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Historia 33301 — capítulo 3
Pasaron días, pero la situación se mantenía terriblemente monótona. Las chicas ya no estaban enojadas conmigo pero cada vez me arrepentía más de que increíblemente hubiésemos llegado a un acuerdo. Y yo no era capaz de generar un conflicto a propósito, por lo visto, estaba destinada a soportar cosas de esta calaña por tiempo indeterminado. Sabía que ellas no disfrutaban de mi amistad con los chicos, porque siempre ponían mala cara cuando me iba con ellos. De todos modos tampoco me sentía muy a gusto con el grupo de mi hermano, me molestaban actitudes que no podían pasarme desapercibidas, debía limitarme a apretar los labios y soportar en silencio. En primer lugar Ronnie cada vez me fastidiaba más con sus alabanzas hacia nuestro listado de ancestros célebres, Ray parecía disfrutar de los problemas como yo pero últimamente se pasaba de la raya. No dejaba de burlarse de los impuros, solo para darles excusa de batirse en duelo, pero nunca habían llegado a nada muy alarmante. Jackie, bueno, estaba igual que siempre, no hablaba demasiado. Y Romeo, me tenía bastante mal, ya no hablábamos mucho y tenía la sensación de que algo me ocultaba, nunca tuve la ocasión de estar a solas con él y preguntarle que le sucedía. Me miraba cauteloso, incluso de vez en cuando murmuraba con sus amigos para que yo no oyera lo que decía. Todas esas cosas hacían que yo me viera muy sola, sobre todo en clases, en la sala común Alec siempre tenía algo que contarme, y aunque a veces no me interesara mucho lograba retener mi atención con facilidad. El resto del tiempo lo ocupaba intentando de reducir la pila de deberes que teníamos que hacer, la mayoría Snape y McGonagall, que nos daban extensísimas redacciones para hacer. Mi materia preferida de seguro sería Estudios Muggle, pero mis padres se hubiesen infartado si yo elegía esa asignatura. Amaba todo lo que tenía que ver con ellos, músicos, teatro, cine, libros… Lo encontraba interesantísimo, y por supuesto que tenía que mantener mi afición en secreto, aunque a veces no podía dejar de soltar comentarios favorables hacia ellos.
Anderson volvía a mirarme como la hacía antes, misteriosamente, con una mezcla de odio e indignación. Yo trataba de devolverle mi misma mirada lo más mordazmente posible, pero Felicia decía que no lo lograría jamás, y así fueron esfumándose mis leves esperanzas. Opté por dejar de mirarle y eso funcionó un poco mejor, aunque definitivamente a veces sentía la necesidad de comprobar si lo estaba haciendo otra vez.
Me hallaba en la casa de Raymond, una construcción bastante modesta si se la comparaba con la mía. Las brazas llameaban en la chimenea. Estábamos el, mi hermano y yo. La habitación estaba en penumbras pero ninguno lo notaba, o eso creía yo. Fue entonces que una sombra se interpuso en la luz que provenía de la puerta de la habitación contigua. Era una figura escalofriante, una mujer, pero no precisamente normal. No tenía piernas, es decir, luego de su cadera directamente estaban sus pies. Sus brazos eran largos, también sus dedos. Tenía el cabello lacio y corto electrizado. Se acercó arrastrando los brazos a sus costados, no pude evitar poner cara de susto. También mi hermano. Ray no decía nada, mientras la anciana seguía en su camino hacia nosotros, descoordinado piernas y hombros. Ví su cara, estaba sonriendo, pero esa sonrisa era terriblemente espectral, sin brillo en los ojos. Sus ojos, sus ojos estaban desorbitadamente abiertos. Miré a Ray, que estaba avergonzado.
-Les presento a mi abuela, bueno… ella tiene una serie de problemas de coeficiente, y físicos también, por supuesto.- Se rascó la cabeza mientras la mujer se detenía delante de mí. Cuando comprendí las palabras tras un fuerte intento, procuré sonreírle, pero tenía las mejillas paralizadas. Extendió un brazo hacia mi, me quedé lo más quieta posible, pero temblaba. Intentó acariciarme pero en vez de eso me golpeó en la frente sin malas intenciones, y repitió ese movimiento una y otra vez. No comprendía porqué Ray no me la quitaba de encima, pero no podía ser descortés con su abuela. Ya como a las diez veces, conseguí estirar mis brazos y alejarla con delicadeza. Me miró con esos ojos macabros y volvió a hacerme lo mismo. Ya más desesperada la saqué de un empujón. Cayó de espaldas, pero se levantó nuevamente y repitió el movimiento. Comencé a jadear, porque la mujer parecía cada vez más desesperada. No pude evitarlo, la pateé. ¿Por qué los chicos no hacían nada, solo miraban? A pesar de que volvió a caer hacia atrás, se levanto decidida a seguir con lo mismo, jadeaba con vos ronca. Se abalanzó sobre mí, tenía una fuerza descomunal. Las lágrimas me caían por las mejillas. Parecía que se estuviese burlando de mi debilidad, probándome una y otra vez. Lancé patadas al azar pero la mujer no se rendía, y yo no quería hacerle daño en el fondo.
Me desperté en mi cama, junto a la de Fiona. Estaba pateando, los edredones estaban hechos jirones. Noté el sudor frío en mi frente y mis mejillas empapadas. Respiré con dificultad mirando el techo. Había sido la peor pesadilla de mi vida, porque había sido mucho más real que las otras. Abrasé la almohada y trate de encontrarle algún sentido a mi sueño, un significado. Me devané los sesos, pero no. No encontré nada, ni una similitud con mi realidad. Volví a dormirme luego de una hora que se me hizo eterna.
Ese día hacía frío por la mañana, otra vez. Nos dirigimos con las chicas luego del desayuno a la clase de Pociones, una de las que más me gustaban. Revisamos los usos del ópalo, un tema no muy interesante pero presté atención. Otra vez Anderson estaba en la clase mirándome. No pude evitar perderme en sus ojos una vez. Me ruboricé supongo, porque sentí el calor en mis mejillas, tan traicioneras como mis ojos. Me apresuré a salir del aula con las chicas al finalizar la clase y luego de depositar nuestros calderos viejos en los armarios del profesor. Caminábamos riéndonos de la explosión que había causado el caldero de Weasley. Anderson pasó delante de nosotros con los libros en sus manos, pero no iba mirándome en ese momento.
-¡Anderson! ¿Qué sucede? Deberías decirle a tu padre…tengo entendido que es sanador, médico, o doctor, como lo llames en el estúpido mundo muggle, que te hagas una de esas transfusiones,aquí huele a…-Pansy arrugó la nariz, acercándose a Joseph, que no la miraba a ella, sino a mí. No entendí porqué, pero me asusté. Sus ojos azules… basta, no me iba a ruborizar otra vez. Me moría de vergüenza. Seguro Parkinson se iba a desubicar como siempre. Me paré entre ellos, temblando por lo que podía llegar a salir de la boca de mi amiga. - Suciedad.- Sonrió con suficiencia al terminar su frase. El coro de risas de las otras dos me pareció grotesco. Me estremecí. Joseph fulminó a Pansy con la mirada. Yo me quedé muda, bloqueada. Papadeé estupefacta. Intenté frenarla pero no podía…- Huele a sangre su…
-¡Ya basta Pansy!- mascullé. Me miró sorprendida, como si le hubiese abofeteado. Joseph se recompuso más fácil que ella, y su asombro me dolió más de lo que me imagine que podía hacerlo.
-No necesito tu ayuda Worrington. Se defenderme solo.- Su voz sonó… ¿comprensiva? Parpadeé, ¿no hubiese sido más fácil que me lo agradeciese luego? O por lo menos que se hubiese ido sin decir nada, pero ¡reprocharme! no era lo correcto sin duda. En primer lugar porque yo podría no habermeentrometido, pero como una estúpida lo había hecho, y no sabía bien por qué motivo. Tragué saliva. Su rostro se endureció aún más. Susurré.
-Solo…intentaba ayudar.- Sentí mi voz algo más aterciopelada, aunque yo quería que sonara cruda. Lomiré con los ojos llameantes de furia, rechinando los dientes y me fui a grandes zancadas. ¿Cada vez que le hablara iba a enfurecerme? Tenía ganas de gritarle una sarta de blasfemias, pero yo era una dama y no me iban bien para nada esas cosas. No podía odiarlo, pero eso era lo que quería sentir.