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Historia 33301 — capítulo 5

Apreté los labios, pero ya no pude detenerme, toda la emoción contenida durante más de una semana desbordó. Respiré hondo sin dejar de mirarle, estaba frunciendo el gesto, todavía tan cerca de mí como antes. Me enojé conmigo misma, sabía que yo era débil, pero que los demás lo supieran… Miraba mis lágrimas caer una tras otra y yo estaba avergonzada.

Sentí pasos apresurados a un costado, se acercaban. De pronto, algo impactó contra Joseph, una mano le había empujado por el hombro, evitando que yo siguiera mirándole a los ojos. Tardé en reaccionar, pero sentí una punzada en el estómago. Los libros, volví a sujetarlos con ambas manos.

Romeo estaba furioso, colorado de ira. Joseph permanecía con esa misma expresión de dolor y enojo conjuntos. Se fulminaban…

-¡Aléjate de mi hermana sucio!- Le dijo casi escupiéndole en la cara, gemí. Se me cayeron los libros uno a uno, a causa del temblor de mis manos. Muchos observaban curiosos, pero solo Hermione Granger me ayudó a levantarlos. Estaba tan asustada que ni siquiera pude hablarle para agradecerle el favor. Creo que lo entendió.- Supongo que tu madre muggle nunca te enseño cómo se le habla a una dama.- Quise articular una frase.

-Romeo…- Me quedé sin voz. Cerré los ojos, esto era muy duro para mí, no quería presenciarlo. La expresión de Joseph era de puro ira ahora, la última sarta de mi hermano consiguió meter el dedo en la llaga.

Fue tarde, mi hermano ni siquiera se preocupó en sacar su varita, cerró el puño y lo enterró en la mandíbula de Anderson con todas sus fuerzas. El sonido fue estremecedor.

-No- susurré, era el tono más alto que me salió, y para mi desgracia nadie pareció escucharme. Los chicos, Ray y los demás, aullaban y vociferaban insultos, incitando a que siguiera la pelea. Solo algunos miraban con gesto crítico. No pude evitar sentirme tan enojada con ellos, no volvería a hablarles.

Pero Joseph no peleó. Ni siquiera pareció inmutarse. Comenzó a sangrarle el labio, se lo secó con la manga, aunque seguía brotando sin descanso el líquido rojizo. Respiraba agitado, yo observaba todo conteniendo el llanto por la excitación. Joseph levantó las manos en señal de que se detuviera…

-Está no es la mejor forma de arreglar las cosas, seamos adultos.- Bufó, suspiré aliviada, ahora solo quedaba que mi hermano asintiera y todo terminaría de una vez. Volvió a secarse el labio y algunas gotas cayeron al suelo. Para mi desgracia Romeo no hizo lo que yo esperaba, sino que sacó su varita de madera oscura y casi la clavó en el pecho de Anderson.

-¿Tienes miedo Anderson?- Preguntó burlón.- Apostaría que sí.- Sus amigos se rieron. Casi perdí la compostura, miré a los demás en busca de alguien que los separara, pero nadie parecía querer entrometerse. Tendría que hacerlo yo. Solté los libros otra vez y el sonido hizo que todos me contemplaran. Debía tener un aspecto fatal porque muchos abrieron los ojos como platos. Caminé hacia ellos lentamente. Me interpuse entre ellos dos, en intenté bajar la varita de Romeo, pero el tenía más fuerza. Me indigné. Lo miré suplicante.

-Por favor Romeo, por favor…- Casi se me quiebra la voz, sonó tan débil que yo me asusté.- No lo hagas.- Mi hermano me miró decepcionado. No me hizo caso otra vez. Se miraban uno a otro. Romeo furioso y Joseph inmutable.

-"Locomoto mortis"- Vociferó. Un chorro de luz amarillenta salió de su varita. De inmediato, Joseph cayó al suelo, con las piernas temblorosas. Intentaba incorporarse una y otra vez, pero le era imposible. Tenía las piernas debilitadas. Los de Slythering se rieron a más no poder. Yo quería ayudarle, pero mi parte malvada se mantenía llena de rencor. Se lo veía, dolorido… Llegó la profesora McGonagall para mi alivio, Joseph estaba con el rostro lleno de manchas rojo rubí.

-*"Finite Incantatem"-*Las piernas cesaron de temblar. Aliviado Joseph recostó la cabeza sobre el suelo con los ojos cerrados. Cinco segundos después se incorporó sin secuelas, como si nada hubiera pasado. Con voz severa la profesora posó los ojos sobre ellos dos, mientras yo juntaba mis libros apresuradamente. Los espectadores se fueron disolviendo en diferentes direcciones. Yo quería hacer lo mismo, pero esta vez nadieme ayudó a recoger mis cosas.- Worrington, venga conmigo. Y en cuanto a usted…- Se paró delante de Joseph con mirada evaluadora y con desaprobación deteniéndose en el labio partido- Debería ir a la enfermería.

-Me encuentro perfectamente, no necesito ir profesora.- Dijo con tono educado pero muy seguro, es decir, que nadie le haría cambiar de opinión. La profesora reprobó aquello con una mueca. Me detuve un momento.

-En ese caso, usted también vendrá conmigo.- Joseph asintió. Se alejaron apresuradamentehacia las escaleras. Ninguno se detuvo a mirarme, ninguno se preocupó por mí.

Por si alguien quería saber, estaba destrozada y preocupada por mi hermano. De seguro le darían algún castigo solo por defenderme sin sentido. Joseph tampoco me había hecho nada y Romeo había sido el de las de pelear. Me sentí idiota, por haber causado problemas por unas disculpas que reclamé y al final no acepté. Mientras guardaba los libros en la mochila hice un terrible esfuerzo para no llorar, tanto que me estremecía de pies a cabeza. No iba a hacerlo, no hasta que finalizaran las clases al menos. Caminé hacia el gran Salón conciente de que todos estarían hablando de lo mismo. Me sentía muy frágil, casi podía oír mis huesos crujiendo de dolor. Comí mucho menos que siempre. Los amigos de mi hermano me habían mirado para que me sentara con ellos, pero los ignoré. Seguro querían saber los pormenores.

Me mantuve como un fantasma también en la clase de transformaciones, donde todos me miraban, tal vez por mi temible aspecto o por lo que había sucedido, daba igual. Ni siquiera supe de que había tratado la clase al finalizar. Fue entonces que mi mala suerte se acentuó, al comprender que ese día también teníamos pociones, y eso en vez de alegrarme como en una situación normal me resulto tétrico. Imaginé que tanto Joseph como Romeo, ya podrían asistir a esta, y que si no lo hacían era porque las consecuencias habían sido peores de lo que yo me figuraba. Sin embargo a las once en punto ambos estaban allí, como si no hubiese sucedido nada. Los chicos felicitaban a mi hermano por haberse salido con la suya, y Joseph permanecía tranquilo, pero yo sabía, aunque no cómo, que estaba muy indignado. Su labio generalmente perfecto en simetría con el resto de su rostro estaba hinchado y colorado, incluso podía distinguirse un pequeño corte en el. Con la mirada perdidamente fija en el armario decalderos, me dirigí a mi banco. Me arrojé en el asiento, extenuada. Snape comenzó con su monólogo, sobre no se qué alga curativa, pero tampoco le presté atención a el. Mantuve la vista agachada, fija en la madera del pupitre. Por suerte la clase sería teórica y por lo visto no tendría que pararme a recoger ingredientes.

-Worrington…- La voz grave del profesor me pareció de ultratumba. No levanté la vista. Pero sabía que me hablaba a mí.

-¿Si, Profesor Snape?- Pregunté recelosa, me sorprendería con una de sus preguntas y yo ni siquiera sabía por donde íbamos.

-¿Se encuentra bien?- Muchos murmuraron, mientras el profesor fruncía el ceño, preocupado.

-Perfectamente- susurré, pero por suerte me oyó. Antes de volver a clavar la vista en la madera, miré de soslayo a Joseph, me estaba mirando. Cerré los ojos con fuerza, pero de repente me di cuenta de que las imágenes se reproducían en mi mente y que yo quería que todo se tratara de una pesadilla.