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Historia 33301 — capítulo 4
Arrojé la mochila sobre la mesa de la biblioteca y muchos pegaron un salto. Arrastré mi silla y me senté sobre ella. Apoyé los codos sobre en escritorio haciendo un nuevo ruido y me froté las sienes con los dedos, cerré los ojos para evitar otra vez las miradas. Medité allí, ese lugar era incluso mejor refugio que la habitación porque nadie podía levantar la voz ni discutir. Me di cuenta de que comenzaba a gruñir, y detuve los sonidos de inmediato.
Ese Anderson conseguía sacarme de las casillas con una facilidad jamás vista, ni siquiera mi madre me hacia enfurruñar tanto. Quizás debería dejar de sentirme como Harry Potter y negarme a ser la superheroína. O por lo menos aprender a cerrar el pico. Tenía que comportarme como si nada ante las actitudes de mis amigas, que solo lograban ponerme de mal humor. Y en cuanto a Anderson, esperaría a que se disculpara, porque seguro iba a hacerlo, tenía que hacerlo. De lo contrario era un imbécil. Yo seguiría soportando en silencio, y no comprendí porque me había costado tanto hoy, si tenía casi cuatro años de práctica constante.
Aquel día había despertado en mí una nueva Elizabeth, una que ya no quería callar. Quería gritar, quería hacerles saber a todos que yo era normal, que yo quería que me tratasen como lo era, que no tenía ningún tipo de problema con los hijos de muggle, ni con los mestizos, que estaba sufriendo… A esa nueva Elizabeth las cosas no le habían salido nada bien, debería encajonarla, atarla de manos y pies y meterla en una cueva de donde no pudiera volver a salir, bien en lo más profundo de mi ser.
Recordé casi con temor aquella mirada tan llena de pena, indignación y por supuesto furia casi incontenible. No pude evitar volver a estremecerme. La forma en que pronunciaba de manera despectiva mi apellido, el que tanto odiaba. Me sentí triste, un nudo se acrecentó en mi garganta. Quise llorar, pero no iba a hacerlo, menos rodeada de estudiantes, me alegre de no poder.
La jornada había sido espantosa, primero la vieja descabellada que me atormentaba en sueños, y por otro lado Joseph, sin contar la que se me vendría después. Pansy me gritaría el doble de lo acostumbrado y yo debería callarme como siempre. ¿Pero podría esta vez? No lo supe, pero esa nueva Elizabeth era más bien una amenaza. Seguro todos se enterarían, sería la cotilla de la semana, para variar.
Ni había sacado los libros de la mochila, pero así como llegué me fui. Más miradas. Cerré de un portazo. Recordé que debía almorzar, y aunque no tenía ni pizca de ganas fui, a enfrentarme con mi triste realidad, aún peor que la del día anterior. En la mesa de Slythering nadie me habló, y eso me pareció lo mejor que iba a ocurrirme en el día. Ni siquiera comí mucho. Alcé la vista a través de las mesas de Ravenclaw y Hufflepuff, y pude ver lo que buscaba. Joseph tenía los codos sobre la mesa, y la cabeza entre las manos. No me miraba. Suspiré audiblemente. Empecé a carburar una gran cantidad de posibilidades, tal vez mocomurciélagos, algún sortilegio, pastillas vomitivas, tal vez con una simple barra sangranirices bastaría… Quería salirme con la mía, solo por una vez. Las manos me temblaban mientras la estiraba para alcanzar un bollo.
Pasó un día, dos, tres…Nada, ni una disculpa. Ni una mirada. Ni un gesto… Nada. Y para mi disgusto la rabia no se aplacaba sino que iba en aumento. Quería que se disculpara, sería mi triunfo, mi redención. Pero parecía no estar dispuesto, lo cuál solo aumentó mis ganas de lanzarle un embrujo suficientemente embarazoso para él, esa sería otra clase de ¿qué? No, eso era solo rebajarme, hacer algo que jamás haría. No estaba en mi hacer esas maldades, ni siquiera a el. Aunque no me faltaban ganas.
Ni Pansy ni las otras me hablaron, pero para mi disgusto se habían encargado de transmitir la información. Por lo cuál no sólo ellas, sino que casi toda la casa no me hablaba. No me importaba mucho, pero los chicos tampoco me trataban igual, me miraban diferente, como si hubiese cometido una traición casi imperdonable, estaban decepcionados, no había dudas. Eso me dolió mucho, con mis actitudes, mis preferencias por los muggles, mi indiferencia hacia la cuestión de sangre… seguía siendo yo. Lizzie. Elizabeth Worrington. Aunque no sabía si seguía siendo la misma para ellos si me convertía en una especie de protectora de inocentes.
Ya a los ocho días no echaba chispas solamente, estaba a punto de explotar. Lo noté cuando desperté con mi mal humor aumentado. Mi rostro estaba pálido, sin un rastro de vida. Mis ojeras eran notables tanto en los párpados inferiores como superiores. Apenas podía mover los pies para caminar, y tenía a mano derecha dura, dolorida de haber hecho tantos deberes para matar el tiempo. Sin dirigir la palabra a las chicas que ya se vestían, casi corrí al placard y me puse lo primero que encontré usable. Me até el cabello en un rodete, si es que podía decirle de esa forma porque la verdad es que estaba bastante desprolijo. Ni me preocupé por el flequillo ligeramente hacia el costado. Mis pestañas parecían lo único que se mantenía igual que siempre, bien largas y llamativas, porque mis ojos estaban inyectados en sangre. Tiré un par de libros en la mochila y me fui, lo más rápido que pudieron mis pies.
Tomé mi decisión cuando vi que volvía a mirarme con odio. Llevaba los libros en mis manos cuando me acerqué a él, mientras una chica de aspecto ovejuno le tomaba del brazo. Estábamos en el hall de entrada al Gran Salón. Me observaban ir para descargar mi furia contenida, y no sabía cómo iba a hacerlo. Quise olvidarme de los libros para tomar mi varita y proferir el primer maleficio que se me ocurriera, la chica le tironeaba pero el estaba rígido, esperándome. Caminé decidida, a grandes zancadas, fulminándole a cada paso que daba.
-No vale la pena…- le decía la chica con los ojos como platos y la vos tan temblorosa. El no se movió, me miraba tan fijo que me taladró la cabeza. Me sentí bastante satisfecha, a juzgar por el rostro de la chica, estaba pareciendo tan furiosa como quería. El viento de una ventana hizo que se mecieran mis cabellos.
-¿Quieres decirme que demonios es lo que te pasa?- Farfullé, lo miré entrecerrando los ojos llorosos, pero de ira otra vez. La chica se fue. El no contestó, acercó su rostro al mío, mirándome inescrutablemente.- ¿Crees que por ser una Worrington voy a comportarme como un monstruo?- Estaba mudo, abrió la boca para decir algo, pero la volvió a cerrar.- Ni siquiera te disculpas- Le reproche, se me quebró a voz en la mitad y entonces desvié la miraba hacia un ventanal. - Eres…eres…despreciable.- Volví a mirarlo, no me agradaba para nada decir tales cosas, pero era tan cierto, al menos era como se comportaba conmigo. Cerró los ojos, como respirando con dificultad. Pude sentir sus esfuerzos entrecortados. Esperé una respuesta.
-¿Eso es lo que…quieres?- Consiguió decir abriendo los ojos de golpe, frunciendo el ceño. No me dio tiempo de prepararme a que se dislocara mi mente a causa del color de su mirada, tan parecido al del cielo cuando se acercaba la noche. - ¿Una disculpa forzada? Eso es lo mismo que si no te las pidiera…- Su vos sonó tan cruel que me rechinaron las tripas, cerré los ojos, esperando algo aún peor.-No necesito de tu lástima, al fin y al cabo, eres como ellos…Como tus hermanos.- Parecía que hablaba tratando de convencerme, persuasivo… y muy cruel.
-No, eso no…- Más lágrimas, pero de tristeza, apreté mis labios, no iban a salir. El no dejaba de observarlas, por lo visto notaba que yo iba a llorar en cualquier momento.
-Lo lamento entonces- Gruñó, sus ojos estaban muy abiertos, como absortos. Yo no quería esa clase de disculpas sin sentido, el tenía razón. Había sido muy estúpida al reprocharle eso. Tendría que haber optado por el maleficio. Metí una de mis manos en el bolsillo, haciendo un gran esfuerzo por mantener solo con la otra los libros pesados, aún más pesados por lo poco que yo comía… Me tembló la mano cuando rozaba mi varita, tan tentadora.
-No las acepto.- Le dije tajante, no iba a perdonarlo jamás después de lo que acababa de decir. Nunca, nunca. Se acercó a mí casi rozándome la nariz.
-¡Genial!- Levantó la voz, pero no se pareció mucho a un grito porque su voz era suave, aunque se podía reconocer en ella la ira. Al parecer se sorprendió de mi respuesta y rió entre dientes, lo tomé como una burla. Sentí su respiración junto a la mía, y no pude evitarlo, salieron como chorros por mis mejillas. Lloré. Y el al instante suavizó su expresión, como si le doliera mi dolor…