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Historia 32333 — capítulo 12

Diciembre había empezado y con él las expectativas por las vacaciones de Navidad. Varios alumnos se quedarían en el castillo, dado que era un lugar que siempre sorprendía y jamás era aburrido. Albus se vio tentado de quedarse, pero como sus amigos se iban él decidió hacer lo mismo. Además, quizás aún no estaba listo para pasar las fiestas lejos de su casa y su familia. Cuando el Expreso de Hogwarts, el tren escarlata que los llevaba al colegio, arribó en la plataforma 9 ¾, Albus se despidió de sus amigos y se reunió con su hermano, buscando a sus padres. Estaban algo más apartados, junto con sus tíos Ron y Hermione.

-¡Hijos!-su madre Ginny corrió a abrazarlos.- ¡Bienvenidos!

-Mamá, ya suéltanos, hay gente mirando-se quejó James, jadeante.

    Ginny los soltó y su padre se acercó para abrazar brevemente a cada uno. Saludaron a Lily y a sus tíos, los cuales fueron un poco más fríos de lo normal con Albus. "Seguramente me tratan así por lo que le hice a Rose" pensó. En ese preciso momento se aproximó su prima y abrazó a sus padres y a su hermano Hugo. Luego, saludó a sus tíos, Harry y Ginny, y fue entonces cuando se fijó en Albus.     No adoptó la misma mueca de terror que tenía las últimas dos veces que Albus había ido a visitarla para pedirle disculpas, y tampoco se puso a gritar. Sin embargo, se mantuvo distante y lo miraba con ojos saltones, como si estuviera muy asustada. Mientras se dirigían a la barrera, Albus intentó hablarle.

-Rose...-comenzó-quería pedirte disculpas...

-Aléjate de mí-le dijo rápidamente, más implorante que enfadada.-Por favor, aléjate de mí.

    Y se adelantó para cruzar la barrera junto con Lily, que iba al frente de la comitiva, dejando a Albus desconcertado. Su prima no parecía estar enojada con él, sino asustada de el.


    Su habitación estaba tal cual como la había dejado, sin una mota más de polvo de las que tenía antes de irse al colegio. Evidentemente su madre la limpiaba constantemente, por que sino no estaría tan limpia. Cuando dejó su baúl a un costado, Phineas Nigellus apareció en su retrato y lo miró sonriente.

-No tuve oportunidad de felicitarte cuando estabas en el despacho del profesor.

-¿Felicitarme? ¿Por qué?-dijo confundido.- ¿Por romper las reglas del colegio?

-No, no-Phineas adoptó un gesto severo que duró solo un segundo-.Te felicito por haber quedado en Slytherin. Eres, desde que murió mi tataranieto Regulus, el primer habitante de esta casa que ha ido a Slytherin. Dime, ¿cómo te han tratado?

-Muy bien de hecho. Mejor de lo que esperaba.

-¡Ja! Ya se lo dije yo a ese vejestorio del baño, nosotros los Slytherins sabemos lo que es la educación y la hospitalidad...

    Albus se lanzó sobre la cama para dormir un poco, mientras escuchaba el comienzo de lo que sería un discurso muy largo...     No estaba en su casa...Estaba en un edificio blanco como el mármol, y era de noche. Se encontraba en un pasillo muy largo, con numerosas puertas a los costados. Una voz gritando su nombre lo detuvo y lo hizo girar la cabeza, pero en cuanto se dio la vuelta por completo, quedó inconsciente.     Se despertó dando un salto. "Otra vez sueños extraños" pensó. Estaba muy oscuro, lo cual indicaba que era de noche. Encendió la luz de la mesita de noche y miró en derredor. Todo estaba tal cual lo había dejado cuando llegó, aunque un poco más ordenado (su madre seguramente había intervenido). Phineas Nigellus no estaba en su retrato, el cual en esos momentos no era más que un lienzo blanco que emitía un leve suspiro.     Tras varios minutos intentando dormirse sin ningún éxito, salió de entre las sábanas, se deslizó a través de la puerta de su cuarto y bajó las escaleras, dirigiéndose a la cocina. Intentando no hacer ruido para no despertar a Uther, el elfo doméstico de la familia que vivía en un pequeño armario situado en una esquina de la cocina, se sirvió un vaso de agua. Casi se ahogó del susto cuando su hermano lo sorprendió por detrás.

-¿Qué haces, pequeño Albus?

-No me digas pequeño-le respondió con exasperación, poniendo especial énfasis en la última palabra-; sólo he venido a tomar un poco de agua.

-¿No podías dormir? ¿Extrañas a tus amigos, las culebritas?-le preguntó su hermano con una sonrisa sardónica en el rostro.

    No pudo evitarlo. En menos de una fracción de segundo le había lanzado un puñetazo a James, mientras gritaba por la ira:-¡Eiadacto!     El efecto fue desconcertante. En el preciso momento en que su puño impactaba contra la nariz de su hermano, éste salió disparado hacia atrás. James pasó por encima de la mesa y fue a impactar contra la pared contraria, para luego deslizarse hasta el suelo, donde quedó como atontado. El episodio había durado un segundo, pero el estrépito que el cuerpo de James había producido al caer había sido bastante fuerte, por lo que a Albus no le sorprendió escuchar unos veloces pasos bajar por la escalera y a sus padres irrumpir en la cocina, mientras Uther salía estruendosamente de su armario, con los ojos abiertos como platos azules.

-¿Pero qué demo...?-Ginny no daba crédito a sus ojos. Se arrodilló sobre James y murmuró-James...James... ¿me escuchas?

-¿Qué sucede aquí, Albus?-le preguntó su padre con la voz autoritaria que raramente usaba. Albus se quedó callado. No le salían las palabras.- ¿Vas a contestarme, Albus Severus, o debo preguntarle a tu hermano?

-Yo...él...no pude evitarlo...

-¡¿No pudiste evitarlo?!

-Yo lo golpee y salió volando hacia atrás-soltó por fin Albus.

-Eso no es todo-la voz de su hermano sonaba muy débil.-También pronunciaste un hechizo. Muy claramente pronunciaste el hechizo expulsor.

-Pero...no tienes varita-dijo Ginny con voz entrecortada-¿Cómo puede ser...?

-Todos vístanse.-ordenó Harry imperiosamente-Nos reuniremos en el vestíbulo en diez minutos. Muévanse.

    Todos se levantaron, incluso James, y salieron de la cocina. Pero Albus se quedó allí, como atontado. ¿Cómo había lanzado a su hermano por los aires sin siquiera tener una varita? ¿Acaso era un fenómeno?     Diez minutos después, toda la familia estaba reunida en el vestíbulo, Lily incluída. Tras detener la hemorragia nasal que tenía James, salieron a la oscuridad de la calle y subieron al coche. El viaje fue corto. Harry detuvo el auto justo en frente de una vidriera de lo que parecía un destartalado local muggle, pero Albus sabía lo que era: la entrada al Hospital San Mungo     Era una tienda de ladrillo rojo, enorme y anticuada, cuyo letrero rezaba: "Purge & Dowse, S.A.". En las vidrieras solo había un par de antiguos maniquíes con sus respectivas pelucas torcidas en diferentes ángulos y vestidos con ropa sumamente anticuada, de hace varias décadas atrás. El negocio estaba supuestamente "Cerrado por reformas", según un cartel rezaba.     Harry se acercó como quien  no quiere la cosa a uno de los horrendos maniquíes y se inclinó sobre el vidrio, empañándolo con el vaho que emanaba al respirar.

-Hola-dijo Harry en un susurro-, venimos a hacer una consulta.

Al instante, la cabeza del maniquí giró y sus ojos desprovistos de pestañas se posaron sobre ellos, mientras uno de sus articulados dedos les hacía señas para que se acercaran.     Harry tomó a Lily del brazo y la encaminó hacia la vidriera. Un segundo después habían desaparecido. Ginny traspasó el vidrio con James y Albus fue el último.     Se sentía como atravesar una gruesa cortina de agua helada, pero esa sensación duró solo unos instantes, luego de los que se sintió seco y calentito.     Del otro lado había una sala de amplias dimensiones que parecía  hacer de recepción, la cual estaba abarrotada de gente. Algunos presentaban un aspecto tan normal como ellos mismos, mientras que otros parecían sacados de un circo de fenómenos. Una mujer de alborotada melena gris emitía sonidos guturales a través de no una, sino tres bocas que tenía a lo ancho de su fofa cara; un niño rollizo estaba descalzo, con unos enormes pies del tamaño de baldosas llenos de pelos apoyados sobre la mesita ratona, que parecía soportar a duras penas el peso de semejantes extremidades. También había varios hombres y mujeres vestidos con túnicas color verde lima, las cuales tenían una varita mágica y un hueso bordados en la tela. Eran los sanadores.     Harry se alejó de la familia durante un instante, para hablar con la recepcionista en silencio. Al cabo de unos fugaces momentos se acercó a ellos y les hizo señas para que lo siguieran hasta el ascensor. Las rejas traquetearon cuando se cerraron tras ellos y el ascensor comenzó a subir con velocidad. No había nadie más en el elevador aparte de ellos, por lo que no tuvieron que detenerse en ningún piso. En el preciso momento en que Albus se preguntaba cuando se detendrían, el ascensor emitió un chirrido y paró en seco. Las rejas volvieron a traquetear al abrirse y la familia Potter salió hacia la sala que había a continuación.     Parecía otra sala de recepción, así como la que había en la planta baja. Había un par de personas de aspecto normal sentadas y un pequeño mostrador en el extremo  que había frente al ascensor, donde estaba sentada una bruja con muchos rulos y cabello naranja. Harry se acercó a ella y le preguntó con mucha amabilidad:

-Disculpe, estoy buscando al sanador Joseph Goldsmith para hacer una consulta.

-¿Quién lo busca?-preguntó con educación la bruja con voz ronca. Luego levantó la vista y vio el rostro de Harry, así como su cicatriz y comenzó a hablar apresuradamente- ¡Oh! ¡Señor Potter! Le diré al señor Goldsmith que lo busca. Puede tomar asiento si lo desea.

    Tras decir esto último se levantó de su asiento apresuradamente y volcó la taza de café que estaba bebiendo, pero no se dio cuenta, pues estaba más concentrada en alejarse por el pasillo y perderse de vista tras una curva.     Los Potter se acercaron a la zona de espera y se sentaron a esperar la aparición del misterioso medimago con el que Harry había pedido una citación. Albus se dedicó a observar el lugar donde estaban. Parecía ser un ala bastante nueva del Hospital, de no más de diez años. Las paredes eran blancas, al igual que el piso, que era de un mármol blanco inmaculado surcado por finas vetas negras. Había numerosos cuadros colgando de las paredes, todos de sanadores y sanadoras famosos. Luego Albus reparó en el cartel que había junto al ascensor:

HOSPITAL SAN MUNGO SEXTO PISO: PSIQUIATRÍA MÁGICA Enfermedades psiquiátricas mágicas

-Papá…-Albus llamó a Harry. Éste movió la cabeza hacia él-¿por qué estamos en el piso de psiquiatría?

-Pues...no te enojes Albus, pero creo que sería conveniente que te examinaran…

-¡¿Crees que estoy loco?!

-Claro que no creo que estés loco, solo que…-Harry medito un instante antes de continuar-estoy preocupado, Albus. Ya van dos veces que has perdido los estribos de forma incomprensible y quiero saber si no necesitas ayuda para…controlar tu ira.

    No quizo escuchar ni una sola palabra más. Se dio la vuelta y empezó a correr hasta el ascensor, pero este no estaba en ese piso y su padre se había levantado para alcanzarlo, por lo que se dirigió hacia el pasillo por el cual había desaparecido la bruja pelirroja. Su padre lo seguía y lo llamaba, pero Albus no pretendía ceder. Luego una voz diferente a la de su padre lo llamó:

-¡ALBUS!-era una voz masculina con tono autoritario. Se dio la vuelta para ver quien lo había llamado, y antes de descubrirlo el mundo se desvaneció.


-No se preocupen, si Albus padece lo que yo creo que padece  no es nada preocupante. Es totalmente controlable si toma las pociones debidas.

    La misma voz que lo había llamado en el pasillo era la que decía estas cosas. Era una voz profunda, sumamente serena y tranquilizadora. Sin embargo no abrió los ojos para comprobar a quien pertenecía, sino que decidió quedarse en silencio y hacerse el dormido para intentar de escuchar algo. La misma voz seguía hablando:

-Debo decirles que hicieron lo adecuado al traerlo aquí. Muchos magos no aprueban los métodos de la Psiquiatría Mágica, siendo esta una rama tan nueva de la sanación.

-¿Podría decirnos que es lo que padece Albus?-su madre era la que hablaba, en un tono que rebalsaba curiosidad y sumamente educado.

-Vera señora Potter, según lo que vi con mis propios ojos y sobretodo basándome en lo que me han contado, Albus sufre lo que llamamos TPM o Trastorno de Personalidad Mágico.

-¿Qué?-la voz de Harry parecía anonadada- Nunca había escuchado nada sobre eso.

-No me sorprende-respondió el hombre-. Es sumamente raro; diría que sólo uno de cada mil magos la padece.

-Y… ¿de qué se trata?-preguntó Ginny

-Bueno, para empezar, el sujeto posee varias personalidades, las cuales brotan en ciertos momentos específicos, generalmente de enojo, sorpresa o tristeza. El TPM no sólo se trata de diferentes personalidades, sino que cada cambio de personalidad trae consigo brotes de magia; dichos brotes suelen ser muy potentes, y en algunos casos sorpresivos.

-¿Sorpresivos?

-Disculpe, me expresé incorrectamente. En algunos casos la magia que emplean es desconocida por los…llamémoslos enfermos, a falta de una palabra más adecuada. Pueden provocar cosas que quizás en su estado normal no podrían ni imaginar-el hombre de la voz tranquilizadora permaneció unos segundos en silencio antes de retomar la palabra-. Por lo que me contaron, esto le ha sucedido a Albus con anterioridad.

-Si-su padre tomó la palabra-. A mediados de noviembre una profesora de Albus nos contactó mediante una carta. Al parecer durante una de sus clases de Defensa Contra las Artes Oscuras Albus se enfadó y hechizó a su prima. Cuando la profesora le preguntó qué encantamiento había utilizado, él no lo recordaba.

-Hummm…-el hombre reflexionó unos segundos-. Sí, definitivamente TPM. El no recordaba que hechizo había formulado por que nunca lo formuló. En ese momento una de las personalidades de Albus apareció y trajo consigo magia desconocida para el niño.

-Y dígame, ¿qué podemos hacer?-preguntó la voz de Harry.

-Hay una poción contra el trastorno. Debe tomarse una vez al día, acompañada por las comidas. Eso sí-agregó el hombre- debe tomarla de por vida. El Trastorno de Personalidad Mágico no desaparece nunca.