atrevido a pronunciar palabra alguna.

Apenas un débil rayo de sol se colaba por entre la negra y gruesa cortina. La habitación era iluminada por una lámpara mágica, que más bien volvía tenebrosas las siluetas de los muebles, o de los polvorientos libros que se amontonaban en oscuras estanterías. Parecía un desperdicio que el despacho se hallara en el cuarto piso del castillo, pues era la clase de lugar que uno espera encontrarse en una mazmorra.

Los chicos estaban de pie, en frente del escritorio al que se sentaba la profesora. Mankar estaba completamente paralizado, mirando en el suelo a cualquier lugar en que se pudiera encontrar la serpiente.

—Estoy segura de que la profesora Sorceress considera muy simpática la manera en que ustedes rompen las reglas —continuó la profesora Callahan, con un tono que parecía que estaba a punto de estallar de ira—. Ella tal vez no vea más allá de sus caritas de niños buenos.

»Mas en mis manos no está el castigo, sino en las de su querida jefa. Créanme que las cuatro faltas que han cometido son suficientes para expulsarlos de Harrylatino.

Hubo un breve silencio. Mankar casi creyó escuchar algo que se deslizaba por el suelo. En ese momento, entró Sorceress.

—¿Qué ocurre? —exclamó alarmada.

—Que tus leones te lo expliquen —respondió la profesora Callahan, en tono malévolo.

Haher empezó tímidamente el relato. Tal vez se sentía algo culpable, pues él había sido quien atacó al Poder Calamar. Lo contó todo. Sorceress se asombró cuando escuchó lo del hechizo que creaba boggarts, y le dirigió una sonrisa cómplice a Gonza cuando escuchó cuál era su mayor miedo. La profesora Callahan hizo un sonido de indignación y se retiró en el acto, gruñendo algo como «Voy a escribirles a sus padres, eso sí lo puedo hacer», con lo que los chicos se inquietaron.

—¿Pero es que ustedes no saben con qué hechizo se derrota a un boggart? —preguntó la profesora Sorceress, asombrada, intentando hacerlos pensar en otra cosa.

—Lo que pasa es que el boggart de Mankar es un basilisco —explicó Haher—. Él nos lo dijo. Al siguiente que querían atacar era a él, y pues... no tuve otra opción... no había tiempo. Mankar no parecía saber qué hacer y Gonza estaba desmayado...

—Era difícil intentar algo —intervino Gonza—. Aún no sabemos hacer casi ningún hechizo.

La profesora Black lo miró asintiendo levemente con la cabeza.

—Saquen sus tarjetas de estudiante —les pidió—. Serán veinte puntos.

Mankar miró asustado su tarjeta, que hasta entonces no había visto detalladamente, y se asombró:

HARRYLATINO IDENTIFICACIÓN DEL ESTUDIANTE

Mankar Merlín Weasley ID: 6102 Estudiante Gryffindor - Primer curso 20 puntos - Posición: 2

—Pero no se lo digan a la profesora Callahan —susurró Sorceress, guiñándoles un ojo.

—¡Gracias! —exclamaron los tres al mismo tiempo.

La profesora Sorceress vio en ellos algo (¿valentía?) que más allá de ser una falta en las reglas, era motivo de premio. Les hizo señas para que abandonaran el despacho de la profesora Callahan y salió tras ellos.

—Traten de no meterse en problemas, chicos —dijo la profesora Black, antes de darse la vuelta e irse caminando por el pasillo.

—¡Nos salvamos! —exclamó Gonza, eufórico—. ¡Y ganamos puntos! —Intentó darle una palmada en la espalda a Haher, pero lo atravesó por completo. Los tres tardaron un instante en reaccionar, y luego salieron corriendo a toda velocidad en busca de cada pedestal que encontraran, hasta que recuperaron su materialidad y, desilusionados, regresaron a su Sala Común.

—¡Qué cochinos embusteros! —exclamó Haher indignado, la mañana del lunes, cuando estaban desayunando en el Gran Comedor—. ¡Estudios Muggles dos días a la semana!

La profesora Sorceress acababa de pasar entregándoles los horarios. Al parecer, había de varios tipos, y ella les asignó a los chicos el mismo.

—Bueno... tenemos ahora Historia de la Magia —dijo Gonza, leyendo el horario—. El aula queda en el cuarto piso. Tal vez debamos irnos rápido, mientras nos familiarizamos con el castillo.

Echaron un vistazo a los relojes de arena que había junto a las puertas del Gran Salón, en el vestíbulo, los cuales indicaban las posiciones de las casas. Las cuatro habían ganado puntos, pero Ravenclaw y Gryffindor sobresalían por encima de las otras dos.

Subieron lentamente la escalera de mármol. No fue difícil dar esta vez con las escaleras que llevaban al cuarto piso. Faltando un minuto para las nueve de la mañana, los chicos estaban haciendo fila, junto con otro grupo de alumnos de Gryffindor, entre los cuales estaban Ricardo, Gesux, Alita, Lalita y Jessi Jordan, y algunos de Slytherin.

Mankar estaba bastante emocionado. Sabía que Historia de la Magia sería sólo teoría, pero de todas formas iba a ser su primera clase en Harrylatino.

La negra puerta del aula se abrió. La profesora Callahan se asomó y les indicó que entraran a su salón.

«No puede ser... esa vieja nos va a dictar Historia... —pensó Mankar—. ¿Cómo pude olvidarlo? Su despacho está en este mismo piso...»

Miró a Haher y a Gonza y tenían la misma expresión de sorpresa, angustia y fastidio.

—Vaya forma de iniciar la semana —susurró Haher.

De muy mala gana, entraron, pero se sentaron lo más alejado posible de la profesora Callahan. El salón era una versión amplia de su despacho, con escritorios para cada alumno.

Cuando todos estaban ubicados, habló con su fría voz.

—Mi nombre es Beatriz Callahan. Soy su profesora de Historia de la Magia y la jefa de la casa Slytherin. —Pasó sus ojos sobre cada cabeza como si deseara advertir a cada uno que no desearían tener problemas con ella—. A muchos profesores de este lugar les gusta que los llamen por su nombre. A mí no. En mi clase no admitiré irrespeto por parte de nadie. —Miró a Mankar como si le hablara exclusivamente a él.

»No me interesa si piensan que esta clase es aburrida, y mi objetivo no es que aprendan a valorar las raíces de nuestra cultura. A mí me pagan igual si sus cráneos continúan vacíos al final del curso. Sólo les pido que me dejen hacer mi clase, en orden. —Sus horribles labios rojos casi brillaban malignamente desde donde estaba parada—. Y lo primero que haré para asegurarlo será asignarle a cada uno el puesto que deben ocupar durante mis clases. Ustedes tres —dijo a Mankar, Haher y Gonza, quienes se sobresaltaron—, no los quiero ver juntos.

Mandó a cada uno a sentarse en un rincón diferente y continuó ubicando al resto de los alumnos. A Mankar lo sentó junto a un chico de Slytherin, Matías Black. La profesora Callahan revisó la asistencia y prosiguió con su discurso acerca de la disciplina, la presentación personal y la responsabilidad. Luego, los mandó sacar el libro Origen mágico 1, y los hizo leer un capítulo que hablaba sobre la clasificación de los hombres como seres mágicos. Sin duda Callahan le daba un gran valor a la pureza de la sangre.

Mankar trató de hacer exactamente todo lo que ella decía, para que dejara de tenerlo en la mira, pero era demasiado increíble el tema de la clase: muggles, magos, mestizos, «sangres sucia», hombres-bestia y... squibs. Según el libro, éstos dos últimos eran tristemente rechazados por la sociedad, pero no daba ningún mensaje de cambio; más bien daba a entender que eran peligrosos o inútiles.

Los squibs son discriminados tanto por magos como por muggles. Incluso algunos magos se hacen llamar «Caza-squibs» y se dedican a eliminarlos, para purificar las razas.

Haher y Gonza por nada del mundo lo rechazarían... ¿o sí? Pues... su tío se lo confesó: antes no le agradaba porque pensaba que no era mago.

«Debo dejar de dar todo por perdido, más bien pensar en positivo», se dijo Mankar.

Pero fue difícil concentrarse. Al finalizar la clase, la profesora Callahan les dejó como tarea realizar un resumen del texto que leyeron.

—Míralo por el lado bueno —le dijo Haher a Mankar, mientras hacían fila para entrar al aula de Pociones, en las heladas mazmorras—. No tenemos que volverla a ver sino el miércoles, y no más hasta la próxima semana.

—El lado bueno es que no tenemos que usar varita —le respondió el chico, sin darse cuenta de lo que decía.

—¿Por qué? —preguntó Gonza.

—Si llegáramos a cometer un error sería capaz de castigarnos por una semana —dijo Mankar, con un salto de corazón.

La puerta de la mazmorra se abrió. Una alegre profesora salió a recibirlos, y se quedó junto a la entrada saludando a cada niño que ingresaba. Mankar iba muy distraído, casi ni se fijó lo que hacía, y se sentó en la misma mesa que Haher y Gonza.

«Bueno, en Pociones no se necesita mucho el uso de la varita... —pensaba—. Por ahora estoy a salvo. Pero luego tendremos clase de Encantamientos. ¿Qué haré entonces?»

Mankar veía en su mente las palabras escritas en el libro Origen mágico que hacía poco había leído. La profesora lo sacó de sus pensamientos.

—Buenos días, jóvenes —saludó sonriente—. Soy Anna Black, su profesora de Pociones y jefa de la casa Hufflepuff. Hay varias profesoras con mi apellido, así que pueden llamarme por mi nombre, siempre y cuando sea de manera respetuosa.

»Lo que ustedes aprenderán en mi clase no es como cualquier receta de cocina. Realizar pociones es un arte. Una poción puede salvar la vida, así como puede acabarla. ¿Alguno puede nombrarme una poción?

Mankar levantó la mano. La profesora Anna le dio la palabra.

—La poción multijugos —dijo tímido.

—Una de las pociones más poderosas que hay. Y es difícil de preparar. ¿Cuáles son sus efectos? —preguntó.

—Transforma a una persona en otra —dijo Mankar—. Le da sus características físicas exactas y sus habilidades. Su efecto dura aproximadamente una hora. Pero sólo se puede usar con humanos —y añadió mentalmente: «¡Eso es! ¡Lo que yo necesito!».

—Perfecto, señor...

—Mankar Weasley.

—Se ha ganado cinco puntos, señor Weasley —dijo la profesora, guiñándole un ojo, y escribió en el pizarrón «Poción Multijugos». Mankar se alegró muchísimo—. ¿Alguien me puede nombrar otra poción?

La clase continuó de esa forma. Cuando ya tenían una buena cantidad de pociones en el pizarrón, la profesora Anna los hizo tomar apuntes. Luego se dirigió a un armario y sacó varios tarros con ingredientes de pociones, algunos muy asquerosos, otros atractivos. Los rotó por todo el salón explicando las propiedades de cada uno, para familiarizar a los chicos, y los hizo tomar apuntes de nuevo.

A la hora de comer, todos los chicos hablaban muy animadamente acerca de lo que estaba resultando su primer día. Otros chicos que habían tenido Pociones con otro profesor no se veían tan satisfechos con la asignatura. La mayoría hablaba muy bien de la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras, e incluso a algunos les había gustado la clase de Estudios Muggles.

Pero, muy a pesar de Mankar, la clase de Encantamientos llegó. Él, Haher y Gonza se dirigieron a un aula del segundo piso, y esperaron en la fila a que la puerta se abriera.

Un hombre alto y joven se acercó. Usaba gafas oscuras cuadradas y llevaba un gran saco en el hombro. Saludó a los niños mientras abría el aula con un toque de su varita. Entró él primero, colocó en una mesa el saco que llevaba y esperó a que todos se ubicaran para empezar a hablar:

—Bienvenidos, aprendices de mago y bruja, a la clase de Encantamientos —saludó sonriente—. Soy el profesor Zancaturno Zancaturtania, y pueden llamarme así. En mi clase no daré mejor nota a quienes hagan los hechizos más sorprendentes. No: para mí es más importante el esfuerzo. Tal vez ustedes deban aprender al menos lo más básico de utilizar su poder mágico, pero tendré más en cuenta su actitud frente a la clase. ¿De acuerdo? —Hubo un suave murmullo de afirmación—. Bien. ¿Quién de aquí ha realizado hechizos con su varita?

Algunos chicos levantaron la mano. Haher también lo hizo.

—Mankar, alza la mano —le dijo a su sobrino.

Muy de mala gana, el chico la levantó. El profesor Zancaturno continuó:

—Uy, son bastantes. ¿Qué hechizo hiciste tú? —le preguntó a un chico cercano a él.

—Alohomora —respondió.

—¿Y tú? —le preguntó a otro.

—Fregotego.

—Ah, ¿te lo enseñó tu mamá? ¿Y tú?

—Alohomora, también.

—¿Cuál hiciste tú?

—ExpelliarmusyAguamenti. Y una vez Lumos.

El profesor Zancaturno miró a Haher un poco más serio.

—Ah... ustedes son los chicos del problema ese... Bueno, ¿y tú?

—Incendio —dijo Mankar dudoso.

—Vaya, increíble... Bien. ¿Quién puede decirme lo que se necesita para conjurar un patronus corpóreo?

—Decir Expecto Patronum —contestó tímidamente una chica.

—Bueno, sí. El conjuro es importante en algunos casos, pero recuerden que los magos pueden hacer hechizos no verbales en cuanto ganan experiencia. ¿Qué otra cosa se necesita?

—Ser un mago —respondió un chico de Hufflepuff. Era Carlos Granger, del Poder Calamar. Miró a Mankar con burla.

—Bueno, obviamente...

—Se necesita fuerza mental y pensamientos alegres —dijo Mankar en voz alta.

—Perfecto señor... Weasley, ¿cierto? Cinco puntos para su cuenta —el chico sonrió con sorpresa. Zancaturno continuó—: Y si ustedes exclaman el conjuro una y otra vez sin estas dos cosas, muy difícilmente lograrán hacer salir siquiera niebla plateada, así como podrían gritar Avada Kedavra y no hacerle daño a nadie.

»Cada hechizo es único, todos necesitan algo diferente. No basta sólo con el conjuro; no se puede mover una pierna con solo decirlo. Deben conectarse con su varita. —Mankar se dio cuenta que era lo mismo que su padre le había dicho hacía unos días—. El ejercicio de hoy es el siguiente: de los cuatro hechizos simples que hay anotados en el pizarrón, ustedes deben escoger uno de ellos y practicarlo. Poco antes de finalizar la clase, pasaré revisando los avances. Todos ustedes deberán ser capaces de realizar al menos uno de los hechizos, y lo tendré en cuenta para siguientes evaluaciones.

Mankar leyó el tablero. Podían escoger entre Wingardium leviosa, Fregotego, Alohomora y Lumos. Estaba anotada también la forma en que debían ejecutarlos.

Zancaturno pasó entregando plumas a quienes deseaban practicar el encantamiento de levitación, candados a los que escogieron Alohomora y objetos manchados a quienes usarían Fregotego. Permitió a los que ya lograban un hechizo que lo siguieran perfeccionando.

Gonza le pidió a Zancaturno una pluma, y Haher un zapato embarrado. Mankar estaba indeciso entre Lumosy Alohomora, pero de todas formas le pidió al profesor un candado.

Toda la clase miraba el pizarrón e imitaba los movimientos de la varita que explicaba, y pronunciaba los conjuros. Haher con sólo intentarlo una vez logró hacer salir pompas de jabón del zapato, dejándolo impecable. Gonza tenía un problema con el movimiento de muñeca, pues lo hacía con mucha fuerza. Mankar sin duda estaba siguiendo las instrucciones de manera exacta, pero no provocaba ningún efecto sobre el candado.

—¡Alohomora! —decía incansablemente.

Se sentía parecido al día en que compró su varita. Intentó pronunciar el conjuro de todas las formas, alargando sílabas, cambiando acentos... Daba toques al candado con toda la concentración que podía, pero era inútil. Se estaba comenzando a sentir muy acalorado. Trató de calmarse, pues aún recordaba lo que había pasado las veces que intentó hacer hechizos, así que lo intentó con otro.

—¡Lumos!

Carlos Granger levantaba su varita iluminada en la punta, y el profesor se acercó a él para felicitarlo.

—Siente la varita como parte de ti—le decía a Mankar la voz de su padre en la mente.

—Lumos...

La varita seguía igual. Haher había lavado un montón de veces la bota y ahora practicaba también con un candado, que abrió de inmediato. Gonza hacía mover su pluma como si soplara sobre ella, pero aún no lo conseguía. Otra pluma flotaba alegremente cerca del techo, y era controlada por Oty Copbottom, una chica de Hufflepuff.

Mankar se sentía tan frustrado que tenía ganas de llorar.

—Fregotego... Wingardium Leviosa... —decía desanimado.

Haher logró todos los hechizos. Gonza se esmeró en perfeccionar Wingardium leviosa, y lo conseguía. Mankar continuó sin tener éxito, y Haher se preocupaba.

—Concéntrate Manu, relájate, tú puedes.

Mankar ya se estaba rindiendo. Zancaturno se acercó a él y también intentó animarlo.

—Mira, chico, entiendo que te sientas un poco presionado —le dijo—. Por esta vez no calificaré de forma definitiva, pero prométeme que practicarás en tu tiempo libre y la próxima clase me traerás un hechizo preparado. ¿Te parece?

—Lo intentaré, profesor.

Pero resultaba imposible cumplir esa promesa. Durante todo el día, Mankar se encerró en su dormitorio, en su cama, con las cortinas corridas, practicando los cuatro hechizos, pero nada funcionaba. Estaba demasiado desilusionado y se sentía deprimido.

Intentó despejar su mente comenzando la redacción para Historia de la Magia, pero escribir sobre squibs rechazados no le ayudaba.

Así que decidió postergarlo y pasar más tiempo con Haher y Gonza. Tampoco conocía a muchos chicos de su casa y no quería perderse de nada. El día siguiente tardaría en llegar.

La clase de Herbología la realizaron por la mañana en uno de los invernaderos que quedaban tras el castillo. La profesora Ginny era igual de amable que la mayoría de profesores. Vestía una túnica elegante, como si estuviera en una ceremonia, lo cual era bastante extraño tratándose de la clase en que más se debían ensuciar. Según ella, los magos son sucios cuando quieren, pues poseen una varita con qué limpiarse las manchas en la ropa. Afortunadamente, no les mandó a hacerlo. Se limitó a explicarles los temas que verían durante el curso, y les mostró algunas de las plantas mágicas que había allí.

En Estudios Muggles, la profesora Fairy Black anunció que a esta materia se le daría un enfoque mágico; es decir, que estudiarían la literatura mágica, las aplicaciones matemáticas en el mundo de los magos, geografía de lugares que los muggles no conocían, entre otras cosas. Aprenderían algunos conceptos de magizoología, pero profundizarían más en el área quienes desearan tomar clase de Cuidado de Criaturas Mágicas. De igual forma, verían los temas de plantas mágicas y sucesos importantes en las clases de Herbología e Historia de la Magia, respectivamente.

El segundo día de clases, Mankar estaba resultando mejor de lo que esperaba, pues hasta entonces no había tenido que usar la varita. Incluso su participación en clase le había concedido diez puntos más a su cuenta.

Pero más tarde tendrían el Taller de Vuelo, seguido de dos horas de Defensa Contra las Artes Oscuras. Y no había escapatoria. Mankar pensó en fingirse enfermo para faltar a la clase de Vuelo, pero ¿y después?

La mejor forma de salir del problema era enfrentándolo. Haher y Gonza se hallaban bastantes ilusionados con volar. El primero, que tenía un poco de experiencia, quería demostrarla, y el segundo, jamás había montado en escoba. Mankar les confesó que tenía miedo a las alturas.

—Pues, no te preocupes —le dijo Haher—. Nos tienes a nosotros si necesitas algo. Además todo estará bajo el control del profesor o profesora.

Ellos tres, junto con varios compañeros de todas las casas, se reunieron en un prado cercano al bosque para asistir a la clase. Mankar no había podido sacar de su mente la tarea que le dejó el profesor Zancaturno, pero el ver las docenas de escobas alineadas en el suelo lo asustó en extremo.

La profesora Tita les daría el Taller de Vuelo. Saludó a todos y les dio las indicaciones básicas para montar en escoba. Lo principal era mantener la calma. Los ubicó a cada uno en un lugar.

—¡Arriba! —empezaron a decir todos los chicos, con la mano extendida sobre la escoba.

La de Mankar estaba congelada, mientras que la de Haher se levantó del suelo en el acto. Gonza solo la hacía rodar un poco.

En un momento, presa del pánico, Mankar agarró con disimulo la escoba, como si el llamarla hubiera funcionado.

La profesora Tita les mostró cómo debían montarse en la escoba, y de qué forma debían sujetarla.

—En cuanto les diga, quiero que todos den un salto en el suelo. Empezarán a elevarse. No vayan muy alto, para evitar accidentes. Cuando quieran, inclínense un poco para bajar. ¡Ya!

Y todos los chicos dieron patadas y saltos. Algunos tuvieron que hacerlo dos o tres veces. Docenas de siluetas se elevaban, excepto la de Mankar, que brincaba desesperadamente en el césped.

Juanjo Macnair pasó volando y soltó una carcajada. Tita se molestó mucho con él por su actitud y por faltar a las instrucciones. A Mankar no le dijo nada además de la sonrisa de compasión que le dirigió.

El chico no aguantó más y se fue corriendo al castillo. Subió hasta el séptimo piso y se quedó acostado en su cama, pensando... Se quedó así toda la tarde. No asistió a Defensa Contra las Artes Oscuras.

Haher y Gonza intentaron animarlo, pero Mankar estaba demasiado deprimido.

—Mira, Mank —le animó Gonza—, no puedes dejar que te afecte el solo hecho de que no puedas volar en escoba...

—Manu, estás preocupado porque piensas que eres un squib, ¿verdad? —le dijo Haher, apoyándose con el codo en el hombro de Gonza—. Eso fue hace mucho. Tú ya demostraste lo contrario. Tienes que relajarte y... ¡y! ¡ahhh!

Haher perdió el equilibrio y atravesó a Gonza. Cayó al suelo y se levantó a toda prisa. Salió de la habitación como un rayo casi dejando una estela de humo, tras Gonza, que se había ido aún más rápido.

Lleno de ira, Mankar empezó a exclamar cuatro cosas sin cesar, hasta que perdió el aliento y se quedó dormido:

—¡Wingardium leviosa!... ¡Alohomora!... ¡Fregotego!... ¡¡LUMOS!!

Así que llegó el día. Tenía clase de Encantamientos e Historia de la Magia. Mankar no había hecho ninguno de los deberes que le habían dejado, pero primero tenía clase de Transformaciones.

Se sentó a desayunar solo. Haher y Gonza estaban en otro lado de la mesa. Seguía molesto con ellos por abandonarlo sólo porque habían escondido la Copa.

De repente, vio que entraban cientos lechuzas al Gran Salón, y una de ellas se detuvo ante él. Era Mallow. Traía una carta de Merlín. Mankar la leyó.

Querido Mankar,

Recibí una lechuza que me informaba de tu mal comportamiento. Me gustaría hablar personalmente contigo, pero no sé de qué forma más comunicarme. Intenta no meterte en problemas o tendré que enojarme. Espero que todo esté bien.

Te quiere,

Tu padre, Merlín.

Mankar se sintió bastante triste. Tal vez era duro para un padre recibir quejas de su hijo de su primer día en el colegio. Había un lado positivo, y era que Merlín parecía haberlo tomado bastante bien, no como otros padres. O más bien, madres.

—¿QUÉ ES LO QUE PRETENDES HACIÉNDOTE EL FUERTE EN FRENTE DE LOS DEMÁS? ¿ES QUE TE PARECE DIVERTIDO ARMAR UNA PELEA? ¿SIGUES CON ESO DE LA DISCRIMINACIÓN? ¡ESO NO ES LO QUE TE ENSEÑÉ! ¡PERO NO PUEDES DORMIR CON LA LUZ APAGADA SIN ABRAZAR ESE OSO DE PELUCHE! —bramaba ensordecedoramente la voz de Gaby, que le envió un vociferador a Haher.

Gonza también había recibido uno. Mankar se dio cuenta que era hora de ir a clase de Transformaciones. Salió malhumorado del Gran Salón sintiendo a cada paso el vibrar del suelo por la voz de su abuela y de la señora Umbridge.

Al entrar al aula, se sentó en la primera silla que vio, cerca del pizarrón. Haher y Gonza llegaron un rato después con cara de fastidio, y se sentaron a una mesa que estaba lejos del escritorio de la profesora.

Sorceress les dio un discurso de bienvenida y les explicó también los temas que verían en el año. Afortunadamente, no hizo la clase práctica. Les hizo una larga explicación sobre la rama de las Transformaciones y una demostración convirtiendo objetos en animales.

Al finalizar, los despidió sin dejarles deberes. Mankar se dirigió al aula de Zancaturno, bastante nervioso. Se sentó solo, de nuevo.

—¿Y qué preparaste, chico? —le preguntó el profesor, aún antes de iniciar su clase. Sus gafas oscuras brillaban con los rayos de sol que entraban por la ventana.

—Yo... ehh... —tartamudeó Mankar nervioso—. No, nada, profe —intentóponer su mejor cara de disculpa.

—Diez puntos menos. Lo siento, pero si no pones de tu parte, no puedo hacer nada para ayudarte.

Zancaturno llamó a algunos alumnos para que le contaran a sus compañeros algo sobre los hechizos que habían practicado. Mankar se mantuvo bastante serio. Al terminar la clase, se dirigió a su Sala Común, pues había decidido saltarse Historia de la Magia.

—¡Mankar! —le gritó Haher, corriendo hacia él con Gonza por el desierto pasillo del séptimo piso.

Mankar trató de ignorarlos. Al acercarse, su tío le preguntó serio:

—¿Qué es lo que te está pasando? ¿Por qué de repente ya no nos hablas? —intentó agarrar del hombro a Mankar, pero lo atravesó. Éste se dio cuenta, se detuvo y se dio la vuelta.

—¿Por qué no se van a buscar su preciada copa y me dejan en paz? —exclamó casi a gritos.

—No —respondió Gonza—. No nos iremos a ningún lado hasta que nos digas lo que ocurre.

Mankar les lanzó una mirada asesina.

—¡Ustedes no pueden entenderme! —explotó Mankar—. ¡No soy capaz de realizar un hechizo, pero sí me meto en problemas con la profesora Callahan! ¡Y tengo que defraudar al profesor Zancaturno, que fue tan amable conmigo! ¡No puedo ni siquiera hacer temblar una maldita escoba! ¡Pero ustedes van supuestamente a animarme y salen corriendo por unos miserables cincuenta puntos!

—Bueno, sí, perdónanos por eso... —dijo Haher tímido.

—Pero tienes que tranquilizarte. Sabemos que es mucha presión y no estás acostumbrado a usar la varita...

—¿ES QUE SON CIEGOS PARA VER LO QUE PASA? ¡NO TENGO MAGIA! ¡NO SOY CAPAZ DE USAR UNA MALDITA VARA! ¡ESTOY AQUÍ POR ERROR! ¡SOY UN SQUIB! —Los chicos miraban a Mankar con los ojos muy abiertos—. PERO ¿A USTEDES QUÉ LES IMPORTA! ¡DÉJENME EN PAZ!

Y sin más, salió corriendo hacia la entrada de la Sala Común, dejando a Haher y a Gonza solos, callados y de pie en ese frío pasillo.