Tituladas 16.2% · 32,381 de 199,415 descubiertas
Rescatado 63.6% · 59,982 de 94,296 páginas identificadas · 59,972/60,586 caps con texto ☕ Invitanos un café

← Historia 33301 · de

Historia 33301 — capítulo 2

Todavía echaba chispas cuando llegamos al gran comedor, en donde toda la mesa Slythering me contempló como si fuese un unicornio bailando el balls, pero solo era yo y parecía que nunca iban a comprender que yo era tan normal como todos ellos.

No podía creer que había gente que me odiara por mi estúpido apellido, porque al menos Joseph lo hacía. Seguramente el creía que yo lo consideraba inferior, lo cual me parecía inaceptable. Recordé su mirada y me estremecí de pies a cabeza, como si me hubiesen hecho una descarga eléctrica. Al segundo me sentí idiota. Joseph era un pobre alumno de Gryffindor que deambulaba siempre solo, no debería preocuparme por el. Mi hermano y sus amigos le jugaban bromas a veces muy pesadas porque era hijo de muggles, y eso me ponía los pelos de punta. El no tenía amigos, seguramente porque era un odioso, pensé. *Sin amigos,*me invadió de nuevo la aflicción. Mi hermano me entendía, pero seguía siendo mi hermano. Yo no era la persona indicada para decir eso, ¿era una odiosa también yo? La paradoja de mi existencia era encontrarme rodeada de gente, pero eso solo hacía que me sintiera cada vez más sola, y me dolía como enfermedad sin antídotos.

No quise seguir martirizándome con esos pensamientos que luego no me dejaban conciliar el sueño. Me senté junto a Ray, y del otro lado, por supuesto, Jackie, como mi guardia personal. Nos quedamos mirando la jarra de zumo de calabaza. Tragué saliva, ¿Qué hubiese sucedido si yo tomaba de allí? Las chicas no tomaban las suficientes precauciones. A pesar de que todos tuvimos sed, ninguno bebió un sorbo, mis compañeras de cuarto me fulminaban y secreteaban furiosas enarcando las cejas. Es no me hizo sentir mucho mejor. Me serví un poco de tarta de ciruela, pero comí solo la mitad. Conocía esos síntomas, angustia. Ray al parecer también seguía pensando lo mismo.

-Ese Jos…- Bufó con las voz ronca. No quería hablar, no, por favor.

-Para, por favor- gemí. El no podía entender cuanto me afectaba ese asunto de la sangre. Se puso un bollo de pan entero en la boca y nos quedamos mudos. Mientras tanto mi hermano Romeo hablaba sobre el partido de Quiddich de no se qué equipo de Bulgaria, cosa que a mi no me interesaba en lo más mínimo. Ronnie solo se reía y acotaba algún comentario cuando lo creía necesario. Jackie parecía que se iba a convertir en una roca, ya que estaba entumecido, siempre hacía un gran esfuerzo para ni siquiera rozarme, como si fuese a quemarlo. Comenzó a revolverse mi estómago. Eché una ojeada a la mesa de Gryffindor, pero esta vez Joseph Anderson no me estaba fulminando con la mirada como lo hacía cotidianamente. Le levanté lentamente. Los chicos estaban acostumbrados a que yo me fuera primero, pero no sabían que era porque no soportaba exponerme a tantas miradas. Caminé muy despacio, por miedo a hacer algo ridículo ante tantos rostros que se giraban para contemplarme. Salir del salón consistió en una leve mejoría. Casi corrí a mi habitación, abrí la puerta de un tirón y me arrojé en mi cama. Estrangulé la almohada y me apreté el rostro contra ella sofocando un grito de desesperación, no sabía cómo, pero eso me relajaba. Permanecí boca abajo en la cama, sola. Pero esa soledad era mucho mejor que la que sentía interiormente, al menos allí podía ser yo misma sinque me juzgasen. Me quedé inmóvil y de pronto como un golpe eléctrico pegué un salto y corrí a mi baúl. Abrí mi caja de cartas y saqué un pergamino todo arrugado y viejo, amarillento. Me tiré de nuevo en el colchón, aún con mi túnica puesta, no me importó que se arrugara. Leí la carta.

Lizzie, por favor no sufras, a veces debemos comprender que la vida no es siempre como la deseamos. Tu angustia es mi angustia, tu soledad la mía también, esa soledad rodeada de gente puede ser muy cruel a veces, la conocí. Siempre me tendrás a mí, aunque yo no te posea, y eso me mate por dentro. Muchas irán y otras vendrán, pero yo simplemente siempre estaré para ti. Estoy contigo ahora, te tengo en mi corazón. Ah, y por cierto, que tengas feliz navidad.

No tenía un remitente, y es imposible de creer pero ese papel era muy importante para mí. Fuese quien fuese sabía que yo estaba mal, que yo sufría, y en algún sentido padecía conmigo. Era increíble que abrazada a ese trozo de pergamino me sintiese menos sola, aunque no físicamente por supuesto.

Lo había recibido hacia dos navidades, en mi casa. Lo traía una lechuza desconocida para mí. Al principio me fastidié, porque se podría haber limitado a poner iniciales, pero con el tiempo decidí que eso no importaba, que por una vez alguien se había detenido a observarme de otra forma.

La navidad última había recibido otra carta. Pero era distinta, estaba llena de tachones, que incluso había hecho romper el pergamino, y al último solo decía "*No quiero perderte nunca, Feliz Navidad".*Pero ¿Cómo iba a perderme? Nunca la comprendí, y me molestó tanto que la abollé y tiré a la basura. No tardé un segundo en ir a recuperarla. ¿Quién era? Nunca iba a saberlo. A juzgar por los mensajes, siempre iba a estar de forma ¿invisible? conmigo. Pero ¿Por qué?

Me sobresalté cuando entraron las chicas enfurruñadas y cerraron la puerta de un portazo. Me apresuré a guardar el pergamino entre los edredones. Encendieron la luz y me cegó los ojos.

  • ¡Genial! Te felicito, has hecho que desperdiciemos tres raciones de poción.- Pansy estaba colorada de furia. Entorné los ojos, ni siquiera me molesté en contestarle. Había interrumpido mis pensamientos. Miré el techo esperando a que siguiera, porque sabía que seguiría. - ¿Lo que quiero saber es porque te entrometes?

  • Porque ni Romeo ni Ray te quieren, y no pueden obligarles a que estén contigo. Eso es muy egoísta por tu parte.- Caminó de un lado a otro gruñendo. Traté de decírselo con calma, pero no pude evitar mi tono de desprecio, sobre todo hacia esa actitud tan egoísta.

  • ¡Es problema mío!- Me gritó. Mantuve la calma respirando hondo, con todas mis fuerzas. Era problema mío también, ellos eran mis amigos.

  • Ray y Romeo son mis amigos, por no recordarte también que Romeo además es mi hermano.- No pude creer que sonara tan tranquila. Tanto que Pansy se enfureció aún más.

  • Si, amigos.- Descalificó mis palabras. Sentí una punzada de dolor, realmente ese comentario fue hiriente, la sangre se me enfriaba en las venas, y como mis ojos se humedecían traicionándome. Ese día no era el indicado para discutir.

  • Solo hice lo correcto- Mascullé, con la voz una octava más alta. Ella puso los ojos en blanco.

  • Santa Elizabeth Worrington- Exclamó con sarcasmo. Le di la espalda, poniéndome de costado en la cama, mirando por la falsa ventana. Me cayó una lágrima, y la atajé enseguida. No iba a volver a hablar. Esperé con ansiedad a que se durmieran y hubieran apagado la luz, entonces recién me levantaría a ponerme el pijama. No me hablaron, pero sabía que me miraban. Fiona y Gabrielle no me habían siquiera mirado, pero sabía que también estaban enojadas conmigo. Sin embargo, no me arrepentí de haber advertido a mis amigos, ya que hacia tres días habían llegado demasiado lejos con ellos. Incluso se habían ido a la habitación de muchachos.No me molestaba en lo más mínimo que estuviesen resentidas, eso suponía un alivio para mí, sin embargo esta clase de situaciones me recordaba que estaba sola, o casi sola. Llorando, terminé por quedarme dormida yo también.

A la mañana me desperté antes que las demás y me apresuré a estar lista para no tener que hablarles ni mirarles. Sentí frío, así que me arropé mejor, e intenté peinarme, si es que lo logré. Sentí mis delgadas piernas algo débiles, debía ser por lo poco que estaba comiendo esos últimos días. La mochila me pesaba más de lo normal y me dolían los párpados. Apenas podía ver a través de mis pestañas. El flequillo al costado me molestaba, por eso me lo tomé con una pequeña traba hacia atrás. Bajé las escaleras y no me sorprendió que aún no hubiese nadie en la sala común. Salí arrastrando los pies por los pasillos de las mazmorras, y solo me crucé con el profesor Snape, que se comportaba especialmente jovial conmigo. Me mostró su sonrisa curva y siguió su camino igual que yo. Todavía llevaba mi pergamino en el bolsillo y lo acaricie. Era lindo caminar por los pasillos sola. Cuando llegué a los primeras ventanas reales, pude ver que había una espesa niebla sobre la hierba. Me dirigí a la biblioteca, y Granger estaba allí. No me resultó raro, lo cierto es que me caía bien, ella me trataba igual que a todos.Le sonreí, ella también lo hizo. Leía algo sobre Mitología Griega. Yo tomé mis libros de Historia de la Magia y leía algo para matar el rato. Era sobre faunos, una historia de una guerra civil a causa de la dominación de faunos sobre los enanos en tiempos muy remotos. Aburrido.

Media hora más tarde fui al Gran Salón. En la mesa de Slythering había muy pocos. Malfoy, con Crabbe y Goyle leían un libro negro. Los detestaba, por eso me coloqué lo más lejos posible de ellos, como si tuviesen baba de troll. Anderson estaba en su mesa, pero extrañamente no me miraba tampoco hoy. Estaba furiosa con él, me daban ganas de meterle la cara en las tostadas, pero siempre supe contener mis rabias a la perfección. Los chicos llegaron más tarde y nos entretuvimos hablando de Adivinación. Nos hacíamos predicciones exageradas. Concluimos en que Romeo iba a terminar casado con Pansy, que yo iba a convertirme en polvo a los veinte, Ray trabajaría de conductor del autobús noctámbulo, Jackie sería mortífago y Ronnie se convertiría en conejo dentro de tres días. Me reí, lo cierto es que tenía cara de conejo. Sus dientes incisivos eran grandes y sus ojos muy redondos, además sus orejas también eran enormaes y afloradas. No me había percatado, pero nuevamente había cientos de ojos posados en mí y yo solo quise esfumarme en el aire, pero todavía era menor, y en Hogwarts de igual modo no hubiese podido. En la clase de Historia de la Magia, nos adormecimos todos escuchando leyendas, sobre Rómulo y Remo, sobre Zeus y el Olimpo, y unos cuantos mitos.

Tuvimos con los Gryffindor. Anderson no me miró, por lo tanto yo si pude hacerlo. Era muy cauteloso, sus movimientos eran lentos y precisos. No desvió la mirada de su banco ni una sola vez. Apreté los labios, quería meterle la varita en el hoyuelo del ojo, estaba perdiendo por primera vez la paciencia. Es que sus palabras me habían molestado, ¿Solo por ser Worrington debería ser despreciable con los hijos de muggle? Yo no era así, debía quedarle claro eso. Me di cuenta de que sus pestañas eran tan largas como las mías y su nariz perfectamente recta. Me llevé la mano a la mía, era más respingada y delgada. Debí admitir muy a pesar mío que su rostro era angelicalmente perfecto. Pero era tan odioso…

Cuando terminó la clase nadie me esperó. Quedé sola otra vez.