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Historia 34969 — capítulo 4
No fue hasta la mañana siguiente, cuando Melinda despertó. Lo cierto es que nos pilló un poco por sorpresa, cuando nos dimos cuenta de que estaba despierta y llegamos al recibidor, la vimos plantada en medio de la sala, en camisón, descalza, con una mano sobre la frente, los ojos cerrados y cogiendo aire por la nariz a grandes bocanadas, en un intento de tranquilizarse.
En la cabeza solo tenía tres cosas; desorientación por lo grande de la casa, angustia por no saber si estaba sola o no e irritación por no recordar nada y no saber dónde se encontraba.
-¿Melinda? ¿Estás bien? -preguntó preocupada Lisa pero con voz suave.
Melinda se sobresaltó un poco y casi grita, pero no lo hizo. En su lugar, abrió los ojos en busca de la persona que la había hablado,y retrocedió un paso cuando nos vio a todos cerca de ella, se quedó en blanco, no pude leerla, aunque sus expresión era de intenso escrutinio, como si estuviera tratando de decidir si fiarse de nosotros o no. Sabíamos que estaba asustada, así que nos mantuvimos un poco alejados de ella, para no asustarla más. Esa no era nuestra intención.
-¿D-donde... estoy? -preguntó con la voz quebrada, algo ronca y en un tono muy bajito que delataba su miedo. Aunque sospeché que intentaba ocultarlo.
-Tranquila, Melinda -le dijo mi padre con su tono más tranquilizador y suave, mientras se acercaba a ella, tendiéndole una mano-. Si nos acompañas a la cocina, te lo explicaremos todo mientras comes algo. Lo necesitas.
El pánico se apoderó de ella, se lo notamos en el rostro. Se quedó clavada en el suelo, escrutando el rostro de mi padre, con la misma expresión que antes, intentando decidir algo, aunque ahora había una nota de frustración en su rostro.
Lisa, rápidamente, empleó su poder con ella sin decir nada. Lisa puede hacer cambiar el estado de ánimo de las personas y hacerles cambiar sus pensamientos, e ideas en caso de ser necesario. Con Melinda, sentí que necesitó algo más de esfuerzo; no la resultó nada fácil calmar a su sobrina, y se preguntaba porqué era así. Aunque finalmente lo consiguió. Melinda suspiró como aliviada por algo, cogió la mano que le tendía mi padre y se puso junto a él, que la rodeó la cintura y la guió hasta la cocina. Los demás los seguimos en silencio.
Cuando llegamos a la cocina, se quedó asombrada. Nuestra cocina la parecía demasiado grande y elegante. Estaba abrumada y admirada al mismo tiempo. La cocina la resultaba preciosa, pero se sentía acomplejada por tanto derroche. Ensimismada, sin dejar de admirar ningún detalle de la cocina, se sentó en una silla sin apenas darse cuenta. Los demás nos sentamos en las sillas restantes, salvo mi madre que se quedó de pie junto a ella.
-Bien, Melinda, ¿qué te gustaría comer? -preguntó mi madre de forma maternal. Teníamos de todo, la tarde anterior las chicas fueron a comprar comida, por si despertaba.
-Humm... esto... -balbuceó de forma torpe, impresionada por la belleza sobre natural de mi madre-. Pues... no sé... -volvió a intentarlo, sin demasiado éxito.
Estaba claro que estaba desorientada y algo confusa.
-Tranquila, cielo -la consoló mi madre, abrazándola por los hombros y besando su cabeza-. Veamos, ¿te gusta el pollo? -sugirió mirándola a los ojos y esbozando una dulce sonrisa.
-Pues si, claro. Pero, ¿no es demasiado para un desayuno? -preguntó Melinda algo sorprendida por la sugerencia de mi madre, y de forma un tanto torpe. Parecía desorientada.
Su expresión era realmente graciosa e inocente. No pudimos contener unas risas discretas, aunque creo que se dio cuenta pues su cara mostraba algo de crispación.
-Melinda, ¿sabes que hora es? -la pregunté con tono suave.
Giró la cabeza hacia mí, que me sentaba a su lado y sus preciosos ojos de color violeta se encontraron con los míos. Parecía sorprendida o perpleja y se puso algo nerviosa pues su pulso se aceleró de inmediato.
-Pues... no estoy muy segura, la verdad -admitió al fin ruborizándose un poco.
-Son las doce del mediodía... del miércoles -no pude evitar tomarla un poco el pelo. Su expresión de divertía, sin que supiera muy bien el motivo y la forma de sonrojarse cuando me habló, me produjo una extraña satisfacción, por lo que la hablé en medio susurros y con mi tono más encantador.
Volvió a sonrojarse de nuevo y su pulso volvió a acelerarse un poco más, pero no dijo nada durante unos segundos. Sostuvo mi intensa mirada estoicamente y aún me miraba cuando volvió a hablar.
-Las doce, ¿del miércoles? -preguntó algo atontada y desorientada.
Con un leve movimiento de cabeza asentí sin apartar mi mirada de ella, y esbozando una sonrisa pícara sin querer; había vuelto a ruborizarse un poco más y eso me encantó, no pude evitarlo. Ella no apartó la mirada en ningún momento, lo cual me sorprendió un tanto; ningún humano nos podía sostener la mirada tanto tiempo, pero la verdad es que me agradó bastante, su mirada era intensa y poseía fuerza y confianza, aunque en ese momento, predominaba la confusión y algo más que no logré entender. Intenté averiguar qué era lo que pensaba, pero un pude, lo único que tenía en la cabeza, eran nuestros rostros, y en especial el mío pues era conmigo con quien hablaba en aquel momento. Básicamente, lo único que tenía en la cabeza era el "momento" que estaba viviendo. No me aclaró nada sobre aquello tan especial que desprendían sus ojos. Lo dejé correr por el momentos.
Pocos segundos después, y después de varios parpadeos, Melinda apartó la mirada de mí, apoyó los codos en la mesa y apoyó la cabeza en sus manos.
-Estoy... humm... Estoy algo confusa -dijo gruñendo, más para sí misma que para nosotros.
Resultaba graciosa hasta enfada, y una vez más, no pudimos reprimir el reírnos.
-Melinda, ¿recuerdas algo? -preguntó mi padre con ese tono suyo tan suave y paternal con el que la había hablado con anterioridad. Sospechaba que la chica no recordaba nada, pero no estaba seguro.
-Pues, la verdad, lo último que recuerdo, es haber salido del edificio de la Asamblea, y dirigirme a mi coche para irme a casa -contestó todavía sin levantar la cabeza-. ¡Ah! Y su voz -añadió señalándome con el pulgar de su mano izquierda.
-Ya veo -murmuró mi padre para sí mismo, mientras los demás volvíamos a reír por lo bajo-. Bueno, antes de nada, deja que me presente y te presente al resto de mi familia -dijo mi padre ya en tono normal, pero de la misma forma calmada, suave y paternal.
Melinda levantó la cabeza y apoyó los brazos sobre la mesa entrelazando las manos.
-Mi nombre es Robert Warren -comenzó presentándose mi padre-. Y esta es mi familia; Sally, mi esposa -dijo señalando a mi madre, que la tenía abrazada. Melinda la miró y ambas se sonrieron-. Michael, mi hijo -me señaló con la mano y Melinda volvió a mirarme. Esbocé una sonrisa e incliné un poco la cabeza. Ella simplemente me sonrió volviendo a sonrojarse-. Mi hija, Diana -señaló a mi hermana que estaba en la otra punta de la mesa y sonreía a Melinda con verdadero entusiasmo. Melinda la estaba resultando encantadora, estaba deseando poder tratarla más-. Jason y Melinda Owen -señaló a Jason y Melisa y entonces algo cambió.
-¿Jason y Melisa Owen? -repitió con un hilo de voz y en forma de pregunta, interrumpiendo por primera vez a mi padre. Las imágenes que la vinieron a la mente, de repente, la hicieron cambiar de estado; de la confusión pasó a la plena consciencia de que algo raro estaba ocurriendo. Supo en seguida que Jason y Melisa eran sus tíos. Había visto fotos de sus padres junto a Jason y Melisa, y su abuela la había contado quienes eran, e incluso la había dejado entrever lo que ellos eran, en lo que se convirtieron, poco antes de nacer ella. Aunque se lo había contado como leyendas que corrían por el pueblo, pues ellos habían "muerto en un accidente de trafico". Es lo que sus padres la pidieron que contara a la niña, si ésta alguna vez preguntaba.
Me removí incómodo en la silla, pensando que haría las mil preguntas que tenía en esos momentos en la cabeza, al respecto, pero me sorprendió. Devolvió la sonrisa a sus tíos y no dijo nada.
Mi padre prosiguió, al notar aquel detalle.
-Él es Alexander Stevens, hermano de Melisa -señaló a Alex como si no hubiera habido aquel pequeño receso en las presentaciones, y Alex y Melinda se sonrieron-. Y, por último, Mark y Amelia Morgan -señaló a Mark y Amelia y también intercambió sonrisas con ellos.
Hubo unos segundos en los que Melinda se limitó a observarnos, y en los cuales intentó ver los "detalles" que la confirmaran que eramos vampiros. Sin embargo, de lo único que estaba segura era de nuestra belleza inhumana, por lo que intentó convencerse de que no eso no era posible, aunque estaba casi segura de que así era, y de pronto se sintió inferior, pensando en lo fea que era y diciéndose que lo único bonito e interesante que tenía ,eran sus ojos. Me molesté muchísimo; en absoluto era fea y sus ojos no eran lo único bonito e interesante en ella.
-¿Te encuentras bien? -preguntó mi hermana, al darse cuenta del cambio en la expresión de Melinda.
-¿Eh? Si, si estoy bien -dijo saliendo de sus pensamientos. Se frotó los ojos, suspiró y cogió aire antes de volver a hablar-. Es solo, que estoy algo... aturdida. Por favor, ¿podéis decirme qué paso? ¿Porqué no recuerdo nada? O ¿dónde estoy?
Se recostó en el respaldo de la silla y entrecruzó sus manos sobre el estómago, esperando alguna respuesta.
-Por supuesto, pero tienes que comer algo -dijo mi madre con suavidad-. ¿Te apetece algo de pollo, entonces?
-Creo que mejor comeré algo de fruta y un yogur, si es posible. Gracias. No creo que pueda comer nada más todavía -respondió Melinda casi en un susurro. Parecía avergonzada por algo.
-Claro que es posible, ¿qué fruta prefieres? Tenemos de todo.
-Bueno, un poco de todo estaría bien, gracias -cada vez parecía más avergonzada.
-Perfecto, te prepararé una ensalada de frutas -anunció mi madre con entusiasmo. Había comprado un montón de libros de cocina, simplemente para poder preparar la comida a Melinda. Cuando eramos humanos la encantaba prepararnos la comida, era una magnifica cocinera, y sentía mucha nostalgia de aquello, a pesar de haber pasado dos siglos largos de aquello.
Se volvió para ir a preparar la ensalada y Melinda se quedó como atontada al ver la rapidez y gracilidad con que mi madre se movía.
-Bueno, Melinda -dijo mi padre con su voz suave y tranquila, haciendo volver a la tierra a Melinda -. No creo necesario el tener que aturdirte más, con la historia completa -ya habrá tiempo cuando te recuperes del todo-, así que si te parece bien, te contaré la historia resumida -Melinda asintió y mi padre continuó hablando-. Muy bien. El lunes te atacaron un grupo de vampiros. Diana vio que eso ocurriría, y afortunadamente, pudimos llegar a tiempo, aunque ya te había mordido cuando lo hicimos.
"La parálisis y el sopor que sentiste, estaba causado por el veneno del vampiro. Pero, como te decía, por fortuna pudimos llegar a tiempo. Nos encargamos de los vampiros y Michael tuvo el tremendo valor para sacar el veneno de tu sistema evitando así que... bueno, que te causara daños irreparables, por así decirlo.
"Que no recuerdes nada, probablemente se deba a la pérdida de sangre y al desmayo. Pero en cuanto hayas comido algo y te encuentres algo mejor, seguro que volverás a recordar.
Mientras mi padre hablaba, Melinda iba recordando. Imágenes de la noche anterior, volvieron a su cabeza: los tres vampiros con las capas negras, el "beso" del vampiro, y mi voz.
-Después, te trajimos aquí con nosotros, a petición de tu abuela -prosiguió pausadamente mi padre-. Habíamos llamado a tu abuela momentos antes de encontrarte y, nos pidió que te mantuviéramos a salvo.
El cerebro de Melinda trabajaba a toda velocidad. No obstante se sentía confusa, no encontraba el sentido a todo aquello. Entonces recordó algo y nos lo dijo al instante.
-Me conocían -su voz era apenas un susurro cuando habló mirando a mi padre con angustia-. El... vampiro que me mordió, me llamó "señorita Owen", y me dijo algo así como que, ya no podría acabar con él, porque él lo haría antes conmigo.
Nos quedamos helados. No podíamos creer aquello. Lo que los Parker creían, por alguna razón que no sabíamos, era que Melinda era la Dama Sagrada, de la profecía. La que acabaría con ellos.
-¿Estás segura de eso, Melinda? -preguntó mi padre tratando de no parecer alarmado.
Melinda asintió antes apoyar de nuevo los brazos en la mesa y taparse la cara con las manos. Se había dado cuenta de la alarma en la voz de mi padre, y había llegado a la correcta conclusión de que iban a por ella. Cogió aire antes de volver a hablar.
-Vale. Está bien -dij al fin con más calma-. Entonces esos vampiros vienen a por mí, ¿cierto?
-Así es -contestó Jason.
-¿Y a mi abuela no se le ocurre otra cosa que esconderme? ¿Y ella, qué? ¿No intentarán llegar a mí a través de ella, cuando no me encuentren? -preguntó enfadada. Aunque no con nosotros, sino con su abuela.
-No creo que eso pase -contestó Diana con toda la seguridad del mundo-. Por lo menos no los veo intentándolo, todavía -se apresuró a añadir al notar la mirada asesina que le lanzó Melinda-. No tienes porqué preocuparte.
-Es cierto, cielo. Además, con nosotros estás a salvo. Y tu abuela es fuerte -añadió mi madre, poniendo un cuenco con la ensalada de frutas delante de Melinda
-Pero, ¿qué decís? Esos vampiros, de alguna manera saben de mí, y supieron dónde encontrarme. ¿Creéis que no vendrán a por vosotros, sobre todo después de haberles frustrado su objetivo? -su voz sonó enfadada y alta. Estaba empezando a entrar en pánico. Al parecer la preocupaba que nos sucediera algo. No quería ser la causa de alguna posible muerte-. ¿Cómo os creéis que me sentiré si os matan u os hieren? Además, no tenéis porqué hacer esto por mí. No me conocéis de nada -dijo con una nota de histeria en la voz.
-Melinda, Melinda, tranquila, escúchame -la ordenó Melisa, haciendo que Melinda la mirase, y utilizando su poder al máximo-. Con nosotros estás a salvo porque a nosotros no nos pueden hacer daño. Si quieren luchar, lucharemos. Además, tú eres parte de esta familia.
Bufó de forma escéptica. Aunque, pude notar que la histeria y el miedo la habían abandonado mientras Melissa la hablaba. Cogió aire por la nariz y sin decir nada y más tranquila se puse a comer las frutas. Ninguno de nosotros dijimos nada durante unos minutos. Dejamos que Melinda se tranquilizara del todo y que pudiera pensar.
Infinidad de historias sobre vampiros aparecieron por su mente, sobre todo algunas relacionadas con miembros de las Familias Sagradas que se habían visto mezcladas con los vampiros, aunque sin imaginarse que nos tenía delante.
-Vosotros sois vampiros también, ¿verdad? -dijo al cabo de unos minutos, cuando fue consciente de que su primer pensamiento, al conocernos, era el acertado.
-Así es -contestó Mark con tranquilidad-. Pero también somos miembros de las familias sagradas.
Cerró los ojos y pensó en lo estúpida que había sido al no creer las historias que su abuela la había contado. También la vino a la memoria, la profecía que hablaba sobre la Dama Sagrada y los Parker, y pensó que quizá el motivo de que quisieran matarla era, que los Parker creían que ella era esa Dama. Aunque rápidamente desechó (o por lo menos lo intentó), esa idea pues la pareció ridícula.
-¿Y porqué me quieren matar? -pregunt al fin, con la voz algo apagada, pensando que nada de aquello tenía sentido, y sin querer formular la pregunta que estaba deseando formular.
-Pues, sinceramente. No lo sabemos -contestó mi padre frustrado-. Siento mucho no poder responderte a esa pregunta.
La expresión de Melinda, era de decepción, como si creyera que nosotros tendríamos la respuesta que necesitaba.
-No importa -dijo con tranquilidad mientras se metía una cucharada de ensalada en la boca y la masticaba despacio.
-¿Decepcionada? -pregunté medio en broma, para relajar el ambiente un poco, pero con bastante curiosidad.
-Un poco. Pero más que nada, frustración -contestó con sinceridad sin mirarme-. Frustración por no saber porqué demonios me quieren muerta unos vampiros que ni siquiera sabía que existían, y frustración porque mi abuela me haya escondido... como si fuera una cobarde... -se quejó enfadada con su abuela-.
Volvimos a reírnos por lo bajo, aunque en el fondo estábamos algo preocupados.
El silencio volvió a reinar durante unos minutos, que parecieron una eternidad, mientras que todos, nos sumimos en nuestros pensamientos.
-¿Melinda? -pregunté al cabo de unos minutos.
-¿Humm?
-Solo por curiosidad, ¿cómo te sentiste cuando te mordió aquel vampiro?
Melinda estaba comiendo su ensalada de frutas y cuando pregunté esto dejó la cuchara a medio camino entre el bol y la boca, y juntó las cejas, intentando recordar.
-Humm. Solo sentí un entumecimiento general, como si mis músculos no tuvieran fuerzas -dijo finalmente, mirándome con curiosidad-. Pero no sentí parálisis, como me ha dicho tu padre -añadió pensativa.
-¿No notaste las lesiones internas? -pregunté inclinándome un poco hacia ella. El misterio que suponía esta chica cada vez era mayor.
-¿Lesiones internas? -repitió confusa-. Mmm, bueno, cuando choqué contra el contenedor, me dolió todo. Pero después el dolor empezó a remitir, y para cuando llegasteis y me soltaron apenas me dolía. ¿Tenía lesiones internas? -cada vez la notaba más confusa.
Sonreí ante su expresión.
-Si. Tenías algunas lesiones internas -dije robando un trozo de fresa de su cuchara y metiéndomelo en la boca para comerlo. Esto la dejó sorprendida y enseguida pensó cómo era posible que comiera-. Nosotros somos algo diferentes a los demás vampiros, Melinda. El olor de la sangre humana no nos altera para nada, nos alimentamos de la sangre de los animales que cazamos. E incluso, si se da el caso, podemos sobrevivir durante un tiempo comiendo comida "normal". Ninguno de nosotros a probado nunca la sangre humana... bueno, menos yo claro, que lo hice el lunes -expliqué con mi voz más encantadora y mi sonrisa más traviesa. Me encantaba verla ruborizarse y me divertía bastante su expresión de sorpresa y atención. Después cogí un trozo de plátano de su cuchara y me lo comí.
-Vaya... -exclamó con sorpresa y no pude evitar reír entre dientes-. Mmm ¿y la cena fue de tu agrado? -me preguntó con una media sonrisa y alzando las cejas.
Esta vez no fui el único que rió.
-Si. Está usted exquisita, señorita Owen -contesté medio en broma, aunque no lo era.
Ella rió y me ofreció la cuchara en plan reto. La cogí y me comí la fruta.
-Interesante -dijo cogiendo de vuelta la cuchara-. Me parece que me tenéis que contar un montón de cosas. No creo que lo que digan los libros sea cierto. Y, si voy a quedarme con vosotros, será mejor que contestéis mis preguntas si sabéis lo que os conviene -añadió mirándome desafiante. Era increíble el tiempo que podía sostenerme la mirada. No podía con ella ni con mi mirada más intensa.
Sin poder evitarlo, de nuevo, reímos. Seria nos resultaba más graciosa aún.
-Tranquila -intervino entre risas, Alex-. Las contestaremos. Pero primero necesitas recuperarte un poco más.
-Y arreglarte. ¿o te vas a pasar el día en camisón? -añadió, Amelia de forma burlona, con un gesto de la mano.
-¡Oh! Es cierto... -dijo Melinda mirándose y esbozando una sonrisa tímida.
Rápidamente se terminó la ensalada de frutas y el yogur y subió a ducharse y cambiarse de ropa.
Bueno aquí dejo la segunda parte del capítulo anterior. Es un poco más largo, pero espero que os guste igualmente.
De nuevo, muchísimas gracias por leerme y por vuestros comentarios.
Besos.