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Historia 32333 — capítulo 7
Todo el colegio se había enterado de la incursión de los Slytherins en el baile de Halloween al ver al día siguiente que el reloj anteriormente lleno de esmeraldas estaba bastante más vacío. Mientras que sus compañeros de casa les lanzaban miradas hostiles por haberle hecho perder ciento sesenta puntos a su casa, los de las demás casas les agradecían a voces por los pasillos por haber puesto a Slytherin a la retaguardia de la competencia por la Copa de las Casas. Los alumnos de Gryffindor no se burlaban de ellos puesto que también habían perdido puntos, aunque muchos menos. El director Lesseps le había restado ciento veinte puntos a la casa del león por la audacia de Finnigan, Mcmillan y el resto de los Gryffindors de primer año al entrar en el baile aún sabiendo que lo tenían prohibido. Sin embargo ellos habían perdido menos puntos por que no habían sido los que hicieron la poción envejecedora. En la mañana del lunes, mientras desayunaban en el Gran Salón, la profesora Saint-Clair se acercó al pedazo de mesa que ellos ocupaban. Venía muy seria-como siempre-y con un manojo de hojas en las manos. Al llegar a su lado les informó, mientras les repartía una hoja a cada uno:
-En ese papel se explica el castigo que deberán cumplir durante el mes de noviembre. Espero que los cumplan como es debido y que no vuelva a ocurrir nada como lo del viernes.
Antes de que pudieran replicar nada la anciana se dio la vuelta y se alejó con la cabeza erguida. Albus desplegó el papel que Saint-Clair le había entregado y leyó:
"El señor Albus Severus Potter tendrá que organizar las estanterías de la biblioteca de Hogwarts todos los lunes, miércoles y viernes de noviembre luego del horario de la cena. A fin del mes la biblioteca deberá estar debidamente organizada por secciones y en orden alfabético."
Atte. Phillippe L. Lesseps.
Cuando terminó de leer se le cayó el alma a los pies. La biblioteca de Hogwarts era de dimensiones descomunales. No terminaría de organizarla en un mes y debería continuar organizándola durante los meses venideros. Se volvió hacia sus amigos que también parecían muy decepcionados. Preguntó en forma general:
-¿Qué es lo que deben hacer ustedes? Yo debo organizar la biblioteca todos los lunes, miércoles y viernes por la noche.
-Yo también debo hacer eso. Compartiremos el castigo.-le contestó Augustus. Eso alivio a Albus: al menos tendría ayuda y no estaría solo durante su tedioso castigo.
-¡Yo debo ayudar en las cocinas a los elfos todos los fines de semana a la hora del almuerzo!-exclamó Scorpius totalmente indignado.- ¿Acaso no saben hijo de quién soy? ¡Soy un Malfoy, no puedo trabajar como cocinero!
-Es mucho mejor que ser el asistente de McNally los sábados por la tarde.-opinó Lawrence-.Ese desgraciado no limpiará nada durante la semana y me hará limpiar a mi. ¿Tú que debes hacer, Christian?
-Deberé ayudar a Longbottom los fines de semana en los invernaderos-dijo Christian leyendo su hoja de papel.
Los castigos habían sido duros. Albus supuso que Augustus y él tenían los peores por haber sido los que hicieron la poción. A Albus le hubiera encantado tener que poner abono a las plantas de Longbottom los fines de semana y hasta hubiera disfrutado cocinar con los elfos como debía hacer Scorpius. Las clases de ese día se le pasaron demasiado rápido, y la cena se esfumó en un abrir y cerrar de ojos. Antes de que pudiera evitarlo, Albus se vio enfrente de la entrada a la biblioteca acompañado por Augustus. Cuando entraron en la biblioteca la anciana bibliotecaria, la señora Pince, se acercó a ellos. Era la primera vez que Albus la veía y no pudo evitar imaginar que era un buitre de dimensiones sobrenaturales.
-¿Ustedes son los que deben organizar la biblioteca?-les preguntó con una mirada de reprobación.
-Si, somos nosotros-le contestó Augustus.
-Bien. Qué tengan suerte-les dijo como quien desea lo contrario-. Aquí tienen una copia de las llaves; cierren al salir. Y cuiden los libros de Hogwarts, algunos son ejemplares únicos.
Tras decir esto se marchó, dejando a los dos niños solos en la inmensa biblioteca. Albus se adelantó a la estantería que tenía más cerca, perteneciente al Cuidado de Criaturas Mágicas, y se volvió a Augustus:
-¿Qué te parece si empezamos por aquí?-le preguntó palmeando el lomo de los libros.
-De acuerdo-respondió Augustus cansinamente, como adelantándose a lo que les esperaba.
Albus nunca había tenido que hacer nada más insoportable. En la estantería que habían escogido había por lo menos unos trescientos libros, y tenían que revisar todos para encontrar el primero por orden alfabético, que iría en la esquina superior izquierda. El polvo lo cubría todo; al parecer esa sección no era muy frecuentada por los alumnos. "Con Hagrid como profesor no creo que necesiten los libros" se había dicho Albus. Títulos como "Cuidado Eficiente para Animales Mágicos Acuáticos" ó "Guía Ilustrada de Animales Mágicos del Mundo", tomos 1,2 y 3 eran tan grandes y pesados que tuvieron que elevarlos hasta su respectivo estante mediante sus "¡Wingardium Leviosa!" combinados, pues no tenían la fuerza suficiente para levantarlos. Otros eran tan pequeños que podían caber en el bolsillo. A pesar de ser un trabajo tedioso, también era muy interesante. Al tomar el libro "Los Mejores Hechizos para Defenderse de Animales Mágicos" decidió abrirlo y echarle un vistazo. Al fijarse en el índice para ver si algún hechizo le llamaba la atención, su vista se fijó en el "Animus Confundus", el cual se hallaba en uno de los últimos capítulos del libro. Tras leer la página decidió que era bueno rescatar ese hechizo para usarlo en alguna ocasión y, tomando una hoja en blanco de una mesa cercana, garabateó el nombre del encantamiento. Cuando volvió a mirar su reloj comprobó que eran las dos de la mañana. Ya llevaban seis horas entre libros y mucho polvo cuando por fin habían terminado de ordenar las dos estanterías correspondientes a Criaturas Mágicas. Quizás sí lograrían ordenar toda la biblioteca para fines de noviembre si seguían a este ritmo. Salieron de la biblioteca y cerraron su puerta con llave. "Guárdala tú, no quiero nada que me recuerde a ese lugar" le había dicho muy agobiado Augustus cuando le entregó la llave que la señora Pince les había dado horas antes. Cuando llegaron a su habitación en las mazmorras no se molestaron en cambiarse, sino que se desplomaron en las camas y se durmieron prácticamente en el mismo instante en el que sus cabezas tocaron la almohada. ***
A la mañana siguiente Albus era un zombi. Tenía unas profundas ojeras y se movía con aplomo. No había podido dormir, por culpa del recurrente sueño que tenía desde el viernes pasado, en el cual el director Lesseps le entregaba un antiguo libro, le hacía leer una parte y salía corriendo. Luego, el libro comenzaba a aullar y el se levantaba sobresaltado y cubierto en sudor. Durante el desayuno, les contaba a sus amigos sobre el extraño sueño y lo recurrente que era.
-¿Qué opinan?
-Mmm...-Scorpius se puso una mano en el mentón y fingió reflexionar. Luego le dijo en forma burlona.-Albus, fue solo un sueño. No tiene ningún significado. Los sueños siempre son extraños.
-Si, una vez soñé que estaba montado en una acromántula y que...
-Cállate Lawrence, no hace falta que nos expliques el sueño.-lo silenció Scorpius con un gesto de la mano, mientras tomaba de su taza. Lawrence se calló y miró al suelo.
Una vez terminado el desayuno bajaron a las mazmorras y entraron en la clase de Jagellon. Lo primero que hizo el profesor al entrar fue hablar en voz alta y dirigirse a todos sus alumnos:
-Entreguen las redacciones. Rápido, no tengo todo el día.
A Albus se le hizo un nudo en la garganta. No había hecho la redacción, entre que pensaba en el baile de Halloween y luego en los castigos que les asignarían. Una vez que Jagellon tuvo todas las redacciones que le entregaron, sacudió la varita y el procedimiento para hacer otra poción apareció en el pizarrón. Era sencilla. Mientras echaba hígados de rana a su caldero, vislumbró por el rabillo del ojo a Dorian Mcmillan, su compañero de banco, copiando hasta el más mínimo de sus movimientos, esperanzado de que esto lo ayudara a hacer la pócima adecuadamente. En la mitad de la hora, Jagellon se acercó silenciosamente y se inclinó para hablar en voz baja con Albus:
-No me has entregado tu redacción, Potter. ¿Alguna duda sobre el tema?
-No, profesor. Yo... no la hice; lo olvidé-le dijo Albus un poco avergonzado.
-Lo olvidaste...ya veo. Bueno Potter, tienes talento, pero no puedes hacer nada solo con talento. Veinte puntos menos para Slytherin y más vale que el viernes me entregues esa redacción o seguiré sacándote puntos.-le dijo el profesor cortante.
Mcmillan rió socarronamente mientras escuchaba cómo el profesor reprendía a Albus, pero en ese momento se desconcentró y echó demasiada savia de olmo a su brebaje, el cual pasó del plateado al negro petróleo.
-Veo que seguimos bajando las calificaciones, Mcmillan-le dijo Jagellon con indiferencia mientras se alejaba.
-Ayúdame a arreglarlo-le rogó Dorian a Albus-. Sino hago bien esta poción reprobaré.
-No pienso ayudarte, imbecil.
-Por favor. Estaré en deuda contigo. Haré lo que me pidas.-le insistió Dorian.
-De acuerdo-le contestó Albus luego de reflexionar. "Después de todo, nunca se sabe cuando hace falta que te devuelvan un favor" pensó Albus.
Comenzó a decirle a Dorian lo que tenía que hacer para lograr una modesta muestra de pócima infladora-la cual debían presentar para el final de la clase-mientras terminaba la propia. Una vez su poción estuvo terminada, ayudó a Dorian a terminar la suya. Cuando tocó el timbre, ambas pociones estaban de un color plateado azulino. Jagellon se acercó a su pupitre para examinar su trabajo. Ignoró olímpicamente la poción de Albus (quizás por el hecho de que ya le había sacado puntos y no quería recompensarlo por no haber hecho la redacción) y se concentró en la de Mcmillan.
-Bien, creo que te has salvado por un pelo. Salgan-dijo lo último dirigiéndose al resto de los alumnos y agregó en voz baja, para que solo lo escucharan los dos niños:-La próxima, haz el favor de trabajar por tu cuenta, Mcmillan.
***
El ambiente estaba muy frío cuando Albus se despertó la mañana del sábado. Agradecido por no tener clases ese día, se levantó y se vistió rápidamente para ir cuanto antes a desayunar: el estómago le rugía de hambre. Encontró el Gran Salón mucho más colorido de lo habitual, y eso se debía a que esa mañana se llevaría acabo el primer partido de Quidditch de la temporada: Slytherin contra Gryffindor. Todos sus compañeros y amigos llevaban insignias verdes con una serpiente plateada dibujada. Cuando se sentó junto a Christian, este le tendió la mano y le ofreció una insignia. Albus dudó en tomarla. Su hermano, James, era el guardián de Gryffindor, y no quería que se sintiera traicionado por él. Luego de vacilar, la tomó y se la colocó en un lugar bien visible de la túnica; al fin y al cabo, él era un Slytherin. Mientras iba por su segundo plato de huevos con tocino, el equipo de Gryffindor entró al Gran Salón y se dirigió a su mesa, siendo acompañado por la ovación que recibía por parte de sus compañeros y de los alumnos de Hufflepuff y Ravenclaw. Cuando el equipo de Slytherin entró, solo la casa de la serpiente aplaudió y ovacionó, mientras que Gryffindor abucheaba y las otras dos permanecieron en silencio. Al parecer, Hufflepuff y Ravenclaw apoyaban a los de Gryffindor por el simple hecho de querer ver a Slytherin fracasar. Eso enfureció a Albus y un repentino sentimiento de apoyo y afecto hacia su casa lo inundó por dentro. El cielo estaba nublado y un frío viento soplaba con fuerza, colándose hasta los huesos. Albus se preguntó si serían buenas condiciones para jugar al Quidditch. Nunca había sido muy buen jugador. Sabía volar, pero cada vez que James intentaba explicarle el juego y las posiciones que debía adoptar, Albus se hartaba y dejaba a James hablando solo. Esa era una enorme diferencia que tenía con la mayor parte de su familia. La única persona de la familia con quien compartía esa cualidad era con su tía Hermione, a quien nunca le había interesado entender de Quidditch. El campo de Quidditch era un estadio de dimensiones modestas, adornado con los estandartes de las cuatro casas y el del colegio mismo. Seis postes con sendos aros en las puntas se elevaban hasta llegar a los quince metros de altura. Albus sabía que su hermano era el encargado de defender los tres aros correspondientes a su propia casa. Los cinco niños de Slytherin consiguieron buenos puestos en la tribuna de su casa desde donde se podía apreciar el campo entero. Cuando habían transcurrido unos diez minutos y ya empezaban a tiritar por acción del viento otoñal, unas compuertas del lado izquierdo del estadio se elevaron y siete personas ataviadas en túnicas verdes y plateadas salieron disparadas sobre sus escobas para sobrevolar el campo de juego antes del partido. El equipo de Slytherin solo recibió ovación por parte de sus compañeros de casa, pero al parecer estaban acostumbrados a que fuera así. El equipo de Gryffindor, por el contrario, recibió una gran ovación cuando salió de su vestuario. Ambos equipos se encontraron en el centro del campo, los capitanes se saludaron bruscamente y al sonar el silbato los catorce jugadores y la anciana Madame Hooch, que hacía de árbitro, se elevaron en el aire y comenzó el juego. El equipo de Gryffindor rápidamente tomó la Quaffle y comenzó a volar y a maniobrar hábilmente dirigiéndose a los postes de Slytherin, pero una Bludger golpeó a Stevenson, el cazador de Gryffindor que volaba hacia los postes enemigos, y éste soltó la Quaffle, que fue recogida en el aire por el cazador de Slytherin, Wassington. El chico voló como una saeta, esquivando un par de Bludgers enviadas hacia el por los bateadores de Gryffindor, y al llegar a los postes enemigos lanzó con fuerza la gran pelota roja. James estuvo muy cerca de atraparla, pero se le escapó por sólo unos centímetros.
-¡Gol de Slytherin! ¡Al parecer el esfuerzo de Potter no ha bastado esta vez! ¡Diez a cero a favor de Slytherin!-gritaba el comentarista a través de un megáfono mágico.
La ovación que el equipo de Slytherin recibió por parte de sus compañeros avivó la esperanza. El equipo de Gryffindor, al parecer, no estaba en sus mejores días. Al cabo de diez minutos de juego, Slytherin ganaba cien a treinta; y los Gyffindors no podían estar más desanimados. Luego de un alucinante partido de media hora, Slytherin llevaba la delantera con un tablero de ciento setenta a cincuenta, cuando un resplandor dorado se vislumbró en el extremo opuesto de la cancha. Albus levantó la vista: allí estaba la Snitch dorada, volando en el extremo superior del campo, junto a los postes del lado de Gryffindor. Los buscadores también la habían visto, y ambos se abalanzaron como saetas hacia la pequeña e hiperactiva pelota. Cuando Wiggs, el buscador de Slytherin, estaba por tomar la pelota algo extraño ocurrió. El chico se detuvo a centímetros de la pelota, giró sobre sí mismo, y voló en dirección contraria. El buscador de Gryffindor aprovechó la oportunidad y aferró la Snitch, provocando una ovación masiva que prácticamente ahogó el sonido del silbato.
-¡Lo hechizaron! ¡Estoy seguro!-decía Scorpius indignado mientras volvían al castillo-Ellos se jactan de ser menos tramposos que nosotros, ¡y miren ahora lo que hacen para ganar!
-Me parece que habría que preguntarle a Wiggs para saber bien qué fue lo que ocurrió...-comenzó diciendo Albus, pero Scorpius lo interrumpió, tajante:
-Albus, solo dices eso por que intentas hacer quedar bien a tu hermano. Y es comprensible, pero aún así lo que hizo su equipo es mucho peor de lo que ha hecho cualquier otro. ¡Y Madame Hooch ni siquiera se percató de ello! Scorpius siguió despotricando escandalosamente, hasta que Augustus le recordó que debía cumplir con su castigo en las cocinas, lo que no lo alegró mucho más que lo ocurrido durante el partido de Quidditch. El almuerzo transcurrió en silencio en la mesa de Slytherin, al contrario de la de Gryffindor. Albus pudo ver claramente a su hermano James riendo junto con sus compañeros de equipo, disfrutando de su victoria. No pudo evitar pensar en lo que venía diciendo Scorpius desde que habían abandonado el campo de Quidditch. ¿Y si había sido una estratagema planeada por todo el equipo el hechizar al buscador enemigo cuando este estuviera cerca de atrapar la Snitch? ¿Y si su hermano hubiera sido el que hechizó al buscador? Después de todo, la dorada pelota se encontraba junto a los postes que él defendía en el momento en que fue atrapada, por lo que James hubiera tenido la posibilidad perfecta de lanzar el encantamiento."Basta" se dijo"Es tu hermano y sabes que nunca sería capaz de realizar semejante ultraje. Sino confías en él, ¿en quién confiarás?"."En tus amigos" le susurró otra voz dentro de su cabeza "O en ti mismo." Luego del almuerzo habían decidido hacer tarea. Estaba con Augustus y Scorpius-Christian y Lawrence estaban cumpliendo sus castigos-en la biblioteca, tomando apuntes de un grueso libro titulado "La Transformación Moderna", que había sido escrito por el ex director de Hogwarts, su tocayo Albus Dumbledore. No habían tenido que pedirle ayuda a Madame Pince para encontrarlo: Augustus y él se habían aprendido el lugar de los libros de memoria luego de su primera semana de castigos en ese mismo lugar. Mientras Augustus leía en voz alta para que los otros dos lo oyeran un pasaje que hablaba sobre los animagos, un grupo de alumnos algo tumultuosos entró en tropel en la biblioteca y se dirigió hacia donde estaban. Cuando se podían escuchar sus voces, Augustus detuvo su lectura y levantó la vista del libro, fijándola en un punto por sobre la cabeza de sus compañeros, con expresión de disgusto. Albus miró sobre sus hombros y vio a Patrick Finnigan, Dorian Mcmillan y el resto de su grupo.
-Nos pareció escuchar tu dulce voz, Nott-dijo Finnigan irónicamente-. Pero en realidad, queríamos hablar con Malfoy. Y veo que por fin hemos encontrado a esa viborita.
-¡Cierra la boca, Finnigan!-exclamó Albus levantándose de la silla, echando chispas por los ojos.
-Calma, Potter. Solo quería decirle a Malfoy que el pollo estaba algo seco-sus amigos rieron burlonamente ante el comentario de Patrick-. Podrías hacer un esfuerzo e intentar aprender algo de los elfos, después de todo, tienen mucho por enseñarte, sobre todo en modales...
-¡Como te atreves!-Scorpius se había levantado de la silla con un grito, pero no puedo decir nada más, pues Madame Pince apareció tras de ellos, gritando:
-¡Gritos! ¡Escándalo! ¡No lo permitiré, no en esta biblioteca!-el canoso cabellos se le había soltado del rodete por culpa de la furia que la embargaba-. ¡Potter, devuelve ese libro a su lugar y váyanse! ¡FUERA!
Sin otro remedio que obedecer a la temperamental anciana, Albus tomó el libro de Transformaciones y se adentró en la biblioteca para guardarlo, al mismo tiempo que todos los otros jóvenes se iban precipitadamente del salón con Madame Pince pisándoles los talones. Albus cruzó las numerosas estanterías, hasta que llegó a las tres que correspondían a Transformaciones, que se encontraban en el fondo de la biblioteca, limitando con la siniestra Sección Prohibida. Con Augustus aún no habían ordenado esa parte, pero Albus sabía donde debía guardar el libro. Con cuidado, lo metió en su lugar y volvió al pasillo. Cuando apenas había dado un par de pasos, sintió un leve susurro detrás de él, como una brisa que agitaba los cabellos de su nuca. Se dio vuelta rápidamente, para encontrarse solamente con la reja que servía de entrada a la Sección Prohibida. Acercó su rostro al negro metal del enrejado y escuchó otro susurro, más agudo, pero sin sentir ninguna brisa. Intentó divisar algo, pero sólo vislumbraba oscuridad. Justo cuando escuchaba el tercer susurro, una pesada mano se posó en su hombro, sobresaltándolo y haciéndole caer a un costado.
-¿Qué es lo que buscas muchacho?-le preguntó Madame Pince algo más calmada que antes, pero igual de energúmena que de costumbre.- ¡Vete, no hay nada para ti en la Sección Prohibida!
Albus no se hizo rogar. Esos misteriosos murmullos habían conseguido ponerle los pelos de punta y no quería permanecer más tiempo allí, por lo que se marchó rápidamente hacia su Sala Común. Cuando llegó, vio a Scorpius vomitando babosas en un cuenco que le sostenía Augustus. Estaba muy pálido y un hilito de baba descendía desde su boca hasta el balde cuando no se encontraba vomitando más moluscos.
-Finnigan-le explicó Augustus al verlo llegar y observar tan desconcertado la situación-. Cuando el buitre nos echó de la biblioteca siguieron insultando a Scorpius, y él sacó la varita, pero Finnigan estaba preparado, y le hizo esto.
-¡Esa asquerosa cucaracha! ¡Nos las va a pagar, te lo prometo Scorpius!-Albus estaba enfurecido. Era hora de que alguien le devolviera un favor.
***
-Ni hablar.
Dorian Mcmillan miraba muy serio a Albus. Tenía cara de pocos amigos y observaba hacia ambos lados con frecuencia. Era obvio que no quería que lo vieran con un Slytherin, pero a Albus no le importaba. Le habló a Mcmillan con tranquilidad:
-Te recuerdo que me debes un favor. Tu mismo me dijiste que harías lo que sea.
-¡Pero no pienso hacer eso! ¡Es prácticamente una traición!
-Sabes que no tienes alternativa, Dorian-le dijo Albus en tono maternal para hacerlo enfadar.
-Claro que la tengo.
-No, no la tienes-dijo cortante Albus-. Sabes perfectamente que si hablo, Jagellon te reprobará. Además, no voy a decirle a nadie que fuiste tú el que puso la poción en el jugo de Patrick.
A modo de venganza, Albus había preparado una poción que había encontrado en el libro que había sacado de la Sala Multipropósito para que Finnigan la bebiera. Si todo salía como lo había planeado, Finnigan acabaría con el aspecto de un enano carmesí y sus entrañas le arderían tanto que nunca volvería a levantar la varita contra sus amigos. Tras insistirle unos minutos más y amenazar a Dorian con contarle a Jagellon que lo había ayudado, logró que el Gryffindor hiciera lo que Albus quería. Le entregó una poción color rojo sangre y Dorian la tomó con fuerza, para luego girar sobre sus talones, caminar a través del pasillo y perderse de vista al doblar en una esquina. Albus, por su parte, se dirigió al Gran Salón con una extraña sonrisa en el rostro. El Gran Salón estaba completamente abarrotado para la cena. Se sentó junto a sus amigos. Scorpius había ido a la enfermería para que lo ayudaran con su problema vomitivo. Christian y Lawrence tenían aspecto de cansados después de su primera tarde de castigos.
-¡Es un maldito desgraciado!-despotricaba Lawrence-. No ha limpiado en toda la semana, me lo ha confesado. Les aseguro que no quieren saber como estaba la mazmorra de pociones.
-Te aseguro que replantar tentácula venenosa con Longbottom no fue agradable tampoco-le decía Christian-. Casi me ahorca un par de veces.
-Vamos, muchachos, anímense-intervino Albus con una sonrisa-. Se de algo que les levantará el ánimo.
-Ah, ¿sí? ¿Qué cosa?
-Están a punto de averiguarlo-les contestó Albus cuando vio entrar en el comedor a Dorian con expresión de culpabilidad. Sus amigos, al ver que observaba con interés la mesa de Gryffindor, se dieron la vuelta y lo imitaron.
En ese instante, Finnigan bebía de su copa de jugo de calabaza. Augustus volvió la cabeza para mirar a Albus y le preguntó con cara de preocupación:
-No habrás...
-¿Qué cosa, Augustus? Sólo estoy contemplando a nuestro querido amigo Patrick.
En el preciso instante en que decía esto, Finnigan se atragantó y la copa se le resbaló de las manos. Los que estaban cerca de él lo miraron con extrañeza, y más aún cuando comenzó a echar humo por las orejas y la boca. Al mismo tiempo que su piel se tornaba de un color rojo sangre, su pelo le crecía de manera incontrolable, al igual que una blanca barba le crecía hasta alcanzar proporciones descomunales. Ahora, no solo sus compañeros de Gryffindor le prestaban atención, sino todo el Gran Salón, incluidos los profesores. Cuando la transformación terminó y la cara de Finnigan estaba roja y cubierta de pelo, las demás casas estallaron en carcajadas. Evidentemente, el chico se hubiera sonrojado, pero no se notó el efecto debido al color de su piel. Se levantó de su asiento precipitadamente y corrió hacia la salida, siendo acompañado por las risas de todo el resto de los estudiantes. Inmediatamente, Longbottom se levantó de su asiento en la pesa de profesores y corrió a la salida para ayudar a su alumno. Los alumnos seguían riendo sin ningún reparo. El director Lesseps se irguió y los miró con cara severa, pero la mayoría no lo vio y por lo tanto siguió burlándose estridentemente. Al ver que su presencia no había sido advertida, Lesseps levantó su varita e, para llamar la atención, hizo salir de la punta de esta varios fuegos artificiales que ahogaron el sonido de las risas juveniles. Los miraba severamente y se dirigió a todos con dureza:
-¡A sus habitaciones, ahora!-exclamó, y su voz retumbó debido a la acústica del Gran Salón. Los alumnos no se hicieron rogar. Velozmente se levantaban de sus asientos y se dirigían a la salida del recinto.
Albus hizo ademán de levantarse, pero algo lo detuvo. Miro sobre sus hombros para ver qué lo detenía, pero sólo estaba la pared. Vio que a su lado Christian tampoco podía levantarse. Volvió a intentarlo, pero esta vez un peso mayor cayó sobre su cuerpo haciéndolo tan pesado que le costaba mantenerse erguido sobre el banco. Cuando intentaba levantarse por tercera vez utilizando todas las fuerzas que le quedaban, vio una sombra en frente suyo y levantó la mirada.
-No dejaré que se vayan hasta que me digan lo que le hicieron a Finnigan.
El director Lesseps, acompañado de Saint-Clair, se había acercado silenciosamente mientras los chicos intentaban luchar contra la magia que les habían hechado. Estaba sereno, pero esto lo hacía aún más amenazante; su expresión era inescrutable. Fijó sus ojos en los de Albus y al segundo volvió a hablar:
-Ustedes tres,-dijo señalando a sus amigos y haciendo una extraña floritura con la mano-váyanse.-los niños obedecieron sin chistar, felices de haber recuperado su peso normal y poder moverse con libertad. Cuando desaparecieron tras las puertas de roble, Lesseps se dirigió una vez más a Albus:- Cincuenta puntos menos para Slytherin, Potter. Y la profesora te dará un castigo algo más...convincente del que te di yo.
Tras decir esto se marchó y dejó a Albus solo con la jefa de su casa. La miró a la cara y comprobó que estaba más seria de lo normal, con la boca cerrada y las mandíbulas muy tiesas, y que lo miraba con actitud pensativa.
-Mañana por la noche ayudarás a Hagrid en el Bosque Prohibido. Tengo entendido que debe encontrar una cría de mantícora que se escapó de Hogsmeade. Ahora vete a la cama.-le dijo la anciana mujer haciendo un movimiento con la varita y marchándose velozmente.