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Historia 33301 — capítulo 7
A partir de entonces todo fue mucho más confuso, ya no tenía idea de en qué fecha estábamos. Lo que sabía era que el frío se acentuaba cada vez y la nieve se acumulaba en la cima de las montañas. En Hogwarts ya había perdido la esperanza de volver a sentirme bien con alguien. Al parecer el pequeño incidente con Anderson había traído más consecuencias de las imaginadas. Mi hermano y mis amigos y mis amigas eran más rencorosos incluso de lo que yo había pensado. No hablaba mucho con nadie, Alec a veces se compadecía de mí, y me contaba más o menos como iban los Chudley Cannons, pero a mi eso no me interesaba mucho. Lo soportaba, solo por conversar con alguien. Felicia a veces me consolaba un poco también, pero era muy difícil no encontrarla con su novio.
Todo indicaba que la semana crítica no había sido la del duelo, cuando yo me encontraba débil y delgada como un espárrago, sino las posteriores, tal vez habían pasado dos o tres semanas. No estaba segura. Me limitaba a dormir, estudiar, comer… Ansiaba poder hablar con alguien que me entendiera, pero nadie lo hacía entre los Slythering. Y si me preocupaba en buscar tal vez a Hermione Granger o a alguno de los gemelos Weasley, la cosa se pondría más fea. Hija de muggle, traidores de la sangre, según mis compañeros.
Caminé con paso firme al comedor, donde volví a sentarme alejada del resto, cuando no lo hacía el ellos se alejaban de mí. Me serví una pata de pollo y tarta de melaza. Mastiqué cada bocado con dedicación, intentando tardarme lo suficiente como para no tener tiempo de pensar en nada. Alcé la mirada casualmente, nadie me prestaba atención aquellos días y eso suponía una gran ventaja para mí. Me regocijé por dentro. Otra vez, podría escribir un diario entero sobre los pros y contras de la soledad. Casi estuve una hora allí.
Todo contribuía a que yo me acordara de mi temor al tiempo, no sabía cuanto me quedaba. Pero ¿Acaso eso importaba? Simplemente no lo supe. Tal vez si tuviese una vida memorable, alguien a quien amar, un hijo, una gran amiga, una familia genial… Quería a mis padres y hermanos, pero me hacían sufrir a veces, y eso solo hacía que me mantuviera al margen, sabía que después de lo que yo había hecho hacía ya varios años había cambiado las cosas entre nosotros para siempre. Ya no me verían como la indefensa Elle, la niña de cara de ángel, porque aunque la tuviera no lo era ni mucho menos. Yo era un monstruo, uno horrible. No quise seguir pensando en eso. Cuando lo hacía la sangre abandonaba mi rostro y me mareaba. Podría recordar los gritos… Casi con tanta claridad como en aquel entonces.
Con desesperación busqué algo que distrajera mis pensamientos, podía oírlos. "¡Elizabeth! ¡Por favor!" Negué con la cabeza, jadeando. Mi vista se nubló y me aferré con ambas manos de la mesa, para no caer al suelo. Inhalé profundo, intentando recuperar rítmicamente mi respiración. No quería que se dibujara nada, prefería ver a la gente mirándome antes que ese maldito recuerdo. Abrí los ojos con muchísimo esfuerzo. Nadie me miraba, eso me vino muy bien. Me esforcé en encontrar algo, cualquier cosa, alguna escapatoria. Los gritos desesperados y los gemidos no me permitían oír las conversaciones. Ya basta. Me dije. No, no, no otra vez.
Fue entonces que la encontré, justo delante de mí, mi salvación momentánea. Una sensación de consuelo me embargó al instante. Los gritos fueron perdiendo fuerza, como si se tratara de una canción perdiendo volumen en un tocadiscos. Justo delante de mí, a metros y metros de distancia entre las mesas. Entre los de Gryffindor, Joseph Anderson me contemplaba con los ojos brillosos de ansiedad. Le sostuve la mirada como si fuese un torrente de paz que ingresaba por mi cuerpo para calmar el dolor, quería succionarla toda. Mi respiración volvió a la normalidad, aunque sentía el sudor en mi frente fría. Quería llorar de alivio. Esos ojos… esa luz azulina me resultaba relajante, azul como el agua, el agua del Mediterráneo. Me perdí en ella, sintiéndome momentáneamente agradecida con el, porque aunque no lo supiera había logrado evitar mi angustia. A pesar de que estaba furiosa con el, sentí como la calma de su rostro se transmitía hacia la mía. Noté nuevamente esa perfección, como si fuese hecho justo para mí, nada era desagradable. Mis músculos se aflojaron. Ese día había llegado muy lejos, demasiado. Nunca me permitíallegar a tanto. Debía ser por mi autismo. Tenía que encontrar más pasatiempos, tal vez podría tomar más materias, pero apenas podía con las que ya teníamos, y no me gustaba precisamente estudiar. Me sentí exhausta luego de tanta agitación. Me apresuré a juntar mis cosas y salir de allí. Corrí, quería salir del salón urgentemente. De pronto los pasos resobaban con furia en mi interior, me golpeaban, me dolían. Todo parecía cámara lenta. Los cabellos de las mujeres danzaban. Los hombres se empujaban en sus juegos. Algunos comían a dos manos. Segundos, y más segundos. Quise gritar para apagar ese sonido. La profesora McGonagall caminaba a su asiento habitual. Pansy Parkinson se dio vuelta para verme. Cerré los ojos en un prolongado parpadeo. Me concentré, imagine con todas mis fuerzas lamirada de Joseph, respiré hondo. El sonido volvía a disminuir. Tuve miedo, miedo de que ese día mi mente estuviese de lo más inquieta removiendo la basura de mi pasado poco feliz. Del pasado que había borrado de mi vida la alegría de verdad, la había raptado y nunca más la había devuelto. Maldito enemigo el tiempo, el destino. Solo quedaba una chispa, no era de felicidad sino más bien de esperanza, de consuelo. De que las cosas eran pura imaginación, que yo aún tenía diez años y que todo se trataba de una terrible y larga pesadilla.
En el pasillo todos me observaban desesperada en mis intentos apresurados de entrar en algún lugar tranquilo, un lugar en donde solo hubiese paz. Nunca la había encontrado, a pesar de mis intentos constantes. Tal vez la muerte podía ser un atajo. No iba a rendirme tan fácil, encontraría la forma de redimirme, de reparar el daño. No me iba a rendir.
La mirada, necesitaba recordarla porque extrañamente me hacía sentir mejor. A pesar de ser él una de las personas que más aborrecía en mi vida. Todo incluso podía ser distinto si el fuese mi amigo, uno que me diera consejos, al que pudiera contárselo todo y que me comprendiera. Pero no era fácil encontrar alguien que lo hiciera, porque ni siquiera yo encontraba una razón para justificar lo que había hecho, no tenía perdón. No, no existía.
Me llevé las manos a las sienes poniendo todo el esfuerzo de mi parte, ya lo estaba logrando, recordé las vacaciones en el Mediterráneo. Viento en el rostro, paz, mucha paz. El agua, la calidez del sol. Me dispuse a recordar esa excursión con anhelo de aquellos tiempos en que todo era distinto. No oía nada de lo que me rodeaba.
- ¿Te encuentras bien?- Reconocí su voz tranquilizadora con un dejo de preocupación. Otra vez me enojé conmigo, pensé que nadie lo había notado. Me giré en busca de su mirada, tan rápido como pude. Me embriagué de ella. Suspiré con alivio. Para mis adentros le agradecí de todo corazón que estuviese allí.