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Historia 32333 — capítulo 15

Albus intentó, nuevamente, escudriñar en la oscuridad para poder ver con claridad la totalidad del rostro de esa misteriosa mujer, quién había vuelto para hablar con él. La silueta encorvada se removió sobre su asiento y le volvió a hablar con esa voz cascada que poseía:

-No podrás verme aquí, Albus.-soltó una débil y traviesa risita antes de continuar-. Puedo ser muy discreta cuando me lo propongo, así que te recomiendo que dejes de intentar ver lo que no puedes ver.

    Así lo hizo Albus. Trató de salir de entre las sábanas, pero se dio cuenta que éstas se habían enrolladlo en torno a su cuerpo, actuando a modo de camisa de fuerza.

-Tampoco podrás librarte de tus sábanas.

-¿Por lo menos me dirás quién eres?-le espetó Albus con enfado, aunque su voz sonó más entrecortada debido a la presión de las sábanas sobre su pecho que enojada.

-Hummm-la mujer reflexionó unos momentos-. Bueno, supongo que puedo decirte que me llames Morgen.

-¿Morgen? ¿Qué clase de nombre es ese?

-Hace tiempo que quería hablar contigo, Albus-dijo Morgen-. No pudimos conversar cuando estabas en la enfermería…

-¡No pudimos conversar entonces porque dejaste tu marca sobre mí con mi propia varita!-exclamó Albus, quién comenzaba a molestarse de verdad.

-Bueno, sí. Pero yo de verdad quería conversar contigo, pero llegaron esas dos mujeres y no pude quedarme.

-Pero… me despertaron cuando era de día y yo había estado soñando contigo. ¿A qué te refieres con que no pudiste quedarte?

    Morgen rió. Su risa era ruidosa y estridente, pero ninguno de sus compañeros pareció despertarse

-¿De verdad creíste que era un sueño? Soy poderosa, Albus, pero ni siquiera yo puedo penetrar en tus sueños. Lo que viste te pareció un sueño porque era una ilusión. Yo cree la ilusión de la noche y te aturdí cuando escuché que se acercaba alguien. Debo admitir que el plan no salió enteramente como lo había planeado. Yo debería haber tenido tiempo para continuar tallando las runas, pero lograste romper mi encantamiento silenciador y tu grito llamó la atención. Sin embargo, me alegró de haber podido tallar por lo menos la primera runa.

-¿Qué son esas runas de las que hablas? ¿Y por qué quieres tallármelas?

-Creo que con decirte que se trata de las Siete Runas Antiguas será suficiente. Y con respecto a tu segunda pregunta, Albus, quiero tallártelas a ti porque creo que no hay mejor candidato para portarlas.

-Sigo sin entender-la voz de Albus sonaba cada vez más débil debido a la fuerza con que las sábanas lo estrujaban-. ¿Podrías por lo menos aflojar la tensión de las sábanas?

-Eres el mejor candidato debido a tus grandes poderes mágicos naturales-le explicó Morgen, mientras sacudía la mano, haciendo que las sábanas se relajaran un poco, permitiéndole respirar más cómodamente-. Cuando vi lo que sucedió en el bosque prohibido, supe que tú eras el elegido.

-¿Tú estabas allí? ¿Ósea que yo maté a la mantícora?

-Sí, Albus. Tú la mataste. Y fue justamente eso lo que me indicó que debía grabarte las runas. Muy pocos magos a lo largo de la historia han podido matar a una mantícora, y el hecho de que tú, con sólo once años, lo consiguieras me sorprendió sobremanera. Fue, por lejos, lo más impresionante que jamás he visto en el bosque desde hace más de mil años.

-¿Tú…vives en el bosque hace cuanto? ¿Qué edad tienes?

-Soy vieja, Albus. Muy vieja. Y he vivido en el bosque desde hace más de mil años. Pero no siempre viví en la miseria, no. Antes, Albus, yo vivía en este mismo castillo. Era mí castillo.

-Eso es imposible. Los cuatro fundadores lo construyeron y ha sido una escuela desde entonces-le espetó Albus con desdén.

-¡Por supuesto que no!-la voz de Morgen se tornó amedrentadora y feroz-¡Eso es lo que les enseñan desde hace mucho tiempo! Esos cuatro magos no construyeron este castillo, lo usurparon, lo ocuparon y lo saquearon. Se adueñaron de todo cuanto había en él. Intenté detenerlos, pero no voy a negar que eran poderosos. Me expulsaron, creyendo que me mantendrían al límite, pero volví sobre mis pasos y me interné en el bosque. Ellos lo supieron, por supuesto, pero mis poderes fueron suficientes para mantenerlos alejados del bosque-Morgen se detuvo y tomó aire-. El bosque es llamado "Prohibido" a causa mía. Ellos nunca advirtieron a nadie de mi presencia, pues tendrían que admitir que habían tomado el castillo por la fuerza. Es por eso que todos saben que el bosque es peligroso, pero nadie sabe en realidad por qué.

-Pero, ¿qué hay de los directores?-Albus estaba confundido, le dolía la cabeza y deseaba acostarse y dormir- ¿No deberían saber ellos de tu existencia?

-¿No me escuchaste, Albus?-le dijo Morgen- Los cuatro ladrones no dijeron nada de mí, y a su muerte el secreto se perdió por siempre, a excepción mía, por supuesto.

-¿Y cómo es que tú no has muerto aún y ellos sí?-Albus no quería seguir hablando con Morgen, pero le interesaba mucho cómo es que seguía viva luego de un milenio.

-Digamos que al vivir en la naturaleza aprendí cosas de ella. El bosque fue gentil conmigo. Es un lugar sumamente mágico, y dicha magia me ha ayudado a sobrevivir todo este tiempo.

-¿Y porque no intentaste recuperar el castillo cuando los cuatro fundadores murieron?

-¡Los cuatro ladrones, Albus! ¡No los cuatro fundadores, los cuatro ladrones!-Morgen volvió a enfadarse para calmarse nuevamente- No creas que no lo intenté. Muchas veces. Pero una vez más me sorprendí de los poderes de esos cuatro malditos.

-¿Por qué? ¿Qué hicieron?

-Una maldición. Magia muy antigua y muy oscura. Con pertenencias mías lograron poner una maldición repelente contra mí. Aún encontrándome fuerte y sana, no puedo permanecer en el castillo por más de una hora. Además, arriesgarme a entrar aquí drena la magia que me mantiene viva, por lo que debo esperar un tiempo para volver a entrar. No había entrado por más de seis siglos, hasta que te visité en la enfermería. Lo que nos lleva de nuevo al motivo de mi visita.

    Vio cómo la silueta de Morgen se levantaba de su asiento junto a su cama y se aproximaba a él. Albus intentó liberarse de las sábanas, pero éstas se habían vuelto a tensar, apresándolo como si fueran cadenas. La sombra de Morgen se acercó a la mesita de luz y tomó la varita de Albus, para luego volverse al chico.

-Espero que esta vez sea menos doloroso para ti, Albus-Morgen sonaba divertida-. Quizás te desmayes y me dejes trabajar tranquila.

-¡Espera!-exclamó Albus, haciendo que Morgen se detuviera con la varita a escasos centímetros de su estómago. La mente de Albus funcionaba a toda velocidad- Dime, ¿Cuánto tiempo has estado dentro del castillo?

    Morgen permaneció en silencio. Era evidente que se había dejado llevar por su historia y no había controlado el tiempo de su estadía, y eso la había puesto nerviosa.

-No intentes distraerme, muchacho-al parecer se había puesto molesta-. Te tallaré las runas y tú permanecerás callado-agitó la varita y Albus sintió que la garganta se le secaba. Morgen volvió a apuntarle al estómago con la varita y siseó:-¡Caelâre!

    Albus volvió a sentir ese terrible dolor ardiente, esta vez en la parte alta del estómago. Intentó gritar, pero Morgen lo había silenciado de forma más potente esta vez. El dolor lo cegaba aún más que la oscuridad de la habitación y lo hacía sentirse impotente. Si no detenía a esa bruja, le dejaría el cuerpo lleno de cicatrices y quién sabe qué más podría sucederle. Luchó contra la fuerza de las sábanas y pudo sentir cómo su enojo emanaba de él. No podía pronunciar palabra, pero aún así sintió cómo las sábanas de aflojaban, dejándolo libre.     Aprovechando la libertad que había obtenido, Albus levantó sus piernas y sorprendió a Morgen asestándole una fuerte patada en el pecho, que la lanzó hacia atrás y la hizo caer de la cama. En el silencio de la noche se escucharon algunos crujidos, como de huesos rotos. Pudo ver cómo, en medio de la oscuridad, Morgen se levantaba del suelo con dificultad para después volverse hacia él:

-Esto no acaba aquí, Albus.

    Sin embargo, antes que el muchacho pudiera replicar, la silueta se deslizó con velocidad hacia la puerta del cuarto y desapareció en las sombras una vez más. Albus no se quedó sentado en su cama, sino que se levantó. Cuando se acercaba al final de su cama, piso algo duro y miró hacia abajo, intentando divisar que era aquello que había pisado; era su varita, que Morgen había soltado en mitad de su huida. Se agachó para tomarla y apuntó con ella a la puerta, mientras iluminaba la habitación con una luz mucho más potente de la que había emitido anteriormente. No había rastros de Morgen por ningún lado de la habitación, ni debajo de las camas o en algún rincón. Se había ido.