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Historia 32503 — capítulo 5
Ayer me fui donde una amigui...xD. Donde una amiga, y volví hace un rato pequeño, así que ahora les traigo este capitulito!
¡Disfrútenlo! Besotes mis queridísimas queridas.
**V.**Moco de troll
Alcancé a llegar hasta donde tomaba el camino hacia la sala común, porque tuve que detenerme. El escuchar mi nombre me hizo darme vuelta. La jefa de mi casa, Sprout, me estaba llamando.
—Tonks, quiero que me acompañes a mi despacho.
Solía ser una profesora muy bondadosa, pero ésta vez estaba furiosa. Se le notaba en lo colorada que tenía la cara.
La seguí hacia un lado de las bodegas, donde estaba su despacho. Jamás lo había visto; siempre hacemos las clases en el invernadero. Así que éste consistía en un pequeño cuadrado de tres por tres metros, con una chimenea, un sillón y un escritorio donde, de seguro, revisaría los pocos trabajos teóricos. Ah, y, un detalle: estaba lleno de tierra por todos lados porque las plantas inundaban el lugar.
—Siéntate —me ordenó, señalándome parte del sofá.
Le obedecí, distrayéndome con las manchas de tierra de su ropa.
—¿Es cierto que el profesor Snape te quitó puntos?
—Sí —la voz me salió como un górgoro.
—¿Los veinticinco puntos que había?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque… bueno… —expliqué lo del baño con Myrtle y lo del encuentro con Lockwood.
—Ya te has dado cuenta que el profesor Snape suele ser muy parcial, ¿no?
—Sí, lo sé —eso lo sabían hasta los niños de primero. Incluso los que todavía no llegaban a Hogwarts.
—Entonces… ¿evitarás molestarlo? ¿Evitarás a los Slytherin? ¿Tratarás de ignorar a Lockwood?
—Sí, profesora. Lo siento mucho.
Lo sentía de verdad. No era ningún acto de falsa tristeza, pero por ningún motivo evitaría molestar a Snape. No cuando había tratado de humillarme, aunque fuera en mi sola presencia.
—Bien —se puso de pie, sacó la bolsa de basura del tacho, y me la entregó —. Estás disculpada. Ahora, cuando salgas, ¿puedes hacerme el favor de deshacerte de esto? Es moco de Troll, fertilizante para estas plantas de oscuridad, pero se me ha vencido, así que ya no sirve. Y si sigo teniéndolo aquí, el aire será irrespirable, aunque todavía no tiene mucho olor.
—Sí, profesora Sprout.
Cuando salí de su despacho, todavía sentía una capa pesada en mis hombros. Y para que no se hiciera más pesada, corrí hacia la sala común, antes de que los de mi casa aparecieran para hacerme la vida imposible, olvidándome que tenía la bolsa con el moco de troll colgando bajo el brazo. Me di cuenta de ésta cuando me lancé en la cama y sonó algo gelatinoso.
—¡Puaj! — asqueé cuando abrí la bolsa, sintiendo un olor repugnante y viendo la apariencia del moco. Era más asqueroso que los míos.
La varita siempre era el conejillo de Indias para todo, así que, con la punta, toqué esa cosa. Era de lo más pegajosa, porque hasta me costó limpiarla.
Repentinamente, a lo lejos, escuché pasos: debían de ser los demás llegando, así que, amarré la bolsa, y no sé porqué, pero la metí en mi mochila, que estaba encima de mi baúl. Y antes de que alguien osara a abrir la puerta del cuarto, cerré el dosel de mi cama para que no me molestaran.
Igual lo hicieron, por supuesto.
—Kingsley quiere hablar contigo —me espetó Margaret, asomándose por un pedazo de tela.
Asentí y bajé hasta la sala común. Los pocos que estaban aún allí, me miraron con desprecio. Incluso los de primer año. ¡Y yo que era tan inocente y bondadosa a esa edad! Bueno, los tiempos habían cambiado.
Kingsley me dio el sermón un rato. Lo escuché con atención, pero hablé poco: sólo le dije que lo sentía.
—¿Evitarás desórdenes?
—Eso no te lo puedo prometer —le dije con sinceridad. Casi era lo mismo que me había preguntado Sprout. Y antes que se enojara, me volví al cuarto, para bañarme, lavarme los dientes, ponerme el pijama, y pensar en lo que haría la próxima clase.
Y seguí pensando durante los días siguientes. Fui a Hogsmeade el fin de semana pensando en la clase de Pociones, y comí como cerda en Honeydukes aún pensando. Volví al castillo pensando y fui a las otras clases pensando en eso.
Hasta los deberes los hice pensando en qué diablos havrt, así que las redacciones para algunas materias me quedaron demasiado violentas y guerrilleras. Así que no me fue muy bien.
En fin. Buscar una manera de vengarme del narizota se me estaba haciendo un lío. Pues, había un montón de planes, pero todos eran imposibles como por la falta de recursos o porque, definitivamente, no había manera de cumplirlos.
Y, en el caso de que no se me ocurriera nada, simplemente tendría que ir a clavarle el pie en el culo, cosa que sería más que fácil, pero muy aburrida. Además, Snape podía saber artes marciales, y antes de yo golpearle, él me habría sacado la pierna.
Por eso esperé pacientemente. Incluso cuando la clase ya había comenzado, y Snape me miraba con sus negros ojos, brillando de expectación. Me imaginé que sospechaba que yo algo haría. Y estaba en lo correcto, pero tal vez a fin de año se me ocurriría algo. Ahora no. Mi cerebro no estaba funcionando como correspondía, porque todavía me estaba mirando, y yo todavía le estaba mirando a él. Un momento, me estaba hablando.
—Claro. Ya veo que se cree especial como para no tomar los apuntes de la poción.
Desperté de mi ensueño momentáneo en busca de planes, y sin contestar, busqué en mi mochila un pedazo de pergamino suelto, sintiendo un extraño olor, del cual no puse mucha atención por los nervios. A lo que encontré mi pluma y tinta, Snape dijo, con su voz melodiosamente burlona:
—¿Todos han anotado? Perfecto —de reojo vi que movió la varita, y se borró lo de la pizarra —. Lo siento, señorita Nymphadora. Sus compañeros terminaron ya de anotar, así que tendrá que ver si alguien decide prestarle los apuntes.
Miré a Margaret, que estaba a mi lado. Sin embargo, ésta se limitó a poner los apuntes debajo del pupitre, para que no los viera. Todavía estaba enojada. Y Shacklebolt no me los prestaría ni aunque se lo suplicara. Quería darme una lección.
Roja de vergüenza agaché la cabeza, y fijé la vista en la mochila, que la tenía en mis piernas, abierta. Y sentí otra vez el olor, muy malo, a podrido. Y de pronto me acordé.
Corrí unos papeles y, por encima de una bolsa toqué el moco de troll, y estaba muy blando.
De un momento a otro, una luz interior me iluminó y me sentí muy bien. Por supuesto que no me molestaría ensuciarme un poco las manos. Y demostrar algo de valentía. Sí. No atacaría por la espalda por ningún motivo.
Al abrir la bolsa hice un montón de ruido, así que todos se me quedaron observando curiosos, incluido Snape.
—¿Qué tienes allí, Nymphadora? —me preguntó con voz autoritaria.
—Nada —contesté con inocencia, tomando la asquerosa gelatina con mi mano derecha. Era lo suficientemente consistente como para no escurrirse entre los dedos.
—Muéstrame lo que tienes allí, ahora —me ordenó, avanzando un paso.
—Como usted diga —me reincorporé del asiento, y sin vacilar, confiando en mi puntería, que era bastante mala, tomé impulso y le lancé el moco directo a la cara.
Todo esto me tomó dos segundos, así que no alcanzó a reaccionar. ¡Suerte la mía! Porque a la hora que lo hace, me gano un castigo, y para peor, por sólo haber intentado atacar. En cambio, ahora me lo ganaría por atacar.
La masa verde grisáceo le cubrió la cara como una máscara.
Ni siquiera hubo risas por mi obra, lo que fue bastante lamentable, mas podía conformarme con que lo habían visto. Sé que estaban impresionados por mi atrevimiento. Cobardes.
Snape se pasó la manga por la boca, para poder hablar, y vociferó:
—¡La clase ha terminado! —luego agregó —¡A mi despacho, AHORA!
Lo último era para mí, por supuesto, y no tardé en obedecer, fascinada.
Ah, y lo típico: si hay errores, no duden en avisarme.
Cuidaos, muchachas!