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Historia 32333 — capítulo 11
Decidieron no contarle nada de lo ocurrido en la biblioteca a sus amigos. Augustus intentaba darle una explicación racional a lo sucedido, alegando que solo habían sido imaginaciones provocadas por el sueño y el cansancio. Albus, por su parte, creía que alguien los había estado siguiendo; pero no le dijo a Augustus de quién sospechaba, como tampoco le había dicho donde había visto a esa persona por primera vez. El mes de noviembre se había pasado mucho más lento que octubre; quizás por los tediosos castigos que los cinco amigos debían cumplir a lo largo del mes. Sin embargo, el fin del undécimo mes no sólo significaba el fin de los castigos, sino también la proximidad de los primeros exámenes que los chicos debían rendir. Durante el desayuno de un jueves particularmente nublado y deprimente, la lechuza de la familia, Otto, descendió junto con el séquito de lechuzas que invadía el Gran Salón cada mañana. Tría una carta atada en la pata. Con algo de dificultad, pues la lechuza intentaba devorar su porción de tocino, desató el pergamino y la desdobló.
Querido Albus:
¿Cómo estás? Espero que te hayas reincorporado adecuadamente luego del incidente del bosque y del asunto de las cicatrices. Debo decirte que lamento no haber podido acudir a verte; fui el primer día, pero luego tuve que ir en una misión de suma importancia. El martes por la mañana hemos recibido una noticia del colegio algo perturbadora. Una de tus profesoras nos comunicó sobre un incidente que tuvo lugar en su clase, en la que tuviste que enfrentarte a tu prima Rose en un duelo. Nos han dicho que, una vez terminado el duelo, la hechizaste por la espalda y que luego no recordabas qué hechizo habías utilizado. Antes que nada debo preguntarte si te has disculpado con ella; y si aún no lo has hecho, te pido que lo hagas. Pasando a un tema más alegre, espero que decidas venir a casa a pasar las fiestas. Por favor, te pedimos que nos lo confirmes. Tu madre y tu hermana te mandan un gran abrazo.
Atte. Harry.
Albus se quedó contemplando la carta durante largo tiempo hasta que Scorpius lo sacó de su ensimismamiento pidiéndole el jarabe. Su padre le pedía que se disculpe con su prima. Lo cierto era que no la había visto desde el incidente del lunes por la tarde, ni siquiera en las clases de Herbología que compartían los martes. "¿Quizás está en la enfermería?", le dijo una voz dentro de su cabeza. "Pero no parecía estar tan grave" le respondió otra. Decidió que sería prudente averiguarlo. Se despidió de sus amigos diciéndoles que los vería luego y se dirigió a la mesa de Ravenclaw. "¡Llegarás tarde al examen de Pociones!" le gritó Augustus, pero no le hizo caso. Divisó a Rob y Emma en un extremo de la mesa de Ravenclaw y se dirigió hacia ellos. Cuando estaba a unos pocos metros se percataron de su presencia y le dirigieron miradas muy particulares. La de Rob era de resentimiento, desconfianza y ¿odio?; mientras que la de Emma era triste, como apenada e incrédula.
-¿Qué quieres?-le espetó bruscamente Rob.
-Quiero ver a Rose.-le contesto lo más pacíficamente posible.-No la veo desde que...ya saben...
-Oh, ¿te refieres a que no la ves desde que la hechizaste por la espalda?-ahora Rob le dirigía una mirada asesina. Emma permanecía en silencio, mirando a su tazón de cereales.
-Bueno...si. ¿Dónde está? Quiero hablar con ella.
-¿Y qué te dice que te lo diremos?
-¡Rob!-Emma por fin había abierto la boca para participar en la mortífera conversación. Ya no parecía ensimismada en su desayuno, pero tampoco miraba a Albus-.Albus es su primo, tiene todo el derecho de ver a Rose.
-De acuerdo-la cara de Rob seguía siendo de antipatía.-Sígueme, te mostraré donde se encuentra.
Se levantó y también lo hizo Emma. Se dirigieron a la salida del Gran Salón seguidos por Albus y comenzaron a subir las escaleras del vestíbulo. Nadie hablaba en esa comitiva. Rob estaba enfadado, Emma triste y Albus nervioso y apenado. Cuando llegaron al segundo piso, giraron a la derecha y se detuvieron ante la puerta de la enfermería. Rob la abrió y le hizo un ademán con la mano.
-Tu primero, Potter.
Albus traspasó el umbral seguido de los otros dos niños. Madame Pomfrey se acercó a ellos. Parecía muy cansada, pues estaba muy ojerosa y sumamente despeinada, como si no hubiera dormido lo suficiente.
-Es demasiado temprano para visitas... ¡Ah, Potter!-se sobresaltó al verlo-¿Qué necesitas? ¿Te duele algo?
-Estoy bien, gra...
-Potter viene a ver a Rose, Madame Pomfrey-dijo Rob, interrumpiéndolo.
-Oh, si, si. Por supuesto.-respondió la enfermera. Se dio la vuelta y se acercó a la cama más cercana a la ventana, la cual estaba cubierta por una cortina.-Está aquí. Los dejaré solos, pero tienen cinco minutos, ni uno más.
-Gracias, Madame Pomfrey.-le dijo Albus con una sonrisa.
La mujer se fue hacia su despacho, dejando a los tres chicos frente a las cortinas. Ninguno de los tres se movió. Albus se adelantó un paso, aferró la cortina y la descorrió. Rose estaba pálida y con la mirada ausente posada en los jardines y en el bosque prohibido. Albus no pudo evitar pensar que tenía aspecto de loca, pero en realidad parecía estar bien. Se dirigió a ella con un susurro.
-Rose...Rose, soy yo, Albus.
La niña giró la cabeza hacia él, aún teniendo esa extraña mirada ausente, y posó sus ojos en su cara. Al cabo de unos segundos, su boca se abrió en una mueca horrenda y los ojos se volvieron dementes. Empezó a moverse con desesperación entre las sábanas, como queriendo librarse de ellas, mientras gritaba:
-¡No! ¡Aléjenlo de aquí! ¡Me matará! ¡Quiere matarme!
-Rose...Yo no quiero matarme, solo venía a...
-¡Vete! ¡No me hagas daño! ¡VETE!
Madame Pomfrey, quien había salido de su despacho al escuchar los gritos, se acercó a él, lo tomó del brazo y lo llevó hasta la salida. Cuando Albus traspasó el umbral, la enfermera le cerró la puerta en sus narices. Mientras caminaba hacia las escaleras, aún podía oír cómo su prima gritaba dentro de la enfermería.
***
-Creo que me ha ido bien-decía Scorpius mientras salían de la mazmorra N° 9, tras haber dado el examen de Pociones.-¿A ustedes cómo les ha ido?
-Yo no terminé la poción, pero me faltó poco.-le contestó Christian. Luego vio la cara de Albus y le preguntó:-Albus, ¿te encuentras bien? Estás muy callado.
-¿Qué? Ah, si, estoy bien. Sólo estoy pensando en mi prima.
-¿Fuiste a verla antes de la clase?
-Si.-contestó Albus.-Creo que me tiene miedo.
-¿Miedo?-Scorpius parecía sorprendido-Pero si te venció de una forma excepcional. Oh, lo siento.-agregó luego de ver la expresión de sus amigos.
-Si, miedo. No sé por qué.
-¿Aún no recuerdas qué hechizo fue el que usaste?-le preguntó Augustus, curioso como siempre.
-No sólo no lo recuerdo: tengo la sensación de que yo no lo hice. Yo no la hechicé.
-¿De qué hablas? Claro que lo hiciste, nosotros estábamos ahí, te vimos hacerlo.
-Pero si yo lo hice, ¿como es que no lo recuerdo?
-Buen punto compañero.-le dijo Scorpius.-Pero bueno, no sigámonos torturándonos. Además, tenemos que apurarnos para llegar al examen de Encantamientos.
Mientras se dirigían al cuarto piso, donde se encontraba el aula de Encantamientos, Albus no podía dejar de pensar. Se sentía sumamente culpable por lo que le había hecho a Rose. Sin embargo aún tenía esa extraña impresión de que él no la había embrujado. Además no había podido disculparse con ella, puesto que se había puesto a gritar como una maníaca en cuando lo había visto. La sensación de culpa no abandonó a Albus en todo el día, y se acrecentó cuando vio a Rob y a Emma algo tristes durante la clase de Herbología. Emma no le había dirigido la palabra desde aquel lunes, es más, recién le había dirigido algo de atención esa mañana cuando se había acercado a los Ravenclaws para hablar de su prima. Sin embargo, vio cómo la niña parecía alegrarse un poco conversando con Rob. Albus se encendió de ira y rompió una maceta en medio del invernadero, llenándolo todo de tierra. El profesor Longbottom lo reprendió y, tras limpiar el suelo con un movimiento de la varita, le quitó cinco puntos a Slytherin por su torpeza.
***
Era la noche del viernes y se encontraba con Augustus en la biblioteca, ordenando la sección de Pociones. Como a ambos les fascinaba ese arte, tardaron bastante en ordenarlo, puesto que abrían cada libro y lo ojeaban para ver que extrañas pociones podrían aprender de él. Cerca de la una de la madrugada terminaron con esa estantería y se dedicaron a una bastante más pequeña, sobre Herbología, que estaba al lado de la Sección Prohibida. La proximidad que tenían con esta restringida sección de la biblioteca los hacía sentirse muy incómodos. Ambos trataban de ignorar el nerviosismo del otro, hablando sobre temas triviales y superficiales. Albus sólo se distrajo cuando Augustus lo sorprendió con una pregunta:
-Dime, ¿no piensas hacer nada para que esa chica de Ravenclaw te preste atención?
-Lo siento Augustus, no sé a qué te refieres.-le respondió con fingida tranquilidad, disimulando lo mejor que pudo su sorpresa.
-Vamos, Albus; no te hagas el desentendido-Augustus le sonrió de manera cómplice-.He visto cómo la miras. Hoy en Herbología no le quitabas los ojos de encima. Y ni hablar sobre cuando el martes rompiste una maceta al ver que conversaba con Warwick.
Albus se sonrojó compulsivamente. Podía sentir el calor en sus orejas y sus mejillas y no había podido disimularlo. Tomó aire antes de hablar.
-¿Tanto se nota?
-En realidad no; sólo que yo noto cosas que nuestros amigos no. Entonces, ¿cómo la conquistarás?
-No puedo conquistarla-una sombra de tristeza apareció en su rostro-.Ella quiere a otro.
-¿A quién? ¿A ese sangresucia de Warwick?-Augustus sonrió burlonamente-Vaya que esa chica sabe elegir, ehh...
-Eso no importa. Además, desde lo que sucedió con mi prima…Son amigas, ¿sabes?
-Sí, lo sé. Fueron ellas dos las que propagaron la noticia sobre la mantícora.
-Pero, ¿cómo lo sabes? ¿Cómo sabes que me gusta?-le preguntó Albus, sumamente colorado.
-Mira Albus, se muchas cosas que los demás ignoran; y no lo digo por alardear.
-Bueno, como sea. No puedo conquistarla.-Albus endureció el semblante y siguió acomodando los libros por orden alfabético.- No sólo gusta de...de ese sangresucia, sino que aparte me odia desde lo que le hice a mi prima, que ni siquiera se si yo lo hice.
-Los dos sabemos que eso puede ser fácilmente arreglado.
-¿A qué te refieres?-miró inquisitoriamente a Augustus.
-Oh, vamos Al, la respuesta está en la estantería que acabamos de revisar.-su amigo le sonrió y Albus lo miró muy serio.
-No estarás pensando...-vio que su amigo asentía con la cabeza-Amortentia.
-Exacto. Esa palabra es la solución a todos tus problemas.
-Pero...es extremadamente complicada...
-Y extremadamente efectiva.-concluyó Augustus- Tu dale de beber esa poción a la chica, y ella te adorará, no importa lo que haya sucedido.
-No, de ninguna manera. No quiero que ella me quiera sólo por medio de una poción.-le espetó más serio que nunca a su amigo.-No vuelvas a mencionarlo, ¿me entendiste?
-Como quieras...
Permanecieron en silencio, ordenando los libros que les quedaban en la sección de Herbología. Al cabo de un rato Augustus se aburrió lo suficiente como para pedirle a Albus que terminara esa sección solo; pero a Albus no le molestó, puesto que Herbología era su segunda materia preferida y también hojeaba cada libro que tomaba. Luego de unos quince minutos de tortuoso silencio-en los que Albus seguía ordenando los libros y Augustus leía uno de la sección de Pociones- se escuchó un susurro detrás de ellos. Al oírlo, Albus dejó caer un libro y su amigo levantó la vista de "Los Antídotos de la Antigua Grecia" y ambos se quedaron muy quietos y en silencio. El susurro continuaba; era débil e ininterrumpido, así como siniestro. Augustus lo miró con una marcada expresión de terror y le murmuró lo más bajo que pudo:
-Larguémonos de aquí.
Albus no contestó. Se levantó lentamente y aguzó el oído. Quería saber de dónde provenía ese extraño sonido. Parecía salir de la estantería que tenía a su derecha, la cual ya habían ordenado. Pegó la oreja a los libros y escuchó el sonido más cerca, por lo que se dirigió hacia el pasillo principal, con la oreja aún pegada a los gruesos volúmenes. Cuando llegó al corredor del centro de la biblioteca, volvió a oírlo:
-Ven...aquí estoy...Soy para ti.
Se percató de que ese extraño y macabro murmullo prevenía de su derecha, del lado en el que se encontraba la Sección Prohibida. Con mucho cuidado y sigilo, comenzó a dar los pasos que lo separaban de la verja de hierro, cerrada con llave. Volvió a oírlo:
-Estás cerca...ven y tómame...
La misma voz se lo acababa de confirmar. Tenía que entrar en la Sección Prohibida para averiguar qué era lo que lo llamaba desde dentro. Pegó su rostro a la verja, escudriñando la oscuridad, para ver si lograba divisar algo así como la extraña figura de su sueño en la enfermería.
-¿Qué demonios estás haciendo?-la pregunta de Augustus casi lo hace caer al suelo del susto. Su amigo se había acercado y lo miraba con espanto.
-¡No vuelvas a hacerme eso! ¡Casi me matas del susto!-exclamó Albus.-Viene de aquí, de la Sección Prohibida.
-¿Qué cosa?
-¡La voz!
-¿La voz?-su amigo lo miró más extrañado que antes.
-¡Si, aquella voz! ¡Aquel susurro!
-¡Ah!-Augustus había entendido-Creo que fue sólo el viento Albus; yo no escuché ninguna voz.
-Te digo que escuché una voz y que venía de aquí.-le espetó muy alterado-Dame las llaves.-Augustus le entregó el manojo de llaves. Albus las tomó y fue probando en la cerradura las diferentes llaves hasta que encontró la correcta. Cuando estaba por abrir la verja, Augustus lo detuvo.
-¿Acaso estás loco? ¿Qué eres, un Gryffindor imprudente?-Albus no le entendió-¡Saca la varita! Debes estar preparado, por si acaso.
Pensando que estaba en lo cierto, sacó la varita del bolsillo interior de la túnica y la mantuvo en alto mientras murmuraba "¡Lumos!" para poder iluminar el camino. Luego empujó la verja y entró a la Sección Prohibida, seguido por Augustus, quién también había sacado su varita y la había encendido. La Sección Prohibida era un largo pasillo en sentido perpendicular al pasillo principal de la biblioteca. Carecía de iluminación, por lo que estaba prácticamente en penumbras. Las estanterías a los costados estaban repletas de libros, la mayoría de gran tamaño y forrados en cuero negro. Albus giró a su derecha una vez más, siguiendo el murmullo. Las palabras de aquella voz se confundían con las que emitían los demás libros. Muchos de ellos les murmuraban cosas extrañas en lenguas desconocidas cuando pasaban junto a ellos. Sin embargo, la voz que le decía que se acercase era más potente que las de los demás libros y se escuchaba más claramente.
-Ya casi estás aquí...sólo un poco más...
Al final del pasillo, la voz dejó de sonar. En su lugar comenzó a escucharse un leve golpeteo, como de un lejano tambor. Augustus se sobresaltó y se dirigió a la entrada de la Sección Prohibida, para revisar el pasillo principal de la biblioteca. Cuando regresó a su lado, le dijo que no venía de afuera: el golpeteo provenía de dentro de la Sección Prohibida. Albus posó sus manos sobre los libros y sintió que algunos vibraban levemente. Siguiéndole el rastro a los que vibraban más, se topó con uno que daba golpeteos parecidos a los latidos de un corazón. "¡Éste es!" pensó, emocionado. Lo retiró de su lugar y lo miró. La cubierta era de madera, que en su momento debía de haber estado lustrada pero que ahora estaba algo enmohecida. Sobre la madera había tallado un árbol con muchas ramas y, sobre el árbol, una gran estrella de cinco puntas. Luego lo abrió. Al hacerlo, se escuchó por lo bajo "Al fin estoy en tus manos...". Sus páginas eran de viejo pergamino manchado, y algunas estaban pegadas entre sí por culpa de la humedad que aquel libro parecía haber sufrido. A la luz de la varita, lo ojeó rápidamente y divisó que no estaba escrito en inglés.
-¿Qué lengua es esa?-preguntó Augustus, que observaba el libro a su lado.
-Es latín-le contestó con total seguridad.
Augustus no lo desmintió, quizás por la seguridad con que le había respondido. Sin embargo, su amigo tironeó de su manga y le hizo señas para que se marcharan. Sujetando el libro en la mano izquierda y la varita en la derecha, siguió a su amigo hasta la salida de la Sección Prohibida y cerró la verja con llave. Cuando transitaban los pasillos del castillo hacia las mazmorras, Augustus le decía:
-Quiero que sepas que hoy no podré dormir por tu culpa y por culpa de ese libro.
-Oh, vamos Augustus, ¡es sólo un libro!
-Hay libros que conviene no tener cerca...
A pesar de lo que había dicho, su amigo se quedó dormido enseguida, a diferencia de Albus. No pudo resistir la tentación de ojear ese extraño tomo que había traído de la biblioteca. "Magia negra, quizás" pensó" ¿Qué otro libro te llama y emite sonido de tambores?" En efecto, la lengua en la que estaba escrita era latín. Sin embargo, Albus entendía cada palabra, a pesar de nunca haber estudiado ese idioma. Era una especie de historia y libro de texto a la vez. Algunos retazos contaban la vida de alguien que no se nombraba mientras que otros tenían títulos de hechizos, los cuales eran explicados a continuación. Entusiasmado por su nueva adquisición, lo guardó el lo más profundo de su baúl y se echó sobre la cama. Tardó un poco en conciliar el sueño. Seguía oyendo el murmullo del libro, aunque muy débil, amortiguado por la ropa que tenía encima y por estar dentro del baúl cerrado. Debía tener cuidado: ese libro quería ser leído.