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Historia 33301 — capítulo 9
Desperté gritando de espanto a la mitad de la noche, esa mujer horrible y deforme había vuelto a aparecer en mis pesadillas. No quería recordar en que habían terminado mis sueños reiterados en otras situaciones. Temblé y me envolví en los edredones verdes haciéndolos jirones. No les presté atención a las chicas que me miraban aterradas. No iba a salir de allí. Esta vez en mi pesadilla yo caminaba por un lugar desconocido, una pradera. Estaba amaneciendo. Fue entonces que allí estaba. Acercándose peligrosa, o al menos yo lo sentía así. Ni siquiera había hecho dos pasos cuando desperté.Mi instinto me había dicho que esa mujer era desgracia. Quizás es mi inconciencia comprendía lo que significaba verla de nuevo mientras dormía, peligro. No quería que sucediera otra vez lo mismo. Agitada como estaba intenté dormir en vano.
-¿Elle?- preguntó Gabrielle temblorosa.
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Estoy bien- gemí con la cabeza escondida.
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Deberías ir a la enfermería.- No quería ir a la enfermería, ¿en que me ayudaría Madame Pomfrey? Necesitaba un amigo. Solo eso.
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Solo ha sido una pesadilla- Contesté lo más segura que pude. Sentí como volvían a acostarse por el crujido de las maderas de las camas. Cuchicheaban.No les hice caso. Pero tenía miedo de volver a dormir. Tenía miedo de volver a verla. Me estremecí. Cerré los ojos, no quería recordar los sueños que había tenido hacía ya tantos años, pero esperé con toda mi alma que no se repitieran tanto. Aunque se parecían…
Esa noche hacía ya tres días me atormentaba, no estaba durmiendo bien otra vez. Solo conciliaba el sueño a las cinco de la madrugada, y dormía inquieta. Al menos no tenía pesadillas.Mi aspecto volvía a ser atemorizador. Muchos profesores me preguntaban si estaba enferma, y me costaba mucho resistirme a ir a la enfermería. Joseph no había vuelto a hablarme, eso no me venía muy bien, sería bueno conversar con el al menos porque me distraía con facilidad. Sin embargo me miraba como si estuviese enojado, o decepcionado. ¿Sería porqué yo no dormía y se me notaba? No, eso no podía molestarle. No era cuestión de vida o muerte para el.
Mordí mi tostada, sonó muy crujiente. Hacía mucho frío, y por eso estábamos todos bien arropados, con gorros y bufandas para nuestra excursión a Hogsmeade.Parecíamos muñecos de nieve. Por la noche había nevado y por eso me encontraba de extraño buen humor. Como todos. No podía negar que estaba cansada, pero el panorama era alentador. Luego de tomar abundante leche, por miedo a desmayarme de cansancio, caminé a donde se amontonaban todos los otros. Permanecí frotándome las manos que estaban heladas, mientras mi cabello se retorcía revoltoso por el viento frío. Subí al carruaje junto con unas chicas bastante tontas que no paraban de hacerle ojos a Harry Potter, que iba detrás de nosotros, con sus amigos. Reconocí a Chang. Me pregunté cuanto dudaría aquello, y me reí al pensar lo que estaría pasando por la cabeza del pobre Harry. Jugueteé con mi bufanda a rayas grises y verdes, mientras observaba el therstral que incansable tironeaba de nosotros. Siempre me habían resultado simpáticos, exceptuando la razón por la que los veía delante de mí. Me entretuve observando el movimiento de sus omóplatos mientras avanzábamos sin esfuerzo por la nieve. Al llegar hice lo de siempre, compré unas cuantas brujas fritas en Honeydukes, mis favoritas, y luego me encaminé hacia la Casa de los Gritos. Ese lugar me fascinaba, aunque nunca había entrado. Siempre me quedaba observándola desde afuera, imaginando que podría haber adentro. No pensaba estar mucho tiempo allí porque estaba muy frío y sentía la nariz congelada. Intenté acomodar mi cabello que insistentemente se movía. Fue entonces cuando oí unos pasos lentos. Me di la vuelta, solo quería saber quien era. Joseph. Suspiré aliviada, ya estaba esperando que viniese a hablarme. Me sonrió entre dientes y le devolví el gesto. Se lo veía pálido, y los ojos parecían el único color llamativo del paisaje. Se acercó un poco más con las manosen los bolsillos. Ya enfrente de mí, extendió una mano con un pequeño envoltorio morado. Lo observé intentando deducir que era aquello, no lo supe. Lo miré buscando una ayuda, y se rió.
-Para ti.- No supe que decir, solo lo tomé lentamente, cautelosa. Lo miré entrecerrando los ojos, intentando comprender porque me lo daba. No, no era mi cumpleaños ese día. Lo mantuve en mis manos pensativa.- Se supone que debes abrirlo.- Se burló dulcemente. Volví a mirarlo.
-¿Nada de sortilegios Zonko? - Aventuré. Esta vez se rió con ganas. Yo me reí otra vez sin esfuerzo. No sabía que pensar del ¿obsequio?- ¿Lo prometes?- Lo miré para deducir si me estaba mintiendo, se rió otra vez.
-Ábrelo ya…- Sonó impaciente y divertido. Mientras yo abría el pequeño paquete, seguía riéndose de mí. Lo dejé. Solo quería saber qué era. Al fin conseguí abrirlo y deje caer sobre mi palma algo precioso. Era una pequeña estatuilla, una diminuta cierva dorada. Lo tomé entre mis dedos y la acerqué a mi rostro para examinarla detenidamente. Sabía que Joseph me observaba a mí. Comprendí que a pesar de que el minúsculo animalito no se movía, al mirarlo yo parecía que sí lo hiciera. A mis ojos corría.
-Es preciosa Joseph.- dije aún apreciándola mientras sonreía. Entrecerré los ojos.- ¿Qué significa esto?- Levante la vista recelosa. El viento era incansable, rió entre dientes otra vez.
-Es una cierva dorada con…- comenzó a responder lentamente, como si yo no le entendiera fácilmente. El no había entendido mi pregunta. Puse los ojos en blanco…
-Sé que es una cierva Joseph -soné impacientemente alegre.- Pero… ¿Por qué? - Se puso más serio, me miró fijo y serio, aún en esa pose despreocupada con las manos en los bolsillos, llevaba una boina negra que no le quedaba nada mal. Entrecerró los ojos abstraídos, como si estuviese esforzándose para hacer un chequeo en mi mente. Se encogió de hombros.
-Solo…lo ví. Y me acordé de ti, entonces lo compré… para ti.- No sonrió ni nada, y yo tuve que hacer un enorme esfuerzo. La guardé en mi bolsillo con cuidado, mientras el viento me golpeaba el rostro. Quería comprender porque se le había ocurrido un regalo para mí.
-Gracias.- Susurré. El sonrió. Me estruje las manos porque los dedos estaban fríos a pesar de los guantes, de mi boca salía humo, aire caliente. Me crucé de brazos para abrazarme, había bajado bastante la temperatura.
-Tienes frío.- No fue una pregunta, al parecer lo había notado.
-Si, un poco.- Temblequeé. Me codeó mirándome desde un costado, preocupado. Se acercó un poco a mi rostro.
-Vayamos a tomar algo. Te vendrá bien.- Me propuso. Era una propuesta tentadora. En primer lugar porque en verdad hacía frío, y en segundo porque hacía mucho tiempo que nadie me acompañaba en Hogsmeade. Asentí.
-De acuerdo.- Se puso de muy buen humor, yo creo que mejor que antes. Me pregunté si él ansiaba tanto como yo de la compañía. Caminamos dificultosamente por la nieve, nuestros hombros casi se rozaban. De pronto una joven se acercó a nosotros, mejor dicho a él. La chica de rostro ovejuno.
-¡Hey Joey! Te me habías perdido escurridizo.- Joseph sonrió angelicalmente. Yo me reí. ¿Joey? No sonaba bien. Me recordaba a un puñado de ositos de peluche. Fue entonces que la chica se percató de mi presencia, no le agradé. Rehusé de mirarla y clave la vista en dirección al suelo. Llevaba unas patéticas trenzas y unos anteojos de marco grueso. Sus ojos estaban desorbitados, pero no era fea.- Oh, estás ocupado ahora ¿cierto?- Joseph asintió sin dejar de sonreír. - Bueno, nos vemos luego.- Antes de irse lo tomó por los hombros y le beso efusivamente en la mejilla. No se porqué, pero la situación fue incómoda. Lo miré mientras la chicase alejaba de nosotros a grandes zancadas. Me reí. Definitivamente era una admiradora suya. Ese había sido un golpe bajo,no hablaría con ella luego, ni le diría que no tenía que preocuparse por mí, ero debería saber que Joseph y yo solo éramos amigos, por no decir que ni siquiera éramos eso. Tendría que saberlo, para que no me odie.
-Asi que…-dije entre risas.- ¿Joey?- Sus labios se curvaron otra vez, mostrando sus dientes perfectos.
-No, Joe. No me gusta Joey, eso lo ha inventado ella.- Dijo algo avergonzado. Yo me reí otra vez.
-Entonces, Joe.- Me dedicó su mejor sonrisa.- ¿Quién es ella?-pregunté con poca curiosidad.
-Ella… no lo sé.Supongo que una amiga.
-¿Supones?- Eso si me resultó raro, o esa amiga era con algunos derechos extra, o tal vez no. Podría ser que no.
-No lo sé, digamosque, ella tiene pésimo gusto.- Se rió. Yo no comprendí del todo.
-Entonces ella pretende algo más que amistad.- Dije, creo que acerté. Esta vez tuvo que hacer un esfuerzo más grande para esbozar una sonrisa. Le codeé.- Solo era un broma.- Había estado tan entretenida que ni me había fijado por donde íbamos, doblamos por una calle desconocida para mí. A lo lejos se divisaba un cartel de madera a punto de caerse, viejo y mohído.- ¿Adonde estamos yendo?
-A la Cabeza de Puerco.- dijo como si tal cosa.
-¿Y porque no a Las Tres Escobas?- Eso si que era raro, ni siquiera había oído hablar de la Cabeza de Puerco. No comprendí porqué no íbamos a las Tres Escobas, allí era genial. El me miró extrañado.
-Se supone que no deberían verte conmigo.- Sonó triste, casi inaudible. Me enojé un poco, pero intentéque no se notara.
-A mi no me importa que me vean contigo. ¿Tienes miedo de herir a tu chica? Sólo somos amigos.- En realidad yo no pensaba eso, y sabía que el tampoco, sabía que el pensaba que no debían verme mis hermanos y eso me enfurecía. No me importaba en lo más mínimo lo que dijeran.
-No, no es eso.- Dijo débilmente. Lo miré con los dientes apretados.
-Entonces es por mí.- Se me quebró la voz en la mitad. ¡Confieza Joe! Di que es por mis hermanos. Enseguida reaccionó a eso. Me tomó de los hombros mientras yo miraba el suelo. Puso su rostro a mi altura, para que tengamos contacto visual.
-No, no es eso. Créeme, nunca me avergonzaría de ti. Es solo… no quiero causarte más problemas.- Ajá, eso quería escuchar.
-No me importa lo que piensen ellos.- susurré. Lo miré fijamente, y el apenas sonrió.- ¿Cómo quieres que seamos amigos si vamos a tener en cuenta eso?-Musité. Esperé su respuesta. Abrió la boca, pero no dijo nada. ¿Y si no quería ser mi amigo? ¿Si solo le preocupaba mi soledad? Ya lo había pensado anteriormente, pero a cada minuto me parecía más real.
- Por supuesto quiero ser tu amigo.- Eso no respondía a mi pregunta.- Lo harémos como tu prefieras.-Susurró. Sonreí tímidamente. Fuimos a Las Tres Escobas. Me arrpentí un poco después, pensaría que era una caprichosa. Eso no es bueno, da mala imagen.