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Historia 34969 — capítulo 2
La última vez que vi a Melinda Owen, tenía tres años. Sus padres, David y Georgina, llegaron un día a nuestra casa de Ávalon capital, en donde vivíamos por aquel entonces, para dejar a la pequeña Melinda, al cuidado de Jason y Melisa -Jason era hermano de David-, mientras estaban de viaje en España, dejando también una carta con ella para los padres de David y Jason. Al principio no entendíamos nada; no nos dijeron porqué dejaban aquella carta, simplemente que se la entregásemos a Peter y Ángela si ellos no regresaban de su viaje, lo que nos pareció ridículo en aquel entonces; solo era un viaje de vacaciones, ¿porqué no iban a regresar?
Unos días más tarde tuvimos la respuesta. Mi hermana, Diana, tuvo una escalofriante visión; David y Georgina habían muerto a manos de los Parker, los más antiguos y sanguinarios vampiros. La desolación que sentimos fue brutal. No sabíamos porqué habían ido al encuentro de los Parker, aún seguimos sin saberlo, o porqué los Parker habían decidido matarlos tras escuchar lo que les decían. El caso era que, los Owen habían muerto y Jason y Melisa debían cuidar de su sobrina, haciéndonos partícipes de todo aquello, al resto. O al menos eso creíamos.
A la mañana siguiente de aquella horrible visión, Jason y Melisa fueron a casa de los padres de Jason y David, con Melinda y la carta. Los detalles del contenido de la carta no los supimos nunca, solo lo saben Dvid y Meslisa, pero cuando éstos regresaron a casa, ya sin Melinda, el horror estaba reflejado en sus rostros. Simplemente nos dijeron que debíamos irnos de allí, aquella misma noche, de regreso a la Isla Warren, pues todos, en especial yo, corríamos peligro y, que Melinda estaba a salvo con sus abuelos, siempre y cuando desapareciéramos de allí cuanto antes.
No dijeron nada más y aquella noche nos marchamos para no volver. A Melinda no volvimos a verla, por supuesto, a pesar de lo mucho que la echamos de menos todos, y de las muchas tentaciones que tuvimos de volver, cuando su abuelo murió un par de años antes. Era una niña encantadora, llena de luz, que nos había llenado la vida de alegría y esperanza durante los tres años en que la conocimos, y sobre todo, en las últimas dos semanas que pasó con nosotros. Aún así, cumplimos con nuestra misión y no volvimos.
Sin embargo, quince años después, nos encaminábamos a romper aquella promesa, dejamos de lado nuestra misión de mantenernos lejos para salvar su vida y la nuestra, pues ahora su vida no dependía de tenernos lejos, si no de todo lo contrario. Los Parker habían decidido ir a matarla aquella misma noche, y solo nosotros podíamos ayudarla, salvar su vida.
La angustia que sentía por aquello se había unido a la que ya venía acarreando hacía un tiempo, no sé cuánto, y a la que podía sentir en los otros cuatro; casi no podía soportarlo. Me sentía morir, la agonía era tremenda.
-Mamá -la voz angustiada de Jason, cuando llamó a su madre para avisarle de lo que se avecinaba, me sobresaltó un poco.
-¡Hola, hijo! ¿Qué tal...? -contestó gratamente sorprendida Angela.
-Mamá, no estamos bien. Los Parker vienen a por Melinda, ¿dónde está ella? -dijo sin más preámbulos Jason.
-¿Qué? -todos sentimos el horror en la voz de Ángela- Está en la Asamblea. La mandé hacer unas cosas, yo no podía encargarme, y todavía no ha vuelto. Supongo que allí seguirá -dijo con un hilo de voz-. ¿Pero qué ocurre? ¿Dónde estás, hijo?
-Diana a visto cómo los Parker atacaban a Mel. Robert, Alex, Mark, Michael y yo estamos llegando al pueblo, no estamos demasiado lejos. No te preocupes, llegaremos a tiempo -respondió Jason tratando de sonar tranquilo, aunque la angustia que sentía era evidente, y de forma directa. Todos sabíamos lo que odiaba Ángela los rodeos o las mentiras. Era mejor decir la verdad-. Te la llevaremos pronto, tranquila. No la pasará nada.
-No -exclamó Ángela con premura y una nota de histeria en la voz.
-¿Qué? -Jason estaba tan sorprendido que la mente se le quedó en blanco.
-No la traigáis aquí -aclaró Ángela-. Esto fue una locura. Llevate a Melinda contigo, hijo.
-Pero, mamá... -intentó protestar Jason, aunque su madre lo interrumpió.
-Pero nada. Es lo que debería haber sido desde un principio -dijo con evidente angustia y creciente histeria-. Melinda estará mucho más segura con vosotros que conmigo. Vosotros sabéis y podéis protegerla mil veces mejor que yo. Si hubiera estado con vosotros desde un principio, esto no estaría pasando. Se pondrá echa una furia conmigo, por esconderla, pero podré soportarlo. Además, a mí no me harán nada... ¿O sí?
-Humm. No, creo que no -contestó Jason sin saber como rebatir aquello a su madre-. Tendría que preguntar a Diana, pero creo que no irán por ti, mamá.
-Pues entonces podré aguantar la ira de Melinda -dijo convencida-. Si es que quiere volver a hablarme cuando esto termine, claro.
-Mamá...
-No perdáis tiempo, Jason. Corred por ella, y emplear toda vuestra fuerza, si es necesario, para sacarla de aquí. Te quiero, hijo. Y dile a Melinda que la quiero mucho y que, por favor, me perdone.
-Se lo diré. Pero no te preocupes, volverás a verla muy pronto. Te lo prometo. Te quiero, mamá.
Cuándo la comunicación se cortó ya habíamos entrado en el pueblo y nos dirigíamos a la calle de la Asamblea.
-Llegaremos a tiempo, Jason -le aseguré tratando de calmarlo un poco. Sus pensamientos negativos, de desesperanza, me estaban volviendo loco-. Tranquilízate, por favor.
No obtuve respuesta, solamente gruñó desesperado.
Cinco minutos más tarde llegamos a la calle donde estaba la Asamblea, y pude oír con claridad los pensamientos de los Parker. Los habría escuchado mucho antes, pero la angustia que sentía no me lo permitió.
-Están en el callejón que hay entre el edificio de la Asamblea y el de la empresa Owen -dije inquieto en mi asiento-. De prisa, papá -lo apuré.
La calle estaba desierta. No se veía un alma. Cuando mi padre aparcó de mala manera, al final de la calle, a unos coches de distancia del de Melinda, nos lanzamos fuera del coche a toda prisa. Llegamos al callejón unos segundos más tarde, por fortuna, aunque no lo suficientemente a tiempo.
Melinda estaba pegada contra una de las paredes del callejón, sujeta de los brazos por dos de los Parker, mientras que el más grande, el "Rey" -como él mismo se hacía llamar pues fue el primer vampiro de la historia-, Gabriel, mordía a Melinda.
Cinco gruñidos furiosos surgieron de nuestras gargantas, y sin más, nos lanzamos contra ellos, sacándoselos de encima a Melinda, que cayó de rodillas en el suelo, sin poder abrir los ojos e intentando ponerse en pie, a pesar de sus contusiones y el veneno del vampiro.
-No ha sido buena idea atacar a la chica, Gabriel -dijo amenazante mi padre, cuando quedó cara a cara con Gabriel, mientras nosotros sujetábamos a Uriel y a Samuel.
-No deberías meterte, Robert, viejo amigo -contestó Gabriel con su habitual tono sereno y peligrosamente amable-. Esto no es asunto tuyo.
-Siento discrepar, Gabriel. La chica es de mi familia -contestó con la misma amabilidad mi padre-. Me temo que sí es asunto mío.
-¿De tu familia? -preguntó con curiosidad Gabriel, dirigiéndome una mirada suspicaz. Aunque no entendí porqué lo hacía.
-Así es. Es sobrina de Jason y Melisa -explicó mi padre, haciendo que volviera a mirarlo a él. Aunque lo hizo receloso.
-Ya veo -dijo. Aunque en realidad no era lo que pensaba. Lo que estaba pensando en realidad era que Melinda y yo teníamos algo-. Bien, en ese caso... no la haremos nada. Pero con una condición -añadió finalmente.
-¿Me pones condiciones, Gabriel? -preguntó mi padre entre risas-. Yo no sigo tus "leyes", no sé si lo recordarás -la amenaza en la voz de mi padre era cada vez más pronunciada-. Pero simplemente por curiosidad, ¿cuál es esa condición? -el tono era de sarcasmo cuando preguntó eso.
-Pues sí, te pongo condiciones, Robert -dijo el otro enrabietado por las palabras y el tono de mi padre-. Tú deberías recordar quién soy yo, antes de intentar retarme. En cuanto a la condición... deberías dejar que se transforme, ya que seguirá con vida. Solo como precaución, debemos mantener el secreto, ya sabes -terminó mirando a Melinda como si fuera una escoria.
Mi padre sonrió con calma antes de hablar. Jason, no aguantaría mucho más sin destrozar a aquellos vampiros. Podía oír como pensaba qué manera sería la más rápida de matar a aquellos bastardos antes de que se les ocurriera volver a mirar a Melinda.
-Ya. Bueno. Sé perfectamente quien eres, Gabriel. Pero como ya te he dicho antes, no sigo tus reglas. Ni te debo nada. Recuerda que este es mi territorio, aquí las reglas las dicto yo, por lo tanto, comprende que tu "condición", es poco menos que estúpida. No obstante, descuida. Nuestro secreto está a salvo -nunca había oído a mi padre aquel tono tan autoritario con nadie. Alex, Mark, Jason y yo, nos quedamos muy sorprendidos.
-¿Cómo puedes estar tan seguro? -preguntó Gabriel, cada vez más molesto. No estaba acostumbrado a que lo trataran como lo estaba haciendo mi padre. Normalmente, él era quién daba órdenes.
-Porque lo estoy y punto -contestó mi padre cortante y secamente-. Y ahora, por favor, salid de mi territorio, antes de que me arrepienta y os descuarticemos aquí mismo -la voz de mi padre, fue escalofriante. Hasta a nosotros nos intimidó-. Y, una cosita más, no "cacéis" mientras salís de Avalon, por favor. No me gusta que matéis a mi gente.
-Muy bien -dijo entre dientes Gabriel, tras unos segundos-. Nos iremos. Pero Robert, esto no termina aquí. No lo olvides. ¡Vamos! -añadió dirigiéndose a sus hermanos, a los que ya habíamos soltado.
Mi padre no dijo nada, se dedicó a observarlos marchar. Inmediatamente después, una vez se habían ido, nos volvimos a Melinda.
Estaba tumbada en el suelo, boca abajo. Tenía bastantes lesiones internas, pero lo más apremiante era el veneno; no tenía muchos minutos más, antes de que el veneno se extendiera tanto como para poder salvarla.
No lo pensé, la levanté sujetándola con un brazo por la cintura, y agarrando su cabeza con la mano de mi brazo libre.
-No te preocupes, Melinda. Te pondrás bien -la susurré al oído antes de morder en los orificios de su cuello, para extraer el veneno. Ya me ocuparía de las demás lesiones más tarde.
No sé como demonios lo hice, pero paré justo a tiempo de matarla. Jamás había probado la sangre humana hasta entonces, y no podía creer lo deliciosa que era. Además, la sangre de Melinda, al igual que su olor, tenía un no sé qué, diferente. No podía saberlo, pero juraría que no era sangre humana normal. Me estaba deleitando, con aquel sabor, que también me daba nuevas fuerzas, cuando me di cuenta que apenas tenía sangre, que la mataría si no paraba, pero también me di cuenta, de que su pulso era normal, al igual que su color y su temperatura.
Cicatricé con mi saliva la herida del cuello y me separé lentamente, mirándola pálido, con tremenda sorpresa. Esa chica no era normal.
-Gracias -murmuró ella, sin poder abrir los ojos, pero todavía fuertemente agarrada a mis brazos. Sin soltarme.
-¿Te encuentras bien, hijo? -me preguntó mi padre, haciéndome mirarlo-. Lo has echo muy bien. No te mortifiques por... -se detuvo en seco. Mi rostro debía de reflejar mi estado de sorpresa.
-¿Qué pasa, Mike? Mi sobrina está bien. ¿A qué viene esa cara de horror? -me preguntó Jason, preocupado.
Volví a mirar a Melinda un segundo antes de contestar. Todos tenían la alarma reflejada en la cara.
-Ya... ya os lo explicaré, cuando lleguemos a casa. Dejad que la cure antes de irnos -dije con la voz ronca, tendiendo a Melinda en el suelo, para poder pasar mejor mis manos sobre ella y curar sus heridas internas.
Cuando terminé la cogí en brazos y me encaminé al coche, con los demás siguiéndome con un millón de preguntas, cada uno, rondando por su cabeza. Sin embargo no dije nada, no podía responder. Por lo menos no en aquel momento. Estaba demasiado perdido y sorprendido para pensar con claridad.
Bueno, pues aquí está el primer capítulo, como prometí. Ya me diréis qué os parece, pero espero que os guste o que, en todo caso, no os parezca demasiado malo.
Gracias por leerme y por dejar vuestros comentarios.
Besos.