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Historia 33301 — capítulo 13
Si tenía que describir en una sola palabra lo que sentía definitivamente esa hubiese sido confusión. En la clase de la profesora McGonagall hice estragos. Al intentar convertir ranas en botones hice explotar en chipas a la rana de Susan Bones, que no dejó de llorar en toda la clase. Me sentí un poco mal por eso, pero al fin y al cabo solo era una rana. Y no iba a volver a materializarse, adiós lindo anfibio, que descanse en paz.
La cabeza no paró de darme vueltas en diferentes direcciones el resto del día, en primer lugar quería ver a Joseph, quería contarle el incidente, quería hablarle de tantas cosas que ya no sabía cuales eran. Era tan agradable tenera alguien con quien poder hablar de diferentes cosas que sentía que debía soltarlas a todas. Por otro lado estaba un poco enfada, pero no con el, sino conmigo misma por haber perdido el control en clases y además por creer saber la causa. Para completar, no lograba comprender del todo a Joe, ni porque se comportaba así conmigo, porque había cambiado su actitud hacia mi persona. Todavía me resultaba el extraño el hecho de que hacía unos pocos días éramos enemigos declarados. Ahora se esmeraba en que yo estuviese bien, porque comiera, porque durmiera, porque estuviera sola o no… Era tan complicado que me alarmaba, quería saber que era lo que se traía entre manos. ¿Y si no era nada? ¿Y si simplemente era cierto que el necesitaba de mi tanto como yo de él? ¿Y si me había mentido y realmente sentía lastima por mí? No lo sabía, pero no podía confiar plenamente en él, porque a decir verdad nos conocíamos muy poco, aunque no pareciese, apenas habíamos hablado dos, tres veces, a lo sumo cuatro. Y yo pensaba en el como si fuese mi amigo de la infancia. Quería saber la razón por la que no podía desviar la mirada de sus ojos, sin tener en cuenta la hermosura propia de ellos. Porque me temblaba la voz cuando estaba cerca, porque me intimidaba. Porque me costaba respirar a su lado, y porque sentía esa necesidad de verle a ada segundo.
Los días siguientes fueron difíciles de calificar por buenos o malos. Joseph y yo nos sentábamos juntos en las clases que compartíamos, y eso les provocaba rechazo a mis compañeros de Slythering, por su supuesto más a Romeo y a sus amigos, y no solo a ellos, sino también a Alec y Felicia. Seguramente la noticia se corría rápido de boca en boca y lo más interesante era que solo éramos Joseph y yo sentados en un mismo banco. No se trataba ni de Voldemort, ni de un mortífago, ni de nadie que realmente fuese digno de importancia. Pasábamos mucho tiempo, juntos en la Sala de los Menesteres, en los pasillos de clase en clase, y después de estas, éramos inseparables y nos llevábamos muy bien. Joe era cuidadoso conmigo, me trataba como si fuese una niña pequeña, me pedía que comiese una y otra vez. Aprendí a confiar en él, en que el nunca sería capaz de hacer algo que me lastimase, de que el siempre iba a estar cuando yo le necesitase. Nunca se lo confesé pero a veces sentía que no podría vivir sin su compañía si algún día se apartara de mi lado. No sabía muy bien la razón, pero cuando no estaba cerca suyo sentía miedo. Miedo de mi pasado, y de mi futuro. Miedo de una vida sin Joseph, mi amigo. Miedo de mí. A veces me sentía algo egoísta, tal vez por el echo de que sentía que Joe me daba todo de él, que no guardaba secretos conmigo, que el hacía cosas por mí que yo no le podía dar. No le podía dar mi pasado, ni mis recuerdos, porque temía que se asustara de la clase de persona que era yo y de que se alejara de mí como cualquier persona normal haría. Siempre cuidándome, siempre haciéndome sentir bien. ¿Y yo? ¿Era una carga o una buena compañía? No lo quise saber, el hecho de que fuese una respuesta desfavorable me provocaba nudos en el estómago.
Claire Shephard me odiaba, había inventado más rumores sobre mí, para variar. Lo cierto es que tenía muy poca imaginación, o tal véz demasiada, ya que nadie creía sus chismes. Según sus comentarios yo era una exterminadora de animalitos pequeños y que usaba su sangre para pintar cuadros, tan morboso como incierto. Luego me dio por estafadora de profesores, de manipuladora de elfos, de "amiga" intima del profesor Snape, entre otras tantas cosas absurdas. A Joseph esto le hacía enfurecer, nunca fue a enfrentarse con su admiradora solo porque yo se lo imploré. Solo eran tonterías impulsadas por los celos. Sin embargo no comprendía porque lo hacía, Joe y yo solo éramos amigos.
El clima era extraño, ya estabamos llegando al invierno y diluviaba. Las pilas e deberes ern extensisimas, y yo no me ocupaba mucho de ellos. Con Joseph los hacíamos apresuradamente, a ninguno de los dos nos gustaba el colegio, aunque teníamos facilidad.
Extrañamente mientras más nos uníamos Joseph y yo, mis pesadillas se producían en forma cada vez más seguida y alarmante. La mujer no solo aparecía en mis sueños ahorcándome sino también llorando desconsoladamente, muerta en el suelo rocoso de un extraño lugar caluroso y desierto, en un salón de bailes con una macabra máscara negra, con un destello de sol iluminando su rostro… Pero esta vez era mucho más nítido todo. Podía sentir el aroma a fresia en sus ropajes, su gélido y áspero tacto sobre mí, su voz claramente temblorosa y débil. Una y otra vez despertaba gimiendo y llorando mientras que las chicas ya ni se preocupaban por lo que me sucedía, desde que era amiga de Joe, no les importaba nada demí en absoluto, sin tener en cuenta que el panorama se repetía diariamente. Volvía a tener miedo de dormir, de abrir paso a mi mente otra vez. Aquellos días me encontraba muy pálido y ojerosa, pero al menos comía bien. A Joe no le causaba nada de gracia mi aspecto, y la verdad era que a mi tampoco me agradaba que el me viera así. Más de una vez me pidió que fuéramos a la enfermería y una vez casi lo logra, me era muy difícil negarle algo a él. Sin embargo él sabía que yo escondía algo y eso le causaba angustia, un dolor que se unía a mí, no soportaba verlo triste, menos por mí. Trataba de fingir, realmente me estaba esforzando por descansar correctamente, pero no lo estaba logrando. El estaba esperándome, me estaba dando tiempo a que juntara el valor suficiente para contárselo, pero no era por que no confiara en él. Joe era la persona más leal que podría llegar a conocer alguna vez, pero mi miedo no era que divulgara mi secreto. No quería que me deje, yo no podía sin él, lo necesitaba, quería estar cerca suyo. Sabía que algún día llegaría ese día en que iba a arriesgarme, para que supiera que yo confiaba plenamente en él, más que en nadie. Pero no ahora, el había curado un parte de mí, de mi alma, y si se iba simplemente me rompería en pedazos, me moriría de angustia, porque era como un antídoto para mi dolor, solo con su presencia, con poder apreciar su hermosura muy cerca de mí yo era feliz, porque sabía que el estaba conmigo y que me quería. Si me dejaba recaería en el fondo del poso del que me había sacado, y la caída sería dolorosa, se me romperían los huesos. No podía pensar en una vida sin Joe. Mi héroe. Mi sanador. Mi amigo.