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Historia 32503 — capítulo 11
XI.****¡Castígueme!
Siempre entrábamos cinco minutos antes al aula de Pociones, por precaución. Yo había aprendido a tomar la medida hace años, cuando llegaba a las nueve en punto de la mañana a la clase y Snape me quitaba puntos por llegar "demasiado puntual". Por esta razón, si mal no calculaba quedaban dos o tres minutos para que la poción hiciera efecto, y en cualquier momento Lockwood me mataría si yo lo seguía observando, pero no podía evitarlo: nunca he sido religiosa, pero estaba rezando para que fuera él el afectado y no su perro faldero.
Me senté al último para tener visión periférica, y así poner distancia de Snape también, sólo para hacerme creer a mi misma que le evitaba. Éste entró haciendo silbar su túnica y se plantó frente a la clase con expresión de "puedo-explotar-en-cualquier-momento-si-se-comportan-mal". Sus ojos oscuros recorrieron la clase hasta detenerse en mí. ¿Me estaba buscando? ¡Pues me encontró! Entrecerró los ojos unos segundos, y cuando iba a comenzar a hablar sobre alguna estúpida poción, se oyó un gruñido de dolor.
—Demonios —farfullé tapándome la cara con las manos. Era Masterson. Estaba tieso en su asiento, pero no podía verle la expresión porque estaba a mis espaldas. Lockwood se inclinó para decirle algo, pero Snape interrumpió antes.
—¿Le sucede algo, Masterson?
—Creo que… ay… creo que… —intentó pararse pero cayó otra vez en la silla — ¡Aaah! —gritó, reincorporándose definitivamente — ¡Necesito ir al baño!
Aunque yo creo que ya no lo necesitaba. Se oyó algo así como una pequeña explosión y, cuando salió por la puerta del aula a la velocidad de la luz, dejó una estela apestosa de hedor.
Comenzaron las risas. Creo que hasta yo reí un poco, pero me puse roja de ira al ver a su propio amigo, a Lockwood, riéndose de él con crueldad. Eso fue demasiado para mí.
Luego no fui muy dueña de mis acciones. Sé que salté de mi asiento, caminé por el pasillo que nos separaba, alisté mi mano e hice que su cabeza chocara estrepitosamente contra el caldero.
—¡Eh! ¿Qué demonios te pasa?
Me empujó antes de que contestara, pero el brazo de Snape impidió que me cayera.
—Te vas a ir —me susurró al oído haciéndome avanzar delante de él —. Habría sido mejor que no te hubieses presentado nunca más en clases. Después hablaré contigo.
Tras entregarme mi mochila y cerrarme la puerta en las narices, escuché otra vez la risa de Lockwood.
—Hoy no tengo mucha paciencia, la verdad —oí que decía Snape —, menos para comportamientos infantiles. Y no digo que Nymphadora Tonks sea una dama, pero sigue siendo del sexo femenino, así que empujarla no ha sido un acto muy valiente de su parte. En resumen, sea usted bienvenido, Lockwood, a salir de mi clase por hoy.
¿Con que no soy una dama? Tiene algo de razón.
—Era para ti —farfullé con los dientes apretados cuando Alfred Lockwood apareció ante mí.
—Plan ingenioso, ¿no? ¿Robaste la poción del despacho de Snape o le pediste a Pomfrey que te la pasara?
Se acercó hasta mí con los brazos cruzados, pero la varita en la mano derecha. Sopló un mechón castaño que le caía sobre el ojo izquierdo para apartárselo, pero le volvió a caer en el mismo lugar.
—Me debes mucho, Lockwood, pero estoy consciente de que, si te hago algo ahora, yo saldré perdiendo. Por eso —la barbilla me temblaba al hablar y mi mano constantemente buscaba la varita en el bolsillo —, me alejaré como si nada y tendré que tragarme el hecho de que mi venganza fracasó.
—Sí, es lo mejor, Fenómeno. Vete y no me dirijas la palabra nunca más con tu sucia boca.
Pocas veces había llorado en mi adolescencia, pero la forma en que lo dijo fue tan poco piadosa que los ojos se me empañaron.
—¿Vas a llorar?
Di media vuelta y caminé a paso rápido por el pasillo.
—¡Reconócelo, Llorona! ¡Vas a llorar!
Me tragué las lágrimas y fui hasta las cercanías del aula de Transformaciones para la próxima clase. Aunque, pensándolo mejor, las lágrimas se debían más a haber sido expulsada de la clase de Snape que por los insultos de Lockwood. ¿No que yo quería faltar para siempre en Pociones? Ahí tenía mi merecido. ¡Pero no hablaba en serio! Ya estaba arrepentida…
El resto de la tarde fue una tortura: mis compañeros no cesaban de enviarme miradas asesinas y, para peor, tuve que poner en regla todas mis neuronas para comprender cómo diablos se transformaba una escoba en un flamenco.
Al salir del aula de Encantamientos con Flitwick, que fue la última clase de la tarde de viernes, Shacklebolt intentó interceptarme, pero lo ignoré olímpicamente, yendo en camino directo hacia el baño.
Estuve un tiempo allí, y luego decidí enfrentarme a Shacklebolt en la sala común; debía estar en aquel lugar para saber a la hora en que me mandaba a llamar Snape. Finalmente, Shacklebolt no estaba —no me extrañaba que por cumplir su deber de prefecto —, y no oí noticias de Snape ni siquiera durante la cena. Ni sábado, ni domingo. Por más que lo mirara en los desayunos, almuerzos y cenas, él no devolvía la mirada.
Comencé a caer en depresión: ¿Por qué no me llamaba? ¿O quizá lo había hecho y no enteré jamás? ¿Realmente todo fue una ilusión del momento? No podía dejar de pensar en el beso: me fue respondido. ¿Qué pasó con sus momentos de héroe? Sólo fueron coincidencias, tal vez.
— ¿Tonks? ¿Quieres ponerte los guantes ya? ¡Vamos a comenzar a trasplantar los bubotubérculos!No quiero tener que castigarte yo.
—Lo siento, profesora.
Me disculpé poniéndome manos a la obra, y pensando en un castigo… ¡Eso era! Tenía que encontrar la manera de que me castigara de nuevo, ¿no se suponía que me encantaba como rival? Y ahora, algo más que eso.
Cerca de las nueve, casi cuando finalizaba la cena del último lunes del mes de Septiembre, partí al despacho de Snape para aguardarlo. Me quedé con los brazos cruzados, moviendo el pie derecho con frenesí cuando…
—No lo sé, Severus, todo esto es bastante abrumador, pero no podemos…
Lo que me faltaba.
—¡Señorita Tonks! ¿Qué hace aquí?
Era Dumbledore.
Tragué saliva, y tuve que usar lo primero que se me vino a la mente.
—Yo… tengo que cumplir un castigo.
Snape me miró con una expresión de "¿De qué demonios hablas?"; yo sólo me limité a evadirlo.
—¿Sigue castigada, Severus? —indagó el director con lástima, dirigiéndose a su subordinado.
Snape carraspeó y profirió, tras inclinarse un poco y cruzar sus manos en su espalda.
—De hecho, director, me parece extraño: hace unos días ya que le levanté el castigo a Nymphadora Tonks.
¡Dígame Tonks, maldita sea! ¿Cuántas veces hace falta que se lo repita?
—¡Oh! Puede estar tranquila entonces, Tonks —Dumbledore me dedicó una afable sonrisa —. Tiene el resto de las tardes libres.
—Yo… yo pensé que… me confundí —reconocí falsamente.
—Así veo —escupió Snape con ironía —. ¿Entramos a mi despacho, director?
—Eh… —Albus había parecido perder el hilo — Sí, vamos.
Fingí avanzar para retirarme, pero apenas cerraron la puerta, fui a apegar la oreja, pero no escuché nada: no me extrañaba que Snape hubiese hecho algún encantamiento anti-ruido para que no oyera la conversación. Obviamente que no me rendiría tan fácilmente: me escondí tras el grupo de las Gárgolas Silenciosas: te miran feo, pero no dicen nada.
Aguardé pacientemente, pero perdí la noción del tiempo. Me estaba dando frío: la mazmorra estaba muy fría, así que casi salté de la emoción cuando sentí los pasos de Dumbledore alejándose. Me asomé cuando no hubo ruido alguno y rápidamente me planté en la puerta de Snape. Golpeé dos veces.
—Pase —gruñó.
Me miró fugazmente una vez y, cuando me reconoció, se levantó de su escritorio hecho una bestia. Alcancé a cerrar la puerta: prefería ser empujada contra ella que a través del umbral y darme contra el piso.
—¿Qué…? ¿Qué quieres? ¡Dime qué diablos quieres, Tonks!
Ah, me dijo Tonks. De eso es lo que hablo.
—¡Quiero que me castigue! —le espeté como dando un berrinche.
Me miró con atención.
—¿Qué?
—¡Castígueme!
Se lo reiteré claramente. Espero que haya comprendido la idea.