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Historia 33301 — capítulo 8
Pero yo no iba a rendirme tan fácil. Él se había comportado pésimo conmigo. Me pregunté cuanto tiempo podría fingir que era una rencorosa, porque yo sabía muy bien que no lo era. Aligeré el paso aunque en realidad lo único que quería es seguir mirándolo. Caminó junto a mí. Mi cabeza aún latía furiosa.
-Bien, gracias.- No pareció sincero por mi parte, pero en el fondo lo era. Mantuve la vista fija en la ventana del final del pasillo.
-Pensé que tal vez ahora que ha pasado más tiempo, podrías perdonarme. - Su voz me arrulló la mente y los golpes cesaron. No lo miré ejerciendo un gran esfuerzo. Mi expresión se suavizó.
-Todos hemos olvidado el asunto, Joseph.- Me mantuve hosca. Suspiró angustiado.
-Pues no es lo que parece.- Ya no pude evitarlo, me frené delante de él. Lo miré confundida, no parpadeé, mantuve la vista fija y mi cerebro ya ni siquierarecordaba la crisis del almuerzo. - Antes te empeñabas en ser amable conmigo, y ahora…se que no me has perdonado aún.- Intenté abrir la boca y decir algo pero mientras más me concentraba, más me costaba. Lo miré con los ojos vidriosos, con seriedad. Sentí pasos que se acercaban al pasillo, lejanos.
-No creo que te importe demasiado.- Su expresión sufrió un desliz, frunció el ceño, tanto que sus cejas estaban muy juntas. Permanecí expectante…Me tomó de la mano con fuerza y tiró de mí hacía una puerta que se hallaba a mis espaldas. Los pasos se acercaban. Intenté soltarme. No pude. Su mano era suave como la seda, y tibia. La sentí como una caricia. Abrió el armario de limpieza y nos encerró adentro. Estaba oscuro, muy oscuro, no podía ver nada. Olía a cera y polvo. Tropecé con una escoba, o eso parecía. Era algo alargado, fino y duro. Caí al suelo mugriento, sentí un estruendo de baldes y palos que se desplomaban sobre mí. Maldita sea, mejor dicho maldito sea Joseph. Sentí su mano en mi cintura, y su respiración mientras se agachaba para ayudarme a levantarme. Cuando volví a estar en pie, me solté de él de inmediato y limpié ms ropas.
-Pero ¿Qué demonios…? - ¿Qué era lo que pretendía al llevarme allí? Ni siquiera quería pensarlo. Ahora sí estaba furiosa, Malfoy ya lo había hecho cientos de veces en sus intentos de besarme aunque yo no lo quisiera, pero Joseph… eso era inaceptable. Respiré con agitación, manteniendo mi rabia contenida para no pegarle un buen puñetazo.
-Calla ¿quieres?- gruñó enojado e impaciente.- No querrás que te vean conmigo otra vez, ya no quiero causar problemas ¿comprendes?- Sentí su enojo a flor de piel. Sin embargo su respiración de mantenía constante, mi corazón latía a mil por hora. Me avergoncé de mi misma por haber pensado cualquier cosa errónea. Me cohibí.
-Lo siento.- Soné indefensa, débil, suave, tierna. Me sorprendí. Quise ver su expresión, seguro se había asombrado tanto como yo.
-No te preocupes.- Su tono volvió a ser el de siempre, comprensivo, dulce. Permanecimos callados. Puse ver por la rendija las sombras de los pies de los estudiantes. No reconocí las voces, pero nos quedamos callados hasta que no se oyeron más. Me sentí incómoda, no sabía a cuantos centímetros estaba de él, pero estaba segura de que no muy lejos, el armario era chico. Además podía sentir el soplo de su respiración tibia sobre mi cuello, mi rostro. Me apresuré a salir de esa inquietante situación, al menos para mí lo era. Busqué a tientas el cerrojo rozándole el torso, luego una de sus manos, incluso pude sentir como su cabello me rozaba la mejilla. Me estremecí, sentí un leve cosquilleo en el estómago. Por fin encontré lo que buscaba, casi ya lo estaba abriendo…
-Lizzie…- Me detuve. Supe que se estaba girando para estar de nuevo frente a mí. Me apreté contra la puerta, no quería ni pensar en lo cerca que estábamos, perdería la cordura.
-¿Si?- mascullé nerviosa.
-Yo…necesito…necesito que me perdones.- Sonó como si cada sílaba supusiera un esfuerzo enorme. Su respiración se acompasaba junto a la mía. Tragué saliva.
-¿Por qué?- Le pregunté más bien extrañada. Ya casi no recordaba porqué tenía que perdonarle. Mi enojo se estaba esfumando. Suspiró.
-Me he sentido fatal, todo este tiempo, has estado tan sola…- Me ruboricé y le agradecí a la oscuridad. Era todo cierto. Quise mirarlo, para que supiera que mis palabras eran sinceras. Tomé una bocanada de aire.
-Tu no tienes la culpa Joseph, y no puedo seguir fingiendo que estoy enojada contigo, no lo estoy.- Soné tan comprensiva como el, fue apenas un poco más fuerte que un susurro.
-Todo es mi culpa.- Su voz sonó atormentada.
-Para ya…siempre he estado sola.- No quería recordar los porqué de la cuestión, en especial a uno. Mi voz se quebró patéticamente.
-No voy a dejar de cargar con esta culpa Lizzie, pero es bueno saber que ya no me guardas rencores.- Parecía como si le doliera mi soledad diaria. Comprendí que para notarlo debía observarme frecuentemente.
-No estoy de acuerdo con eso.- Le dije tajante.
-Tu siempre tan opositora- Nos reímos. Pareció como un gorjeo, música para mis oídos. Después de tantos años la sentí por mis venas. Llena de adrenalina, una pizca de felicidad. Y no era fingida, era real. No me había cuenta de lo mucho que deseaba hablar con alguien hasta ese momento.
-La culpa es horrible, y tú no debes sentirla por mí. Me he encontrado bien. Me gusta estar sola.- Nadie debía sentir lo que y sentía, porque nadie era tan horrible como yo. Entonces por supuesto que yo no me mecería el sufrimiento de nadie. Lo dije persuasiva. Al parecer se quedó pensando igual que yo. Pasó un minuto, donde solo pude sentir los golpecitos suaves de su respiración. Ya no podía seguir soportando la incomodidad. Abrí apenas la puerta para ver a cuanta distancia se encontraba. Un rayo de luz ingresó verticalmente y le dio en el rostro. Emocionado, lleno de incomodidad como yo. A solo diez centímetros del mío. Lo miré llena de paz, tranquila pero insistente otra vez. Mis pestañas temblaron, nos miramos fijo unos segundos más, sin decir nada.
-Llegaré tarde a clases.- El se movió por fin. Y yo abrí la puerta. No había nadie en el pasillo. Salimos rápido. Nos enfrentamos otra vez en el pasillo.
-Por favor…- le dije haciendo un gesto con ambas manos, exigiéndole que le quede bien claro.- Joseph…- Me costaba decir eso, pero quería que lo supiera.- Los asesinos, sienten culpa, los ladrones, los criminales, los imprudentes…No sientas eso por favor.- Fruncí el ceño. Asintió aún sin desviar su mirada. Me di media vuelta, muy a mi pesar, quería seguir concentrándome en sus ojos. Mi cabello oscilaba suelto.
-Lizzie…- Me detuve y di media vuelta. Me sonrió. Y aunque me costo hacerlo a mi, mi sonrisa también fue sincera.- Gracias.- Le sonreí otra vez y seguí mi camino. Hacia el aula de Adivinación. Me sentí mucho más liviana, como si hubiese sacado una gran cantidad de suciedad de mi interior. Tal vez el armario de limpieza me había venido mejor de lo que pensaba. El rencor es malo, y hace sufrir.