Tituladas 16.2% · 32,381 de 199,415 descubiertas
Rescatado 63.6% · 59,982 de 94,296 páginas identificadas · 59,972/60,586 caps con texto ☕ Invitanos un café

← Historia 33301 · de

Historia 33301 — capítulo 16

De los tres días siguientes se podría decir bastante poco, pero fueron perfectos, o casi. Ya no sabía como clasificarnos a Joseph y a mí, porque si bien éramos solo amigos, los demás no nos veían como eso, y yo en el fondo comprendía que no estaban muy del todo equivocados, que tal véz veían las cosas más claras que mi manera de verlas. De cualquier manera me agradaba nuestra situación porque al fin y al cabo nos entreteníamos juntos. Claire Shephard se había encargado de divulgar la noticia de su cortejo poco sentimental, provocando en mi una nueva oleada de hostilidad hacía ella e incluso al pobre Joseph que nada tenía que ver. Al parecer los detalles del tema no eran nada alentadores. Pero pude soportarlos, y Joe también a su manera. No hablábamos de eso nunca. Con Joe pasábamos largo tiempo juntos y a veces hacíamos novillos, lo que me resultaba emocionante, tal véz demasiado para la clase de persona que era. Las pilas de deberes se hacían más llevaderas cuando hacíamos las cosas juntos entre bromas y ayudándonos unos con otros. Ninguno de los dos éramos excelentes alumnos pero tampoco éramos de los peores.

A pesar de las cosas buenas, por las noches mis pesadillas se repetían una y otra vez, hasta a veces tenía más de una. Cada día sentía que el momento se acercaba otra véz, el momento en donde todo perdería la fantasía perfecta, esa nube de felicidad momentánea en la que vivía. No quería volver a cometer los mismos errores pero sabía perfectamente que yo nunca habría hecho semejante cosa estando conciente de lo que hacía.

Después de haberme despedido de Joe en el Hall, me dirigí hacía mis aposentos y quedé dormida, pero antes las chicas me miraron con ojos desorbitados y alarmados.

La anciana dormía en un suelo arcilloso, agrietado y duro, envuelta en una bolsa de dormir raída y sucia. Me acercaba a ella sigilosamente en cuatro patas, lastimando mis piernas, raspándolas. Era de noche, una sin luna ni estrellas. Mis manos temblaban de excitación. La apreté bruscamente contra el cuello de mi próxima víctima, llena de temores. Abrió los ojos como platos y gimió, y gimió, sacudiéndose. ¡Elle, Elle! Alguien gritaba mi nombre, alguien familiar, la mujer clavaba sus dedos desesperadamente mi antebrazo. Sentí un golpe en mi espalda, pero estaba demasiado ocupada para ver. Algo impacto fuertemente sobre mi rostro, algo macizo, que golpeó mi pómulo izquierdo haciéndome desplomar hacia atrás. En la caída todo se desvaneció, pude sentir el golpe de una madera en mi cráneo, provocándome dolor.

Abrí los ojos y el panorama me desalentó. Allí, Fiona y Gabrielle rodeaban a Pansy, que se hallaba sobre su cama gimiendo y llorando con voz chillona y ensordecedora. Me retumbaban los oídos,la cabeza latía adolorida. Me había caído de su cama y golpeado con el armario en la cabeza después de… después de ¿Haber atacado a Parkinson? No podía ser real, no tenía que ser real. Comencé a temblar inconcientemente de pies a cabeza, y los ojos me lloraban mientras intentaba respirar con naturalidad. Definitivamente estaba ocurriendo otra vez. Los gritos que me llamaban en mi pesadilla eran los de Fiona. Ella se acercó hasta mí en la oscuridad con gesto amenazador y reprocharte.

-¿¡ACASO ESTÁS LOCA?! ¡PODRÍAS HABERLA MATADO!- Sin querer escupió en mi cara, pero yo no podía hablar, era demasiada conmoción. Abrí la boca y no pude soltar sonido alguno. Basta, Fiona, por favor. - ¿QUE ES LO QUE TENÍAS EN MENTE?- Nada- HABLA DE UNA VEZ.- La voz raspaba en su garganta dándole un aspecto maléfico.

-Yo… solo estaba durmiendo, estaba…no sabía lo que hacía.- Recordé las explicaciones, las mismas que le había dado a mi padre aquella vez. Chasqueó la lengua, desaprobando lo que dijera.Mi voz se debilitaba por mis sollozos quebrándose innumerables veces. Fiona se alejó de mí, hablando a mis espaldas con Gabrielle, mirándome de reojo, mientras era incapaz de levantarme. Descubrí el objeto que me había golpeado el rostro. Era la escoba de Pansy, una Nimbus 2001. Me llevé una mano a mi mejilla y a penas la rosé me dolió, estaba hinchada. Más llanto. Conseguí ayudarme con las manos para ponerme de pie. Pansy no dejaba de lamentarse acariciando su cuello con la yema de los dedos. La miré llena de culpabilidad, y me acerqué para pedirle disculpas.

-Lo siento… yo no sabía lo que hacía. Solo estaba soñando.- Me observaba analizando mi expresión, de segura se expresaba mi desdicha en ella, pero era tan cruel…

-Aléjate de mí.- Espetó. Fruncí el ceño. Mi mente volaba hasta cinco años atrás, los recuerdos se me hacían tan familiares ahora, los que había bloqueado incesantemente. Alguien golpeó la puerta de la habitación con insistencia.

-¿Qué sucede ahí dentro? ¿Todo en orden?- Preguntó la prefecta.

-Todo en orden.- Respondió Gabrielle, mirándome con cautela. - Ahora duérmanse todas.- Ordenó. Todas nos dirigimos hacia nuestras camas con lentitud y no me sacaron un ojo de encima, y aunque tardaron mucho en volver a dormirse, lo hicieron, incluso Pansy, todas menos yo. Tenía miedo de volver a atacarlas, incluso más que ellas. Tenía miedo de volver a tropezar con la misma piedra…

No dormí nada, ni un segundo, mis párpados estaban incansables y abiertos de par en par, mis ojos llenos de pánico. Cuando comenzó a amanecer permanecí inmóvil a espaldas de las chicas, que se cambiaron y asearon para ir a clases. Yo no pensaba moverme de allí, no quería que nadie me viera. Pansy se encargaría de contar cada detalle a los de la casa, provocando que se enteren todos, incluso mis hermanos. Se pondrían como locos, y no había que darle más importancia del que ya tenía, lo haría yo sola esta vez. Ni hablar de contarle a Joseph, me preguntaría porque me encontraba así lastimada, y además con marca o no notaría lo mal que me sentía, mis ojos estaban colorados y diminutos de tanto llorar. No tenía pensado que se alejara de mí cuando más le necesitaba así que seguiría guardando el secreto.

Cuando las chicas se hubieron ido después de cuchichear unas cuantas estupideces, me levanté de la cama y observé mi rostro. Mi mejilla se hallaba morada en la extensión de una palma de mano, bien hinchada, y podía distinguir algunos raspones y cascarillas. Estaba pálida como Peeves.Me arrojé desconsolada sobre la cama y permanecí allí hasta la hora del almuerzo. Mi estómago crujía de hambre y además no podía seguir escapándole a mi realidad, tarde o temprano, Romeo o Felicia me preguntarían algo, tal vez Alec. Y Joseph, ya vería que haría con Joe, pero necesitaba verle.

Salí con decisión, o más bien dicho, llena de abatimientos y rendida, hacia el Gran Salón. No esperaba ver a nadie, pero sabía que era imposible. Apenas terminé el último escalón Romeo se arrebató en mi camino.

-¿Es cierto lo que dicen?- Apenas podía contener el espanto.

-Lo es.- Respondí tajante y me dediqué a esquivarle y salir de allí. Me tomó por el codo con decisión.

-Quizás deberías volver a tomar clases Oclumancia.- Expresó frunciendo el ceño, lleno de persuasión.

-No funcionaron, ni van a funcionar.- Respondí con impaciencia. No tenía ganas de hablar con él, a pesar de que hacía mucho que no lo hacíamos.

-Estoy preocupado.- Me reí incrédula

-¿Desde cuando te importa? Esta vez lo enfrentaré sola. No va a pasar nada, lo prometo.- Dije con toda la voluntad y la sinceridad que había dentro mío.

-Espero que sepas lo que haces.- Sin decir más nada se alejó de mí, sin dejar rastro, y yo me dirigí al gran Salón a buscar a Joe, aunque no sabía si quería verle precisamente. Todos observaban mi rostro que además de lastimado debería estar pálido y ojeroso como en otras varias ocasiones. Estaba acostumbrada a eso. No me costó mucho hacerlo, a penas había entrado al salón cuando Joseph me tomó de la mano y me sacó de allí, con un rostro que no expresaba nada de felicidad. Fruncía el ceño.

-¿Tienes idea de lo preocupado que he estado?- Reprochó impacientemente cuando llegamos a un pasillo desolado. Fruncí el ceño, el dolor interno me agobiaba. No me miraba, estaba enojado conmigo.- Al menos podrías haberme avisado.- No supe que decir. Sabía que no había acabado.- He oído hablar de ti, de Pansy de que te habían pegado y no supe que demonios pasaba contigo. Anduve dando vueltas como loco de aquí a allá toda la mañana…- Hablaba atropelladamente, pero supe que se sentía mucho más aliviado ahora que me había encontrado. Intenté sonreírle.

-Fue solo un malentendido.- Pero no podría engañarle con una sonrisa torcida y llena inseguridad.

-No es lo que parece.- Cerró los ojos concentrándose como si estuviese haciendo un gran esfuerzo para calmarse. Estaba colorado y sus ojos me esquivaban.- ¿Quién rayos te hizo eso?- Quise tranquilizarle acariciándole una mano, pero la apartó.

-Fueron las chicas, no conseguían despertarme.- Me quejé. Dolía que me hablara así, que no me mirara…Me tomó de ambas mejillas, como respondiendo a mis pensamientos, y me miró lleno de apasionada intensidad, esa tan característica de él. Sus pestañas estaban doblemente arqueadas ese día. Sus ojos centelleaban como diamantes. Me perdí en ellos en busca de paz…Mi alma se quebró, no pude ocultarle nada, fruncí el ceño al mismo tiempo que escapaba de su mirada y los ojos se me inundaban.

-¿Por qué no confías en mí? Se que algo sucede, y necesito que me lo cuentes.- No le miré, y me besó una mejilla con suavidad. Pero solo consiguió apenarme aún más, si yo le decía mi secreto, probablemente nunca estaríamos de nuevo tan cerca como en ese momento. Una lágrima corrió hasta mojar uno de sus dedos aterciopelados.- Lizzie…- Recuperó el aire, lleno de abatimiento.- No puedo…verte así. Confía en mí.- No pude evitarlo, definitivamente no era por desconfiar en él que me no le había revelado mi secreto, sino porque yo no podía vivir sin él un solo día de mi lastimera vida. Necesitaba que me susurrara al oído, que se riera despreocupadamente, que se quejara por perder en el ajedrez, que me tocara… Lo abracé con todas mi fuerzas llena de angustia y miedo, preparándome para separarme de él. Lloré desgarradoramente apretando mi rostro contra su pecho, mientras el se aferraba más a mi y escondía su rostro en mi cuello, desesperado y tembloroso. Me acariciaba el cabello con una mano, mientras repetía una y otra vez…

-Todo estará bien.- Yo solo sollozaba. No, nada estaba bien. Me dio un beso en la coronilla y todavía muy cerca de mí, cuando ya me había calmado algo. Volvió a mirarme y pude notarlo triste y desconsolado, casi tanto como yo. Me sequé las lágrimas, aunque seguían cayendo otras.

-Jamás lo entenderías…- Gemí.- Yo no quiero que te alejes de mí.

-No voy a alejarme.- Me aseguró con sinceridad. Lloré un poco más.

-             Si lo harás.- Se quebró mi voz.

-             Lo prometo.- Le creí poco, pero al menos me infundió valor. Tardé unos cuatos segundos.

-Cuando tenía diez años…Conocí en sueños a una niña… se llamaba Michelle Rutherford, estaba segura de eso, aunque no la conociera…- Me miraba atento acariciando mi cabello otra vez. Me aseguré de que no hubiese nadie por allí. Recordé la cara de la niña Rutherford llena de alegría, con ojos saltones y negros.- Entonces… comencé a tener pesadillas, una tras otra, todos los días. Michelle me atormentaba en sueños, no podía dormir. Despertaba gimiendo, gritando…- Más sollozos. No quise seguir. Le miré llena de necesidad, mordiéndome el labio superior. Me incitó a que siguiera con una caricia, cerré los ojos ante el tacto de su mano suave y tibia.- Entonces un día…apareció, y tuve miedo…Mucho. Ni siquiera era dueña de mi misma. Ella tenía ocho años y estaba llena de vida…llena de vida…- Lloré con amargura.- Y yo…la maté. La tomé del cuello y…la asfixié.- Me detuve para tomar aire.- Pero ni siquiera recuerdo bien el hecho…Recuerdo los gritos, y las sirenas, y al padre de la niña gimiendo de dolor…Fui a clases de Oclumancia, pero no sirvieron de nada porque no volví a soñar con ella luego…y mi padre consiguió sacarme de San Mungo con un poco de dinero. Pero ya no me tratan como antes, nunca me miraron de la misma forma desde entonces y los comprendo…- No dijo nada, estaba helado. - Puedes irte, se que te repugno por haber matado a una niña…por ser tan cruel. - Lloré.- Eres demasiado bueno conmigo, no me lo merezco. - Mi voz se quebraba sin parar y estaba tomada.

-No voy a irme a ningún lado Lizzie. Estoy contigo.- Dijo acariciando mi mejilla con la yema de los pulgares.

-Pero…

-No te voy a dejar. Estoy seguro de que no tenías intención.- Era tan amable y sincero conmigo, no podía creer que fuera cierto.

-No, tú no entiendes nada Joseph. Yo he estado teniendo más pesadillas…- Mascullé.- ¿Y que sucede si lo vuelvo a hacer? Yo… - Me secó más lágrimas rozando mi hematoma, el que tanto dolía.

-Quiero ayudarte.- Interrumpió. No le contesté.- Lamento lo que sucedió, lamento que te sientas de esta forma.- Frunció el ceño.- Pero no te culpo por nada Lizzie, estoy seguro de que jamás harías algo así si hubieses tenido opción.

-Jamás…- Gemí. Me abrazó con todas fuerzas. Rozando mi mandíbula con su nariz, su cabello acariciaba mis mejillas. -Jamás…

-No voy a dejarte Lizzie, no ahora.- Susurró a mi oído. Me sequé las lágrimas con su túnica y supe que había sido una tonta, Joe era demasiado comprensivo conmigo. Me sentí mucho más liviana, el me ayudaba a arrastrar mis penas, haciéndolas más ligeras.