← Historia 32333 · de
Historia 32333 — capítulo 17
Finnigan estuvo en la enfermería varios días sin despertar. Según Madame Pomfrey, la fuerza del hechizo aturdidor de Albus había sido tal que le había partido algunas costillas al joven Gryffindor, por lo que tuvieron que hacérselas crecer nuevamente mientras éste seguía inconsciente. La noticia de la pelea entre los dos chicos se había regado en el colegio como si fuera una plaga. "¿Porqué los secretos viajan tan deprisa?" era la pregunta que había atravesado la mente de Albus en cuanto sus compañeros de Slytherin lo habían regañado por haberle hecho perder cien puntos a su casa. Sus amigos habían sido bastante tolerantes con respecto a los puntos, pero los alumnos mayores estaban sumamente enfadados.
-¡Cien puntos, Potter!-exclamaba con ferocidad Kathleen Patterson, una prefecta de sexto año- Entre la derrota frente a Hufflepuff y tus errores acabaremos en el cuarto puesto de la Copa de las Casas; y hemos podido evitar eso durante los últimos años a pesar de la mancha que presenta nuestra casa.
-Yo…lo siento Kathleen, perdí el control.
-¡Perdiste el control!-chilló la chica, agitando sus rulos castaños-¡Que no vuelva a suceder, o yo misma te daré un castigo extra!
-Está bien-murmuró Albus con hastío. La prefecta se alejó dando grandes zancadas y haciendo revolotear su túnica a su alrededor, agregándole dramatismo a la escena. Albus no estaba nada feliz luego de ese regaño extra por parte de un Slytherin. Y le gustaba menos aún cómo lo miraban otros alumnos mayores que él.
Aún debía lidiar con el regaño de sus padres. Como era de esperarse, Saint-Clair había escrito a sus padres para contarles lo sucedido, remarcando lo desilusionada que estaba con la conducta de su hijo. Albus supuso que esos comentarios no le agradarían a sus padres, sobre todo a Ginny, que era quien tenía un carácter mucho más irritable. Sin embargo sabía que lo sermonearían; aunque su respuesta no había llegado aún, afortunadamente.
-Yo creo que hiciste lo correcto-le dijo una susurrante voz detrás de él. Albus se dio vuelta con tal velocidad que se hizo daño en el cuello. La que había hablado era Mia Speymouth, una compañera suya de primer año. Era una muy linda niña, con cabello negro y muy lacio, piel aceitunada y unos ojos castaños con largas pestañas.
-Bueno…pues gracias, Mia-le contestó Albus esbozando una tímida sonrisa. No era que Mia lo intimidara, sólo que nunca le había hablado por más de cinco minutos y no estaba acostumbrado a comunicarse con ella.
-Sabes, Albus, en realidad me parece perfecta la manera en la que nos defendiste-le dijo Mia con una sonrisa pícara, mientras batía las largas pestañas-. Es más, eres el único por aquí que se toma en serio a Slytherin.
-¿Enserio?
-Bueno, yo lo creo. Verás, todas las demás casas nos insultan con regularidad y, prácticamente, se ha convertido en el nuevo deporte escolar. O al menos así me lo explicó una chica de tercer año-Mia ya no parecía tan feliz y se había puesto seria-. No es que ignore lo que hizo Tom Riddle, ni nada por el estilo, pero es que considero que quedó en el pasado, ¿tú no? Pero al parecer las demás casas no opinan igual que yo.
-No, claro que no. Eso es evidente-le dijo Albus tan rápidamente que su frase tomó un tinte de desdén.
-Es por eso que las demás casas no se detienen y ya no nos respetan-la niña hizo de cuenta que no había escuchado a Albus y prosiguió como si nada hubiera pasado-. Pero en realidad opino que nos temen, Albus. Saben que su opresión algún día dará frutos y alguien intentará acabar con ella. Y alguien ya ha comenzado a hacerlo.
-Ah, ¿sí?-Albus se había interesado de verdad en la charla-¿Quién?
-¡Tú, por supuesto! Es por eso que meros enfrentamientos entre estudiantes causan en realidad tanto revuelo-Mia lo miró como si contemplara a su nuevo ídolo-. No se trata solamente de un Slytherin y un Gryffindor enfrentados, claro que no. Se trata de los opresores contra los opresados.
Albus se sintió impresionado ante semejante razonamiento, viniendo éste de una niña de tan sólo once años. Mia era sumamente inteligente, aunque era evidente que la belleza de Mia hacía pensar lo contrario. Sin embargo, lo que más lo impresionó fue el hecho de que Mia lo considerase algo así como el nuevo baluarte contra la opresión ejercida sobre los Slytherins.
-Gracias por compartir tus ideas conmigo, Mia-le dijo Albus con una sonrisa en el rostro. Mia le sonrió abiertamente y batió sus pestañas antes de hablar:
-De nada Albus.
Albus se preguntó por qué no se había fijado antes en Mia, ni por qué no había hablado con anterioridad con ella. Parecía simpática e inteligente, además de que era de un linaje intachable. "¿Pero qué estás pensando, Albus Severus?" lo reprendió una vocecita en su cabeza, "¿Desde cuándo le das importancia a la pureza de la sangre?". Definitivamente esa rama de su cabeza estaba en lo cierto. Mientras que sus amigos continuaban con la tradición heredada de sus padres de menospreciar a los sangresucias, él era quién los había defendido luego del partido de Hufflepuff contra Slytherin. Alejó estos pensamientos de su cabeza con celeridad. No quería volverse un obsesionado como la mayoría de sus compañeros. Además, dicha obsesión había llevado a la casa de Slytherin a ser el centro del rechazo desde hace siglos.
-Albus, vamos a los jardines, ¿vienes?-la voz se Scorpius lo alejó de su ensimismamiento. Su amigo estaba acompañado por todos los integrantes del primer año de Slytherin, incluidas las chicas. Albus vio que Mia se acercaba al grupo y se unía a él.
-De acuerdo, vamos.
El grupo de Slytherins salió de la Sala Común y transitó por las desiertas mazmorras hasta llegar al vestíbulo, el cual no se hallaba mucho más poblado. Al salir del castillo se dirigieron hacia el lago, el cual ya no estaba congelado pero continuaba cubierto de escarcha. No entendía el motivo por el cual sus compañeros habían querido salir. No nevaba, pero aún así la temperatura era muy baja e hizo que Albus tiritara bajo su capa. Se sentaron a la orilla del lago, procurando no acercarse demasiado para no caerse. Sus compañeros se pusieron a conversar de los profesores y sobre determinados alumnos; la mayoría de éstos eran "sangresucias" y sus compañeros se entretenían criticándolos. Albus no prestaba demaciada atención a la plática sobre los estudiantes sangresucia. Se encontraba abstraído en sus propios pensamientos, sobre cómo podría estar aprovechando ese tiempo libre en la biblioteca, investigando sobre las Siete Runas Antiguas. Éstas últimas ocupaban sus pensamientos constantemente, incluso infiltrándose en sus sueños, en los que aparecían extraños símbolos sin ningún significado para él. Se preguntó si debería pedirle ayuda a Augustus, cómo la primera vez. "No es prudente" pensó Albus, "puede que Augustus se preocupe y acuda a algún profesor" Sin embargo, no tenía por qué mostrarle a Augustus la nueva cicatriz que tenía en el pecho. Lo único que tenía que hacer era preguntarse si sabía qué eran las Siete Runas Antiguas, y si el niño le preguntaba por qué estaba interesado en ellas sólo tendría que decirle que había leído sobre ellas en algún lugar. "Si, eso servirá" pensó Albus con satisfacción. Dicha satisfacción debe de haberse reflejado en su rostro, pues Hera McLaggen, una corpulenta niña de espeso cabello castaño enrulado y nariz aguileña le preguntó:
-¿Qué sucede, Potter?-Hera lo fulminó con la mirada mientras todos los demás volteaban hacia él- ¿Acaso te parece gracioso que la idiota de Lippi me haya reprobado el trimestre pasado?
Albus se dio cuenta de lo que habían estado hablando los demás. Pensó que no era bueno hacer enojar a Hera, quien medía por lo menos quince centímetros más que él y era muy iracunda.
-No, no me resulta gracioso-mintió con velocidad-. Lippi es una imbécil, ¿acaso no viste cómo pretende encontrarme desprevenido en cualquier momento?
Su acelerada y, según Albus, convincente mentira fue suficiente para que sus amigos continuaran con su anterior charla, que ahora se había dirigido hacia los posibles antepasados de Lippi. "Nunca se detienen" pensó con angustia Albus. Aún no podía creer que los Slytherin se regodearan tanto criticando a aquellos que no eran sangre pura. "Lo que importa no son los orígenes, hasta los más sangresucia pueden tener extraordinarias habilidades mágicas". Bastaba con mirar a su tía Hermione, quien según Harry, era la mejor hechicera que conocía. De repente sintió cómo la charla de sus amigos se interrumpía con brusquedad. Al levantar la vista para averiguar el motivo, vio a la profesora Saint-Clair aproximándose velozmente hacia ellos.
-¿Está el señor Potter entre ustedes?-Albus levantó la mano para que la profesora pudiera verlo-¡Ah! Excelente, acompáñeme señor Potter.
Mientras sus compañeros lo miraban con cara sombría, probablemente sospechando que Albus había realizado una nueva infracción y que le quitarían más puntos, Albus se levantó del húmedo césped y siguió a la profesora Saint-Clair. La profesora no dijo ni una sola palabra mientras caminaban juntos cruzando las extensiones de césped de los terrenos del castillo. No parecía enojada. Sus delgadas cejas no estaban arqueadas y su cuello no estaba tenso como cuando se enfadaba. Cuando llegaron al vestíbulo, la profesora comenzó a subir las escaleras de mármol con una velocidad sorprendente para una mujer de su edad, obligando a Albus a seguirla corriendo para no rezagarse. Supuso que Saint-Clair doblaría en el segundo piso para dirigirse a su despacho, pero en cambio la profesora continuó ascendiendo por la escalera. Entonces comprendió adónde iban: al despacho de Lesseps. Eso no auguraba nada bueno, puesto que la única vez que había estado allí había sido debido a que él y sus amigos se habían colado en un baile prohibido para alumnos más jóvenes. Llegaron hasta la gárgola de piedra que custodiaba la entrada giratoria al despacho del director y Saint-Clair pronunció la contraseña. La gárgola se hizo a un lado para dejar al descubierto una escalera en forma de caracol, por la que Albus y Saint-Clair subieron hasta encontrarse enfrente de una reluciente puerta de roble con dos aldabas en forma de grifos. La profesora golpeó con delicadeza la puerta de roble con los nudillos y ésta se abrió lentamente para dejarlos pasar. Albus traspasó el umbral y observó de nuevo esa habitación circular. Las paredes volvían a estar recubiertas de pulidas estanterías repletas de libros y, por encima de las estanterías, las frías paredes de piedra estaban recubiertas por numerosos retratos, cada uno de ellos pertenecientes a un director o directora de Hogwarts anterior. Sin embargo, esa habitación no estaba vacía. Había tres personas en ella. Lesseps estaba sentado detrás del escritorio con actitud serena. Su usualmente severo rostro estaba muy tranquilo y hasta presentaba una pequeña sonrisa. Llevaba una túnica color azul eléctrico que refulgía al contacto de la luz del sol invernal que entraba por la ventana. Sentados en mullidas butacas justo enfrente del escritorio de Lesseps se encontraban Harry y Ginny Potter. Ambos vestían sencillas túnicas negras y parecían tranquilos también. Albus supuso que no podrían estar tan tranquilos si lo habían llamado para regañarlo.
-¡Ah, aquí están!-Lesseps se levantó del asiento y recibió a Albus, colocando una mano sobre su hombro-Ven, Albus, toma asiento.
Lesseps realizó un movimiento con la mano e hizo aparecer una butaca idéntica a las otras dos para que Albus se sentara. Luego se dispuso a repetir el movimiento y otra butaca apareció nuevamente, esta vez del lado contrario al escritorio, junto a la silla de Lesseps, para que Saint-Clair se sentara. Una vez todos estaban sentados, Lesseps volvió a tomar la palabra.
-Albus, supongo que te imaginarás para qué te hemos traído aquí-Albus asintió con la cabeza silenciosamente-. Como seguramente sabrás, la profesora Saint-Clair escribió una carta a tus padres el martes por la noche, luego de que tú te retiraras de su despacho.
Albus volvió a asentir con la cabeza y dijo rápidamente:
-Señor -sintió cómo sus mejillas se encendieron cuando todos los presentes lo miraron.-la profesora ya me ha impartido un castigo por esa infracción. ¿No estará usted pensando en impartirme otro castigo, verdad señor?
-¡Albus!-exclamó su padre escandalizado. Luego comprendió porqué. Era evidente que su comentario había sonado irrespetuoso y audaz, pero antes de que pudiera disculparse con el director éste levantó una mano y lo calmó:
-Harry, Harry, no te preocupes, Albus no me ha ofendido-Lesseps esbozó una sonrisa, aunque sus ojos color avellana no sonrieron con el-. No, claro que no voy a imponerte un nuevo castigo. Es sólo que tus padres pidieron una entrevista conmigo para aclarar todo este asunto y han pedido que estés presente.
-Ah, bueno, en ese caso…
-Ahora debo pedirte, Albus, que nos relates lo que sucedió el martes-le dijo calmadamente Lesseps, mirándolo fijo-. La verdad, por favor.
Albus sintió que se sonrojaba, aunque de ira. ¿Acaso Lesseps pensaba que iba a mentirle? No había motivos para hacerlo, ya lo habían castigado y ya sabían que Albus era completamente culpable de lo que había sucedido. Sin embargo, a pesar de su enojo, Albus tomó aire y comenzó a relatar:
-Me retiré de la clase de Herbología y me dirigí hacia la biblioteca, pues tenía que buscar…eh…información para Pociones-Albus había estado a punto de hablar sobre las Runas y se hubiera encontrado en una posición incómoda-. Estuve ahí durante un rato largo, y cuando salí ya empezaba a anochecer y faltaba poco para el toque de queda.
-¿Y luego?
-Bueno, yo estaba apurado, porque no quería llegar tarde a la Sala Común. En el pasillo del primer piso me choqué con Finnigan y comenzamos a discutir…
-¿Sobre qué discutían, Albus?
-Bueno…-Albus no quería acusar a nadie, pero decir la pura verdad del asunto implicaba reconocer que Finnigan lo había amenazado. Pudo ver cómo Saint-Clair, quien estaba al lado de Lesseps, lo miraba fijamente con sus ojos grises.
-Te pido que nos digas la verdad, Albus-le dijo Lesseps en un tono que intentaba ser paternal.
-Bueno…la verdad es que Finnigan me amenazó.
-¿Disculpa?-Lesseps enarcó las cejas mientras clavaba sus ojos sobre los suyos. Albus se percató del silencio en el que permanecían sus padres-¿Dices que te amenazó?
-Sí, señor.
-¿Podrías decirnos en qué consistía dicha amenaza?
-Bueno, él dijo que no me convenía recorrer los pasillos del castillo solo, porque muchos estudiantes se sentirían tentados a atacarme.
-¿Tentados a atacarte?-saltó su madre con los ojos abiertos como platos.
-Eso fue lo que dijo Finnigan, sí.
-¿Pero por qué se verían tentados a atacarte los demás estudiantes?-le preguntó su madre sin poder creerlo.
Albus guardó silencio. Vio cómo los ojos de la profesora Saint-Clair no se apartaban de los suyos ni un segundo y se preguntó si debía contestar la pregunta de su madre.
-Dijo que porque soy un Slytherin. Y porque las demás casas no sienten absolutamente nada de aprecio por Slytherin.
Sus palabras tuvieron el mismo efecto que el gas paralizante. Nadie en la habitación dijo nada por unos momentos, en los que parecía que cada una de las personas que se encontraban ahí estaba procesando la información recibida a destiempo. Finalmente, Lesseps volvió a tomar la palabra.
-Y eso te enfadó.
-Pues sí, señor. Y mucho.
-Lógico-dijo Lesseps cerrando los ojos y asintiendo comprensivamente con la cabeza-. La rivalidad entre casas es legendaria y se ha agravado estos últimos años. Bueno, ahora hemos comprendido un poco más el asunto-dijo Lesseps tratando de aligerar la situación. Luego se volvió a Harry y a Ginny-. Ahora podemos dedicarnos al motivo de su pedido, señores Potter.
-Verás, Phillippe…-su padre tomó la palabra mirando a su esposa, quien asintió con la cabeza y permaneció en silencio- Basándonos en lo ocurrido entre Albus y Rose antes de las vacaciones de Navidad y en un incidente que tuvo lugar en nuestra casa durante las vacaciones, llevamos a Albus a San Mungo.
-¿A San Mungo? Me temo, Harry, que no entiendo.
-Si, a San Mungo, más concretamente a la parte de Psiquiatría Mágica. Es un pabellón relativamente nuevo, no sé si lo conoces.
-He oído a hablar de él, sí-dijo Lesseps despreocupadamente.
-Bueno, en ese caso quizás también sepas que el medimago mayor del pabellón es el señor Goldsmith, un mago norteamericano pionero en lo relativo a la Psiquiatría Mágica.
-¿Goldsmith?-Lesseps levantó la vista de su mano, a la que había estado observando con detenimiento-¿Joseph Goldsmith?
-Sí, el mismo-contestó Harry-. ¿Lo conoces?
-Bueno, no en realidad-Lesseps parecía esquivo-. He leído alguno de sus libros. Continúa por favor.
-Bueno, fuimos con el señor Goldsmith, con quien mantuvimos una extensa charla, explicándole cual era el problema. Y él nos dijo, luego de hacernos algunas preguntas, que Albus padecía de TPM.
En ese momento Lesseps enarcó las cejas, giró la cabeza y le susurró algo a Saint-Clair, quien asintió con la cabeza, se levantó de su butaca junto a Lesseps y se encaminó a la puerta, saliendo de la habitación. Los Potter la siguieron con la mirada, preguntándose qué es lo que le había dicho el director, pero éste no pareció darse cuenta de ello.
-TPM…Eso explica muchas cosas…
-¿Conoce el término, señor director?-preguntó Ginny, curiosa.
-De hecho sí, lo conozco. Como dije anteriormente, he leído algunos de los trabajos de Goldsmith, entre los cuales se encontraba su desarrollo sobre el Trastorno de Personalidad Mágico.
-Entonces sabe que en realidad Albus no era completamente consciente de sus acciones…
-Por supuesto, esto ha dejado en claro muchas cosas-dijo Lesseps, pensativo-. Bueno, en ese caso, vamos a ayudar a Albus con su problema. El colegio se encargará del tratamiento de Albus contra el TPM. Le daremos la poción para que sus "otros yo" estén bajo control y no haya más incidentes.
Su madre suspiró, aliviada de que el director hubiera sido tan comprensivo. Sonrió y luego expresó sus sentimientos en voz alta:
-Muchas gracias, señor director. Le agradecemos de todo corazón que sea tan comprensivo; y ni siquiera tengo palabras para agradecerle por su propuesta de encargarse del tratamiento de Albus.
-No hace falta, Ginny, querida-le sonrió Lesseps, haciendo un gesto tranquilizador con la mano.
En ese preciso momento se volvió a abrir la puerta y Saint-Clair volvió a entrar en el despacho del director, seguida de Vladislaus Jagellon. Lesseps se levantó para recibirlo e hizo aparecer otra butaca para él a su lado.
-Harry, Ginny, quiero presentarles a Vladislaus Jagellon, profesor de Pociones-lo presentó Lesseps de manera muy educada-. Vladislaus es nativo de Rusia y se unió hace algunos años al profesorado de Hogwarts, reemplazando a Horace Slughorn luego de su fallecimiento. Vladislaus, te presento a Harry Potter y a Ginny Potter y, por supuesto, ya conoces a Albus.
Jagellon estrechó las manos de Harry y Ginny, saludó cordialmente a Albus y luego se sentó en la butaca que Lesseps había hecho aparecer detrás del escritorio del director. El director le explicó velozmente la situación y luego le preguntó:
-¿Estarías dispuesto a preparar la pócima contra el TPM, Vladislaus?
-Por supuesto, señor director. No es una poción demasiado complicada, es más, Potter podría prepararla con facilidad. Luego de haber preparado una Multum Aetas, esta poción no presenta un gran desafío.
-Bueno, entonces queda arreglado. Vladislaus preparará la poción y Albus la beberá con regularidad para mantener a sus otras personalidades a raya.