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Historia 32333 — capítulo 14
Durante el resto de las vacaciones de Navidad, Albus no volvió a perder el control, aunque con bastante ayuda de quienes lo rodeaban. En una ocasión estuvo a punto de volver a romperle la nariz a James, pero había logrado controlarse antes de lanzarle un encantamiento. Antes de percatarse de ello, se encontraban de nuevo en la plataforma 9 ¾ para tomar el Expreso de Hogwarts, que los llevaría de regreso al castillo. Albus intentó una vez más hablar con su prima Rose, a quien no había podido ver en el almuerzo Navideño, para pedirle disculpas. Sin embargo, no tuvo mejores resultados que los de la última vez.
-Te dije que no me hablaras, Albus Severus.-su prima le dirigió una gélida mirada que irradiaba odio.
-Pero Rose…yo sólo quería ped…
-¡No me importa que querías!-le espetó sumamente enojada la niña-¡Aléjate de mí o te lanzaré un maleficio!
Tras decir esto se alejó velozmente en dirección a Rob y a Emma, quienes estaban varios metros más allá. Albus miró a Emma, quien le devolvió la mirada y, para su sorpresa, le sonrió. Rob también había visto la sonrisa que la niña le había dedicado a Albus, por lo que tomó a sus dos amigas por los hombros y las metió en el tren, para luego seguirlas. Parecía que su enemistad con Rob estaba tomando nuevos senderos.
-¡Albus!-su madre lo llamó muy alterada-¡Sube al tren, rápido! ¡Ya ha sonado el silbato!-Albus se apresuró a subir al tren y en sacar la cabeza por la ventana para despedirse de sus padres. Ginny le lanzó un beso mientras exclamaba:- ¡Que tengas una buena segunda mitad de año! ¡Te escribiremos!
En ese preciso momento el tren comenzó a andar y a tomar velocidad, dejando atrás a Harry y a Ginny, quienes saludaban con la mano. Cuando el tren tomó una curva, sus padres desaparecieron de su vista. Albus metió la cabeza en el tren una vez más y aferró su baúl con la mano derecha mientras transitaba por el pasillo en busca de algún compartimiento donde sentarse. Pasó frente al compartimiento que ocupaban Finnigan, Macmillan y sus amigos de Gryffindor, quienes lo miraron con la misma hostilidad que Albus les dedicó en su mirada. Cuando estaba llegando a la parte delantera del tren, escuchó que alguien lo llamaba desde un compartimiento que se encontraba a su izquierda:
-¡Albus! Nos estábamos preguntando donde andabas-la cabeza de Christian asomaba desde la puerta entreabierta del compartimiento-. Ven, entra.
Abrió la puerta y se hizo a un lado para permitir que Albus entrara en el compartimiento. Dentro también se hallaban Scorpius, Augustus y Lawrence, quienes lo saludaron con tranquilidad y se hicieron a un lado para que se sentara también.
-¿Qué tal las vacaciones?-preguntó Albus en forma general.
-Buenas. ¿Recibiste nuestro regalo de cumpleaños?-preguntó Augustus.
-¡Ah, sí! Muchas gracias-Albus había olvidado escribirles agradeciendo el regalo-. Me encantó la funda para varitas-aguardó un segundo y agregó-. Hace juego con el regalo de mis padres.
Extendió el brazo izquierdo y abrió la mano, enseñando sus dedos para que sus amigos pudieran ver el anillo que se encontraba en su dedo índice. El anillo de plata que sus padres le habían regalado refulgió bajo la luz del sol que entraba por la ventana, y la esmeralda que estaba en el ojo de la serpiente emitió reflejos verdes sobre el rostro de Albus. Scorpius emitió un leve silbido.
-Muy bonito, Albus. Representa a tu lealtad hacia Slytherin, ¿no es así?-le preguntó su amigo.
-Estas en lo cierto-Albus sonrió con sinceridad
El Gran Salón se encontraba decorado nuevamente como a principio de año, evidentemente debido al banquete de vuelta de las vacaciones. La decoración navideña se había esfumado y el Gran Salón presentaba su aspecto normal, aunque imponente y magnífico como siempre. Los chicos se sentaron en la mesa de Slytherin en unos asientos cercanos a la mesa de los profesores y permanecieron en silencio cuando el director Lesseps se levantó del asiento dorado que estaba en el centro de la Gran Mesa para dar la bienvenida a los alumnos:
-¡Bienvenidos, les digo a todos! Espero que todos hayan tenido unas felices fiestas-les dedicó una sonrisa paternal y movió la cabeza de lado a lado, lo que provocó que las luces de las velas se reflejaran en su calva cabeza. Luego prosiguió:-. Estoy encantado de volver a verlos, y espero que esta segunda mitad de año sea tan buena como la primera…y quizás un poco más tranquila-al decir esto dirigió una fugaz mirada a Albus con el rabillo del ojo-. Ahora no me queda nada más que decirles que… ¡A comer!
El breve discurso fue recibido con un fuerte aplauso que se apagó al instante, debido a que los estudiantes estaban hambrientos y se habían abalanzado sobre las fuentes repletas de comida que como de costumbre habían aparecido de repente. La enorme porción de guiso de riñones y el descomunal trozo de tarta de melaza que comió como si fuera un animal famélico lograron dejarlo somnoliento antes de la cuenta y casi ni prestaba atención a la charla que se desarrollaba alrededor suyo. Lentamente los parpados fueron cerrándosele hasta que se quedó dormido. Todo ocurrió en menos de un minuto. Se encontraba sólo en el Gran Salón y era de noche. La única luz que recibía el recinto en penumbra venía directamente de la luz de la luna que proyectaba el techo encantado. El se hallaba sentado en la mesa de Slytherin, cuando una mano vieja y arrugada le tomó la mano y tiró de él hasta meterlo debajo de la mesa…dónde la cara de Lawrence se hallaba a un par de palmos de la suya.
-Albus, ¿te sientes bien?
-¿Qué…que ocurrió?-se incorporó. Estaba en el frío suelo del Gran Salón y le dolía la parte trasera de la cabeza.
-Te dormiste y resbalaste de la mesa-le explicó su corpulento amigo. Lawrence le pasó un brazo por la cintura y lo ayudó a incorporarse, aunque sólo para ver cómo Saint-Clair venía hacia ellos.
-Potter, ¿te encuentras bien?-se acercó a él y le puso la mano en la frente.-No tienes fiebre, o al menos eso creo. De todas formas irás a la enfermería.
Albus no tuvo tiempo para replicar. La profesora lo tomó del brazo y lo condujo hasta la doble puerta del Gran Salón. Toda la mesa de Slytherin lo miraba con curiosidad, por no decir el resto de las mesas. Se alegró cuando, por fin, la profesora y él atravesaron las gruesas puertas de roble y comenzaron a subir por la escalera de mármol del vestíbulo. Albus decidió aprovechar esa oportunidad para librarse de ella.
-Profesora, esto no es necesario-se paró en seco, obligándola a detenerse también-. No me ocurre nada, es sólo que no dormí mucho durante la noche y la comida consiguió adormecerme.
-No lo sé, Potter. Creo que sería conveniente que Madame Pomfrey te examine para descartar una posible enfermedad.
-Le aseguro que estoy bien-a pesar de sus afirmaciones, Saint-Clair no parecía muy convencida-. Hagamos un trato. Hoy no me lleva a la enfermería, y si mañana me encuentro bien, asunto terminado. Pero si mañana me siento mal, iré a la enfermería y dejaré que Madame Pomfrey me examine sin resistirme.
Saint Clair pareció reflexionar un poco. Era evidente que iba contra sus principios hacer un trato con un alumno, y aún más si se ponía en juego la salud de uno de ellos. Pero al final le respondió, mientras afirmaba con la cabeza:
-De acuerdo, señor Potter. Pero quiero que me prometa que mañana irá a la enfermería si se siente mal.
-Se lo prometo profesora-le dijo Albus, poniendo la mayor cara de inocencia que fue posible.
-Bueno. Ahora regrese a la Sala Común, Potter. Y quite esa cara, no convence a nadie con ella-lo miró con reprobación mientras lo soltaba y se alejaba hacia los pisos superiores.
Convencido de que no iría a la enfermería al día siguiente aunque el calamar gigante le arrancase un brazo, Albus emprendió el camino hacia la Sala Común de Slytherin bajando por las escaleras. En el vestíbulo se encontró con el resto del grupo estudiantil, que al parecer había sido despedido por Lesseps y se dirigían a sus respectivas Salas Comunes. Esquivó a varios alumnos mayores que él con dificultad y bajó las escaleras que descendían hasta el sótano y más abajo, a las mazmorras. Tras recitar la contraseña, la pared se deslizó con lentitud para dejarlo entrar en la Sala Común. Había algunos alumnos mayores, quienes al parecer no querían irse a dormir aún. Sus amigos no estaban allí, seguramente estaban algo cansados y se habían ido a acostar. Evidentemente, estaban los cuatro poniéndose los pijamas cuando entró en su habitación. Los cuatro levantaron la mirada hacia él en cuanto repararon en su presencia. Scorpius fue el que habló:
-¿Te encuentras bien?
-Sí, no tienen por qué preocuparse-Albus no le dio importancia-. Es sólo que anoche no dormí bien y la comida del banquete me dejó atolondrado. Todo lo que necesito es una buena noche de sueño.
Sus amigos lo miraron con desconfianza, pero no insistieron en el asunto. Albus terminó de ponerse el pijama y se metió entre sus sábanas de satén plateado para disfrutar por haber vuelto al castillo.
Se alejó de su pergamino agotado. Esa redacción para Saint-Clair le estaba secando el cerebro por completo y Augustus no parecía muy dispuesto a ayudar a sus amigos a acabarla más rápido.
-¿Para qué me interesa aprender los conceptos básicos de las transformaciones de animales?-protestaba Christian mientras sacudía la pluma, como si pretendiera que la redacción de treinta centímetros saliera sola de la pluma.
-Pues porque quizás en algún momento de tu vida necesites transformar un animal en algo más y sería útil saber cómo hacerlo-le contestó Albus, aunque en su interior opinaba igual que Christian. Luego agregó:- Por cierto, Christian, estás manchando tu hoja con tinta.
-Bah, como si fuera a transformar un par de peces dorados en botones de oro todos los días-bufó Scorpius. De repente, soltó la pluma y se puso a retirar sus pergaminos de la mesa que estaban ocupando en la Sala Común-. No puedo pensar más. Me voy a la cama.
-Te acompaño-Christian abandonó sus inútiles intentos por borrar las manchas de tinta que habían aparecido en su pergamino. Recolectó sus cosas también y se levantó al igual que Scorpius-. ¿Vienes, Albus?
-No, me quedaré trabajando. Intentaré acabar esto hoy-señaló la redacción con hastío y se volvió a Augustus-. ¿No te mataría darme una mano, no crees?
-Por supuesto que no lo haría. Pero quien sabe, quizás algún día te vendría bien transformar un par de peces dorados en botones de oro y no podrás hacerlo sólo porque yo hice esa redacción en tu lugar-esbozó una sonrisa burlona muy extraña en él y volvió a la lectura de su libro, "Objetos Alquímicos Legendarios", mientras sus dos amigos desaparecían a través de la puerta que iba a los dormitorios masculinos. Sin embargo, levantó la cabeza al instante y cerró el libro de un golpe-. No puedo leer más, me duelen los ojos. ¿De verdad te quedarás aquí trabajando?-levantó las cejas en señal de incredulidad.
-Sí, no entiendo porque te sorprende tanto. Siempre fui muy aplicado-Albus puso cara de sabelotodo.
-Sobre todo cuando se trata de Transformaciones-Augustus sonrió, divertido-. Buenas noches.
Augustus desapareció tras la misma puerta por la que habían desaparecido Scorpius y Christian y Albus se quedó solo en la Sala Común. Lawrence había tenido un accidente en clase de Pociones y pasaría un par de días en la enfermería, por lo que no aparecería por ahí. Transportó sus cosas a una mesa cercana con una lámpara de aceite para no quedarse ciego mientras leía los libros que había sacado de la biblioteca para realizar el trabajo. Era una tarea muy tediosa, sobre todo estando solo. Había muchos nombres de magos famosos que habían sido estudiosos de las transformaciones de animales que serían buenos para su redacción, así como sus descubrimientos. Pero al parecer algunos desgraciados habían descubierto muchas cosas que eran dignas de ser anotadas. Luego de lo que creyó era una hora, el olor de la tinta más el cansancio consiguieron adormecerlo, haciendo que los párpados le pesaran como si le hubieran colgado un par de yunques en ellos. Lentamente fue recostándose sobre el libro que leía, el cual le pareció la mejor almohada del mundo en ese momento. Finalmente se quedó profundamente dormido.
-¡Albus, despierta! ¡Despierta!
Alguien lo sacudía con brusquedad para que despertara, pero la superficie del libro era tan cómoda que no tenía intención de abandonarla. Sin embargo no le quedó otra opción cuando alguien lo golpeó en la coronilla e hizo que se golpeara con fuerza la nariz.
-¡Oye! ¡No molestes, estoy durmiendo!-le gritó a la persona que estaba frente a él, quien resultó ser Scorpius.
-No seas idiota y levántate. Vamos a llegar tarde a Defensa Contra las Artes Oscuras.
-¡Que no molestes!-replicó nuevamente Albus. No estaba de humor para que lo levanten de esa forma.
-Como quieras-la voz de Scorpius parecía resignada-. ¡Compungô!
Albus sintió un potente ardor en el dorso de la mano izquierda y saltó de la silla, adolorido. Scorpius estaba con su varita en la mano y aún apuntaba a Albus con ella. Se frotó la mano, que estaba enrojecida.
-No tenías porqué hacerme un maleficio punzante-le espetó con fastidio a su rubio amigo-. Con sacudirme habría bastado.
-No, no bastaba. Ahora levántate y camina, o Lippi nos castigará. No nos permitirá que sigamos llegando tarde a sus clases.
Juntó lo más rápido que pudo todas sus cosas y las metió en la mochila, que descansaba junto a él apoyada en una silla. Cuando se aseguró que tenía todo lo necesario para el resto del día, salió acompañado de Scorpius de la Sala Común. Cuando estaban en el vestíbulo comenzaron a subir las escaleras corriendo. Sin embargo, cuando llegaron al pasillo oeste del segundo piso pudieron ver que la puerta de la clase estaba cerrada, lo que significaba que habían llegado tarde.
-Vaya, vaya. Tarde de nuevo, muchachos-la profesora les dedicó una mirada reprobatoria con sus grandes ojos grises-. Siéntense-les ordenó en un tono autoritario muy peculiar en ella. Los dos chicos la obedecieron sin chistar y se sentaron en un rincón sobre el suelo. Los pupitres no estaban, lo que significaba que tendrían una clase práctica-. Le estaba diciendo a la clase que hoy por fin empezaremos a practicar el hechizo aturdidor. Dado que han llegado tarde, muchachos, nos mostrarán cómo se hace-agregó la profesora volviéndose hacia ellos.
Los dos chicos se sorprendieron un poco, sobre todo Albus. Nunca se imaginó que la profesora volviera a emplearlo para una demostración, teniendo en cuenta lo que había sucedido la última vez que lo había hecho. Evidentemente muchos de los alumnos pensaban igual que él, porque habían empezado a murmurar entre ellos y Albus se imaginaba sobre qué. La profesora los esperaba al frente de la clase con expresión divertida. Albus supuso que hacer pelear a dos amigos le resultaría una buena implementación de castigo. Albus y Scorpius se enfrentaron, realizaron el protocolo de duelo y nuevamente quedaron enfrentados, con una distancia de unos cinco metros entre ellos.
-A la cuenta de tres comenzará el duelo. Uno, dos…-Albus preparó su varita- ¡tres!
Scorpius actuó con tal velocidad que dejó perplejo a Albus. Dio un paso hacia adelante con la varita en alto y exclamó:
-¡Desmaius!-el chorro de luz roja que salió de la punta de la varita de su amigo le rozó una oreja cuando dio un paso a un lado para esquivarlo.
-¡Furnunculus!-Scorpius se echó a un lado para esquivar el haz de luz verdosa que Albus había emitido, pero no lo consiguió del todo. El hechizo le dio de lleno en la mano izquierda, la cual se llenó de enormes y, probablemente, dolorosas pústulas. Sin embargo, eso no detuvo a su compañero.
-¡Desmaius!-su amigo volvió a lanzar el hechizo aturdidor, lo que le concedió un alago de parte de la profesora Lippi.
-¡Protego!-Albus utilizó el encantamiento escudo para repeler el hechizo de su amigo y luego giró sobre su propio eje mientras se deslizaba hacia un lado y pronunció con potencia:-¡Desmaius!
Su hechizo salió despedido hacia Scorpius, quien no pudo interceptarlo y recibió al haz de luz roja de lleno en la cara. El cuerpo de Scorpius cayó inconsciente hacia atrás y golpeó con fuerza el suelo.
-¡Bravo muchachos, bravo!-comenzó la profesora- Fue una excelente demostración-se inclinó sobre Scorpius y pronunció-¡Rennervate!
De inmediato, Scorpius abrió sus ojos y se levantó, frotándose la cabeza. Albus se adelantó hacia él y se estrecharon las manos. La profesora Lippi los puso a continuación en parejas para que practicaran el hechizo de a uno por vez. El que aturdiera a su compañero debía despertarlo de la misma forma en que Lippi había hecho con Scorpius. Para desgracia de Albus, la profesora lo puso con Rob Warwick, quien tampoco parecía muy conforme con su pareja de práctica. A pesar de que cada dos por tres debía utilizar magia y no podía distraerse, Albus se aburría mucho. Rob cada vez perfeccionaba más el encantamiento aturdidor y era evidente que disfrutaba de dejar inconsciente a Albus cuando tenía la oportunidad. La clase se estaba convirtiendo en una rutina para Albus, por lo que se dedicó a observar a los demás. Augustus estaba reanimando a Scorpius cuando una voz lo sacó de su ensimismamiento:
-¡Vamos, Potter!-Rob lo miraba con hastío-¿Eres capaz de aturdirme o debo aturdirme a mí mismo?
El haz de luz roja salió de la varita de Albus con una velocidad que dejó anonadados a ambos niños. Sin embargo, Rob reaccionó de manera instintiva y se lanzó al suelo, esquivando el hechizo de Albus, que fue a dar contra un cuadro de la pared, el cual estalló en pedazos. El estruendo hizo que la clase se detenga y la profesora hablara:
-Ese encantamiento aturdidor es de temer. ¿Fue usted, señor Potter?-Albus asintió con la cabeza. Lippi se volvió a Rob:-Yo que usted me cuidaría, señor Warwick. Ese encantamiento hubiera aturdido a un hipogrifo. Veinte puntos para Slytherin.
La profesora dio por terminada la clase y los alumnos se pusieron en movimiento. Mientras juntaba su mochila, Albus pensó que había sido afortunado de que su "otro yo" hubiera lanzado un encantamiento aturdidor y no un maleficio, así también como de los reflejos de Rob. Habían pasado unas dos semanas desde la última vez que había perdido el control y ya se estaba empezando a asombrar de su capacidad por mantener la calma.
Estaba tan hambriento por haberse perdido una de las comidas diarias a las que se había acostumbrado que consumió la cena a una velocidad alarmante. Sus amigos le preguntaron varias veces si se encontraba bien, pero su respuesta ya sonaba repetitiva. Lo único que quería era dirigirse a la Sala Común para terminar de una buena vez la redacción para Transformaciones y poder irse a dormir. Lo que necesitaba era eso: su cómoda cama y sus suaves sábanas de satén plateado. Augustus se mostró igual de reacio a ayudarlos que la noche anterior, pero aún sin ayuda pudieron terminar la redacción, aunque no sin mucho trabajo. Ya era cerca de la medianoche cuando Albus puso el último punto de su redacción. Le ardían los ojos del cansancio y por haber trabajado muchas horas con esa precaria luz. Sonrió cuando, por fin, cerró las cortinas de su cama y apoyó la cabeza en la almohada, para quedarse profundamente dormido sin necesidad alguna de ponerse en una posición más cómoda. Se despertó cuando debían ser las tres de la madrugada. Lo único que podía ver era penumbra absoluta, pero luego se dio cuenta que sus cortinas estaban cerradas. Tanteó en la oscuridad por las cercanías de su cabeza hasta encontrar el cordel, para luego tirar de él y de esa forma abrir las cortinas. La iluminación no cambió en absoluto. Era obvio que aún era muy temprano, porque la lámpara de aceite que los elfos prendían a eso de las seis estaba apagada. Estiró la mano izquierda para tomar su varita, que reposaba sobre su mesa de luz. "¡Lumos!" susurró, y una débil y mortecina luz iluminó levemente todo lo que se encontraba a un metro de distancia de Albus. Levantó su varita para intentar ver más allá, pero no obtuvo mayores resultados que antes. La oscuridad era inescrutable. Repentinamente, algo se movió en las cercanías de la puerta. No podía distinguir prácticamente nada, pero sí pudo ver cómo una sombra más densa cambió de lugar.
-¿Quién está ahí?-susurró con voz temblorosa. No iba a negarlo: estaba muerto de miedo.
Cómo se esperaba, no obtuvo respuesta alguna, por lo que se puso de pie y se aproximó lentamente hacia donde le parecía que se encontraba la sombra. Pasó lentamente frente a las camas de sus amigos, iluminándolas tenuemente con la luz de su varita. Cuando llegó hasta la puerta no encontró más que el tradicional espacio vacío que rodeaba la entrada al cuarto. Fue entonces cuando escuchó algo detrás de él y giró velozmente sobre sus talones, para encontrarse con el rostro de Augustus esbozando una enigmática sonrisa.
-Baja la varita, Albus. No la necesitarás-dijo en un susurro.
-¿Qué hacías levantado?
-Esperaba a que tú te levantaras.
-Pero, ¿Por qué?-Albus lo miró extrañado. La blanca tez de Augustus parecía más amarilla y apergaminada bajo la luz de su varita.
-Albus, por favor, no podemos conversar así-le dijo Augustus en tono que aparentaba ser suplicante. Luego el tono se tornó autoritario-. Baja la varita.
Albus no quería hacerlo, pero vio horrorizado cómo su brazo comenzó a bajar lentamente, luchando contra su voluntad. Intentó impedirlo, pero las órdenes que le daba a su brazo parecían nunca ser recibidas. Al final, su brazo quedó inerte junto a su cuerpo y la iluminación bajó, hasta que apenas podía ver el cuello y el mentón de Augustus. Pero en cuanto los miró ahogó un grito de horror. El cuello de Augustus estaba cubierto por numerosos pliegues de vieja y frágil piel de anciana, además de estar moteado por las características manchas de la edad. Intentó enfocar los ojos en la oscuridad para poder ver el mentón, el cual tenía el mismo aspecto. Estaba cubierto por manchas y también por un par de verrugas que la tersa piel de Augustus no solía aparentar. Sólo había una respuesta a eso: ese no era Augustus.
-¿Quién eres?
-Hace un tiempo que no te visitaba-el supuesto Augustus tenía una voz diferente, cascada por la edad y más aguda que de costumbre. La voz de una vieja-. Ven, conversemos.
Se alejó de la luz para desaparecer por completo en las penumbras. Albus no se movió ni un centímetro, pero vio con pavor cómo su cuerpo se elevaba y flotaba hasta posarse sobre su cama nuevamente, sentándose en ella y tapándose hasta el pecho con sus sábanas. El falso Augustus estaba sentado en una silla junto a su cama, aunque sólo podía ver la silueta en la oscuridad, la cual tampoco era cómo la de Augustus. Era la silueta de la misteriosa mujer que lo había ido a ver a la enfermería cuando había quedado inconsciente tras su encuentro con la mantícora.