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Historia 32333 — capítulo 13
En cuanto llegaron a Grimmauld Place, sus padres se sentaron para hablar con él a solas en la cocina. Albus supuso que sería para contarle lo que el sanador les había explicado. Sin embargo, antes de que empezaran a hablar con él los interrumpió y les dijo que en realidad había estado escuchando toda la charla sobre su enfermedad. Tras dejar a sus padres sorprendidos y algo nerviosos-seguramente esperando alguna reacción negativa por parte de Albus-, se levantó de la silla y salió con parsimonia de la cocina. Cuando llegó a su cuarto en el primer piso no se molestó en ponerse el pijama para acostarse a dormir, sino que se lanzó sobre la cama y ni bien apoyó la cabeza sobre la almohada se durmió profundamente.
Una luz cegadora entró por la ventana y le dio de lleno en el rostro, despertándolo bruscamente y haciéndolo parpadear compulsivamente. En cuanto se acostumbró a la luz miró en derredor y vio que aún estaba en su cuarto, y que la luz que lo había despertado era la del sol, que entraba a raudales por su ventana. Se levantó, puesto que ya no tenía ganas de seguir acostado, se puso un par de jeans y una camiseta y bajó a desayunar. La cocina se hallaba desierta, quizás debido al horario. Eran las nueve de la mañana de un domingo y toda su familia estaba dormida. Cuando se estaba por servir cereales con leche en un tazón, una voz chillona casi lo hace volcar todo el cartón de leche.
-¿Qué quiere desayunar el amo Albus?-Uther salía de su armario mientras se ataba un delantal alrededor de la cintura.
Uther era un elfo doméstico un poco más corpulento que los demás elfos, con ojos color ámbar del tamaño de pelotas de tenis y una nariz corta y recta. Albus siempre pensaba que entre los elfos domésticos, Uther debía de ser bastante atractivo.
-Nada Uther, muchas gra…
-¿Nada? ¿Nada?-repitió el elfo como un autómata, al parecer sin conocer la palabra que Albus había formulado- Le prepararé unas tostadas y un café con leche-agregó muy resuelto.
Y, antes de que Albus pudiera impedírselo, se había lanzado sobre la alacena a buscar el pan y el café. Se sentó en uno de los costados de la mesa viendo trabajar a Uther, quién iba de acá para allá controlando la tostadora y la cafetera, y sacando la mermelada y colocándola frente a Albus. Luego de unos cortos tres minutos de espera, el niño tuvo media docena de tostadas y una gran taza de café con leche frente a sus ojos. En ese momento se dio cuenta de lo famélico que estaba y del tiempo que había pasado sin comer, y se abalanzó sobre su desayuno. Uther lo miró con cariño y comentó:
-Hace mucho que no come, amo Albus. Estaba empezando a preocuparme al verlo dormir tanto.
-¿Cuánto tiempo he estado durmiendo esta última vez?
-Poco más de un día, señor. Desde que volvieron de San Mungo hasta que se levantó esta mañana.
Albus se quedó callado. Esa mañana aún no había pensado en lo ocurrido en San Mungo y menos en su enfermedad. Desde que había escuchado la charla de sus padres con el sanador se sentía diferente al resto de su familia, como si hubiera algo malo con él. Como si en cualquier momento pudiera enojarse y romper algo. O lastimar a alguien. Terminó el desayuno que Uther había preparado en un santiamén y subió a su cuarto. Decidió poner en orden sus cosas. Si había algo que no podía soportar era el desorden, pero los dos días anteriores en Grimmauld Place se los había pasado durmiendo, por lo que no había ordenado nada. Pero ahora que estaba mucho más descansado y no tenía ganas de dormir empezó a organizar sus pertenencias. Comenzó vaciando su baúl, para poder rearmarlo adecuadamente. Luego de pasar casi cuatro meses en Hogwarts sus pertenencias se hallaban revueltas dentro del arcón. Fue sacando su ropa y doblándola cuidadosamente como le había enseñado su madre antes de irse al colegio. Luego retiró los libros del colegio, y por último tomó el extraño libro que había sacado de la Sección Prohibida de la biblioteca del castillo. Al tocar su cubierta de madera un extraño cosquilleo recorrió sus dedos y subió a lo largo de su antebrazo hasta su codo. Acarició con las yemas de sus dedos el árbol tallado en la tapa de madera, recorriendo sus numerosas ramas, subiendo, hasta llegar a la estrella de cinco puntas que estaba grabada sobre el árbol. Cuando tocó la estrella pudo escuchar claramente esa susurrante voz que le hablaba solamente a él, la voz del libro, decir: "Tengo las respuestas que buscas, Albus". El niño dudó. Sabía que ese libro era siniestro y que no debía leerlo. Sabía que lo correcto hubiera sido mostrárselo a algún profesor, o incluso a su padre. Pero ellos se lo quitarían y nunca podría leerlo. Ese libro era para él. Lo había buscado a él, Albus Potter, para leerlo y desentrañar sus secretos. "Ábreme" imploró el libro. Albus se decidió. Sujetó el libro con determinación, agarró la tapa y lo abrió. Ya había empezado a leerlo en Hogwarts, pero no recordaba nada de él o sobre qué se trataba. Contaba una historia, sobre un bebé, una pequeña criatura engendrada de forma ilícita. Su padre biológico se había marchado luego de haberlo engendrado y su madre, una monja, lo abandonó en el bosque tres días después de haberlo dado a luz. Era una historia realmente triste, conmovedora, pero a la vez perturbadora. Quien había escrito esa historia remarcaba odio y rabia en cada palabra. Cada tanto Albus dejaba de leer para descansar los ojos, pero el libro lo alentaba: "Continúa, continúa". Cuando estaba a punto de hacerlo, escuchó el picaporte de su puerta girar y, alarmado, soltó el libro y lo metió a una velocidad impresionante debajo de la cama. Su madre entró con cautela en su habitación. Al ver que estaba despierto, le sonrío y se acercó para saludarlo:
-Buenos días hijo-le dijo mientras le besaba la frente.- ¿Cómo has dormido?
-Bien mamá. ¿Por qué vienes a verme?
-Bueno, Uther me dijo que ya te habías despertado-comenzó Ginny-y quise venir a darte tu regalo.
-¿Regalo?
-Si querido, tu regalo de cumpleaños.-Ginny parecía sorprendida-Hoy es 23 de diciembre, Albus. ¡Feliz Cumpleaños!
Lo había olvidado. Había olvidado que ese día cumplía los 11 años. Hasta el momento no se había percatado de lo pequeño que era. Albus era, probablemente, el más pequeño de su curso en todo Hogwarts. Este pensamiento lo hizo sentirse más débil e impotente. Más pequeño.
-Albus, ¿te encuentras bien?-su madre lo miraba con preocupación. Y Albus sabía porque.
-Sí, estoy bien. No tienes que preocuparte por que emerja mi "otra cara" y te lastime, mamá-le dijo en tono burlón-. Lo tengo bajo control.
-Albus, no te enojes cielo.-lo calmó Ginny.
-Con esas palabras me enfadas más, madre-le contestó en tono glacial-. Déjame sólo. Y gracias por el regalo.
Tras esta cortante despedida, Ginny salió del cuarto de su hijo con expresión algo turbada y negando con la cabeza. Albus tomó el paquete con las dos manos y descargó su enojo sobre el papel color verde botella, destrozándolo. Se encontró con una caja de terciopelo verde y, al abrirla, un anillo de plata con una serpiente tallada, cuyo ojo era una pequeñísima esmeralda. Se quedó duro como la piedra. ¿Qué significaba aquello? ¿Acaso sus padres se burlaban de que fuera la oveja negra de la familia? ¿Acaso se estaban rebajando al nivel de James al burlarse de él? ¡Pero estaban equivocados! ¡Usaría esa joya como representación a su casa, y no le importaría lo que pensaran! Mientras todos estos pensamientos relampagueaban dentro de su cabeza, aferró con fuerza la caja de terciopelo para contenerse, pero no fue suficiente. Escuchó una voz aflautada que gritaba desde la pared:
-¡Tranquilízate joven! ¡Mi lienzo es una reliquia!
Se dio la vuelta aún estrujando la caja entre sus manos y se encontró con el cuadro de Phineas Nigellus levitando a la altura del techo, a su baúl a punto de salir por la ventana y a la jaula de Olivia destrozada en un rincón, como si la hubieran metido en un compactador de basura. En ese momento alguien llamó a la puerta y Albus miró con rapidez hacia ella.
-¡Albus! ¡Feliz Cumpleaños, hijo!-Harry entró aún en pijama, con unas pantuflas con forma de pata de monstruo puestas, totalmente resuelto a abrazar a su hijo. Fue entonces cuando vio la escena-¿Qué demo…? ¡Oh, claro, claro!-exclamó, para luego abrazar con ferocidad a su hijo. Luego le susurró al oído-: Puedes controlarlo, Albus. No dejes que "el otro" te controle, contrólalo tú.
Las palabras de su padre parecieron surtir efecto. Relajó la mano, soltó la caja del anillo y abrazó a su padre.
-¿Te gustó tu regalo, hijo?
-Si…-respondió Albus con un hilito de voz.
-¡Uf! Menos mal…creíamos que te lo tomarías a mal-su padre se pasó una mano por la frente en representación de alivio.
-Bueno, por un momento lo hice-le dijo Albus señalando a la destrozada jaula de Olivia-. Pero ahora entiendo porque me lo regalaron. En realidad están orgullosos de mí.
-Por supuesto que estamos orgullosos de ti, Albus. Te lo dije antes que el tren se fuera. Estoy seguro que Slytherin se ganó un alumno brillante. Algo buscapleitos, si, pero brillante al fin. A decir verdad, lo que tienes de buscapleitos lo sacaste de tu madre.-le dijo con una risita cómplice.
Ambos rieron por la broma y su padre se marchó a desayunar. Observó de nuevo el anillo. Era muy hermoso, a decir verdad. La combinación de la plata con el verde era sensacional. Además la esmeralda combinaba con los ojos de Albus. Cuando pensó eso hizo una mueca de asco: ese era el típico comentario de su abuela Molly. Volvió a ordenar su baúl, cuyo contenido se había desperdigado por toda la habitación durante el enojo de Albus. "Debo empezar a tomar esa poción" se dijo a sí mismo. No quería que volviera a suceder algo como el altercado con Rose. Se preguntó si su relación con su prima volvería a ser la de antes, cuando eran tan buenos amigos. Es cierto que competían, pero eran amigos después de todo y Albus la valoraba mucho. Se dijo a sí mismo que le pediría disculpas una vez más cuando se vieran para Navidad. En ese momento tres lechuzas entraron por la ventana abierta y se posaron sobre su cama. La primera, una de color caramelo, dejó un paquete sobre el acolchado y se marchó a toda velocidad. Lo mismo hizo la segunda, mientras que la tercera extendió su escamosa pata hacia Albus, para que este pudiera desatar el paquete que traía. Una vez se halló librada del peso, remontó vuelo y desapareció tras la ventana. Albus abrió primero el paquete que había traído la lechuza de color caramelo. Era un gran libro titulado "Maldiciones y Cómo Deshacerlas". En la tarjeta reconoció la pulcra caligrafía de su tía Hermione:
Querido Albus:
¡Feliz Cumpleaños! Antes que nada quiero decirte que todos aquí te mandan saludos. Te preguntarás porqué te regalamos este libro. Con tu tío Ron decidimos que dado que sabes hacer buenas maldiciones, debes saber cómo deshacer sus efectos, para que luego no halla complicaciones. No queremos que te sientas mal por el altercado con Rose; tus padres nos contaron sobre tu problema y nosotros te apoyamos en todo Albus. Nos veremos pronto. Abrazos,
Hermione y flia.
A pesar de que le creía a su tía sobre que no lo culpaban por lo de Rose, se sintió burlado por su regalo. Cómo con el de sus padres. ¿Acaso el encontraría doble sentidos a todos sus regalos? Pero no fue así. Otro paquete era una enorme caja de golosinas de parte de sus abuelos Molly y Arthur; mientras que el tercero era de parte de sus cuatro amigos. Le habían regalado una funda para varitas muy elegante, hecha de plata y con serpientes talladas. "Algo anticuado" pensó Albus para sus adentros. Pero teniendo en cuenta que sus amigos eran de antiguas familias aristocráticas, era algo predecible. Se sentó a leer el libro que le habían regalado. Observó el índice, pero aún así no encontró el nombre de la maldición que le había lanzado a Rose: "Citimoris". ¿Acaso sería un hechizo muy raro? Pero aunque lo fuera, debía de haberlo escuchado en algún lado. Además la profesora Lippi no conocía ese hechizo. Tenía que encontrar a alguien que lo conociera, era la única forma de deshacerlo.
Bajó al salón cuando aún era temprano. Su madre estaba terminando de poner la decoración de Navidad, para cuando viniera el resto de la familia a almorzar. Observó cómo creaba de la nada guirnaldas de colores y las colgaba por sobre los espejos; pero se maravilló aún más cuando, con un toque de su varita, Ginny cambió el color morado de las cortinas a un rojo intenso y muy festivo. Le hubiera gustado ayudarla, pero no podía hacer magia fuera del colegio; además, no hubiera podida materializar ni una pelusa.
Al mediodía sonó el timbre y Albus fue a abrir la puerta. En el umbral se encontraban sus tíos Ron y Hermione, acompañados por su primo Hugo. Rose no estaba.
-¡Albus!-su primo corrió hacia él y lo abrazó con cariño-. ¡Feliz Cumpleaños! Por ayer, digo…
-Gracias Hugo
-Feliz Cumpleaños, Albus-Hermione se adelantó y le dio un veloz abrazo- ¿Te gustó nuestro regalo?
-Sí, aunque aún no le he encontrado un uso.
-Hola Albus.-su tío Ron fue un poco más frío que el resto de su familia mientras estrechaba la mano de Albus. Supuso que sería debido al altercado con Rose, por lo que lo saludó con normalidad y cerró la puerta tras ellos.
-Hugo-llamó a su primo con una seña-. ¿Dónde está Rose?
-Fue a pasar las fiestas con una amiga del colegio. Creo que se llamaba Emma…
De modo que, para no verlo, Rose se había refugiado en la casa de Emma. No se lo esperaba, es más, pretendía volver a pedirle disculpas a su prima si la veía. Ahora tendría que esperar a que ambos volvieran a Hogwarts. Más tarde llegaron sus abuelos Arthur y Molly, acompañados por el soltero George, quien nunca se había casado ni tenido hijos. Luego llegaron Bill y la siempre hermosa Fleur, acompañados por sus hijos Victoire y Pierre. Ambos habían heredado la sangre veela que su madre poseía, por lo que tenían un efecto hipnotizante en las demás personas, pero sólo Victoire tenía el pelo platinado como su madre, mientras que Pierre era pelirrojo como Bill. Percy llegó acompañado de su hija Ingrid, quien había heredado el negro pelo de su difunta madre, que había muerto en un accidente en su trabajo. Por último llegó Charlie junto con su esposa Mia, a quien había conocido en un viaje a Suecia para estudiar los dragones suecos. Con ellos venían sus gemelos pelirrojos Lars y Nicolay y su única hija, una pequeña rubia de ojos azules llamada Dalia. Luego de que la numerosa familia se saludara con alegría y numerosos abrazos, se sentaron todos a la mesa del salón, que había sido agrandada mágicamente para que cupieran tantas personas. Uther se había lucido cocinando: hasta Molly Weasley admitió que la tarta de carne era mejor que la suya, declaración que había dejado a toda la mesa sin palabras. Luego vinieron los postres, un desfile sin fin de tartas bañadas en crema, así como una incursión de Uther en la comida latinoamericana, bananas fritas, las cuales fueron un éxito rotundo. Después de la cena, Albus conversaba muy animadamente con sus primos Lars y Nicolay sobre sus respectivos colegios. Sus primos también habían empezado el colegio ese año, sólo que ellos iban a Durmstrang, debido a la cercanía de la escuela de su residencia en Rumania, donde vivían debido al trabajo de Charlie. Le contaron muy entusiasmados la cantidad de clases prácticas que tenían, así como de sus clases de Introducción a la Magia Negra.
-Quizás te resulte siniestro, Albus, pero es más interesante que malvado-le decía Lars intentando borrar la mueca de desaprobación de la cara de su primo.
-No voy a estar de acuerdo contigo, lo siento Lars.
-Lo que sucede es que en tu colegio les enseñan sólo Defensa Contra las Malas Artes, mientras que a nosotros nos enseñan las dos cosas: cómo hacer magia negra y cómo deshacerla-intentaba explicarle Nicolay-. De esa forma tenemos un conocimiento mayor sobre ella y la podemos dominar más adecuadamente.
-¿Pero que hay si se sienten tentados a utilizarla?
-No veo cuál es el problema-contestó Lars-. Parece que en Hogwarts son todos miedosos, ¿no es así, Nicolay?
-Si es verdad-los gemelos tenían ambos muecas burlonas en el rostro-. Creí que en la casa de las víboras eran más comprensivos con respecto a la magia negra, pero al parecer eres como esos cobardes… ¿cuál era el nombre? ¡Ah, sí! Hufflepuffs.
Lo siguiente sucedió en un instante. Las sillas de sus primos se deslizaron hacia atrás alejándose de la mesa, los chicos se elevaron un metro por sobre sus asientos y salieron volando hacia atrás, recorriendo toda la longitud del salón en menos de dos segundos, para luego chocar contra la pared y caer estrepitosamente al suelo. Charlie y Mia acudieron velozmente a ayudar a sus hijos, quienes estaban ilesos, más allá de una dolencia en sus traseros. El resto de la familia estaba petrificada sobre sus asientos, excepto por Harry, que había tomado a Albus por el hombro y lo sacaba a la fuerza hacia el vestíbulo. Cuando su padre cerraba la puerta tras de sí, pudo oír a Ginny disculpándose con el resto de la familia, explicando su enfermedad y lo inestable que Albus se encontraba. Harry se volvió hacia él:
-Creí que te controlarías Albus, es lo que habíamos acordado.
Era cierto. Esa mañana, antes que empezaran a llegar los integrantes de la numerosa familia Weasley, Harry había ido a visitar a Albus a su habitación y le había pedido que controlase sus emociones para que "su alter-ego" no emanara durante el tradicionalmente pacífico almuerzo de Navidad. A cambio, Albus había conseguido un aumento de su mensualidad, la cual le era enviada a Hogwarts todos los primeros de mes.
-Lo sé papá-Albus trató de controlar el enojo que aún luchaba por salir en forma de hechizos y maldiciones-. Todo iba grandioso, pero fue una simple y estúpida mención a Hufflepuff…
-¿A qué te refieres?-su padre lo miró de forma inquisitiva.
-B-bueno, ellos d-dijeron que me p-parecía más a un c-cobarde Hufflepuff que a un…
-¿Qué a un Slytherin?-Harry negó con la cabeza. Suspiró antes de volver a hablar.-Déjame decirte algo. Las cualidades son de la casa, no de la persona.
-Pero se supone que el Sombrero Seleccionador comprueba que cualidades tenemos para saber a qué casa mandarnos…
-Así es. Pero, ¿sabes que es lo que pienso en este caso Albus? Pienso que más allá de las posibles cualidades que puedas llegar a tener, el Sombrero tiene más en cuenta tu decisión, aunque tú no la expongas-le explicó su padre en un tono relajado-. Y yo creo que el leyó en lo más profundo de tu mente tus verdaderos deseos. El tuvo mucho más en cuenta tu decisión, al igual que conmigo.
-¿Pero de qué hablas?-Albus no daba crédito a lo que escuchaba- Yo no quería ir a Slytherin, tenía miedo de qué me dirías si quedaba allí y…
-Corrección. Creías tener miedo de eso, pero la realidad es otra-lo interrumpió su padre-. Yo ya te había dicho que no me importaba la casa en la que quedaras; esa era sólo la excusa que usabas para cubrir tu deseo: ir a Slytherin, y de esa forma resaltar, como has querido resaltar desde que eras pequeño-su padre acabó la frase en un tono de exasperación que lo había dejado sin aire.
-¡¡YO NO QUIERO RESALTAR!!-estalló Albus con toda la fuerza que sus pulmones le permitían, y haciendo que Harry cayera hacia atrás y se golpeara la cabeza con el marco del cuadro de Walburga Black, quién-debido al estruendo-empezó a aullar. Albus miró con furia a la madre de Sirius Black y le gritó con fuerza:- ¡¡YA CÁLLATE!!
Walburga siguió abriendo y cerrando la boca gritando maldiciones, sólo que el sonido ya no salía de su boca. Albus la había dejado muda. Harry se levantó hecho una furia, frotándose la cabeza, mientras se escuchaba un apresurado ruido de pisadas y algunas cabezas se asomaban por la puerta para ver lo que ocurría. Por un leve momento, Albus creyó que su padre sacaría la varita y le echaría un maleficio, pero contrario a eso se serenó y le dijo en un tono muy delicado:
-Albus, haz el favor de volver al salón y disculparte con tus primos y con el resto de la familia. No tienes por qué disculparte conmigo, yo sabía que si te enojabas sucedería algo así.
Habiéndose esfumado su malhumor, decidió obedecer a su padre sin chistar. No quería que alguien más se enfadara en esas Navidades. Se acercó a la puerta del salón y vio desaparecer rápidamente las cabezas de Ginny, Ron y Molly, quienes seguramente se habían acercado a ver qué es lo que había sucedido entre padre e hijo. El resto de la familia permanecía callada, tratando de escuchar que es lo que había ocurrido, pero al ver entrar a Albus en el salón reanudaron sus conversaciones apresuradamente. Se acercó silenciosamente a sus primos, quienes estaban sentados en un sillón, algo alejados y se concentró en ellos.
-Lars, Nicolay…yo…
-No te preocupes, Albus-le cortó Nicolay-. Tía Ginny ya nos explicó a todos sobre tu enfermedad y tus…brotes.
-Así es, por lo que no tienes de qué preocuparte-su primo Lars le sonrió
-Ah… bueno, de todas formas quería pedirles perdón. No debería haber reaccionado así.
Albus no se había dado cuenta de lo chusma que era su familia hasta ese momento. Todos se habían callado para escuchar la charla entre los primos, y cuando Albus acabó de hablar le dedicaron un fuerte aplauso, que hizo que se ruborizara y se sintiera sumamente avergonzado. Dichas emociones también tuvieron efectos. Su pelo se tornó rojo, por lo que por un momento Harry Potter dejó de tener un hijo con pelo negro. Todos rieron ante el sorpresivo cambio, incluso Albus, que se había visto en un espejo. El pelo rojo no le sentaba para nada bien.