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Historia 33301 — capítulo 12

Mi suerte pareció haber dado un vuelco nuevamente porque estaba feliz. En la clase la profesora me felicito por mis avances con los gusarapos, que eran unos bichos patéticos. Draco Malfoy no me dirigió la palabra, ni mi hermano, ni Ron, ni Jackie, pero extrañamente no quería que lo hicieran. Me miraban con gesto repulsivo, pero me satisfacía. No les presté atención a mis amigas, ese día iba a ser yo después de mucho tiempo.

Me pregunté cuanto tiempo pasaría antes de volver a hablar con Joe, con una ansiedad alarmante. Pero no tuve demasiado tiempo para pensar en eso. Porque apenas entre al Hall principal, Joseph me encontró eufórico, con los ojos desorbitados de la emoción.

-         Ven conmigo.- Me susurró cómplicemente. Estuve a punto de replicar, porque se nos iba a pasar la hora del almuerzo, aunque no tenía nada de hambre. Solo era mi instinto de resistencia. No pude negarme, me sonrió lleno de expectación, abrí la boca la cerré. Me miró divertido y tomó de mi mano. Tiró de mí con delicadeza y comenzamos a subir las escaleras sin parar. Una, dos... Ibamos dando empujones entre los alumnos. No hablamos, apenas tenía tiempo de respirar. Lo único que pude decir en el tercer tramo fue…

-         ¿Adonde…vamos?- Me costaba horrores ingresar aire en los pulmones.

-         Tal vez deberíamos descansar un poco. - Se preocupó y quiso descansar, pero yo no iba a dar muestras de mi debilidad. Frunció el ceño aún con esa chispa de travesura que me estaba haciendo perder la paciencia, tenía que saber hacia donde nos dirigíamos. Me sentí acalorada, seguramente estaba bien ruborizada, como a la mañana. Aunque esa vez estaba demasiada preocupada como para notar el cansancio. Me aferré a la baranda de la escalera sin soltar su mano. Seguía respirando entrecortadamente.

-         No, sigamos.- Le dije muy terca. Se rió.

-         Apenas puedes hablar.- Se burló. Le fulminé con la mirada, llena de impaciencia.- Como tú quieras, solo lo hacía por ti.- Se excusó.

Debo admitir que me arrepentí, los dos últimos tramos se me hicieron eternos. Al llegar al quinto piso le solté la mano y me apoyé contra la pared exhausta. Se paró junto a mí observándose una mano mientras yo recuperaba el aliento.

-         Espero… que… valga la pena.- Me sonrió y no me contestó. Eso no me parecía nada gracioso, tenía que haber una buena explicación para subir cinco tramos de escaleras de dos en dos. -¿Cuánto falta?

-         No más escaleras- dijo con tono tranquilizador, eso era bueno. Sonreí. Comenzó a caminar mucho más despacio uno al lado del otro. Pasando por unos cuantos pasillos que jamás había visto. Allí a esas alturas, las paredes estaban llenas de cuadros preciosos. Otra buena excusa para ser un Gryffindor, eso sin tener en cuenta las escaleras por supuesto. En el trayecto tampoco hablamos, aunque íbamos despacio. Me di el lujo de mirarlo, ya que estaba muy distraído pensando seguramente en eso que iba a mostrarme, los ojos le brillaban de emoción. El sol le daba de frente desde un ventanal, haciendo que sus ojos resplandecieran de hermosura, pude sentir nuevamente la paz dentro de mí, ya ni siquiera estaba muy cansada. El azul de sus ojos era impactante, su piel era liza y dorada. Sus cabellos ondulados le había crecido bastante esos días, a los rayos de la luz del mediodía parecía rubios, pero en realidad solo eran castaños claros. Su nariz era recta, dándole un aspecto más masculino a esas facciones tan armoniosas y simétricas. Sus pestañas extensas, su sonrisa angelical. Definitivamente muchas chicas debían estar muertas por mi nuevo amigo. Sonreí. En ese instante nos detuvimos en un pasillo angosto, se puso en frente de mí tomándome de ambas manos y le miré suspicaz. Se agachó un poco para quedar a la altura de mi rostro.

-         Ahora- susurró alegre- Cierra los ojos…- Volví a mostrarme cautelosa. Los cerré no muy fuerte. Se acercó más a mí, murmurando a mi oído, sentí el roce de su piel suave sobre mi mejilla. - Piensa en algo que necesites justo ahora.- Sentí la garganta muy seca, tuve ganas de abrir los ojos para echar un vistazo, por si acaso. Me temblaron las manos, en las suyas.

-         ¿Cualquier cosa?- Pregunté con un hilo de voz.

-         Cualquier cosa.- El aire tibio me dio en la oreja haciéndome cosquillas, me encogí por un momento.

-         Lo siento- dijo travieso. Esa vez sí lo hizo a propósito, otra exhalación me dio en la nuca. Abrí los ojos bastante incómoda. Me encontré con los suyos a pocos centímetros de los míos, exhibía sus dientes perfectos en una sonrisa. Mis pestañas apenas me dejaban ver a tan corta distancia. - ¡Hey! No te dije que los abras.- Le sonreí.

-         Estás poniéndome nerviosa. - Le acusé.

-         Te pones nerviosa muy fácil, ciérralos. Di algo que necesites.- Me esforcé pero lo hice, ¿qué necesitaba en ese momento? Mmmm, lo primero que se me ocurrió fue una gran botella de agua fresca, pero era demasiado poco y quería superar las capacidades de Joseph fuesen cuales fuesen. Tal véz, podría ser un gran almuerzo ya que nos lo habíamos perdido. Uno original, uno difícil de conseguir. No había tenido tiempo de desayunar, fue entonces que sentí como mi estómago crujía. Original, busca algo original. Me dije.

-         Tal vez. Unos cientos de botellas de agua… - Exageré, levantando una ceja. Me moría por ver su expresión- Y…un gran almuerzo, pero que sea uno diferente. Comida muggle. - Abrí los ojos, triunfante, eso le hizo reírse más.

-    No te he dicho que abras los ojos.- Insistió. Suspiré derrotada y volví a cerrarlos. Sentí el crujido de la madera, como si fuese una puerta abriéndose junto a mí. Hice un mueca, tal vez era otro armario de limpieza. Me llevó muy despacio nos tres pasos a mi izquierda.

-     Puedes abrirlos.- No hizo falta abrirlo para comprobar que él había ganado. Pude sentir el aroma exquisito a comida recién preparada. Le solté la mano con delicadeza. Abrí los ojos lentamente y ante mi aparecieron miles y miles de riquísimas y tentadoras comidas diferentes en platos elegantes decorados con colores dorados. Había frutas, verduras, cuencos y cuencos de menjunjes desconocidos para mí. Panes, pescados, tartas...Y a pesar de que no tenía nada de hambre quería probarlos todos. Uno por uno. Al final el pasillo de alimentos vi algo que me hizo sonreír inconcientemente. Una góndola de botellas de agua bien fresca. Miré a Joseph, que me observaba sonriendo complacido. Esperé una explicación sin apartar los ojos de él. Se encogió se hombros. 

-    ¿Cómo adivinaste que yo querría..?- Pregunté sin salir de mi asombro. Se detuvo con un gesto de mano.

-    Yo no lo he hecho.- Volvió a sonreír. Se acercó a mi extasiado. Me tomó de los hombros y me dijo observando mis pupilas...

-    Bienvenida a la Sala de los Menesteres.

-¿Cómo la encontraste?

-Escuché a los gemelos Weasley hablando de un tal ejercito, y pude descifrar que existía este lugar.- Se río.- Lo sé, soy un poco curioso.- Solo pude sonreír. - Tú pasas por la entrada y si necesitas algo aparecerá.- Tomó con tenedor un pedazo de masa o algo así, una sustancia viscosa cubierta de salsa roja. La probó.- Sabe bien. ¿Quieres probar?- Me ofreció aún de buen humor. Me acerqué y pinché uno de esos cuadraditos blandos y blancos. Con un poco de desconfianza le eché una mirada antes para saber si disfrutaba el momento. Era sabroso, ni siquiera sabía el nombre pero lo mastiqué lentamente unas cuantas veces. - Son ravioles.

  • Ravioles.- repetí. Sí que sonaba raro. Me hizo probar tantas cosas que terminé con el estómago lleno. Hamburguesas, pizzas, fideos, pescados, caviar, guisos, pasteles dulces, golosinas. Toda una ensalada de alimentos. No me sentía muy bien, a pesar de que apenas había probado un bocado de cada uno y con suma lentitud. Cuando se disponía a hacerme probar una ensalada de manzana y apio…

  • Joseph, definitivamente ya no puedo seguir comiendo. - Le dije intentando no causarle desánimo. Realmente él disfrutaba haciendo sus descripciones de todos los comestibles. Frunció el ceño.

-Tú nunca comes mucho.- Se quejó. Eso me tomó desprevenida, ya me había regañado una vez por eso, sin embargo no era quien para hacerlo. Me contrarié un poco.

-Tú no lo sabes.- Le acusé bastante más hostil de lo que tenía pensado. Su cara se descompuso un poco más, pero luego decidió darme la razón.

-Eso es cierto.- Forcé una sonrisa que no debió ser nada convincente. Jamás podía fingir nada, la historia de mi vida.- Será mejor que vayamos a clases. No queremos que te reten.

-Ni a ti.- Le corregí. Sonrió mientras enroscaba un mechón de mi cabello entre sus dedos suaves.

-Ni a mí.- Nos miramos un momento, no pude comprender porqué semejante chico se preocupaba demasiado por mí, era simplemente hermoso, y simpático, y era mi amigo ahora. Me di media vuelta y el me siguió los pasos muy de cerca mientras nos acercábamos a la puerta. La abrí despacio, Joe me tomaba de los hombros con cuidado. No había nadie en el pasillo y salimos de allí sin que nadie nos viera.