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Historia 33301 — capítulo 11
Volvieron a despertar mis temores, de que aún mi problema no había llegado a su fin, ya bastante desdichado. Volví a gemir enredada entre las suaves sábanas, mientras las demás volvían a insistir una y otra vez en ir a ver a Madame Pomfrey. No necesitaba una maldita enfermera. Me levanté furiosa y busqué algo entre la ropa que me había quitado. Saqué del bolsillo trasero de mi jean el regalo de Joseph, envuelto en el sobre morado. La observé mientras Pansy repetía y otra vez que había perdido el juicio. La cierva resplandecía a la luz de la luna, parecía reposar sobre el lomo. La contemplé en busca de paz, la misma paz que me transmitía Joseph cuando nuestras miradas se encontraban. Tal vez el hecho de que el obsequio era suyo me ayudara. Pero fue inútil, me enfurecí por creer que semejante estupidez iba a surtir efecto. La cabeza me latía furiosa mientras recordaba otra vez a la mujer monstruosa mientras me asfixiaba el cuello con sus manos rugosas y venosas. Respiraba con tanta dificultad que sentía exhausta. Esa ciervita no servía para nada. Solo me recordaba lo mal que me sentía por haberme comportado como una imbécil con Joe. Estaba arrepentida, y tan confundida que sentía que debido al esfuerzo de mi cabeza iba a salirme humo por los oídos. Enojada y sin pensarlo dos veces. Arrojé su regalo al tarro de basura. Se produjo un chasquido metálico mientras chocaba fuertemente en el fondo del recipiente. Desesperada, inmediatamente introduje las manos en el papelero para recuperarla.
Definitivamente estaba perdiendo el juicio, Pansy no se confundía. Mi mente vagaba sin rumbo desde uno a otro lado. Me sentía fatal, más de lo normal. Tenía ganas de correr a las habitaciones de Gryffindor y rogarle a Joseph que me perdonara. Lo abrazaría si fuese necesario, me arrodillaría delante de él, aunque fuese vergonzoso, le diría lo mucho que me gustaba pasar el tiempo en su compañía. Sin embargo había tantos cabos sueltos… Primero me trataba como un trapo de piso, luego me rogaba que le disculpe, y ahora me hacía un regalo y me decía que necesitaba de mí. Eso si era extraño, definitivamente su genio cambiaba de rumbo como veleta con el viento. Más murmullos de las chicas. Me encaminé de nuevo a mi cama y coloqué mi estatuilla con cuidado sobre la mesita de luz. Y fingí que dormía… Ellas lo hicieron, sin embargo yo no pude. Una vez que alguien me trataba como yo quería lo echaba a perder todo. No iba a soportarlo, si eso era posible lo encontraría antes del desayuno y me retractaría. Y si no se diera el caso… buenobuscaría otra manera, pero lo antes posible. No podía perder tiempo, no podía perder tiempo. No más pesadillas, no esa mujer otra vez. Y pensando en eso, repitiéndolo una y otra vez, conseguí dormir profundamente.
Al día siguiente la nieve caía abundantemente. Apenas se podía ver otra cosa que blancos perlados. Abrí los ojos sin moverme ni un centímetro. Sabía que levantarme significaba ir y enfrentarme con las consecuencias de mis impulsividades. Me quejé y me estiré perezosamente. Busqué algo para ponerme, algo más abrigado que el día anterior. Pensé que si a lo mejor me hubiese abrigado más no estaría apresurándome en ir a pedir disculpas a nadie. Me coloqué el pulóver de la casa, un jean, una bufanda y la capa de abrigo. Los zapatos, las medias, me até el cabello en una coleta alta, bastante desprolija y con mechones rebeldes por todas partes. Cepillé mis dientes y bajé los escalones de dos en dos. En la Sala Común nadie me dio los buenos días, tan normal como desalentador. Caminé por las mazmorras a toda velocidad. Alguien se me acercaba, lo sentí a mis espaldas. No quise pensar en quien podría ser.
En el Gran Salón no encontré a Joe, por lo tanto salí al hall y comencé a subir las escaleras hasta el quinto o cuarto piso, donde sabía que estaba la Casa de Gryffindor, por supuesto no exactamente, tenía una vaga idea. Pero a pesar de que subí, di vueltas, bajé, recorrí pasillos no lo encontré. Las escaleras móviles no ayudaban en absoluto. Mi mal humor iba en aumento, al igual que mi extraña desesperación por verlo y que me perdone. Corrí en busca de escaleras que descendieran porque ya era casi la hora de nuestra clase de Cuidado de Criaturas Mágicas. Jadeante no me detuve, sorprendida de mi misma. Al entrar al Gran Salón dirigí mi mirada a la mesa del chico al que buscaba. La recorrí y lo distinguí en la otra punta. Como siempre callado. Sentado entre George o Fred Weasley y Hermione Granger. Caminé a toda prisa hasta allí, hasta encontrarme casi sin aliento a sus espaldas. Inhalé con fuerza, y me llené de valor, sin poder creer lo que estaba a punto de hacer. Enfrente de todos esos alumnos, si, estaba loca.
-No soy autosuficiente- dije segura con los ojos cerrados fuertemente. Los abrí. Ronald Weasley me miraba boquiabierto, muy confundido. Harry Potter le codeó para que cambiara de expresión. Le sonreí nerviosa, el hizo una mueca. Todos me miraban, Hermione Granger se dio vuelta sin disimulo y me observó mientras masticaba sin darle mucha importancia. Joseph fue el único que no se dio vuelta. Supe que me había escuchado porque estaba paralizado con el vaso de jugo en el aire. Esperé con la respiración entrecortada y con los cabellos hechos un desastre por tanto jaleo en la búsqueda. Por fin se dio vuelta, y rió entre dientes. Me relajó al momento. Allí lo conseguí, volví a ver sus ojos. No pude sonreírle por mis nervios. Se paró y caminó hasta donde yo estaba. Ya enfrentados fui capaz de decir.
-Nunca lo he sido. Y lamento haber…- Me llevó un dedo a la boca en señal de que me callara.
-Esta bien.- Sonrió y me tomó de los costados de mis brazos acariciándome.- Sabía que vendrías.- Por suerte estábamos rodeados de personas porque sino tal vez le hubiese abrazado. Estaba agradecida, ni siquiera había dejado que termine de decir lo que tenía en mente. Le sonreí lo mejor que pude. Dirigí la mirada hacia la mesa, todos seguían contemplándonos.- Aunque debo admitir que nunca pensé que fuera aquí, frente a todos, toda despeinada y colorada, debes estar avergonzada.- Se rió.
-Mucho- Asentí. - Joe, tengo clases ahora.- Ledije que las mejillas encendidas por mis corridas, realmente debía dar lástima mi aspecto.- Te veo luego. Y gracias.- Le miré llena de necesidad, y me fui hacia los jardines. Estaba feliz. Pedir una disculpa era aceptar el error, pero no me sentía derrotada. Había ganado otra oportunidad.