Tituladas 15.1% · 30,063 de 199,415 descubiertas
Rescatado 23.3% · 21,950 de 94,296 páginas identificadas · 21,944/22,652 caps con texto ☕ Invitanos un café

← Alas blancas · de

Alas blancas — capítulo 24

-Artorius… Viejo amigo… Antiguo hermano-aquel hombre lo veía con una sonrisa cínica en el rostro. -Yo nunca fui tu hermano Alexis…-el rencor que se escuchaba en su voz sobrepasaba la penumbra. -Error, tú nunca fuiste un buen hermano… Caminaba distraídamente por la ciudad, en lo personal, jamás me han gustado los automóviles, prefería estirar las piernas e ir, siempre que mi hijo me dejara, a donde fuera caminando. Matt era un gran muchacho, a pesar de no ser mi hijo consanguíneo, le había tomado un aprecio considerable, casi tan parecido a un cariño, pero resultaba obvio que yo jamás volvería a sentir cariño por nadie. Caminaba sin rumbo fijo, pensando en una sola persona en especifico, el cómo esa persona hacía que viviera una tortura y al mismo tiempo una enorme felicidad, era lo que más me intrigaba. Mis pasos recorrieron aquella gran ciudad con mucha naturalidad, era como si mis pies tuvieran vida propia, era el mes de septiembre y estaba comenzando a llover, pero eso no me importaba, las trivialidades como quedar completamente empapado, habían pasado a segundo plano en mi vida. Recordé con aire melancólico cuando conocí a la única persona que había amado en toda mi vida. Era un día lluvioso como este cuando ella apareció sin ser llamada, yo era un poco más joven, pero a pesar de eso no había esperado ser flechado por Cupido de esa manera. Cuando la vi pasara por mi lado en aquella cafetería completamente empapada y tiritando de frío, fue como si todo mi ser se inundara de ella. -Un capuchino, con dos de azúcar, sin revolver y con crema aparte…-de inmediato la encargada de la tienda se dispuso a prepararlo, mientras ella se quitaba su abrigo y colocaba lo que parecía una bolsa llena de algo que parecían… ¿exámenes? -Buenas tardes profesora…-la dependiente de la cafetería la despidió con una gran sonrisa. Ella se veía como un ángel empapado y vestido de azul. -¿Te importa si me siento aquí?-ella se me acercó con una linda sonrisa-Lo que pasa es que todo el lugar está lleno y no me gusta estar en la barra-ella no espero una respuesta de mis labios, sólo se sentó y sacó sus exámenes-Por cierto, mi nombre es Camila. Ese era el más hermoso y doloroso de todos mis recuerdos, de pensar que si yo no hubiese estado en esa cafetería, ese día, en esa mesa, jamás la hubiese conocido, era una experiencia entre tranquilizadora y perturbante al mismo tiempo. En resumen, era un tipo complejo, eso era lo que más le llamaba la atención a Camila.  No fue tampoco amor a primera vista, por lo menos de su parte, poco a poco nos fuimos haciendo buenos amigos, era obvio que yo buscaba algo más que una simple amistad, pero Camila era demasiado distraída como para darse cuenta en ese momento que a cada conversación yo me estaba enamorando más de ella. Fue aproximadamente un mes después de reunirnos cada semana que Camila me dio una degradable sorpresa. Me había citado en un restaurante al sur de la ciudad para cenar y destajar el final de semestre en la escuela donde trabajaba, me llamó diciendo que tenía algo importante que decirme. Por diferentes circunstancias llegué unos minutos tarde, pero ella ya me esperaba, reluciente con un hermoso vestido color turquesa, tenía su lindo cabello amarrado con una cinta del mismo color, me saludó desde lejos con la mano. -Hola-le di un beso en la mejilla y me senté frente a ella, en la mesa había otra silla-Te llamé para presentarte a alguien muy importante…-ella me sonrío segura de sí misma. -¿A quién?-pregunté intrigado mientras volteaba la cabeza hacia mi derecha y buscando el punto donde la mirada de Camila se perdió. A un costado mío había un hombre de aproximadamente cuarenta años, cabello entra cano y negro, anteojos y unos amables ojos verdes. -Arturo, te presento a mi esposo-las palabras de Camila retumbaron en mis oídos haciendo eco dentro de mi cabeza, pasé varios segundos antes de que yo lograse reaccionar ante tal noticia. -Mucho… Mucho gusto… Yo soy Arturo…-me levante y le di la mano a aquel hombre quien me sonreía. -Hola, yo soy Josep-el hombre me soltó la mano y se sentó al lado de Camila. Toda esa noche conocí a Josep, era un hombre agradable, maestro en la pintura y tenía su propia galería de arte en la ciudad, era atento, maduro, elocuente, elegante y sobre todo se notaba que amaba a Camila más que nada en este mundo. Después de ese día los tres nos hicimos muy buenos amigos, Camila con frecuencia me invitaba a cenar a su casa, ahí conocí al pequeño hijo de ellos, quién era un verdadero peligro, siempre metiéndose en problemas y haciendo travesuras. Me convertí en un miembro más de la familia; pero dentro de mí se desataba una batalla interna, una parte de mi, la exterior, estaba feliz por Camila y Josep, por la hermosa familia que ellos habían logrado mantener; pero otra, la interna y por desgracia la más grande, tenía celos de Josep, por poseer lo que yo más quería en la vida, él tenía el amor de Camila, un amor que creí que jamás seria mío. Me senté en un parque, a lamentarme por mi errores pasados, cuando yo reía en las tardes de verano al lado de mi mejor amigo y la mujer de mi vida en el jardín trasero de su casa, deseando que los papeles se invirtieran, que yo fuera el esposo y Josep el amigo que viene de visita; en ese momento la recordé, Paloma era idéntica a Camila, no solo físicamente, en sus actitudes, sus formas de ser , en sus expresiones, en la forma en como se rasca la cabeza cuando no entiende algo o cuando fijaba la mirada arriba para encontrar respuesta a una interrogante. En definitiva, Paloma era Camila y al igual que ella también me abandonó. Miré hacia el cielo sólo para darme cuenta de que había dejado de llover y que era el momento de regresar a casa, miré de reojo el interior de un restaurante y envidié a una familia que comían juntos, entonces, no sé por qué razón recordé cuando Paloma renuncio al trabajo sin previo aviso. -Sólo me tengo que ir…-Paloma estaba en la puerta del Miseria con el abrigo puesto y sin mirar atrás-Este ya no es mi lugar-Matt y Mapy trataban de detenerla, pero no lo lograron otro cosa que no fuera la negativa a seguir trabajando en ese lugar. -Si es por lo que paso con Alex, nena él tiene que entender…-trato de convencerla Mapy. -No se trata de Alex, es por mí, yo soy la que quiere dejar de trabajar, es que casi no lo veo y él tiene razón, necesitamos tiempo para estar juntos-Paloma tenía la mirada baja y solo desvió sus pupilas del suelo para dirigirme una tímida mirada que retornó sin preámbulos al suelo. -¡Paloma, no puedes dejar que te manipule de esa manera!-explotó Matt, lo tomé del brazo, sabía de sobremanera que no era bueno que Matías se exaltara así. -¡Él no me manipula!-reaccionó Paloma-¡Él es una buena persona que se preocupa por mí! -¡Creo que todos los que te conocemos nos preocupamos por ti!-volvió a gritar Matt, quien con una mirada de odio dejo esa triste despedida.  Me detuve al notar que una persona me venía siguiendo desde que llegué al parque, esa persona era alguien conocido para mí, su nombre y su presencia resonaban sin necesidad d exagerar en cualquier parte: Cathy, era como mi guarda espaldas, mi sombra y sólo se aparecía cuando ella quería ser encontrada, como ahora. -Estás muy sentimental hoy…-me dijo con tono dramático-¿es por qué la chica dejo nuestro bando o son los recuerdos de tu vida pasada?- -Sabes perfectamente que nosotros los Levitas no tenemos vida pasada…-conteste con una sincera, pero arrogante sonrisa. -Los del consejo no estarán muy contentos al saber que tú la dejaste ir al bando contrario. -Ya te lo he dicho: es nuestra guerra-sentencié entrando en una vieja construcción de uno de los edificios de las empresas Van' Gaseen. -Pero ella es nuestra guerrera, los Levitas fuimos creados con un propósito, protegerla y convencerla de que este es el lado correcto-afirmo ella con determinación. -Pero ella no querrá ser protegida y no se dejará convencer, la conozco-doblamos en una esquina y llegamos a la entrada de un elevador que tenía el letrero de fuera de servicio. -Sí, eso lo sé, el consejo insistió que no eras apto para esta misión, por lo del ámbito sentimental y eso…-susurró Cathy con cierto disimulo ante la entrada de una cámara oculta en ese edificio. -Pero si eso es lo que me hacia el más capacitado para este trabajo…-sonreí mientras esperábamos que abrieran la puerta ornamentada en oro.  En el interior de esa cámara estaban siete enormes y llamativas sillas con incrustaciones de joyas en donde estaban sentados siete individuos ocultos por capuchas. -Artorius, el legendario guerrero poseedor de la espada Excalibur ¿Qué fue lo que pasó?-dijeron los siete a coro. -Presento mis respetos ante el consejo y pido que me disculpen-incliné la cabeza hacia ellos y me arrodillé-He fallado en la misión que me fue asignada… Sólo pido misericordia para el castigo que el consejo disponga para mí-cerré los ojos esperando la ira de aquellos seres que estaban frente a mí. -No te daremos ningún castigo, Levita-dijeron todos a coro-Por el momento, la chica aún no se ha decidido por un lado u otro, a pesar de que sus guardianes están cambiando, el equilibrio aun no se pierde, búscala y tráela ante nosotros, ese momento será para que ella decida si está con nosotros o en nuestra contra. -Pido al consejo que perdone mi intromisión, pero ¿Qué pasará si la chica no es capaz de decidir en ese momento?-temía la respuesta, pero necesitaba un plan alternativo, por si acaso. -Si la chica no decide, entonces deberá morir…-mi corazón dejo de latir en ese momento, no podía ir en contra de todos esos hechiceros poderosos, pero tampoco debía deja que Paloma muriera.