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Historia 32660 — capítulo 5
Cuando Las Sábanas Se Tiñen De… ¿Amor?
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-¿Eh, Lily?--me miraba como si, simplemente, no pudiera creerlo.
-Hola, James--¡Muy bien, Lily, qué original!
-¿Q-qué haces aquí?--preguntó reparando en la situación: los doseles cerrados, él en boxers y yo con mi diminuto pijama, sentada sobre él, disfrutando de sus besos. Sólo se me ocurrió una solución.
-Esto--respondí seriamente y me deshice de mi camisa con tanta rapidez que cualquiera juraría que hice magia accidental.
Bien, si James antes parecía sorprendido, ahora podría jurar que le iba a dar un infarto en cualquier momento. Había perdido todo el color en su piel y sus ojos parecían querer salir de sus cuencas en dirección a mis senos, en una expresión de embobado que me resultaba… ¿tierna? No era precisamente la expresión que buscaba.
Estaba realmente desesperada por tener relaciones con James y terminar de una vez por todas con ese "calor" que el Merodeador provocaba en mí, pero había algo en él que no me permitía comérmelo a besos como habría deseado… Así que tomé delicadamente su barbilla entre mis manos y deposité un único beso en sus labios. Al separarme, él mantenía sus ojos cerrados, como si estuviese sumido entre sus sueños otra vez.
Se saboreó los labios lentamente por un momento y al fin abrió sus castaños ojos, abrumándome con su intenso brillo.
-¡Sí eres tú!--exclamó con una sonrisa, en un tono de infantil sorpresa. Jamás lo había visto sonreír así, sin poses ni coquetería. Era una sonrisa verdaderamente tierna--Jamás creí que volvería a sentir tus labios…
-James, bésame--le ordené con voz suave, más buen en un tono de súplica. Y es que esa sonrisa había derribado todo el autocontrol y la sangre fría con que yo había vislumbrado este encuentro.
James no se hizo de rogar y de inmediato acercó su rostro al mío. Yo cerré mis ojos y mis labios comenzaron a temblar, ansiando el inminente encuentro. Pero una vez más, James Potter volvió a sorprenderme. ¿Por qué tenía siempre que hacer las cosas más inimaginables?
Con una suavidad de los mil demonios comenzó a besar mi rostro: mi frente, mis párpados, mis mejillas, como si ahora quisiese explorar mi cara… Regresó a mi boca y nuestros labios se saborearon lentamente.
Como si estuviéramos sincronizados, nuestras bocas se entreabrieron y nuestras lenguas se reencontraron, esta vez danzando en una romántica canción de amor… Nuestras manos se unieron al baile, intrigadas por conocer la textura de nuestra piel. Una de mis manos se paseaba por sus cabellos juguetones, mientras la otra había encontrado su lugar en su nuca. Las suyas, por el contrario, no dejaron de moverse por mi cuerpo: las yemas de sus dedos me erizaron desde el nacimiento de mi espalda hasta mis cabellos, acariciaba mi cuello, mis hombros e incluso se posaba largo rato en mi cintura para atraerme más a él…
Dejó mis labios por un momento y con los suyos recorrió mi barbilla, mi cuello, mi hombro… Dudó un poco, pero comprendió que otra zona de mi cuerpo pedía a gritos por su atención. Tanteó mi pecho con delicadeza, casi con el temor impregnado en el rostro, y, al ver que no ofrecía resistencia alguna, se apresuró a acariciarlo también con sus labios, en un suave roce.
Yo sentía como si estuviese venerándome, o realizando alguna especie de ritual de alabanza hacia mí…
Toda la noche fue así: suave, lenta, delicada, exquisita, gloriosa… perfecta. Había tenido relaciones sexuales muchas veces antes, pero ésta era la primera vez que hacía el amor. James me trató con tanta ternura que volví a sentirme como una adolescente virginal.
No hubo poro en nuestras pieles que no hayamos saboreado, ni un rincón sin acariciar. Y nuestras bocas estuvieron a punto de borrarse entre tantos besos… Mis gemidos lograron enloquecerlo y él completito logró enloquecerme a mí.
Y juntos subimos y bajamos incontables veces del cielo del placer; disfrutándonos, amándonos como si no existiera un mañana. En esos momentos sólo importábamos nosotros… En esos momentos sólo existíamos nosotros en el mundo.
Exhausta caí sobre su pecho, resguardada entre sus brazos. Él acariciaba mi cabello, ¡cuánto le encantaba mi ondulante cabellera roja! Aspiró el aroma de mis cabellos y los besó repetidamente.
-Te amo, pelirroja--fue lo último que dijo antes de que el sueño nos venciera.
Y así dormimos uno en brazos del otro. Dos jóvenes enamorados que acababan de alcanzas las estrellas con… ¡¡Un momento!! ¿He dicho "enamorados"?