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Historia 32333 — capítulo 16
A la mañana siguiente, cuando estaba en el baño de su habitación, lo primero que hizo fue observarse el estómago, para ver si Morgen había logrado su cometido. Lamentablemente lo había hecho. Una nueva forma extraña, una runa, se extendía sobre donde estaría la boca de su estómago, cómo si la hubieran grabado con una afilada daga. No le dolía, así como tampoco le dolía la que tenía a la altura del corazón. Ahora tenía dos runas talladas sobre su piel, las cuales lo acompañarían el resto de su vida. Algo que lo intrigaba era el significado de esa nueva runa. Le podría haber pedido a Augustus que se la traduzca, pero no le pareció prudente. Su amigo podría pensar que Albus se maltrataba a sí mismo y le contaría a algún profesor, quien le contaría a sus padres, quienes lo llevarían a ver al doctor Goldsmith, quien a su vez lo encerraría de por vida y Albus no volvería a ver la luz del día. No. Este era un asunto suyo, y nadie debía conocerlo. Si era necesario el mismo investigaría a fondo sobre el significado de esa runa; si era necesario las estudiaría. Pero nadie más debía verlas. Tenía una referencia para empezar a investigar: Morgen había mencionado varias veces las Siete Runas Antiguas, refiriéndose a ellas como las que tallaría en el cuerpo de Albus. Su investigación debía partir desde esas misteriosas runas hasta descubrir su significado. Y no se detendría hasta descubrirlo.
-¡Albus!-Christian aporreaba la puerta del baño-¡Apresúrate o nos perderemos el desayuno por tu culpa!
En ese preciso momento se metió en la ducha para relajarse un poco antes de ir a desayunar. Por más que lo intentó numerosas veces, no podía dejar de ver la nueva runa. Tampoco podía apartar sus pensamientos de Morgen. ¿Por qué quería tallarle esas runas? Había dicho que él era digno pero continuaba sin entenderlo. Tenía que averiguar el motivo de Morgen antes de que ésta volviera. Por suerte tenía algo de tiempo.
Una fría ola de viento los azotó con fiereza en cuanto salieron del castillo. El clima de febrero no era muy diferente del de enero. Por lo menos no nevaba más; pero aún así, permanecer fuera del castillo durante más de una hora hacía que a uno se le entumeciera la cara y cualquier parte del cuerpo que estuviera expuesta al aire congelado. Padecieron el trayecto hasta el campo de Quidditch envueltos en gruesas bufandas para cubrirse los rostros, aunque sin mucho éxito. El partido de ese sábado era Slytherin contra Hufflepuff, lo que hacía que los Slytherins confiaran plenamente en obtener la victoria. Albus opinaba que era algo precipitado haber organizado la fiesta en la Sala Común antes de tiempo, pero no podía negar que él también se sentía confiado. El equipo de Hufflepuff era legendario, según los alumnos mayores, por haber sido siempre un desastre. Albus observó atentamente el cielo, cubierto por densas nubes color gris oscuro, preguntándose qué tan malas eran esas condiciones para jugar al Quidditch. Cuando se escuchó con toda claridad el sonido de un trueno, Albus comprendió que esas condiciones eran pésimas. El equipo de Slytherin se desempeñó de forma asombrosa. Al cabo de los primeros veinte minutos de juego, llevaba la delantera con ochenta a veinte. Los jugadores de Hufflepuff no podían hacer nada contra los veloces cazadores de Slytherin, que recorrían el campo una y otra vez veloces como saetas, tiñendo el campo de verde y plateado, los colores de sus túnicas. A pesar de ir ganando con una cómoda diferencia, todos los estudiantes de Slytherin, junto con el resto del cuerpo estudiantil, se asombraron sobremanera cuando el buscador de Hufflepuff, Elliot Cale, se lanzó en picada hacia la base derecha del campo, siguiendo a toda velocidad un destello dorado. A pesar de haberse dirigido en la misma dirección, el buscador de Slytherin no voló con la velocidad suficiente para adelantarse a Cale, quien atrapó la Snitch dorada y levantó el puño, al mismo tiempo en que se escuchaba el silbato de Madame Hooch anunciando el final del partido. El ambiente de la Sala Común no podía ser más sepulcral. Todos los Slytherins estaban decepcionados y humillados; el haber perdido ante Hufflepuff era la mayor desgracia que podía haberles ocurrido, según Scorpius.
-Ya no tenemos posibilidades de ganar la copa, ¿se dan cuenta?-repetía su platinado amigo hasta el cansancio, haciendo que Augustus girara los ojos con hastío.-Esos asquerosos sangre sucia nos alejaron definitivamente de ella.
-Yo opinaba que no tenían que confiarse tanto-dijo Albus, y varias personas de los alrededores lo miraron con enojo-. Que sean de Hufflepuff no me parece motivo para subestimarlos.
Sus amigos hicieron de cuenta que no lo habían escuchado y se alejaron con disimulo de él, dejándolo sentado frente al fuego completamente solo. Por momentos le molestaba esa actitud de sus amigos hacia los estudiantes de Hufflepuff. Notó cómo algunas personas alrededor suyo lo miraban aún con resentimiento debido a su comentario; sin embargo el no se retractaría. Que los estudiantes pertenecientes a la casa del tejón fueran mayoritariamente sangres sucias no significaba que hubiera que subestimarlos.
La felicidad de las otras casas por ver a Slytherin derrotado era casi palpable. La semana siguiente al sábado del partido, la existencia de las serpientes se hizo prácticamente insoportable. No había ningún momento en el que los estudiantes de otras casas no se burlaran de ellos en los pasillos o en el Gran Salón. El martes, luego de la clase de Herbología, Albus se dirigió a la biblioteca, completamente determinado a iniciar su investigación sobre las Siete Runas Antiguas. Había querido iniciarla antes, pero los deberes habían logrado mantenerlo lo suficientemente ocupado como para no tocar ningún libro que no fuera alguno de los que usaba en sus asignaturas. En un momento de ocio que había tenido el domingo se le ocurrió ponerse a leer el libro que había encontrado en la biblioteca, pero luego de haber revisado hasta el cansancio su baúl, se percató de que había dejado el libro oculto bajo su cama en Grimmauld Place. Lo había escondido allí durante las vacaciones de Navidad y había olvidado recuperarlo en el apuro de la partida al colegio. En cuanto entró en la biblioteca, la anciana Madame Pince se le acercó desde su mostrador con cara de pocos amigos.
-¿En qué puedo ayudarte, muchacho?-lo observó con los ojos entrecerrados a través de unos enormes anteojos. Luego pareció reparar realmente en él:-¡Ah! Señor Potter, no lo había reconocido.
La bibliotecaria le había tomado cariño a Albus, así como a Augustus, luego de que estos hubieran ordenado la biblioteca con tanto esmero.
-Buenos días, Madame Pince-Albus forzó una sonrisa antes de continuar-. No busco nada en particular, sólo vengo a echarle un vistazo a la sección de Runas.
-Bueno, adelante señor Potter. Usted conoce esta biblioteca mejor que nadie.
Luego de esas palabras que habían intentado ser cariñosas, Madame Pince se alejó de él y volvió a su mostrador, donde limpiaba un enorme libro con las hojas doradas. Albus se encaminó hacia aquella sección de la biblioteca más alejada de las demás. Le sorprendió no ver a ningún alumno en absoluto entre las estanterías, ni siquiera a alguno mayor que estuviera estudiando para las MHB o los EXTASIS. Se internó entre las estanterías, alejándose del pasillo principal y continuó su camino hasta uno de los extremos de la biblioteca, donde se hallaba la sección que buscaba. El pasillo correspondiente a Runas Antiguas se hallaba, como se había imaginado Albus, igual de desierto que el resto de los demás pasillos. Albus encaró los tomos de diferentes tamaños y cuyas cubiertas eran de diversos colores, como si buscara desde afuera cual podría cederle la información que buscaba. Luego de deliberar en silencio durante unos momentos, agarró Runas Antiguas, sus significados, El estudio de las Runas Antiguas y Runas Antiguas, sus usos, y se dirigió hacia una mesa cercana que se encontraba debajo de una gran lámpara de aceite. A pesar de que aún era temprano, estaba empezando a anochecer y la luz era escasa si uno se alejaba de esas lámparas. Pasó lo que le parecieron un par de horas hojeando los gruesos volúmenes que había elegido, sin encontrar ninguna mención sobre las Siete Runas Antiguas de las que había hablado Morgen. La única mención hacia dichas runas la encontró en Runas Antiguas, sus usos. El autor, Pierre Jouhaux, decía: "El uso práctico mágico de las Siete Runas Antiguas es una mera leyenda y no hablaré de ella." Tras leer esa decepcionante oración, Albus cerró con fuerza el libro y lo apartó de su vista. "Si supiera cómo hacer la maldición reductora…" pensó furioso mirando al libro. Luego de unos momentos de deliberación se dijo a sí mismo que ya era hora de volver a la Sala Común, si no quería romper el toque de queda. Devolvió velozmente los libros a sus respectivos estantes y se dirigió apresurado a la salida de la biblioteca. El estómago le rugía de hambre. Se había salteado la cena y no volvería a ingerir nada hasta el desayuno del día siguiente. Esa incursión en la biblioteca había sido un completo fracaso, y sólo había logrado ponerlo de malhumor, pues se había dado cuenta de lo difícil que sería encontrar lo que buscaba. Quizás la sección de Runas Antiguas no era la más grande, pero aún así tenía una considerable cantidad de libros que Albus debería revisar en busca de las misteriosas Siete Runas Antiguas. Salió de la biblioteca y emprendió el camino hacia su Sala Común caminando con velocidad. Ya faltaba poco para que dieran las siete y los alumnos de primero no podían estar fuera de las Salas Comunes luego de esa hora. Cuando llegó al primer piso por poco chocó con alguien a quien no había visto.
-¡Fíjate por dónde vas, víbora!-era Finnigan, quien para sorpresa de Albus, se encontraba totalmente sólo. Al ver que Albus no le contestaba, replicó:-¿Me has oído Potter? Ten mucho cuidado la próxima vez…
-¿De qué hablas?
-No es bueno que un Slytherin pasee sólo por los pasillos del colegio-le dijo Patrick con una mueca burlona en su rostro. Sus pequeños ojos oscuros brillaban con malicia.- No sé si te has dado cuenta, pero no todo el mundo aprecia a las serpientes.
-Antes de que sigas haciendo inútiles amenazas, Finnigan, te recomiendo que no vuelvas a cruzarte conmigo sin la compañía de alguno de tus amigos. Solamente hoy me siento indulgente.
-¿Indulgente?-Finnigan parecía ofendido- ¿Por quién me tomas? ¿Por un cobarde como tú? ¡Soy un Gryffindor! No te temo a ti ni a ningún asqueroso Slytherin.
Albus permaneció un instante en silencio y miró a Finnigan despidiendo ira sólo con la mirada. Su voz fue absolutamente gélida:
-Entonces, más que un cobarde eres un estúpido, Patrick-Albus sacó con velocidad la varita antes de que Finnigan tuviera la oportunidad de imitarlo-¡Desmaius!
Emitiendo un potente sonido de disparo que retumbó entre las frías paredes de piedra del corredor, el haz de luz roja salió con una velocidad asombrosa de la varita de Albus, golpeando a Finnigan con fuerza en el pecho. El niño cayó hacia atrás y se desplomó inconsciente sobre el piso. Aún oyendo el eco del sonido de estallido que había producido su hechizo, Albus se mantuvo erguido donde estaba disfrutando de su acto, completamente absorto. Solamente una voz chillona pudo sacarlo de su ensimismamiento:
-¿Pero qué sucede aquí? ¡Por Merlín!-era el profesor Flitwick, quien al parecer había acudido con toda la velocidad posible al escuchar el sonido que había producido su hechizo. Se acercó a los dos jóvenes, observando a Finnigan con los ojos como platos.- ¿Qué ocurrió aquí, Potter? Oí algo como una explosión y entonces… ¡Explícate!
-Ehh…Bueno, verá profesor…yo…
-¿Tu le hiciste eso al señor Finnigan?
-Bueno, sí…-Albus se apresuró a excusarse-Finnigan y yo discutimos y…
-Ya, no digas más, Potter. No importa sobre qué discutían ni nada por el estilo, tu conducta ha sido reprobable. Acompáñame.
El profesor agitó la varita mágica, haciendo aparecer una camilla flotante de la nada y depositó al inconsciente Finnigan en ella. Luego le hizo una seña y comenzó a caminar por los pasillos. Cuando comenzaron a subir por las escaleras, Albus supuso que Flitwick lo llevaba a ver al director Lesseps. Sin embargo se equivocó. El profesor de Encantamientos viró a la izquierda y lo condujo a través de los pasillos hasta que se encontraron enfrente de una sencilla puerta de madera. Albus no había estado nunca allí, pero sabía muy bien qué era esa habitación. El profesor Flitwick golpeó la puerta con los nudillos y aguardó. Unos pocos segundo más tarde, la puerta se abrió y una muy sorprendida Marie Saint-Clair exclamó:
-¿Pero qué…?
-Mi querida Marie, me temo que hoy te visito por algo no muy agradable. Resulta que yo estaba caminando por el tercer piso cuando oí un potente ruido de explosión en los pisos de abajo.
-Bueno, sí, yo también lo oí. Pero supuse que era Peeves haciendo alguna de las suyas.
-Lamento decir que te equivocas, Marie-acotó Flitwick con su aguda voz-. Cuando bajé para ver de qué se trataba, me encontré con el señor Potter y el señor Finnigan, quien estaba inconsciente en el suelo. El señor Potter ha declarado que discutieron y lo aturdió. Cómo Potter está en tu casa, lo dejo en tus manos.
-Bueno, Filius, te lo agradezco.-el cuello de Saint-Clair se hallaba tenso, cómo si la profesora estuviera mordiéndose la lengua con todas sus fuerzas. Le hizo un gesto con la cabeza a Albus, quien no dudó en entrar velozmente al despacho.
-Yo llevaré a Finnigan a la enfermería. Buenas noches, Marie-se despidió Flitwick con una floritura de la mano.
La profesora Saint-Clair se despidió del profesor Flitwick y luego cerró la puerta de su despacho con fuerza. Entonces se volvió hacia Albus con las delgadas cejas levantadas y la boca fruncida por el enojo. Le hizo un ademán a Albus para que se sentara en la silla que se encontraba frente a su escritorio, mientras ella se sentaba en su silla. Tardó unos momentos en hablar, pero cuando lo hizo, habló con una voz sumamente serena que tomó por sorpresa a Albus:
-Es evidente, Potter, que Finnigan y tú se llevaran mal por el resto de sus días y lo lamento mucho. Pero aún así, es completamente incivilizado y retrógrada ir de aquí para allá aturdiendo a todas las personas que nos caen mal.
-Pero profesora, usted no oyó lo que decía de Slytherin…
-Puedo darme una idea, Potter-lo interrumpió Saint-Clair impacientemente. La anciana mujer llevó su mano izquierda a los ojos y los restregó con delicadeza-. No es sensato ir hechizando a todo aquel que insulta a Slytherin, Potter. No luego de que nuestra casa ha sido sometida a prejuicios más grandes de los que tuvo que soportar por siglos.
-¿Se refiere a Tom Riddle, profesora?
-Por supuesto que me refiero a él. Ninguna otra persona ha manchado de forma semejante el nombre de Salazar Slytherin. De todas formas-se interrumpió a sí misma con celeridad-, esto no puede seguir ocurriendo, Potter. No es la primera vez que tú y Finnigan se enzarzan en alguna pelea, incluya ésta puños o varitas.
Albus pudo sentir cómo sus mejillas se encendían. Lo que acababa de decir la profesora declaraba que se había enterado de las numerosas peleas que había tenido con Finnigan el semestre anterior.
-Cien puntos serán restados de la Casa de Slytherin y usted deberá lavar los urinales de todo el colegio durante una semana, a modo de castigo-soltó Saint-Clair de un tirón. Albus comenzó a replicar pero la profesora lo detuvo-. ¡Silencio Potter! Esta dicho. Retírese.
Comprendiendo que era inútil objetar, Albus se puso de pie y salió del despacho.